16.02.10

¿COMULGAR SIN CONFESAR? Comulgar bien: Un objetivo pastoral prioritario y permanente (2)

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1457):

“Según el mandamiento de la Iglesia todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez la año, los pecados graves de que tiene conciencia. Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no celebre la misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes. Los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión.

En la primera parte de la reflexión hemos observado que la primera condición para una buena Comunión es la recta fe: saber a Quién vamos a recibir. Yo creo que si se tuviera una conciencia clara y meditada de esto, muchas otras cosas vendrían como lógicas consecuencias. Si fuéramos verdaderamente conscientes de que vamos a recibir a nuestro adorable Redentor, al Hijo eterno del Padre, encarnado en el seno virginal de María, crucificado a favor nuestro, resucitado y que retornará un día glorioso como Juez de vivos y muertos… ¿cómo no haríamos lo posible para recibirle dignamente?

Consiedro que las palabras que pronunciamos antes de comulgar cuando decimos “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa…” contendrán siempre una verdad mayor que lo que podemos imaginar. Sólo la bondad y amor del Señor nos dan fuerzas para tal audacia. Su palabra basta para sanarnos. Y podemos acercarnos a recibirle, eso sí, con el vestido de fiesta que se requiere. El vestido de la justicia y de la inocencia que Él nos ha obtenido y que hemos recibido en nuestro bautismo. Así, un niño recién bautizado, como es costumbre en las iglesias de Oriente, recibe dignamente el Cuerpo del Señor.

Pero ¿y los que hemos recibido el bautismo ya hace años y perdemos la gracia a causa del pecado? ¿Podemos acercarnos sin estar en gracia de Dios al Santo Sacramento?

En el debate y coloquio habido a partir de mi anterior artículo, alguno de los comentaristas casi se enfadaba porque pudiera dudarse de la respuesta a la pregunta planteada.

Efectivamente, hasta hace unos pocos decenios, todos sabíamos por la catequesis más elemental, que nadie debía acercarse a la Sagrada Comunión si, consciente de pecado mortal, no se había confesado

Yo recuerdo de niño, que si algún domingo, entretenido en mis juegos, me había saltado la Santa Misa, debía confesarme, pedir perdón, antes de volver a comulgar. No hacían falta doctos discursos teológicos para ello.

Sin embargo, ¿quién observa hoy esta praxis? Sin entrar en juicios de conciencia que sólo competen a Dios, yo, como sacerdote, contemplo despavorido, cómo se acercan a la Sagrada Comunión tantas personas que no frecuentan casi nunca la Misa por no citar otras situaciones que son públicamente conocidas. La verdad es que hemos de predicar mucho al respecto, con tacto y oportunidad, pero también con determinación.

La pérdida del sentido del pecado producida por el oscurecimiento o la ignorancia de la fe, el olvido casi perpetuo de muchos por el sacramento de la Penitencia y las Comuniones mal hechas son un pesado lastre en la vida de muchos cristianos y del conjunto de la Iglesia, una causa importante de muchos males que nos afligen.

Una visión mínimamente realista de la vida cristiana nos hace ver la inviabilidad de la misma sin el recurso frecuente a la Confesión. En este año sacerdotal es oportuno redirigir nuestra mirada al Santo Cura de Ars y constatar su dedicación ejemplar a la administración del sacramento de la Confesión. Como nos ha dicho el Papa, no podemos resignarnos a ver vacíos nuestros confesionarios: vacíos de sacerdotes y vacíos de penitentes. Nos va en ello lo más precioso de la misión de la Iglesia: la salus animarum, suprema lex.
Debemos acudir frecuentemente a la Confesión sacramental para recibir dignamente la Comunión y dar frutos de santidad. Al menos debemos acudir a la Penitencia una vez al año, en peligro de muerte y siempre que deseemos comulgar.

Sé que se tratan de cosas muy elementales pero estamos en una situación en que es urgente dar a conocer y recuperar cosas muy elementales.

