InfoCatólica / Palabra de Obispo / Archivos para: 2008

10.06.08

Educación para la ciudadanía y Religión por Mons. Sánchez González

Queridos diocesanos:

Con el comienzo del nuevo curso empieza a ser también obligatoria en todos los centros, también en Castilla-La Mancha, la nueva asignatura denominada “Educación para la Ciudadanía”

Es de sobra conocida la actitud de los Obispos españoles, y de otras muchas personas, entre ellas numerosos padres y determinadas organizaciones, frente a la imposición de esta asignatura por parte del Gobierno con carácter obligatorio. Las razones de nuestro desacuerdo no son porque nos molesten, como alguien ha sugerido, ni la educación ni la ciudadanía. Al contrario, porque tarea fundamental de la Iglesia es la educación de honrados ciudadanos y de buenos cristianos.

Tenemos también el máximo interés por determinados contenidos, como los derechos humanos, valores, principios, derechos y obligaciones como la educación en el respeto, la igualdad en dignidad y derechos de las personas, la solidaridad, la educación para la paz, etc. Trabajamos en ello.

Pero estamos en desacuerdo con determinados contenidos de esta Ley y de los decretos que la desarrollan. Entrarán necesariamente en conflicto con las convicciones, la fe y la moral de los católicos, campos en el que no puede entrar el Estado. No estamos de acuerdo con el método ni con determinados objetivos, ni con algunos criterios de evaluación. Menos aún, con su filosofía y la concepción, por ejemplo, de horizonte cerrado a la trascendencia, de relativismo y de ideología de género, que subyacen a esta ley.

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2.06.08

Dios tiene corazón, por monseñor Munilla

El pasado viernes celebrábamos la solemnidad del Corazón de Jesús y, seguidamente, nos hemos introducido en el mes de junio, tradicionalmente dedicado a la devoción al Corazón de Cristo. Para algunos puede resultar sorprendente que en plena expansión de la cultura de la secularización, se estén difundiendo con tanta profusión esas imágenes de Jesús Misericordia, o que -por señalar un ejemplo inmediato- el próximo viernes 6 de junio, las tres Diócesis de Madrid hayan convocado a los jóvenes de la capital en el Santuario del Cerro de los Ángeles, para realizar un acto de Consagración de la juventud de Madrid al Corazón de Jesús, como clausura de la llamada Misión Joven. ¿No resulta todo ello un tanto extemporáneo en plena posmodernidad?

El amor de Dios, presupuesto de la autoestima. La imagen del Corazón de Cristo y su mensaje de Misericordia, se presentan en el inicio del Tercer Milenio como auténtica profecía y terapia providencial. En esta cultura laicista en la que algunos afirman no tener más religión que «el hombre», paradójicamente, somos testigos de tantas carencias afectivas, heridas necesitadas de sanación, desequilibrios psicológicos, dramas interiores… Me impresionaron mucho unas palabras pronunciadas por el cardenal de Viena, Mons. Christoph Schönborn, en el contexto del Congreso de la Divina Misericordia realizado en Roma: «Cuando los agnósticos enarbolan al hombre como bandera frente al sentido religioso de la vida, hagámosles ver la radical necesidad que éste tiene de misericordia».

La experiencia nos está demostrando que la línea divisoria entre la presunción y la desesperación es prácticamente inexistente. Cuando más reivindicamos la autonomía del hombre frente al hecho religioso, más fácilmente caemos en el vacío interior, que nos conduce a la inevitable falta de autoestima. El paso de la jactancia y de la soberbia profesada en público, a la desesperación y al autodesprecio confesado en privado, es muy fácil y, de hecho, se da con mucha frecuencia.

En nuestros días, no son pocos los que han aprendido a aceptarse, a valorarse y a amarse a sí mismos, desde la experiencia del amor incondicional de Dios hacia cada uno de nosotros. ¿Si Dios me quiere, quién soy yo para despreciarme?

