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20.01.17

La unidad de los cristianos

Estamos en plena “Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos". Un afán encomiable, que debe anidar en el corazón de todo hijo de Dios, como anidaba en el de Cristo, su Hijo, que rezaba así: Que todos sean uno: como Tú, Padre, en Mí y Yo en Tí, que también ellos sean uno en Nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado(Jn 17, 21). Pero, para respetar la verdad de sus Palabras, Jesús reza esto pidiendo por los suyos: los Ápóstoles que tenía delante en la ültima Cena, personificando ellos a todos los que vendríamos después, generación tras generación. Y todos los días rezo por esta intención.

Ciertamente, las faltas de unidad que, a lo largo de los milenios, han llevado a que se hayan desgajado tantos sarmientos de la única cepa -la única Vid- que es Jesucristo, son un grandísimo pecado, y un escándalo permanente, que han generado y siguen generando grandes males. Pero el pecado lo cometen, de entrada, los que se van: porque nunca hay razones para irse de la Iglesia, como nunca hay razones para abandonar a Jesús y pasarse al enemigo.

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15.01.17

Vida Cristiana: Vida Sacramental

Benedicto XVI JMJDentro de la FORMACIÓN -la primera de las tareas que tiene que emprender la Iglesia Católica en el ámbito del mundo Occidental-, lo más urgente a reconstruir es todo lo que dice relación con los Sacramentos, y con la llamada “vida sacramental", que debe ser asumida por la Pastoral, sin fisuras y sin tardanza: no se puede esperar más, porque la misma Iglesia tiene un límite en su capacidad de aguante; más allá, se rompe.

En esta línea, la Iglesia Católico tiene que "reconstruir” la verdadera y genuina Doctrina sobre los Sacramentos, la praxis -una Pastoral- que tal Doctrina avala y engendra. Doctrina que, a día de hoy y con la Amoris laetitia, está ya, al menos oficiosa y quizá ya también “oficialmente", en solfa, porque la tal exhortación da pié a cargárselos todos, uno por uno, como se está poniendo de manifiesto con las distintas y encontradas declaraciones de miembros de la Jerarquía a todos los niveles. Por eso publiqué en su día que, en la vida de la Iglesia Católica, habrá -para bien o para mal- un antes y un después; siendo esa exhortación el pistoletazo de salida.

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12.01.17

¿Por dónde empezar?

La necesidad de reconstruir o volver a edificar la Iglesia es tan terroríficamente llamativa como necesaria, urgente e inaplazable. Cada uno de los hijos de Dios en su Iglesia deberíamos oír, como dirigidas personalmente, estas palabras de Jesús a Pedro, en  la Última CenaSimón, Simón, (…) Yo he rogado por tí para que tu Fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos(Lc 22, 31-32). Porque nos las dice a todos, generación tras generación. Y cada uno las debe llevar a la práctica en su vida, desde su situación personal, en la misma Iglesia en la que ha nacido para Dios.

Ahora bien, esta responsabilidad, que es común para todos, no tiene en todos -lógicamente- las mismas implicaciones. No es lo mismo ser pastor que oveja, por ejemplo. No es lo mismo tener una misión jerárquica, que carecer de ella. Como no es la misma la formación recibida por unos o por otros, ni los carismas personales son los mismos. La responsabilidad es de todos; pero para cada uno, en su sitiio y desde su sitio.

Ya sé que esto es elemental; pero, tal como están las cosas, me parece que no está de más explicitarlo.

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6.01.17

Quo vadis..., Ecclesia?

Hay que partir de la base de que la Iglesia, nacida de las manos amorosísimas de Cristo -su Amante Esposo-, es Una, Santa, Católica y Apostólica: porque es Esposa Casta y Fiel. Además hay que añadir que “las puertas del infierno no prevalecerán” contra Ella: porque la asiste -perpetua y eficazmente- el mismo Espíritu Santo. Todo para ser camino de Salvación universal de los hombres.

Bueno, de los hombres… y de los burros, de los que no se olvida el Antiguo Testamento: Homines et iumenta salvabis, Domine!Tú, Señor, salvarás a los hombres y a los burros". El por qué los nombra, debe ser para que pueda entrar yo también. Que nadie se ría, que lo digo en serio. Y si alguien se quiere apuntar… yo, encantado.

Pero asentado esto, que es nuestra Fe, y que el Señor no puede menos que atender y hacer eficaz, porque nos la ha dado Él mismo, también es perfectamente constatable que el descamino -por decirlo finamente- que se está instalando en sus adentros, es fino: no hay día que no nos asalte algún titular, alguna noticia, alguna declaración, algún despropósito o alguna herejía…, vengan del norte, del sur, del este o del oeste. O incluso de Roma, que debería ser el último sitio de donde nos viniesen estas cosas ya, desgraciadamente, “cotidianas".