25.01.10

Comulgar bien: Un objetivo pastoral prioritario y permanente

Las pasadas navidades, entre las muchas felicitaciones que recibí, me agradó especialmente la que me mandó Luís Fernando. Iba encabezada por una cita de Juan Pablo II. Es la siguiente:

“La mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia)

Les recordaba a mis feligreses, a la luz del Prólogo del Evangelio según San Juan, que una Navidad cristiana consistía fundamentalmente en recibir a Cristo y que sin esto, la Navidad perdía su identidad.

Y no hay duda que el lugar y momento de la máxima recepción de Cristo para un cristiano acontece en la Sagrada Eucaristía y en el momento de la Comunión. Un momento que debería ser culminante, íntimo y solemne, devoto y excepcional. Un momento lleno de inmenso amor y gratitud. Y por esto estoy convencido que ayudar a recibir a Jesucristo Eucaristía constituye un objetivo pastoral de primer orden.

En este año sacerdotal, a nivel personal, junto a los objetivos pastorales propios de la Diócesis, me he propuesto ayudar a los fieles a redescubrir la grandeza y el significado de un acontecimiento tan trascendente como es recibir a Nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Comunión. Recibirlo como el merece: con fe y amor.

Juan Pablo II, en su última encíclica y primera del tercer milenio, nos proponía el ejemplo de María contemplando el rostro del Niño Jesús y estrechándolo en sus brazos como el modelo inigualable de amor de recepción de Cristo Eucaristía. Recuerdo una bella fórmula de comunión espiritual en que se dice que quisiéramos recibir al Señor con aquel amor y pureza con que lo recibió su Santísima Madre.

¿Cómo podríamos vivirlo nosotros?

La primera disposición es la recepción de Cristo en la fe pura y auténtica, en la confesión de fe que es adoración y que reconoce en Aquél que nació en Belén de María Virgen y murió por nosotros en el Calvario y resucitó al tercer día a quien es el Hijo Eterno de Dios, Dios y hombre verdadero.

En el catecismo más elemental se nos enseñaba que la primera condición para comulgar era precisamente ser bautizado, ser cristiano, confesar la fe. ¿Nos acercamos a la Sagrada Comunión con esta fe? San Agustín decía que pecaría el que comiera el Cuerpo de Cristo sin adorarlo, es decir sin confesar su misterio en la fe.

Eran hermosos y profundos aquellos actos de fe, esperanza, amor y penitencia que se rezaban antes de la Comunión. ¿Por qué no recuperarlos? Tal vez en forma de bellos cánticos como aquél, maravilloso a mi juicio, que empezaba diciendo “Oh buen Jesús, yo creo firmemente…”. Me parece una tarea urgente que nuestros cantos en la liturgia destilen fe recia, devoción profunda, sentimiento auténtico.

La manera como el sacerdote distribuye la Sagrada Comunión puede ayudar y mucho a captar el sentido de la fe. Haciéndolo con pausa y reverencia, mostrando bien el Cuerpo del Señor al fiel, proclamando con palabra clara su identidad: “El Cuerpo de Cristo”. Por parte del fiel, manifestando con su porte la dignidad del momento, pronunciando el amén con gozo y convicción, recibiendo el Señor con grande respeto y observando las normas de la Iglesia a respecto. Sólo con que pusiéramos atención a estos detalles, los recordáramos oportunamente, los revisáramos periódicamente, muchas cosas e importantes mejorarían en nuestras parroquias y comunidades. La rutina y dejadez en estos aspectos suele ser mortal.

Y todo esto vale también para la comunión del Sacerdote que el misal detalla con sus respectivas rúbricas y bellas oraciones, con sus gestos solemnes y reposados, con gran delicadeza. Esto constituye una excelente catequesis para los fieles. Todo nos ha de recordar que vamos a recibir en alimento a Jesucristo, Dios y Señor nuestro.

