4.06.18

La Sangre y el perdón. Homilía de Monseñor Aguer en Corpus Christi

Monseñor Aguer ha dejado de ser Arzobispo de la Plata pero su profunda, oportuna y elegante palabra seguirá siendo, por muchos años, luz para quienes peregrinamos en Argentina. Lo saludé sólo una vez, pero sus escritos, especialmente los vinculados a temas de educación y sus homilías, han sido de un enorme valor en todos estos años de ministerio sacerdotal. Admiré y admiraré siempre su notable erudición y su capacidad de decir la verdad de siempre en un lenguaje comprensible para el hombre de hoy, además de su valentía para dejarse “despellejar” si era necesario, asumiendo la incorrección política y eclesial muy seguido.

Me tomo el atrevimiento -adelantándome a lo que tal vez se hará luego desde la dirección del portal- de compartir su homilía en la Fiesta de Corpus Christi. Una joya en todo sentido.

Ruego al Señor que Monseñor continúe ejerciendo su magisterio episcopal allí donde la Providencia lo envíe, para Gloria de Dios y provecho de todos nosotros.

La sangre y el perdón

Homilía en la Misa de Corpus Christi

Iglesia Catedral, 2 de junio de 2018

        Había llegado el día en que se sacrificaba el cordero pascual, y Jesús encomienda a sus discípulos que preparen la comida ritual de la celebración. La indicación y su cumplimiento parecen un suceso misterioso, pero ocurrido en una situación que resultaba habitual para esa fecha. A los comienzos, según se lee en el Deuteronomio  (16, 7), la pascua debía celebrarse en el atrio del templo, pero después se transfirió a las casas; se hizo rito hogareño. Era costumbre que los habitantes de Jerusalén ofrecieran generosamente lugar a los peregrinos para cumplir con la fiesta. Los discípulos, siguiendo el mandato recibido, debían encontrar el lugar adecuado, matar el cordero, preparar panes ácimos y disponer la mesa con sus accesorios. Todo sucedió tal como la providencia de Jesús lo había planeado.

         La comida propiamente tal, después de lavarse las manos, consistía en compartir el cordero asado, según lo prescrito y en las tradiciones. Sin embargo, la precedía un “aperitivo”, por llamarlo así; se pasaba una primera copa, antes y después de la cual correspondía una alabanza; seguían las hierbas amargas, mojadas en vinagre, y la compota –jarosét, en hebreo- de dátiles, higos y pasas. Después de un primer rezo de salmos venía la segunda copa, cuando se explicaba el sentido de la fiesta: el paso, la pascua, de Israel de la esclavitud a la libertad; el pan ázimo era un memorial de aquella intervención de Dios en favor de su pueblo. Recordemos rápidamente que la eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo, cordero inmolado y pan de vida. La tercera copa ritual, de bendición, corresponde en la Última Cena a la consagración del vino como sangre de la alianza nueva y definitiva, que es derramada en la cruz por la comunidad y para que el mundo entero llegue a ser Iglesia de Dios. El gesto de tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo y entregarlo es la berajá, la oración judía sobre la mesa, que Mateo y Marcos llaman eulogía, y Lucas y Pablo eujaristía.

