(NCR/InfoCatólica) Alrededor de 10.000 personas se reunieron el domingo 18 de enero de 2026 en la Place Vauban de París, frente al emblemático complejo de Los Inválidos, para participar en la Marcha por la Vida, una convocatoria anual en defensa de la dignidad de toda vida humana. La imagen fue la de una multitud mayoritariamente joven, visiblemente comprometida y sin complejos, que acudió a dar testimonio público en un momento de especial tensión legislativa y cultural en Francia.
La manifestación se celebró dos años después de que el aborto fuese consagrado en la Constitución francesa y apenas unos días antes de un debate en el Senado sobre la llamada legislación de «fin de vida», un proyecto que, de salir adelante, normalizaría la eutanasia y el suicidio asistido, situando a Francia entre los marcos legales más permisivos del mundo en esta materia. Para muchos participantes, la coincidencia de estos factores dio a la marcha un carácter histórico y una urgencia particular: denunciar la deriva de una sociedad que pretende resolver el sufrimiento y la fragilidad humana mediante la supresión de quienes estorban.
Sin embargo, mientras los activistas provida —en su mayoría jóvenes católicos— llenaban la plaza en masa para defender lo que consideraban una cuestión de civilización, la jerarquía católica francesa brilló por su ausencia. Solo el obispo emérito de la diócesis de Toulon-Fréjus, Dominique Rey, estuvo presente.
Esa ausencia, repetida a lo largo de los años, llevó a los organizadores a plantear una reflexión más profunda sobre la manera en que los responsables eclesiales se implican —o vacilan en implicarse— en cuestiones morales públicas, especialmente en un tiempo en el que se observa un fenómeno de renovación generacional de la fe, con jóvenes que buscan anclajes morales claros en medio de la confusión contemporánea.
Detrás de una pancarta con el lema «Tratar y apoyar, nunca suprimir», una multitud fervorosa se lanzó a las calles de la capital francesa la tarde del domingo, en una demostración que quiso ser a la vez pacífica y resuelta. En el conjunto de los participantes se mezclaban estudiantes, familias jóvenes y personas que acudían por primera vez junto a activistas veteranos. Los organizadores estimaron que la edad media rondaba los 20 años y subrayaron que, pese al limitado apoyo institucional y a una cobertura mediática mínima, la asistencia alcanzó varios miles.
Marie-Lys Pellissier, portavoz de 24 años de la Marcha por la Vida en Francia, explicó el sentido de esta presencia pública con palabras contundentes: «Salir a la calle nos parece esencial. Es el único momento del año en que podemos expresar públicamente nuestra oposición al aborto y a la eutanasia y proponer soluciones concretas. El resto del tiempo, los medios nunca nos dan la palabra». En su análisis, el hecho de que la marcha atraiga a un público predominantemente joven se debe a que estas cuestiones bioéticas se imponen pronto y de forma directa a las nuevas generaciones, dejando poco espacio para la neutralidad o la indiferencia.
Formados en un ambiente de relativismo moral y bajo leyes bioéticas cada vez más permisivas, muchos jóvenes —según la explicación ofrecida por los organizadores— sienten la necesidad de hacer visible su oposición, precisamente porque el entorno social tiende a presentar el aborto como una supuesta conquista y la eutanasia como compasión. Frente a ese discurso, la marcha quiso afirmar que la vida humana no se mide por el deseo, la utilidad o la salud, y que ni el no nacido ni el enfermo ni el anciano pueden convertirse en material descartable de una política que, en nombre del «progreso», consagra la eliminación.
Otro rasgo destacado de la edición 2026 fue la prominencia de mujeres, muchas de ellas jóvenes, dispuestas a hablar abiertamente de sus propias experiencias con el aborto. Algunas ofrecieron testimonios públicos sobre abortos pasados y sobre las consecuencias psicológicas y morales a largo plazo que aseguraron haber padecido, con la intención de desafiar la narrativa dominante que presenta el aborto como liberación. Entre esas voces se mencionó el caso de Emilie Quinson, quien había intervenido recientemente en el Parlamento Europeo para alertar sobre la realidad del aborto y la falta de alternativas ofrecidas a mujeres con embarazos no planificados. En su testimonio público, Quinson relató que se sometió a tres abortos en el pasado, que atravesó un trauma profundo y que posteriormente crió a cinco hijos, experiencia que ahora considera central en su testimonio.