Invito a los lectores a compartir su experiencia sobre lo que les ayuda especialmente a comulgar bien. (continuará)

26.12.09

Aplaudiendo la muerte. Pautas para desandar un camino

Hace poco, Mons. Javier Martínez, Arzobispo de Granada, calificaba de triste la imagen de los parlamentarios “aplaudiendo lo que por fin se ha convertido en un derecho: matar a niños en el seno de la madre". Me identifico profundamente con esta tristeza que experimentaba el Prelado. Yo también sentí profunda tristeza y, más aún, desolación y bochorno al saber que esta ley ha sido posible gracias a la cooperación directa de algunos que se dicen católicos, hermanos en la fe. No sé si exagero pero me atrevería a decir que han pecado contra el Espíritu Santo por un doble motivo: por permanecer ciegos ante la luz que supone la enseñanza del Magisterio de la Iglesia y porque el Espíritu Santo está particularmente relacionado con la vida; no en vano en el Símbolo de la Fe, lo proclamamos “Señor y dador de vida". ¡Qué trágico es ver como se aplaude a la muerte!

Hemos llamado a la muerte y ésta llegará sin tardanza, acelerando el invierno demográfico de nuestro país. La nueva ley, y en esto discrepo con el juicio de algún Abad, al margen de que va a producir más abortos y más muerte, supone un salto cualitativamente negativo colosal al erigir el mal y el error en derecho. Sobre este punto escribía muy lúcidamente Juan Manuel de Prada al profundizar sobre las implicaciones jurídicas y legales del aborto considerado como derecho.

Sé que ahora se ha iniciado una campaña solicitando a su Majestad el Rey que no sancione la ley con su firma. Tengo mis dudas sobre la eficacia de dicho camino para evitar que la ley entre en vigor. De hecho, sabemos que aunque Balduino de Bélgica no la firmó, la ley se promulgó igualmente. En todo caso esta loable iniciativa puede servir para respaldar al Rey para que, a diferencia de los parlamentarios católicos que han supeditado su deber de conciencia a la disciplina del partido, se respete algo que debería ser obvio: el derecho de su Majestad como ciudadano y católico a la legítima objeción de conciencia. Podría hallarse el camino jurídico adecuado para que el Rey decline su firma aunque ello no impida que la ley entre en vigor. Como católico confieso que tal decisión del Rey conllevaría por parte de muchos una inmensa admiración y reconocimiento por tan noble gesto.

Por mi parte creo que la solución va por otros caminos. Las leyes se hacen y se deshacen. La actual ley del aborto no deja de ser consecuencia de una mentalidad que lentamente ha abierto brecha en la conciencia de gran parte de nuestra sociedad, aunque los últimos sondeos indican que la mentalidad a favor de la maternidad y la vida va avanzando a pasos decididos. Se trata precisamente de esto, de seguir informando, de seguir luchando, ahora más que nunca, a favor de la vida para que llegue el momento en que una nueva mentalidad social dominante llegue a la decisión de abrogar la legislación pro-abortista como la cosa más natural. Y con el convencimiento que la verdad, a la corta o a la larga, acaba imponiéndose.

Los defensores del aborto han aplaudido la nueva ley convencidos que han obtenido una gran victoria. Es cierto, han ganado una batalla, pero no la guerra.

Ahora más que nunca hay redoblar los esfuerzos a favor de una mentalidad pro vida, especialmente para las nuevas generaciones para que capten con claridad lo que realmente supone un aborto. La lucha por la vida no deja de ser uno de los principales signos de los tiempos en los que Dios nos habla y nos llama a colaborar con Él. Será un camino largo que deberemos gestionar con mucha paciencia pero que debemos también afrontar con gran determinación.