         Las palabras de la institución eucarística nos son transmitidas con variantes en los tres evangelios sinópticos y en la primera Carta a los Corintios, pero todas las fórmulas recogen lo esencial: el cuerpo y la sangre del Señor son dados a comer y beber. Esa celebración de la Cena ocurre insertada en el dinamismo de la Pasión, sacrificio de la Nueva Alianza para el perdón de los pecados. Este año, la liturgia de la Palabra subraya el valor de la sangre, que tenía una importancia capital en el ritual de los sacrificios del Antiguo Testamento; hacía referencia a aquella sangre que señaló las puertas de los israelitas en Egipto para librarlos del exterminador. En los pueblos primitivos la sangre está siempre en relación con lo sagrado y con la creación de una comunidad. Según el Levítico la sangre es el alma de la carne, el principio vital del cuerpo (17, 11). Carne y sangre constituyen, según el pensamiento bíblico, al hombre en su naturaleza perecedera. El Hijo eterno de Dios, el Logos, asumió nuestra condición mortal; se hizo carne, sárx (Jn. 1, 14). En el llamado Discurso Eucarístico del cuarto  evangelio  (Jn. 6, 53-56), Jesús promete  que su carne –sárx– será comida-brósis- y su sangre-háimá– será bebida –pósis-. En las  palabras de la  Cena en  lugar de  carne se dice cuerpo -sōma-. El cuerpo carnal del Señor y su sangre preciosa, tomados de María, hacen presente en el sacramento eucarístico a la persona misma de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre: cuerpo, sangre, alma y divinidad, como aprendí a recitar del catecismo a los siete años. Esa presencia del Resucitado, que lleva los estigmas de la Pasión, el cuerpo entregado y la sangre derramada, anticipan la comunión celestial de los fieles con él y nos inducen a valorar debidamente la vida humana, la carne y la sangre de todo hombre, imagen de Dios.

         El carácter sagrado de la sangre sustenta el precepto del decálogo que prohíbe el homicidio. El derramamiento de la sangre del prójimo reclamaba venganza. la cual era regulada cuidadosamente en la Torá de Israel. La historia del hombre exiliado del jardín del Edén comienza con una maldición que tuvo y tiene una vigencia terrible: Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará (Gén. 3, 16). Ningún feminismo triunfante podrá evadirla totalmente; sólo la recepción humilde y obediente de la sangre de Cristo es la auténtica liberación de la mujer. Aquella historia inicial continúa con el primer homicidio; la sangre inocente reclama ser vengada: la sangre de tu hermano grita a mí desde el suelo (Gén. 4, 10). La figura del inocente Abel se cumple en Cristo; su sangre recoge la sangre de todos los inocentes asesinados, que clama venganza. Así caerá sobre ustedes toda la sangre inocente derramada en la tierra desde la sangre del justo Abel; esto dijo Jesús en su inventiva contra los escribas y fariseos (Mt. 23, 35). Tomen nota los diputados y senadores,  los que se aprestan a legalizar el crimen abominable. No lo llamo yo así, lo hace el Concilio Vaticano II en el párrafo 51 de la Constitución Pastoral Gaudium et spes. Se escandalizaron en el Congreso, durante el pseudo debate que acaba de concluir cuando un médico presentó un video en el que aparece la realidad sangrienta del aborto: el niño por nacer – porque es eso un embrión de 14 semanas- arrancado a pedacitos del nido en el que debía crecer, para ser arrojado en un tacho de residuos biológicos. La operación podrá ser realizada en condiciones asépticas, por cierto, pero ¿sobre quién, sobre qué cabezas recaerá la sangre, mezclada, del niño y de su madre? Las almitas inocentes serán acogidas en la misericordia de Dios, ¿pero quién librará a una sociedad asesina de los pobres, de los más pobres e indefensos, quién la librará del clamor de la venganza inseparable de la sangre derramada?. No será, de seguro, el Fondo Monetario Internacional. En la carne y la sangre de la niña violada, embarazada sin quererlo, y en la de la carne y la sangre de su hijito sacrificado, están -unidos por una misteriosa fraternidad- la carne y la sangre de Cristo. Caín, Herodes, Pilatos, y todos los verdugos, pueden atarse al cuello un pañuelo verde. El precio del crimen abominable le será cobrado al mundo el día del juicio, y  a la sociedad argentina mucho antes. El paso que algunos están empecinados en dar ya se está pagando, anticipadamente, en las actuales e irremediables desdichas. Llama la atención, para llorar, la adhesión de las izquierdas del arco político, que proclaman, creo que sinceramente, los derechos de los pobres, a la iniciativa típicamente burguesa de poder liquidar legalmente a los niños aún no paridos. Es una iniciativa falazmente presentada como en favor de los pobres por los que no quieren que se reproduzcan los pobres, y lo hacen porque no saben, no pueden o no quieren arrancarlos de su situación de pobreza. Vuelvo sobre mis palabras. Si yo digo que el aborto es un crimen abominable, se altera el cotarro de los “comunicadores”, y a mucha gente discreta que trabaja por la cultura del encuentro le parecerá una expresión exagerada, irrespetuosa y molesta. Pero lo dijo el Vaticano II, y nadie lo recuerda. La verdad de la fe acerca del cuidado de toda vida, sólo viene a confirmar certezas científicas, filosóficas, jurídicas, sociológicas, psicológicas y políticas; el argumento teológico, la Sagrada Escritura y el magisterio eclesial son un sello que acredita la verdad de la naturaleza inscripta en el precio de la sangre. Que piensan esto las “católicas por el derecho a decidir”, y los democráticos entusiastas del debate.