Lo más llamativo -por decirlo también suavemente- es que se dicen y se hacen esas cosas, y da la impresión que a nadie le chocan, que nadie se hace cargo, o se toma la molestia de desmentirlas ni, mucho menos, tomar las medidas pertienentes, si fuese el caso. Da la impresión, insisto, de que nadie se inmuta con esas “burradas” -nada que ver con la cita anterior- y, menos que nadie, aquel o aquellos a quienes, en buena lógica, les correspondería hacerlo, pues es lo que los demás, el pueblo fiel, esperamos que hagan. Como se ha hecho siempre en la Iglesia, para bien de sus hijos… hasta hace bien poco, al menos.

Lo digo desde fuera, porque -gracias a Dios- no estoy donde se deciden las cosas: hablo desde lo que se publica, desde lo que se pone en boca de los protagonistas de los actos y de las declaraciones, y desde los clamorosos silencios -y desde los gritos, también clamorosos, que se dan para temas secundarios en el hacer de la Iglesia, o que ni siquiera le corresponden- de quienes deberían hablar y hacer desde la fidelidad a su vocación y misión.

Y digo y afirmo -modestamente- que da la impresión de que muchas gentes de Iglesia, en la misma Jerarquía, se han inficcionado de lo peor de los males que afectan a la sociedad civil; sociedad, por cierto, que se ha desmoronado -se la ha corrompido- desde las mismas instancias que deberían haberla protegido, cuidado y salvaguardado. Y lo ha hecho, precisamente, en la misma medida en que la Iglesia -y su Jerarquía-, ha contribuido a su descristianización, con lo que ha dejado a las gentes -a “sus” gentes- doblemente a los piés de los caballos.

Uno de esos males, quizá de los peores, ha sido el de no querer ver -no querer reconocer- lo que estaba pasando. Ni por qué estaba pasando. Y, de este modo, no hay solucíón posible. No la puede haber siquiera.

Por ejemplo. Se ha eliminado de la predicación de la Iglesia la palabra “conversión": Se ha cumplido el tiempo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio. Y si se la sigue utilizando, se la desvirtúa cuando se la desvincula de la palabra “pecado", y de la necesidad de volver a nacer, la necesidad de hacerse “otro", conforme a Cristo, nuestro único modelo. 

Por contra, se toma como criterio “moral", lo cuantitativo, es decir, lo numérico tout court. Por ejemplo, se constata que hay gran número de matrimonios rotos, de católicos recasados por lo civil, de gentes que comulgan en pecado grave y ya sin planteárselo de otra manera: comulgan en Misa lo mismo que rezan el Padrenuestro…, y así sucesivamente.

Pues bien. Para atajar eso, se atiende también solo a lo numérico: se eceleran los procesos de nulidad, se admite a la comunión a esos recasados, se sigue sin facilitar la confesión de las gentes y sin formar las conciencias -antes bien, se pone la conciencia personal y su “libre” juicio como único y último baremo moral-, porque lo numérico no forma ninguna conciencia. Y así se va ahondando el vacío espiritual, el caos moral, y la corrupción de la misma Iglesia y de sus instituciones: los Sacramentos, la Misa, la identificación con Cristo, el vaciamiento de su Palabra Salvadora y la Majestad de su Persona. Y se renuncia a formar las conciencias. El peor error. La gran traición. Y se pierden las almas.

Con todo esto el hombre, al no poderse reconocer en Cristo, no puede reconocerse ya en ningún otro sitio: se desconoce para sí y se hace desconocido para los demás. Esta es la tragedia de la sociedad moderna y de la “nueva Iglesia” que se pretende instalar. Y así no hay solución.

Como escribió Simone Weil, que no es que sea teóloga, pero “la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero": “El conocimiento del bien solo se tiene mientras se hace… Cuando uno hace el mal, no lo reconoce, porque el mal huye de la luz".

Lo que significa que el bien se reconoce solo si se hace. El mal, solo si no se hace. Y ya cuando se presenta el bien como mal y el mal como bien -que es lo que está pasando- dar marcha atrás, rectificar, reconducir las situaciones se hace muy, pero que muy difícil.

Tarea para Dios, porque los titanes no existen, me parece.

22.12.16

Jesús también quiere a los ricos... (segunda parte)

Acababa el artículo anterior con una afirmación que ha escandalizado a unos pocos; quiza a más, pero solo unos pocos me lo han participado. Escribía -de intento- que toda esa vociferante y machacona insistencia por los “materialmente” pobres -orillando a la vez y conscientemente como auténticos apestados a los que no lo son, estigmatizándolos además como indignos de pertenecer a la Iglesia Católica, y ocultando que, ante Dios, TODOS SOMOS POBRES, auténticos INDIGENTES; silenciando a mayor abundamiento las voces discordantes con esta simplonería sentimentaloide, “política” y ahora también “eclesialmente correcta y esencialmente buenista", que a nada conduce ni nada resuelve-, NO ES CRISTIANA; es más, es una “nueva” IDOLATRÏA…

Y hay gentes -pocas- que se han escandalizado. Voy a intentar “explicar” y “explicarme"; no tanto por esas buenas gentes -si les sirve, pues estupendo-, sino porque ya tenía pensado hacerlo, y así lo anunciaba. Y en ello estoy.