9.12.09

La información religiosa que se publica en La Vanguardia

El periódico La Vanguardia es uno de los más leídos en Barcelona y en Cataluña en general. Personalmente siempre lo hemos recibido en mi casa desde hace muchísimos años. No voy a entrar en un análisis a fondo de esta publicación pero sí que quiero expresar mi preocupación y la de muchos católicos (sacerdotes, religiosos y laicos) por la peculiar página de religión que se publica cada domingo, y más en concreto sobre la selección de noticias y el modo de tratarlas del periodista Oriol Domingo.

Hace un par de semanas varios feligreses míos me comentaban con asombro el largo artículo que Oriol Domingo dedicaba a un desconocido jesuita egipcio presentando, cual se tratara la panacea de todos los males de la Iglesia, la peculiar reforma que proponía el susodicho religioso. Efectivamente, yo mismo quedé perplejo a leer las propuestas que este hijo de San Ignacio proponía a nuestro Santo Padre, propuestas que, en su mayoría, llevarían a una auténtica demolición de la Iglesia.

Podría tratarse de un artículo aislado, una excepción, pero no es así. Si alguien tiene la paciencia de seguir las informaciones y comentarios que ha publicado el articulista a lo largo de mucho tiempo se dará cuenta de su talante. Por citar algunas que recuerdo de las más recientes: Un largo artículo con una crítica muy negativa al nuevo catecismo Jesús es el Señor de la CEE, otro escrito de alabanza a la original monja benedictina Teresa Forcades, a la que presentaba cual “cordero entre lobos” y otras cosas por el estilo.
Este último domingo, Oriol Domingo, nos ofrecía un artículo sobre “Presiones al nombrar obispos”. No es difícil imaginar por dónde van los tiros.

Pues bien, en este último escrito, como quien no dice nada, hablando de la presentación de un libro, Oriol Domingo afirma que “la obra acaba de presentarse en la conservadora Fundación Balmesiana en Barcelona”. Es evidente que en el léxico de Oriol Domingo, el epíteto “conservadora” tiene un claro matiz despectivo y que debe hacer alusión a fracasados y recientes intentos de llevar el estilo sereno, de alta divulgación de las ciencias religiosas y divulgación de la piedad cristiana que han caracterizado la trayectoria histórica de esta institución.

Balmesiana es fiel al Magisterio de la Iglesia y ha hecho mucho bien a tantísimas personas tanto en el campo espiritual, como en el científico. Así lo prueban los congresos de alta categoría que allí se celebran, como el dedicado al Sagrado Corazón y el último, sobre la Semana Trágica. En Balmesiana, entre otras cosas, siempre se ha mantenido la enseñanza según Santo Tomás de Aquino, tan recomendada por el Magisterio de la Iglesia. Y nunca, en la enseñanza impartida en Balmesiana, se ha apartado a nadie del recto camino de la fe.
El Sr. Oriol Domingo debería saber que muchos lectores de La Vanguardia – me consta – estamos muy decepcionados por su parcialidad y falta de profesionalidad en la importantísima tarea que tiene encomendada y que no es otra que reflejar con más ecuanimidad, realismo y pluralismo la rica realidad de la Iglesia Católica. No tengo la menor duda en afirmar que un lector desconocedor de la Iglesia Católica y que siguiera durante un año la información que Oriol Domingo ofrece en La Vanguardia, se formaría una imagen muy distorsionada de la realidad de la Iglesia.

Y desde este humilde blog me atrevería a solicitar a tantos lectores descontentos con una información religiosa tan pobre que pensaran en escribir al Director del rotativo barcelonés solicitando una página de religión dominical más objetiva, seria y rigurosa con la que es la vida de la Iglesia Católica. Estoy convencido que en Barcelona hallará más de un profesional católico perfectamente capacitado para la tarea.

21.11.09

Expectativas litúrgicas: los lectores del blog opinan.