         En cada una de las especies eucarísticas está Jesucristo todo entero; en la hostia consagrada está su sangre, y en el cáliz en el que el vino dejó de ser vino, está su carne. Dentro de un rato, pasearemos al Corpus, brevemente, por nuestras calles, y luego él bendecirá a la ciudad indiferente. Pero no son indiferentes nuestros corazones, sino llenos de lúcido fervor y de esperanza.

         A la hora doce de Roma se publicó hoy la noticia de que el Santo Padre Francisco aceptó la renuncia al cargo de arzobispo de La Plata que le presenté hace unos días, poco antes de cumplir 75 años, como lo “ruega” el derecho canónico. Mi sucesor es monseñor Víctor Manuel Fernández, ex Rector de la Universidad Católica Argentina, quien iniciará su ministerio como pastor de esta Iglesia particular dentro de pocos días, para que el 29 de este mes pueda recibir de manos del Sumo Pontífice el palio, que es la insignia de los arzobispos metropolitanos. Así me lo comunicó el Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica. Es asombroso comprobar cómo los periodistas anuncian anticipadamente lo que va a ocurrir, aunque se trate de hechos velados por el secreto pontificio, porque este es el más vulnerable de los secretos. Muchos de ustedes recibirán una revistita parroquial, que, de seguro, no habrá sido editada esta mañana, y que contiene lo que hoy se publicó en Roma.

         El mismo representante de la Santa Sede también me indicó que esta celebración de Corpus Christi sea mi despedida de ustedes. Pienso que a través de ustedes puedo llegar a toda la feligresía. Así lo hago, en efecto, con todo cariño y gratitud, después de un ministerio platense de casi 20 años; uno y medio como coadjutor de mi venerado predecesor, Mons. Galán, y 18 como arzobispo. Todo pasa, todos pasamos; la Iglesia, sea una multitud innumerable de naciones o un pusillus grex, un mínimo rebaño, dura, permanece, hasta que Cristo vuelva.

         Me permito unas pocas palabras de agradecimiento y de disculpa. De agradecimiento, en primer lugar, al Papa Francisco, filialmente, en el amor de Jesús, María y José, como escribí en el texto de mi renuncia. Luego a los sacerdotes y laicos que han trabajado conmigo y aún más que yo; ¿qué podría hacer un obispo sin su presbiterio, y sin los laicos comprometidos con la misión pastoral de la Iglesia, y que llevan adelante tantas iniciativas? De un modo particular pienso en los jóvenes y en los queridos seminaristas que se preparan para ser el clero de mañana. Gracias por el  talento, la laboriosidad, la oración y la lealtad. Sobre todo por la lealtad, que con la sinceridad es un bien tan escaso, que excluye toda simulación, hipocresía y adulación. No puedo hacer nombres, no corresponde, y además, sería una lista larguísima; cada uno sabe, y el Señor más que nosotros.

