InfoCatólica / Non mea voluntas / Categoría: Sin categorías

30.12.15

Dejar que la Iglesia sea la Iglesia.

Hay que dejar que Dios sea Dios". Así clamaba, a caballo entre los siglos XIII y XIV, el Maestro Erckhart -dominico, filósofo, teólogo y místico alemán-, desde su cátedra de Teología en París -la Universidad más prestigiosa de su época-, que ocupó durante varios periodos. Era el consejo de un verdadero sabio, humana y espiritualmente hablando.

“Tenemos que dejar” que Dios sea Dios, y que su Iglesia sea su Iglesia, si queremos reconducir esta situación por la que está atravesando desde hace ya más de 50 años. Y que la pone en un dilema de extrema gravedad: o “ser” o “no ser".

Con san Juan Pablo II podríamos gritarle -como lo hizo él a toda Europa-: ¡Iglesia, “sé tu misma", “recupera tus raíces", “vuelve a ser tú misma"!

Que se ha perdido el norte, que es Cristo -su Palabra y su Vida- es algo tan evidente que no necesitaría ni comentario. Pero, para pisar sobre seguro, señalaremos algunos apuntes.

La descristianización del Occidente -del primer mundo- es ya casi, casi, un lugar común; pero no por eso deja de ser menos cierto.

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24.12.15

Fracaso matrimonial = derecho a comulgar. II

En el horizonte de la “nueva pastoral” llevada a cabo por los “nuevos profetas” de la “nueva iglesia", el “fracaso matrimonial” -auténtico “caballo de Troya” para los “nuevos católicos venidos de más allá de las periferias", venidos del frío del “plan B” como vulgares espías, tras el divorcio del primer y único matrimonio-, se convierte en una “nueva categoría moral” -nunca vista por cierto hasta ahora en más de 2015 años de historia de la Iglesia- que, sobrepasando con mucho la norma que nace del mismo Cristo de la necesidad de la Confesión para acceder a la Comunión, “da", por sí misma, el “derecho a comulgar".

¿A cuenta de qué? Pues, ¿la verdad?: a cuenta de nada que no sea la mera voluntad del legislador que lo asuma.

Tendríamos, así, metida en la misma Iglesia de Jesucristo, una de las máximas que más destrozo moral, a nivel personal y a nivel social, ha causado en las sociedades “modernas": el “voluntarismo” del legislador o de los legisladores como principio inapelable de las legislaciones de los países del primer mundo: EL POSITIVISMO JURÍDICO.

¿Qué supone? ¿Qué ha supuesto el “positivismo jurídico"? Pues que las leyes dejan de tener referentes objetivos anteriores a ellas mismas -la VERDAD, el BIEN, la PROPIEDAD PRIVADA, la VIDA- y, por lo mismo, esos referentes establecen unas “líneas rojas” que las leyes no pueden sobrepasar si no quieren convertirse en “leyes inicuas” que sólo generan INJUSTICIA.

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21.12.15

Fracaso matrimonial = derecho a comulgar.

El «fracaso matrimonial» se ha convertido en «derecho a comulgar». Bueno, aún no se ha convertido; pero, por parte de algunos -Cardenal Martínez Sistach, padre Costadoat, etc.,- se está en ello, se «trabaja» para ello, y se quiere así. Incluso no dudan en afirmar, públicamente, que el Papa le va a dar el visto bueno: el «via», que dicen en italiano.

¿Cómo se convierte doctrinal, moral, teológica y eclesialmente un «fracaso matrimonial» en un «derecho a comulgar»? Vamos a intentar una «aproximación» al tema, que debe estar más o menos al caer, o no.

En primer lugar, se engloba en el término «fracaso matrimonial» toda ruptura matrimonial entre católicos; incluyendo también ahí -faltaría más-, a los católicos que, divorciados del verdadero matrimonio, se han reajuntado por sus pistolas con una segunda «pareja». «Pareja» que será estable o no -qui lo sá?-, pero que ahí está; y que, hasta no hace mucho tiempo, ni en las leyes eclesiales, ni en la doctrina, ni en la praxis pastoral se le antojaba a nadie que podían ser admitidos a la comunión si no cambiaban de vida.