El Santo Cura de Ars, nos lo recordaba Benedicto XVI en la carta a los sacerdotes con ocasión del año sacerdotal, estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Santa Misa. Decía: “La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. ¡Dios mío, que pena el sacerdote que celebra como si estuviera haciendo una cosa ordinaria!”.
Estas palabras de San Juan María Vianney me recordaban otras que me dijo hace años en Roma, a las puertas de mi sacerdocio, un buen jesuita, digno de este nombre, el P. Antonio María de Aldama, con quien tuve el privilegio de recibir dirección espiritual: “Celebra cada día la Santa Misa. Celébrala como si fuera tu primera Misa, tu única Misa, tu última Misa”. Durante estos años, ya cerca de mi jubileo de los veinticinco años de sacerdocio, me he esforzado por vivir este santo y sabio consejo, celebrando el Santo Sacrificio con atención, devoción y piedad.

Hoy recojo en este artículo algunas opiniones que escribieron los lectores a mi post sobre la Liturgia. Creo que en su mayoría nos ofrecen a los sacerdotes consejos muy atinados. Expongo a continuación trece de estas opiniones que los lectores escribieron y añado un pequeño comentario a cada una, al mismo tiempo que invito a seguir participando en este tema tan crucial como es la Liturgia.

Opiniones de los lectores

1. ¿Qué cosas considera usted que podrían y deberían mejorar en las celebraciones de la liturgia? Estoy, para empezar, de acuerdo con su perspectiva, lo que sucede -y es algo que le iba a mencionar desde el principio- es que es raro hallar sacerdotes que se tomen estas cosas con la naturalidad con que se las toma usted. Para empezar, eso es lo primero que debería cambiar: la desconfianza hacia los cambios.

Le cuento, a manera de detalle, que en mi país nadie toma la comunión de rodillas y cuando pregunté en la Conferencia Episcopal y en la Curia sobre las disposiciones del Arzobispo, me han respondido: Si, pero mejor no. Y no, porque sobre documentos eclesiales y sobre directrices del Pontífice, prevalecen para mi amado Obispo, sus directrices pastorales. Consulté al respecto también a algunos sacerdotes y seminaristas y reaccionaron de la misma manera: Si, pero mejor no, por razones pastorales… se me hace que para muchos sacerdotes y obispos, Cristo ha dejado de ser acontecimiento para trocarse en una directriz administrativa.

Comentario: Creo efectivamente que los sacerdotes debemos tener una gran apertura y disposición positiva del espíritu a todas las indicaciones que nos lleguen por parte del Magisterio, especialmente a las directivas litúrgicas del Santo Padre. Y, por supuesto, lo peor que le podrá pasar a un sacerdote es convertirse en un “funcionario” dejando de configurarse a Cristo Pastor.

2. Yo solo pido y seguiré pidiendo una cosa: Que los sacerdotes sean obedientes, que cumplan lo que dicen las rúbricas y la OGMR así como todos los documentos emanados de Roma sobre liturgia. Esa “reforma” hoy por hoy sería revolucionaria, algo que varias generaciones de católicos no hemos conocido: que los sacerdotes de forma generalizada sigan el misal y las normas.
Es absurdo que se edite un nuevo misal, que se modifique la OGMR que se publiquen encíclicas, cartas… si luego muchos sacerdotes SE RÍEN DE ELLAS. Es verdad que en la mayoría de las misas no se dan los casos que aparecen con toda difusión en internet, pero también es verdad que rara es la misa a la que vamos en la que el sacerdote no se salte algo (o lo interprete a su manera) de lo que pone el misal y dictan las normas. En las iglesias a que yo voy no hay abusos escandalosos pero sí errores continuos: modificación arbitraria de los textos del misal, admoniciones infinitas incluso en mitad de la consagración, sacerdotes dando la paz por media iglesia… ¿Para qué queremos más reformas, contrarreformas y metarreformas si después los encargados de llevarlas a efecto -que son los sacerdotes- las ignoran?

Comentario: La indisciplina es causa de muchos de los males que nos afligen. Ya en su momento la constitución Sacrosanctum Concilium ordenaba que “nadie se atreviera a introducir cambios en la Sagrada Liturgia por su propia cuenta y riesgo”. Lamentablemente hemos tenido que sufrir muchos desmanes para advertir a dónde conduce la arbitrariedad. Sin duda, hay que observar todas las normas y rubricas que están al servicio de la unidad.

