(InfoCatólica) Las diócesis nórdicas están dando una catequesis al mundo. Quizá «el tamaño» ayude a visibilizar esos pequeños detalles que caracterizaban a las comunidades cristianas con la cercanía y la personalización.
La fe profesada, los sacramentos recibidos y la comunión con los pastores legítimos configuran, desde la enseñanza de san Roberto Belarmino hasta el Concilio Vaticano II, los tres lazos que hacen plena la pertenencia a la Iglesia. Mons. Fredrik Hansen, Obispo de Oslo, eligió precisamente esa trilogía como hilo conductor de su homilía al acoger a un grupo de conversos en la plena comunión de la Iglesia católica durante la misa solemne celebrada en la catedral de San Olav el domingo 12 de abril de 2026, Dominica in albis. Una homilía que se dirigía a los nuevos hermanos y que servía a todos. Sencilla, profunda, teológica y directa. También una enseñanza para otros prelados.
La celebración tuvo lugar, por tanto, en el II Domingo de Pascua, que cierra la Octava pascual. Su nombre tradicional, que alude a «[las vestiduras] blancas depuestas», procede de la antigua práctica litúrgica según la cual los neófitos bautizados en la Vigilia Pascual llevaban la túnica blanca a lo largo de toda la semana y la retiraban precisamente ese domingo, una vez completada su incorporación a la vida cristiana. La coincidencia con la acogida de los nuevos fieles imprimió al acto una notable oportunidad simbólica: la jornada que la tradición asocia a los recién incorporados a la Iglesia se convirtió en el marco litúrgico de quienes, procedentes del bautismo recibido en otras confesiones cristianas, alcanzaban ahora la plena comunión católica.
La Resurrección como fundamento
El Obispo partió del Evangelio del día, en el que Jesús resucitado se presenta a los discípulos y les muestra las manos y el costado. Esas marcas, subrayó, no son un vestigio del sufrimiento, sino la prueba visible de la Resurrección: el mismo Jesús que padeció, fue crucificado y murió es el que ahora se aparece vivo ante los suyos. Los sucesivos encuentros con el Señor resucitado y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés consolidaron a los discípulos en la fe y los lanzaron a proclamar a Aquel que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).
Los Apóstoles, enviados con la autoridad del Señor, fueron congregando al Pueblo de Dios. Los nuevos creyentes, según relatan los Hechos de los Apóstoles, «perseveraban fieles a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2,42). Ya entonces, observó Mons. Hansen, se hacían visibles los tres pilares que vertebran la vida eclesial: la comunión, los sacramentos y la celebración de la fe.
Los tres vínculos de Belarmino
Al dirigirse a los conversos, el Obispo destacó una frase de la carta que les había enviado previamente: «A la plena comunión de la Iglesia pertenecen los bautizados que, conforme a la enseñanza de san Roberto Belarmino, están unidos a la Iglesia por los tres vínculos de unidad: la profesión de fe, los sacramentos y el gobierno eclesiástico (cf. Lumen gentium 14)».
San Roberto Belarmino, jesuita, cardenal y doctor de la Iglesia, formuló estos tres vínculos en su obra De Ecclesia militante, en el contexto de las controversias de la Contrarreforma sobre quién pertenece verdaderamente a la Iglesia. Su enseñanza, lejos de quedar relegada al pasado, fue asumida por el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática Lumen gentium, por el Catecismo de la Iglesia Católica y por el Código de Derecho Canónico, tres textos que la Iglesia actual considera autoritativos.
El primer vínculo es la profesión de toda la fe católica, razón por la cual se pide a los conversos que pronuncien el Credo y declaren expresamente: «Creo y profeso todo lo que Dios ha revelado y la santa Iglesia católica cree, enseña y proclama». El segundo es la vida sacramental: los siete sacramentos instituidos por Cristo como medios de salvación y de gracia acompañan al creyente a lo largo de toda su existencia. Para la mayoría de los conversos, la recepción en la plena comunión implica la confesión, la confirmación y la primera comunión eucarística. El tercero es el sometimiento al gobierno legítimo de los pastores que suceden a los Apóstoles: el Romano Pontífice, sucesor de san Pedro, y el obispo de la Iglesia local. Mons. Hansen señaló con satisfacción que la práctica de inclinar brevemente la cabeza al mencionar el nombre del Papa durante la misa se está extendiendo en la diócesis de Oslo.
«La Iglesia os necesita»
En la parte final de la homilía, el Obispo apeló a su propia experiencia como converso. Recordó que, cuando él mismo fue recibido en la plena comunión, el entonces Obispo Gerhard Schwenzer le escribió para recordarle que la Iglesia es, además de un misterio de fe, una institución y una comunidad de seres humanos, con las imperfecciones que ello conlleva. «Sed pacientes con la Iglesia, con vuestros hermanos y hermanas, y con los pastores», repitió Mons. Hansen, haciendo suyo el consejo de su predecesor.
Añadió dos reflexiones finales. La primera: la Iglesia necesita a cada uno de sus fieles para la evangelización, las obras de misericordia y la construcción de las comunidades parroquiales. La segunda: ser católico no es «una iluminación momentánea, la grandeza de una liturgia ni un sprint espiritual de sesenta metros», sino un exigente maratón. Invitó a los recién acogidos a construir su vida y práctica católicas paso a paso, con paciencia, apoyados en la Iglesia y sus miembros, y confiados en la intercesión de san Olav, patrono de Noruega. «Lo que Dios ha comenzado en vosotros, que Él, por su providencia, lo lleve a plenitud».