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24.05.08

Corpus Christi, el Día del Señor. Por monseñor Sánchez

Queridos diocesanos:

Trasladado del anterior jueves a este domingo, 25 de Mayo, celebramos en nuestra Iglesia la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi. Celebramos la Eucaristía en catedrales, parroquias y demás templos, como los demás domingos y grandes fiestas, y salimos a la calle en procesión con Jesucristo Sacramentado para proclamarlo como Señor no sólo de cada uno de sus discípulos y de su Iglesia, sino de la sociedad y de sus ciudades y pueblos…

Confesamos su señorío y su soberanía de amor. Nadie ama tanto a la humanidad y al mundo como el que ha dado la vida por todos y sigue ofreciéndose en alimento para el camino. Esta es nuestra fe, que en este día confesamos y proclamamos, también fuera de los templos, y la ofrecemos y proponemos a cuantos nos ven y quieran escucharnos como camino de salvación para todos.

Proclamar y ofrecer la fe en Jesucristo Sacramentado como el reconocimiento y la aceptación del amor infinito de Dios contiene una exigencia personal previa y lleva consigo un compromiso.

La exigencia previa es que nuestra proclamación y celebración del Misterio de la Eucaristía en calles y plazas han de ir precedidas de la acogida del amor de Dios, manifestado en la entrega incondicional del Señor, y de nuestra respuesta a Dios con el mismo amor. Si proclamamos a Jesucristo en la Eucaristía como el Dios del amor, es porque hemos experimentado ese amor dejándonos amar, perdonar y llenar de su gracia y de sus dones.

Por otra parte, el compromiso que se deriva de la fe, de la proclamación y de la celebración del Misterio de la Eucaristía en la calle es que el mismo amor de Cristo, que hemos acogido, celebrado y proclamado, ha de proyectarse en amor a los demás, con palabras y obras, en nuestra vida y, si es preciso, por nuestra muerte, a la medida del amor de Cristo, que dio su vida por nosotros.

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16.05.08

Homilía de Monseñor Dorado en el funeral de Juan Manuel Piñuel

ENSANCHA MI CORAZÓN OPRIMIDO
1ª Lt. Lament. 3, 17-26 (Ritual 211); Sal 24 (Rit. 233); Ev. Lc 23, 33.39-43 (Rit 259)

1.- “Me han arrancado la paz y ni me acuerdo de la dicha” (Lamentaciones, 3,17). El profeta pone estas graves palabras en los labios de Jesús, cuando va camino del Calvario. Y pienso que expresan los profundos sentimientos que seguramente os embargan también a vosotros, los familiares y amigos ante el féretro de Juan Manuel. Son sentimientos que, en alguna medida, compartimos con vosotros todos los presentes. Cuando acababa de estar con vosotros, sus seres queridos, y de ver sus sueños al alcance de la mano, unas manos crueles y una ideología asesina le han quitado la vida y os han quitado la paz y la alegría. Por eso, en las palabras que envié al Sr. Obispo de Vitoria, para que las leyera en el funeral de esta mañana, expresaba mi “firme condena del terrorismo, que es intrínsecamente perverso, porque conculca grave y sistemáticamente el derecho a la vida y es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo”; y añadía, con la Conferencia Episcopal, que “el terrorismo de ETA se ha convertido desde hace años en la más grave amenaza contra la paz, porque atenta cruelmente contra la vida humana, coarta la libertad de las personas y ciega el conocimiento de la verdad, de los hechos y de nuestra historia”.

En mi condición de Obispo, vuestro Obispo, he querido estar a vuestro lado en estos momentos dolorosos para unirme a vuestro dolor, para rezar con vosotros y para pronunciar una palabra de esperanza. Como nos ha dicho la primera lectura, “fíjate en mi aflicción y en mi amargura; en la hiel que me envenena. No hago más que pensar en ellos y estoy abatido. Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: Que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión” (Lm 3, 19-22).

2.- Es lo que nos enseña la fe, que “la misericordia de Dios no termina”. En medio del dolor y de la indignación os invito a levantar la mirada a Jesucristo crucificado y a repetir con el autor del Salmo que se ha leído: “Ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones” (Sal 24, 17). En situaciones como ésta, Dios es el Padre que nos sostiene y derrama sobre nosotros el bálsamo de la fe y de la esperanza.