3. Yo pediría dos cosas:
1) Revisar de arriba abajo las traducciones, como ha hecho la CE de Estados Unidos (y en mi opinión, la traducción revisada supone una mejora GIGANTESCA).
2) Hacer lo imposible para que los sacerdotes dejen de cambiar a su antojo las palabras del misal

Comentario: El asunto de las traducciones no es un tema menor. En muchos casos se impone una revisión a fondo.

4. Lo que les pediría a quienes celebran con el misal ordinario es que retomen la actitud teocéntrica de adoración, junto con las rúbricas que la facilitan (el sacerdote de cara al Oriente, la recitación en secreto de algunas oraciones, la ausencia de temperamento de showman, etc.). Es un cambio de actitud más que un texto o una rúbrica. En eso, “contagiarse” del rito romano extraordinario es siempre bueno.

Comentario: Yo he celebrado siempre según el rito romano en su modo ordinario y creo que somos muchos los sacerdotes que mantenemos la actitud de adoración. Y aunque ordinariamente celebro “versus populum”, espiritualmente siempre lo hago “conversus ad Dominum”. La cruz en medio del altar me ayuda a esta disposición.

5. Redemptionis Sacramentum bien claro expresa:

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos». Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohíba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.
Los Obispos siguen teniendo la facultad de poder decir si se permitirá o no dar la comunión en la mano, y según entiendo, de aconsejar y promover recibirla de rodillas y en la boca.

Comentario: Negar la Sagrada Comunión a un fiel que la solicita arrodillado constituiría un grave abuso de autoridad, intolerable, equiparable a negarla a un fiel que la pide de pie en conformidad con las disposiciones de la Iglesia.

6. En mi opinión, es importante recuperar el latín, pero todavía es más importante que el sacerdote celebre hacia Dios, en vez de dándole la espalda (si es que el sagrario, es decir, Cristo verdaderamente presente, está donde debe estar, en el lugar central). Ustedes los sacerdotes no se dan cuenta de hasta qué punto lo que hacen y dicen, y cómo lo hacen y cómo lo dicen, atrae la atención de nosotros, los fieles. He asistido a Misas cara al Sagrario y ¡qué distinto! El sacerdote es como si no existiera, sólo existe Dios y la adoración a Dios. Así, además, los errores que ustedes, como es lógico y humano, cometen, se notan mucho menos y la celebración no se ve afectada por ellos.

Comentario: En verdad nunca tengo la impresión de “dar las espaldas a Dios” cuando celebro. Eso sí, procuro siempre no dar la espalda al Santísimo Sacramento. La presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento permanece después de la Santa Misa y recibe en el Sagrario la adoración de los fieles. A veces es más digno que esta presencia esté en una capilla apropiada para la adoración que en la nave central de grandes templos. Y los errores, más que ocultarlos, mejor no cometerlos ¿no le parece?

7. Lo primero, es que el sacerdote crea en Dios, en Jesús presente en la Eucaristía, en el gran misterio del sacrificio de Cristo sobre el altar, y por consiguiente se acerque al altar lleno de temor reverencia y humildad, preparándose con recogimiento unos minutos antes de iniciar la Santa Misa y no llegar ante el altar a toda velocidad, sin ninguna reverencia incluso mirando a veces el reloj como si fuera a jugar una partida de tenis y vestido con la mitad de indumentos que debe vestir.

