(CWR/InfoCatólica) Chuck Norris ha muerto a los 86 años después de sufrir una emergencia médica mientras estaba de vacaciones en Hawái. La muerte se produjo el jueves 19 de marzo y fue confirmada por su familia al día siguiente. Sus allegados señalaron que el actor falleció en paz y rodeado de su familia, y agradecieron las oraciones y el apoyo recibidos durante la breve hospitalización previa a su muerte.
En el mensaje difundido tras su fallecimiento, la familia quiso subrayar no solo la dimensión pública del personaje, sino el temple con que vivió. «Vivió su vida con fe, propósito y un compromiso inquebrantable con las personas que amó», afirmaron. También recordaron el efecto que su ejemplo causó en millones de personas: «A través de su trabajo, disciplina y bondad, inspiró a millones en todo el mundo y dejó un impacto duradero en tantas vidas».
Su trayectoria pública fue extensa. Veterano de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, comenzó a entrenarse en artes marciales mientras estaba destinado en Corea del Sur a finales de los años cincuenta. En la década siguiente compitió en varios torneos y fue consolidando una reputación que terminaría abriéndole las puertas del cine. En aquellos años conoció a Bruce Lee, con quien trabó amistad y con quien llegó a entrenarse.
Fue precisamente Bruce Lee quien le ofreció su primer papel cinematográfico en The Way of the Dragon, película estrenada en 1972 y recordada, entre otras cosas, por la larga escena de combate entre ambos. A partir de ahí, Norris desarrolló una carrera popular en la gran pantalla y en la televisión, con más de 38 películas y una identificación casi inseparable con la serie Walker, Texas Ranger, convertida durante años en uno de los rostros más reconocibles del entretenimiento estadounidense.
Pero su notoriedad no quedó reducida al éxito profesional. En un ambiente como el de Hollywood, tan dado a apartar la fe al terreno de lo privado o a ridiculizarla abiertamente, Norris habló sin rodeos de su cristianismo. Vivió como protestante y asistía regularmente a los oficios de la Prestonwood Baptist Church, congregación bautista del sur. No presentó su fe como un adorno sentimental, sino como el fundamento de su vida.
En una entrevista de 2004 atribuyó a su madre un papel decisivo en su formación cristiana. «Tuve una madre que me mantuvo muy cerca del Señor en mis años más jóvenes», dijo. Y al recordar etapas de alejamiento espiritual, añadió: «Sabes, por desgracia, en periodos de mi vida me aparté del Señor, pero el Señor nunca se apartó de mí. Se quedó conmigo todo el tiempo… y sencillamente alabo a Dios por eso».
También habló con claridad de la vaciedad moral y espiritual que acompaña a menudo a la fama. En una entrevista de 2009 observó que muchos actores «intentan ser felices, pero se puede ver que no lo son». Según explicó, no pocos tratan de «llenar ese vacío» con drogas y alcohol, pero nada de eso sana el desorden interior mientras el hombre no vuelva a Dios y no recupere la fe.
Su conclusión era directa y nacía de su propia experiencia. «Los actores que conozco que tienen fe, se puede ver el brillo en sus ojos», afirmó. «Y en los que no la tienen, se puede ver esa oscuridad en sus ojos. Así que yo solo digo: pruébalo. Prueba tu fe. Pruébala y mira si te funciona. Sé que funcionará. A mí me funcionó». No era una frase de ocasión, sino una convicción repetida con perseverancia en distintas entrevistas y asumida sin avergonzarse de ella.
Esa fe no quedó al margen de su trabajo. Norris protagonizó Bells of Innocence, una película abiertamente cristiana, y fue coautor de libros del Oeste de inspiración cristiana. Incluso en producciones no religiosas procuró introducir elementos concordes con sus convicciones. Walker, Texas Ranger, por ejemplo, incluyó escenas de oración, referencias explícitas a la fe y episodios en los que se mostraban recuperaciones atribuidas a una intervención extraordinaria. Entre ellos figuró The Neighborhood, episodio de la quinta temporada centrado en una curación presentada como milagrosa.
Junto a ese testimonio cristiano, Norris se distinguió por su defensa del no nacido. No eludió la cuestión del aborto ni aceptó el lenguaje engañoso con que tantas veces se pretende encubrirlo. En un artículo de 2008 criticó a los conservadores que intentaban esquivar ese combate y sostuvo que el problema no era el supuesto derecho a elegir de la mujer, sino algo mucho más radical y decisivo: el derecho a la vida del inocente.
Lo dijo con palabras inequívocas: «no se trata del «derecho a elegir» de una mujer», sino que «se trata de un más fundamental «derecho a la vida», que es uno de los tres derechos inalienables identificados específicamente en la Declaración». Con esa afirmación dejó claro que no estaba dispuesto a someterse al vocabulario ideológico dominante ni a rebajar la gravedad del aborto con fórmulas vacías.
La muerte de Chuck Norris cierra así la vida de un personaje célebre, pero también la de un hombre que, en medio del mundo del espectáculo, no escondió sus convicciones religiosas ni su postura provida. Fue actor, artista marcial y figura popular; pero quiso ser también un hombre de fe, un defensor de la oración y una voz en favor de la vida humana. En tiempos de cobardía moral y conformismo cultural, esa claridad explica buena parte de la huella que deja tras de sí.







