Inhumación, incineración, resurrección
Uno de nuestros grandes clásicos, Jorge Manrique, escribió estos versos inmortales a la muerte de su padre don Rodrigo: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/, que es el morir". Jorge Manrique era un poeta profundamente creyente. Por eso, sus versos no son una elegía desgarrada y trágica sino un canto de fe cristiana. Están, sí, llenos de buen sentido y realismo, pero, a la vez, de esperanza, y son una llamada a vivir la vida desde la dimensión de la fe. Porque puede añadir: “Este mundo bueno fue/ si bien usásemos d’él/ como debemos/; porque, según nuestra fe/, es para ganar aquel/ que atendemos".
Nada más lejos, por tanto, de la mente del poeta castellano que una consideración trágica de la existencia. Trágico sería considerar la vida como un río que no puede librarse de desembocar en el mar de la muerte para hundirse hasta el abismo y desaparecer. “Nacer para morir” y “morir para desaparecer": no cabe mayor tragedia. Pero pasar por este mundo para “ganar aquel que atendemos” es darle a la vida un horizonte de sentido y finalidad. O, si se prefiere, responder adecuadamente a los grandes interrogantes que anidan en todo corazón humano y que, más pronto o más tarde, afloran a la superficie y reclaman una respuesta convincente: “Por qué nacer, por qué vivir, por qué sufrir, por qué morir".
La fe cristiana -que profesaba Jorge Manrique y confesamos los que creemos hoy en Jesucristo- no quita dramatismo a la muerte ni hace que ésta deje de ser “el máximo enigma de la vida humana” (GS 18). Pero convierte este enigma en certeza de una vida sin fin, porque nos asegura que la muerte es el paso a la plenitud de la vida verdadera. Por eso, la Iglesia llama dies natalis (día del nacimiento) al día de la muerte de un cristiano verdadero.