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12.05.08

Homilía de Monseñor Cañizares en la Solemnidad de Pentecostés

Queridos hermanos y hermanas, a todos gracia y paz, dones del Espíritu Santo, en esta gran fiesta de Pentecostés. Saludo de manera especial, lleno de alegría y afecto, a nuestro Seminario Menor: hoy vive un día muy importante dentro de su vida, porque varios de los seminaristas van a ser confirmados, van a recibir el don del Espíritu Santo, que los confirmará en la fe y en el seguimiento de Jesús; felicidades porque en el interior de vuestra gran familia que es el Seminario Menor vivís hoy un nuevo Pentecostés, una nueva efusión del Espíritu Santo. Vuestra vocación, además, queridos seminaristas, es don y obra del mismo Espíritu Santo; que os conceda a todos la gracia de la perseverancia, y un día no lejano podáis ser ungidos por el Espíritu Santo como sacerdotes. ¡Hacen tanta falta sacerdotes! Tengo también un recuerdo lleno de cariño y gratitud, queridos seminaristas, para vuestras familias, algunas aquí presentes. Y, desde aquí, quiero saludar, así mismo, a las familias de los seminaristas del Seminario Mayor, que hoy se reúnen en la casa del Seminario.

En este día, en que la liturgia nos hace revivir el nacimiento de la Iglesia, tal y como lo relata el Libro de los Hechos, desde esta catedral, quiero saludar a toda la Iglesia diocesana de Toledo y dar gracias a Dios por todos, los aquí presentes y los que están en cada una de las comunidades y parroquias que forman esta Iglesia que peregrina en estas tierras toledanas y extremeñas. Queridos hermanos doy gracias a Dios por vosotros: por vuestra fe y vuestra esperanza, por vuestra perseverancia y fidelidad, por vuestro testimonio de caridad fraterna y por vuestros esfuerzos y trabajos por el Evangelio, todo obra del Espíritu divino. Doy gracias de manera muy particular por cuantos, alentados por el mismo Espíritu, están comprometidos en el testimonio y misión de la Iglesia, como laicos, en la Acción Católica o en otras asociaciones de apostolado seglar; hoy es el día del Apostolado de los fieles cristianos laicos. Doy gracias también por todos los carismas, singularmente de vida consagrada, con que es enriquecido el Pueblo de Dios por la acción del Espíritu Santo. Me gozo en el Señor por reunimos en cada pueblo de la diócesis y de la Iglesia entera extendida por doquier en todos los lugares de la tierra, este día, en una verdadera unidad de Iglesia, de plegaria y de corazón. ¡Qué gozo tan grande celebrar el día aniversario en que la Iglesia tuvo su inicio solemne con la venida del Espíritu Santo!¡Qué gozo ser la Iglesia de Cristo, una, como la comunidad de Pentecostés, que estaba unida en oración y era concorde pues tenía un sólo corazón y una sola alma!¡Qué regalo nos concede el Señor al hacernos tomar parte de la Iglesia santa, santa no por sus méritos, sino porque, animada por el Espíritu Santo, mantiene fija su mirada en Cristo, para conformarse a Él y a su amor!¡Qué dicha tan grande formar parte de esta Iglesia católica, porque el Evangelio que la engendra y hace vivir está destinado a todos los pueblos y por eso, ya en el comienzo, el Espíritu Santo hace que hable todas las lenguas!¡Qué maravilla ser parte de esta querida Iglesia apostólica, porque edificada sobre el fundamento de los Apóstoles, custodia fielmente su enseñanza a través de la cadena ininterrumpida de la sucesión episcopal, y como ellos se siente y se vive a sí misma como misionera, desde el día de Pentecostés en que el Espíritu Santo no cesa de impulsarla por los caminos del mundo, hasta los últimos confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos! Todo es obra del Espíritu Santo.

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