Una colaboración de un lector: Había estado XI
“Había estado” (XI). Escrito por Norberto
Miryām observaba desde el balcón sito en la puerta de la casa, que daba al rellano en el que Shimon hablaba, su cuerpo estaba inclinado, en actitud reverencial, había detectado la presencia del Ruaj Ha Kodesh (Espíritu Santo), recordaba aquel instante cuando dijo “hágase”; simultáneamente escuchaba las voces procedentes de quienes hablaban unos metros más abajo.
Todo volvía a ser luz, fuego, Šekina (Presencia), una vez más se cumplía una promesa y un anuncio que su hijo Ioshua había confiado; ellos, bajo su amoroso cuidado y su continua exhortación, lo habían invocado y allí estaba, podía ver las lenguas de fuego que se posaban sobre los seguidores de Ioshua y sobre ella misma.
Ana, acompañada de su guardián - y primo - Eliecer, su hijo Eulogio y su primo jerosolimitano y hospedero Mohsé llegaron al lugar de los hechos a tiempo de escuchar las palabras de Shimón “… bautizaos y recibiréis el Ruaj Ha Kodesh…”; sin premeditación, como si una mano oculta les empujara se encontraron en la fila de quienes esperaban recibir el agua del bautismo, sin embargo Ana, sintió el temor de que se transgredieran los mandatos de YHWH.
Mohsé giró la cabeza y vio el gesto de ambigüedad de Ana, la expectación en la expresión de la tez del joven Eulogio y el gesto vigilante de Eliecer a punto de preguntar a sus congéneres “¿qué hacemos aquí?”.
Shimon Bar Ionah apenas podía atender el rito del Bautismo, pese a contar con la asistencia de sus compañeros, los asistentes, conmovidos por su discurso, preferían recibirlo de sus manos; cuando llegaron a su altura los viajeros con Mohsé, que conocía a Shimon les encontró dubitativos, apesadumbrados, a diferencia de los anteriores candidatos no solicitaban el bautismo, solo Mohsé parecía decidido y así lo hizo. Con los ojos llenos de lágrimas de felicidad se dirigió a sus parientes y les dijo “Venid”.

En la homilía de hoy no he podido apenas glosar el texto de San Pablo a los Corintios (1 Cor 9,16-19.22-23). Ya se sabe, así lo decía el beato Newman, que toda homilía ha de ser incompleta – no doy fe de la literalidad de las palabras, pero sí de la integridad del sentido de esta afirmación -. No se puede, ni se debe, decirlo todo de una vez. Mejor es decir algo, un poco, en cada ocasión.
Homilía para el V Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
Los grandes maestros no hablan de sí mismos, no sienten la preocupación de perpetuarse en una escuela, no se creen dueños sino servidores de la verdad. Entre los más grandes ocupa un puesto destacadísimo Santo Tomás de Aquino, el Doctor común. “Se oscureció él mismo en la verdad”, dice sobre el Aquinate Jacques Maritain, haciéndose eco de una sentencia anterior: “Es algo mayor que Santo Tomás lo que en Santo Tomás recibimos y defendemos”.