         Ahora la disculpa; el perdón, mejor dicho: lo pido a quienes se han sentido dañados, perjudicados por mí de cualquier forma. Yo también perdono a quienes me hayan deseado el mal. El perdón recíproco nos identifica como cristianos. Lo dice el apóstol: Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo (Col. 3, 12, ss.) San Pablo añade que el amor es el vínculo de la perfección; vínculo suena en griego a sýndasmos, es lo que ata, aúna y constituye de las partes de un todo, un solo Cuerpo; de ese vínculo y de esa unidad procede la paz. No hay amor sin perdón; se puede discursear de modo conmovedor sobre la misericordia, pero practicarla cuesta mucho. No es posible vivir según el ideal apostólico sin la eucaristía. Dice Pablo: vivan en la acción de gracias, o sean agradecidos; traduciendo literalmente el eujuásristoi gínesthe se podría decir: vuélvanse eucarísticos, háganse eucarísticos (Col. 3, 15).

         Nuestra agrietada Argentina necesita del perdón de Dios y del perdón recíproco entre todos los ciudadanos para superar aquella maldición proferida en un arrebato contagioso de pasión política: ¡al enemigo, ni justicia! La Eucaristía nos hace eucarísticos, y nos preserva, si nuestra libertad consiente, para que esa maldición no penetre en la comunidad de la Iglesia, y podamos entonces aportar a la Patria una fuente de amor y de paz. Meditemos esto mientras acompañamos al Corpus por nuestras calles. Gracias. Amén.

+ Héctor Aguer

22.05.18

ENDEUDADÍSIMO

ENDEUDADÍSIMO

Si me preguntan estos días: “¿cómo andás, padre?”, una de las respuestas más exactas que podría dar es, sencillamente: “endeudadísimo”.

Y debo reconocer que esto de estar endeudado llega a ocupar amplios espacios en mis pensamientos. Me encuentro manejando por la ruta sacando cálculos y porcentajes, o imaginando estrategias de recaudación de fondos para liquidar todas las cuentas de una vez por todas, o explorando novedosas formas de ahorrar, aunque sea en lo más mínimo…

Llega a sucederme incluso –lo confieso avergonzado- que estoy en medio de alguna celebración eucarística o una confesión, y mi mente vuela lejos de la patena, el cáliz y el corporal, sumando, restando y multiplicando, en una interminable danza de cifras.

Me levanto y ya muy pronto –casi al unísono con la canción mariana que me despierta- resuena la llamada del deber: “tenés que pagar tus deudas, Bonnin”. Y es casi imposible que por estos días pueda leer o rezar por las noches sin que esta idea vuelva a presentarse, insistente, tal vez por la fuerza de la costumbre adquirida desde mi infancia de “no tener cuentas sin pagar”.

La situación me incomoda, me molesta sobremanera y, sin embargo, me educa…

Me educa no sólo porque LA PROVIDENCIA DE DIOS se manifiesta y resplandece con insospechado vigor, sino también y sobre todo, porque me revela un misterio aún más profundo.

ENDEUDADÍSIMO he estado desde el mismo momento de mi concepción contigo, oh Padre amado, que me creaste sin mérito de mi parte, que me diste la vida sin pedir nada a cambio, que me regalaste tantos años de felicidad inmerecida, y que sigues sosteniéndome en el ser aún cuando te ofendo.

ENDEUDADÍSIMO he estado desde siempre contigo, oh Jesús mío, Amigo Fiel, Salvador y Señor, que pudiendo salvarme con una sola gota de tu sangre la derramaste toda… y me llamaste a la vida apostólica y sacerdotal, y me permites cada día ser canal de la Gracia de tu Espíritu, y me das a tu Madre como Madre tierna y cariñosa…

ENDEUDADÍSIMO he estado y estoy con tantas personas -¡tantas personas!- que gratuitamente, sin alardes, sin reproches, me han amado y hecho el bien desde que han sabido de mí: padres, abuelos, hermanos, amigos, maestros, sacerdotes, vecinos, feligreses e incluso desconocidos.