Vaya por delante -porque es verdad- que Jesus algunas veces cita a los “pobres” y los ensalza, en la mejor continuidad veterotestamentaria. Y lo hace, en esas ocasiones, sin distingos entre pobreza “material” y pobreza “espiritual", porque son “los pobres de Yahweh". De estas expresiones algunos infieren que Jesús se está refiriendo especialmente a los pobres “materialmente pobres", a la pobreza “material” sobrevenida o en la que se está inmerso. Me van a perdonar pero nada más lejos de la Verdad Revelada, de la Palabra de Dios y, muy especialmente de los hechos obrados por el mismo Jesucristo. Por contra, en diversas ocasiones sí se refiere expresamente a la pobreza “espiritual” o a los “pobres de espíritu", por ejemplo, en las Bienaventuranzas. Y la Palabra de Dios no puede contradecirse.

En primer lugar, Jesucristo no vino a remediar ninguna indigencia o pobreza material: vino a SALVARNOS. Y a salvarnos de nosotros mismos, de nuestros pecados, de nuestra INDIGENCIA ESPIRITUAL, de la que de ningún modo podíamos salir por nosotros mismos. Entregó su Vida por la nuestra, que habiamos perdido, y estábamos abocados, sin remedio a nuestro alcance, a la condenación eterna. NO murió por nuestras necesidades materiales. En absoluto. Rotundamente: NO.

En segundo lugar, Jesús NUNCA remedió ni una sola situación de pobreza “material". Lo que no deja de ser muy, pero que muy llamativo, si hubiese venido a instaurar la “liberación” de esas pobrezas, y también -y como sería lógico-, de las condiciones tan “injustas” -según estos “nuevos profetas"- que las producen. Llamativo y sorprendente.  (Por cierto y como inciso necesario: pobrezas “espirituales” las atendió todas).

Máxime, cuando se nos quiere presentar a Jesús -al que ya no llaman “el Cristo, el Hijo de Dios vivo": ¡qué cosa tan demodé, por favor"-, como un liberador “social", un marxistoide anacrónico, fuera de tiempo y lugar, hasta el punto que nadie le hizo caso hasta que no vino un tal Marx -diecinueve siglos después, por cierto, que ya es tardar-, y ahora los de Podemos, si se me permite la licencia o la broma. Pasando -¡cómo no!- por el Comandante, que se me olvidaba: el último “mesías” o “libertador” de cuño -o “puño"- marxista: o sea, multimillonario. Otra de las cosas que no cuadran en Jesús: ¡no se hizo millonario con la monserga de los pobres!

Por último, y para no alargar más el escrito: es también “luminoso” e inequívocamente “dramático” -una auténtica tragedia- lo que ha pasado en la Iglesia, fruto de esa “opción preferencial por los pobres”. Valga como muestra el ejemplo alemán.

Desde hace muchos años, la Iglesia Católica en Alemania, se centró en la ayuda económica a las Iglesias en los países en dificultades políticas, sociales y, lógicamente, económicas. Dado su poderío ecnómico, la ayuda fue, y sigue siendo, muy importante; mucho. Y a esas Iglesias, que no tenían recursos, les vinieron de maravilla los dineros que les caían de los católicos alemanes. Desde este punto de vista, todo perfecto, pues se pudieron hacer muchísimas cosas que, de otro modo, no se hubieran hecho en esos países necesitados: desde obras asistenciales, como escuelas y hospitales, hasta sufragar los gastos de los seminaristas, en unos seminarios llenos de jóvenes y vacíos de comida; amén de otras muchas carencias.

Pero el “peaje” que tal perspectiva o "cultura” eclesial ha sido que la Iglesia Católica en Alemania se ha quedado “vacía": de espíritu y de espiritualidad. Y ha perdido a miles y miles de católicos en todos esos años. Lo que no deja de ser una paradoja que alguien tendrá que ver y descifrar. Porque si la ayuda a los pobres “materiales", si cuando se está en la “verdadera” iglesia, si cuando se está entendiendo a Cristo y su liberación, si cuando se es más misericordioso que nunca…, si todo eso lleva consigo la desaparición de los católicos y de la Iglesia…, con sinceridad, y con la mano en el corazón: si esos son los frutos…, "para ese viaje no se necesitan alforjas".

Porque, en esa perspectiva, TODO ESTA EQUIVOCADO DE RAÍZ. “Por sus frutos los conoceréis".

Pero se me ha quedado en el teclado una tercera entrega. Espero que llegue pronto.