Atenerse fielmente a los textos litúrgicos y celebrar la misa entera, dejar de inventarse la mitad de los mismos o reducirlos al mínimo, no hacer comentarios fuera de ellos, especialmente si estos son personales, Dejar de actuar como si estuviera en un teatro, o intentar hacerse el simpático, el amable, el buenista. Todo personalismo del sacerdote da la vuelta a lo que debe ser el celebrante en la Santa Misa que debe desaparecer ya que actúa en la persona de Cristo y es solo en Cristo que se debe centrar la atención, la adoración y oración. Por ello lo lógico es que el sacerdote de la espalda a los fieles. Tanto para el sacerdote como para los fieles es una distracción el contemplarse mutuamente en lugar de estar centrados en la celebración
El sacerdote debería de mostrar el máximo respeto y adoración cuando da la Comunión, en la forma que coge el cáliz con las Sagradas Formas y como da la Comunión a los fieles si realmente cree como dice al dártela que aquella hostia es el Cuerpo de Cristo, y no dar la Santa Comunión como si estuviera repartiendo hojillas a la puerta del cine a toda velocidad, corre corre, vuela vuela. Observar este lamentable espectáculo es suficiente para comprender la fe y el estado espiritual del celebrante. Asi como observar la omisión de arrodillarse cuando debe hacerlo durante la Misa, o al abrir y cerrar el Sagrario. Debería haber siempre un reclinatorio delante del altar, para que los fieles puedan arrodillarse si lo desean para recibir la Santa Comunión, tal como hace el Santo Padre en Roma ejemplo que se debería seguir en todas las Iglesias.

Naturalmente el sacerdote debería preparar muy bien la homilía, y no repetir de manera torpe, lo que ya nos ha dicho magistralmente el Evangelio. Si no es un buen orador como sucede normalmente, que eduque al pueblo de Dios en alguna verdad de nuestra fe, verdades de las que nunca mas se oye habla ni se explican a los fieles, los cuales la mayoría hoy día no conoce ni el catecismo. En fin la reforma litúrgica se hará automáticamente cuando nuestra jerarquía y clero vuelvan a ser Católicos Apostólicos Romanos, santos, fieles y creyentes, lo que los convertirá en valientes para abandonar lo políticamente correcto, y el espíritu de este mundo del cual han sido impregnados, para volver a ser verdaderos discípulos de Nuestro Señor Jesucristo.

Comentario: Suscribo casi la mayoría de sus proposiciones y recalco que, como dice, todo se edifica sobre la fe. No por casualidad proclamamos en la Santa Misa “Mysterium fidei”. Por cierto, es muy importante, en el transcurso del año litúrgico, predicar todas las verdades.

8. Creo que la Santa Misa debería celebrarse “ad orientem". Solamente las lecturas serían en lengua vernácula, y en esto deberían tanto los lectores como los oficiantes en leer claramente, con buena vocalización y teniendo en cuenta que, sobre todo en las últimas edificaciones, la acústica es mala, y los que ya somos algo deficientes de oído no entendemos nada. Si se preguntara a los fieles en una encuesta, más del 50% no sabrían qué se leyó, o se predicó en las homilías. Se ha de procurar adoctrinar, en caso de comunión en la mano, de la forma ritual de hacerlo. Por varias razones sería conveniente volver al Misal manual. Gracias

Comentario: Agradezco la valoración que hace sobre la importancia de la Palabra de Dios bien proclamada y explicada. Creo que debería recuperarse el uso del latín, sin embargo, la Santa Misa puede celebrarse con toda la dignidad que le corresponde en español, francés o cualquier otra lengua siempre que se haya hecho la correcta traducción.

9. Normas respetadas, creatividad pausada, progreso equilibrado, entonada adaptación al momento y a la comunidad, sin salirse del patrón, pero “sin decir como el sacristán los rezos", y siempre con dignidad o al menos “vergüenza para el oficio".

Comentario: Me gusta esto de “vergüenza para el oficio”. Yo diría “profesionalidad”, que también debe tenerla y acreditarla el sacerdote en su ars celebrandi.