Señor, que así como en este tiempo y sólo temporariamente mi mente permanece absorta y distraída con cálculos mentales, así mi mente y mi corazón, de modo continuo e incesantes, vivan en la conciencia de la deuda de amor que tengo hacia Ti y hacia todos los que han sido signos de tu amor para mí.

Señor, que cada mañana me levante gozoso de tener un día más de vida para intentar retribuir algo de amor a ti y a mis hermanos como respuesta a tanto bien recibido… con la conciencia de que es imposible pagar esa deuda –y que tampoco tú lo exiges- pero que intentándolo es como mi vida adquiere sentido y grandeza.

Ayúdame a gozar cada día en esa infinita deuda, que me revela mi dignidad y lo valioso que soy para ti… y que espero poder transformar en alabanzas para siempre, en la eternidad.

11.05.18

Creo en la la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica

Sí amigos, no tengo empacho en decirlo, no me avergüenzo de gritarlo a viva voz, no me siento acomplejado ni temeroso de anunciarlo…


A pesar de Judas Iscariote, y de los traidores, y de los embaucadores de cada siglo y los de hoy;

A pesar de los que usaron la fe para lucrar, y o como excusa para dominar, o para justificar cualquier tipo de violencia;

A pesar de los que adulteraron y adulteran la Palabra de Dios, y de los que mancharon o manchan el sacerdocio, el episcopado y el papado con los crímenes más horrendos;

A pesar de los que mezclaron de modo indebido la política y la fe, a pesar de los que trastocaron los ideales de Cristo por ideales puramente inmanentes;

A pesar de todos los pecados de sus miembros pasados y actuales, entre los que se incluyen los míos…

A pesar de todo eso, y de mucho más, a pesar de todo:

CREO EN LA IGLESIA UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA.

Creo y amo a la Iglesia en su fragilidad, y la admiro en la santidad de sus héroes de ayer y de hoy. Y la celebro en la magnitud de su apostolado, en la vasta extensión de su servicio a Dios y al hombre, en su presencia vivificante en la historia.

Amo a la Iglesia en el esplendor de su Doctrina, en la claridad de sus dogmas, en la inmensa riqueza de sus ritos y tradiciones litúrgicas, en el equilibrio perfecto de su enseñanza moral, en el tesoro inexhaurible de experiencia contemplativa secular.


Y la celebro como motor del progreso de la ciencia y del arte, como difusora de la belleza más noble y auténtica que existe bajo el Cielo, y como promotora de la fraternidad y la paz entre los hombres, y del perdón y la reconciliación entre los pueblos.

Amo a la Iglesia católica, la única en la cual todavía hoy las palabras de la Última Cena siguen siendo eficaces para darnos el “Pan vivo bajado del Cielo". Amo la Iglesia que nace y vive de cada Eucaristía, cuyo Corazón palpitante es Jesús Sacramentado en el Sagrario.

Amo a la Iglesia que -desde Pedro hasta hoy- sigue siendo guiada por aquél a quien Jesús dice: “yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca… apacienta mis ovejas… las puertas del infierno no prevalecerán contra ella… “

Amo a la Iglesia que me ha mostrado el misterio de la Maternidad de María, que al engendrar a Jesús engendra también a todos sus miembros. Madre amante, Madre amable, Madre y Reina, modelo de discípula, Madre de la Iglesia.

Gracias, Jesús, por la Iglesia Católica!!!

Gracias, Iglesia Católica, por darme siempre de un modo nuevo y más generoso a Jesús!