La marcha también puso el foco en el precio creciente que implica en Francia adoptar una postura pública contra el aborto o contra las leyes de «fin de vida». En un país donde el aborto se considera ya un «derecho constitucional» y donde el delito de «obstrucción del aborto» ha estrechado de manera significativa el margen para la oposición, los organizadores subrayaron que el mero hecho de manifestarse se ha vuelto costoso. Ese contexto, afirmaron, confiere un peso particular a la decisión de tantos jóvenes de hablar y exponerse en defensa de la vida, incluso a riesgo de consecuencias personales y profesionales.
Sin embargo, esa disposición a asumir riesgos no encontró —según se lamentó desde la organización— un eco equivalente en la jerarquía eclesiástica, descrita como particularmente cautelosa en estos asuntos, incluso en el ámbito de las homilías. Pellissier detalló el esfuerzo anual por implicar a los obispos: «Cada año escribimos a los obispos para invitarlos a la Marcha por la Vida, para anunciar la fecha y pedirles que vengan. Algunos nunca responden. Otros nos aseguran sus oraciones. Y a veces se nos dice, muy francamente, que no es su prioridad».
A esa reticencia se añadió, según los organizadores, la dificultad de conseguir que numerosas diócesis anuncien el evento. También les llamó la atención que, antes del debate del Senado sobre la eutanasia, los obispos franceses publicaran un texto colectivo contra la legislación propuesta sin mencionar ni una sola vez la Marcha por la Vida. En la edición de 2026, Dominique Rey —obispo emérito de Toulon-Fréjus— fue, una vez más, el único miembro del episcopado francés presente en la marcha. Pellissier afirmó además que, durante los últimos cinco o seis años, Rey y Marc Aillet, obispo de Bayona, han sido los únicos obispos que acudieron en persona, y recordó que el ex arzobispo de París, Michel Aupetit, asistió únicamente después de dejar el cargo, detalle que, en la lectura de los organizadores, subraya lo incómodo que resulta para algunos obispos en ejercicio aparecer públicamente en esta convocatoria.
Para estos jóvenes activistas, esa falta de compromiso visible resulta tanto más incomprensible cuanto que —según señalaron— la posición de la Santa Sede sobre estas cuestiones bioéticas ha sido siempre inequívoca. En su discurso de Año Nuevo al cuerpo diplomático, el papa León XIV reafirmó la enseñanza firme de la Iglesia sobre la vida, denunciando el aborto como una práctica que «corta una vida en crecimiento» y condenando la eutanasia como «compasión engañosa», al tiempo que instó a las autoridades públicas a apoyar a las madres, las familias y los vulnerables, en lugar de suprimir la vida. Pellissier resumió esa convicción con un diagnóstico directo: «El mensaje es claro. Los obispos están respaldados por la claridad del Vaticano y de la enseñanza de la Iglesia. No tienen que inventar nada: simplemente tienen que asumirlo y estar con nosotros».
La portavoz añadió otra observación de fondo: en su experiencia, la claridad en los asuntos de la vida es una de las principales razones por las que un número creciente de jóvenes vuelve a acercarse a la Iglesia. Los catecúmenos de hoy —según afirmó— no buscan una fe suavizada o evasiva, sino una fe capaz de afrontar las preguntas morales que estructuran la sociedad contemporánea. En varios casos que dijo haber visto, los debates sobre el aborto o la eutanasia fueron el primer punto de contacto con el cristianismo: un encuentro intelectual y moral que, con el tiempo, abrió el camino a la conversión.
En ese marco, Pellissier animó a los jóvenes a reclamar públicamente a sus obispos: «Los jóvenes deberían pedir a sus obispos que se unan a nosotros en el futuro. Necesitamos decirles: “Ustedes son nuestros pastores. Los necesitamos en estas cuestiones sociales”». Insistió, además, en que las preguntas sobre el inicio y el final de la vida no son asuntos secundarios, sino profundamente antropológicos, porque tocan los cimientos de la sociedad y pertenecen de lleno a la misión de enseñanza de la Iglesia.
La Marcha por la Vida de París 2026 dejó así, junto al testimonio público de miles de jóvenes, una pregunta que va más allá de la logística de una manifestación: no solo por qué tan pocos obispos acudieron, sino si el liderazgo eclesial en Francia reconoce el momento histórico que atraviesa y la responsabilidad que tiene respecto de quienes redescubren la fe pese a —y no gracias a— la aprobación cultural. En una época de profunda confusión moral, la marcha lanzó un aviso implícito: las Iglesias nacionales no pueden permitirse parecer más vacilantes sobre su propia enseñanza que los jóvenes que, precisamente, están abrazándola.