10. Recuperaría las posturas durante la Santa Misa.
De rodillas desde el inicio del Canon hasta la oración del padrenuestro.
Comunión de rodillas y en la boca.
De rodillas o profundamente inclinados durante la bendición.
La oración de San miguel al final de la Misa.
Las tres Avemarías y la Salve arrodillados sacerdote y asistentes, como final.
Recuperación de las genuflexiones delante del Sagrario, de nuevo en el Centro de la Iglesia.
Silencio absoluto dentro de la Iglesia.
En una palabra Adoración en posturas y actitudes.

Comentario: Oportuna su insistencia en la adoración. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que son muchas las personas que físicamente ya no pueden arrodillarse. Para los demás, creo que debe recuperarse este nobilísimo gesto de adoración.

11. Pocos cambios y bien pensados. No podemos andar mareando continuamente al personal.

1. Revisar los ritos introductorios. La Santa Misa comienza muy ex abrupto. Reintroduciría las preces ante el altar: Introibo (versión breve), Confiteor (doble, para el celebrante y el pueblo. Es hermoso ver como el pueblo intercede por su sacerdote), la preciosa oración Aufer a nobis y el Oramus que acompañaba el beso al altar.

2. Después de esto pasar a la sede. Se reservaría para el altar (todos mirando ad Dominum) la liturgia sacrificial.

3. Restituiría las antiguas oraciones de presentación de los dones por su lenguaje claramente sacrificial.

4. El Canon Romano debería ser como en el Misal de 1963.

5. Suprimiría el rito de la paz o lo colocaría en otro momento.

6. Obligación estricta salvo para inválidos de arrodillarse durante la consagración.

7. Favorecería la Comunión de rodillas y suprimiría del todo la comunión con la mano.
8. Una Misa en latín obligatoria al menos una vez al mes.

Gracias por permitir expresarnos. No sé si nos harán mucho caso…

Comentario: Yo quiero hacerle caso recogiendo sus sugerencias que, salvo algún matiz, me parecen muy sensatas. Me da la impresión que es usted sacerdote o ha estudiado bastante liturgia.

12. Lo primero que cambiaría es la actitud. Parece que el carácter sacrificial y ritual, y sobre todo la debida reflexión sobre lo que implica la Presencia Real de la Divina Majestad, durante la Misa se ha perdido. Creo que es fundamental. Y a partir de ahí los corolarios son fáciles de elucidar.

Me parece que volver a orientar al sacerdote con el pueblo es fundamental, no sólo por la ruptura y las cuestiones teológicas, sino por las prácticas. El Presbítero no preside una asamblea (es la estrella del show), sino es el primero y portavoz de la oración del pueblo.

Entiendo las razones del Santo Padre por utilizar la forma intermedia y temporal del crucifijo, pero me temo que no es suficiente

Comentario: Coincido con usted en la necesidad y urgencia de recuperar la comprensión sacrificial de la Santa Misa. De hecho la Misa es, por esencia, el Sacrificio, y es alarmante constatar en muchos fieles, particularmente jóvenes, la capacidad más absoluta de relacionar “Misa” y “sacrificio”.

13. Daría gracias a Dios si mientras se comulgara y después de hacerlo se estuviera en completo silencio durante los diez - quince minutos en los que el Señor está presente. Porque estorban los cantos y los comentarios del sacerdote en estos precisos y preciosos momentos.
Si estamos allí por Jesús y es cuando comulgamos que Jesús viene y vive en nosotros, entonces, ¿por qué no compartir y departir con Él en vez de interrumpir constantemente una agradable relación entre criatura y Creador?

Comentario: Ya también daría gracias a Dios por ello. Efectivamente se cuida muy poco, o casi nada, este momento tan íntimo y profundo de coloquio con Jesucristo acabado de recibir en la Sagrada Comunión. Además, sucede, que muchos fieles, la mayoría, cuando el sacerdote ha dicho “podéis ir en paz”, salen del templo como si se hubiera declarado un incendio en el mismo. Es un tema que tenemos que trabajar. Un buen canto durante la Comunión puede ayudar más que estorbar.