7.05.18

A ver si te queda claro: abortar es asesinar

Si elegís cortarte el pelo cortito, o dejártelo largo hasta los tobillos, o teñirlo de verde, o hacerte rulos, prometo respetar tu elección…

Si elegís usar ropa fosforescente, o vestir siempre de negro, o disfrazarte de Superman o del Hombre araña, o usar una larga túnica, prometo respetar tu elección…

Si incluso eligieras hacerte una cirugía para modificar tu nariz, o para achicar tus orejas, o hasta si eligieras cortarte el dedo gordo del pie, o mutilar algún otro miembro u órgano del cuerpo, no estoy de acuerdo y si puedo te lo voy a decir, pero no puedo impedirlo, y prometo respetar tu elección… Eso sí, no me pidas que te ayude a hacerlo, ni que financie tu elección.

Pero si pretendés matar a otro ser humano, si pretendés obtener un permiso para eliminar a otro argentino, si elegís descuartizar a un bebito inocente o aspirarlo como si se tratase de basura, y encima pretendés que yo financie ese homicidio y que te diga que tenés “derecho” a hacerlo, en ese caso, que te quede claro, QUE TE QUEDE RECONTRACLARO, voy a hacer lo que pueda para impedirlo, y NO VOY A RESPETAR NADA TU ELECCIÓN…

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11.04.18

Gastar mi vida para su Gloria

Finalizo con esta entrega las entradas en las que he ido desglosando la oración de consagración de mi sacerdocio, que compartí hace unos días.
 
Las anteriores meditaciones:   
 

X.  Utilízame como cosa, posesión e instrumento tuyo. En tus manos tengo la certeza de cumplir la voluntad del Padre, de gastar mi vida para gloria suya, extensión del Reino de Cristo, y para tu regocijo. Madre, soy todo tuyo, y todo lo tuyo me pertenece, in saecula saeculorum.

A la Madre Teresa de Calcuta le gustaba decir: soy un lápiz en las manos de Dios. Así quería destacar que toda la obra la hacía el Creador, que ella era sólo instrumento. El único mérito que ella podía tener era, naturalmente, dejarse utilizar, ofrecer la menor resistencia posible. Decir siempre que sí.

Madre querida, tan solemne como sencillamente, quiero entregarme a Ti, no para descansar en tus manos, sino para que me uses, una y otra vez, para realizar en mí la obra de Dios, para que otros puedan conocerlo y amarlo. Quiero ser instrumento, intentando adecuarme cada vez mejor a la misión sacerdotal, pero sin olvidar jamás que todo lo bueno proviene del Vos y no de mí, que debo aprender a dejarme utilizar sin resistencias, sin temores, sin querer protagonismos excesivos.

Tengo la certeza, la sólida e inquebrantable certeza, de que, si no me suelto de tus manos, si no cierro mis oídos a tu maternal voz, puedo cumplir la voluntad del Padre con fidelidad. Quiero despojarme de mi propia libertad para hacer sólo su plan, su proyecto, su designio, y estoy seguro de que así será en la medida en que permanezca muy unido a vos.

Quiero gastar mi vida, sin guardarme nada, sin reservarme por las dudas, sin cuidarme más que lo mínimo que indica la caridad para conmigo mismo, para que muchos otros puedan descubrir el único amor perfecto, el que no falla, el que es capaz de transformar vidas. Porque la gloria de Dios es el hombre viviente, y quiero que esa vida en abundancia pueda ser experimentada por todos mis hermanos.

Quiero gastar mi tiempo en esta tierra como un soldado fiel de Cristo Rey, que en los Ejercicios Espirituales me dijo con prístina claridad: el que quiera venir conmigo, ha de vivir y sufrir como yo, para luego gozar junto a Mí.

Quiero extender tu Reino en el mundo, que es tu Iglesia, amándola y sacrificándome por ella, trabajando junto a mis hermanos sacerdotes, en comunión con el Papa y mi obispo.

Quiero vivir y morir así, Reina mía, y quiero hacerte sonreír; quiero regocijar tu Inmaculado Corazón, afligido tan a menudo por mis pecados y los de mis hermanos; quiero alegrar tu alma, quiero ser para Vos -como lo sos para mí- fuente de consuelo.

Madre, soy todo Tuyo, y todas mis cosas son tuyas, por los siglos de los siglos. Amén.