Por tanto, se engloban ahí las segundas situaciones -los «divorciados reajuntados»-; porque con las primeras -la simple ruptura matrimonial- nadie tiene impedido, solo por ese hecho, el acercarse a comulgar. Que se rompa un matrimonio no impide a los conyuges ir a comulgar porque no están en una situación irregular: confiesan las culpas que personalmente puedan tener, en cualquier orden que sea, y a comulgar con toda conciencia de lo que hacen, y hacen bien.

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20.12.15

Decepcionante y trágico.

Decepcionante y trágico. Son los calificativos que, a vuela pluma, me suscita el no-comunicado de la Conferencia Episcopal Española (CEE), con su Presidente al frente y su vocero “el portavoz” de cara a las Elecciones Generales que acabamos de tener en España. El Presidente, ni una palabra al respecto; y su portavoz remitiéndose a anteriores y aviejados comunicados; con el añadido de que “hay partidos y partidos” -¡nivelón, Marañón!-: o sea que cada uno haga lo que le dé la gana, que da igual.

Es deprimente -por no decir ora cosa-, a nivel eclesial y a nivel espiritual, la “ausencia” de la Jerarquía católica española -con honrosas excepciones, que las hay, a título particular-, de su misión de recristianizar la sociedad, formando las conciencias y de luchando por esclarecer e iluminar el papel de los fieles -laicos, sacerdotes y religiosos- en orden a su vocación de ser “la sal de la tierra” y “la luz del mundo", amén de ser “levadura que hace fermentar toda la masa".

Todo esto ha desaparecido del horizonte eclesial; con honrosas y escasísimas excepciones.

Una ocasión de oro la tenían precisamente con las elecciones. En un ciudadano, no hay nada con más carga moral, en orden a implicarse en el bien común de la sociedad, que el hecho de votar. De ahí las alusiones que se han hecho siempre, excepto ahora, por parte de la Jerarquía de animar a “votar en conciencia”; es decir: votar teniendo en cuenta el orden moral -la relación a Dios de nuestras acciones-, que es lo que juzga la conciencia.

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15.12.15

La Misericordia Divina. II

«En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Así de grande es el Amor Misericordioso de Dios por cada uno de nosotros.

Por su parte no hay límites, porque el Señor «no se ha cortado las manos, de tal modo que no pueda salvar» [Non est abbreviata manus Domini ut salvaret nequeat (Is 59)]. Todo lo contrario: lo demuestran estas palabras de Jesús al Buen Ladrón, «estando los dos [ladrones] en el mismo suplicio» que Él.

«Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino», le había pedido Dimas, aunque había empezado a insultarle, como hacía el otro. Pero mira a Jesús. Quizá Jesús le estaba mirando también a él después de mirar al otro. Y se han cruzado sus ojos. Y Dimas, al que se le llamará ya para siempre el Buen Ladrón, lo entiende todo: ve en Jesús inocencia, injusticia, ensañamiento irracional, locura humana que «mata» precisamente al que «nada ha hecho digno de muerte».

Y se convierte. Cree en Jesús como Dios, como Mesías, como Salvador: por nada del mundo va a dejar escapar esta su última oportunidad. Por eso clama. Por eso se dirige a Él, y le pide… la luna! Bueno, la luna se le hace poco, una tontería; le pide el Paraíso. Y Jesús se lo da. Así.

Al otro ladrón, no: nada ha pedido, nada se le dará. Ni siquiera será recordado su nombre: como si no hubiese existido; lo mismo que pasará con el joven rico. No ha reconocido ni sus culpas -condenado por ladrón-, ni a Jesús. Se ha quedado en su rabia y en sus insultos. Ni siquiera le mueve el ejemplo del otro, preso, como está, en su propia bilis. Se queda ciego, porque «no quiere ver»: ni a Jesús, ni al cambio operado visible y audiblemente en su compinche, que le recrimina su actitud, y le impele a dirigirse a Cristo.

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