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4.04.08

La vida es siempre un bien

En estos días de primavera en los que la vida se abre pujante, coincidiendo con la celebración litúrgica de la Encarnación del Señor en el seno de María Virgen (el 25 de marzo, trasladada este año al 31 de marzo), celebramos la VII Jornada por la Vida, para agradecer a Dios el don de la vida y para hacernos más conscientes de que la vida humana corre peligro y hemos de salir todos en su defensa.

La “cultura de la muerte” va extendiéndose cada vez más entre nosotros, como una mera negra que todo lo contamina, sobre todo a través del aborto, de la manipulación de embriones humanos, de la eutanasia solapada en cuidados paliativos. Alejado de Dios, el hombre se vuelve contra el hombre. Suprimido Dios del horizonte humano, la vida se convierte en una lucha de egoísmos enfrentados, donde el más fuerte se apodera del más débil hasta llegar a eliminarlo.

La luz de Cristo resucitado ilumina el misterio del hombre y nos enseña que la vida es un don de Dios, el primer regalo que el hombre recibe, y, por tanto, la primera responsabilidad que Dios nos encomienda. Luchar por la vida es tarea de todos, y lo mismo que se protegen algunas especies por peligro de extinción, hoy es urgente proteger la vida humana desde su origen hasta su muerte natural, porque corre peligro.

Se ha difundido la mentalidad equivocada, incluso entre muchos creyentes, de que el aborto es un derecho de la mujer. Por ese camino, más de cien mil abortos legales en España cada año y más de un millón de niños, desde que se aprobó la ley del aborto, que no han nacido porque han sido asesinados en el vientre de su madre. Parece mentira que nos hayamos acostumbrado a estas cifras. Se trata de una guerra sorda, que va cobrándose violentamente más y más vidas, mientras otros muchos matrimonios desearían adoptar un hijo y tienen que ir a buscarlo a no sé dónde con unos gastos inmensos. En el último año, hemos tenido noticias de abortos en las últimas semanas de gestación, e incluso se pretende el aborto libre y la consideración del feto hasta de siete meses como si fueran un simple trozo de carne que se tira a la basura.

La vida, sin embargo, es un don precioso de Dios, desde que es engendrada en el seno materno hasta su muerte natural. Todo ser que viene a este mundo tiene derecho a nacer del abrazo amoroso de sus padres, no de la experimentación manipulada del laboratorio. La unión del espermatozoide y el óvulo ha de realizarse en el vientre materno, no en la pipeta de la clínica. Y desde el momento de esa fusión asombrosa, tenemos una nueva persona, dotada de alma humana, tenemos un ser humano que a los 14 días se implantará en el útero materno. Por mucho que avance la ciencia, hay cosas que son sagradas. Y cuando el hombre se empeña en ir contra Dios, se destruye a sí mismo y destruye a los demás.

La vida es sagrada también en su fase terminal, cuando la calidad de vida está deteriorada. Nadie puede suprimir la vida de otro ni ayudarle a morir ni programar la muerte de nadie. El final de la vida le corresponde determinarlo a Dios, y solamente a Él. La medicina puede ayudar mucho a afrontar el sufrimiento de la muerte con cuidados paliativos, pero en ningún caso puede programar la muerte de nadie. En nuestra cultura occidental no se soporta la muerte, y por eso no se soporta la vida cuando está desmejorada. Para el creyente, la muerte es el tránsito a una vida mejor, al cielo. Pero de eso sólo Dios puede disponer.

La Jornada por la Vida quiere ser un canto a la vida, una oración por todos los que tienen dificultades para vivir y un anuncio de esperanza para todos los que caminamos hacia la muerte. La muerte no es el final. El hombre ha sido creado para vivir, y vivir eternamente. Por eso, la vida es siempre un bien, porque es siempre un don de Dios.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona

31.03.08

Donde hay vida, hay esperanza

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Donde hay vida, hay esperanza. Así lo ha repetido nuestra sabiduría popular. Si falta la vida, tan sólo nos resta la nostalgia triste de un ayer que pasó, o el miedo agónico de un mañana que no sabemos si vendrá.

Los obispos españoles decidieron en su Asamblea Plenaria del pasado noviembre dedicar dos jornadas distintas a la familia y a la vida. La de la familia tuvo lugar en diciembre en la festividad de la Sagrada Familia. Y la de la vida, ha quedado fijada en el día 25 de marzo, festividad de la Anunciación del Señor, que este año por reajustes del calendario litúrgico ha sido celebrada el pasado lunes. La Subcomisión episcopal para la familia y la defensa de la vida, ha publicado una breve nota con motivo de esta jornada. Se recuerda que “hace poco, la sociedad española se ha sentido conmovida por ciertas prácticas abortivas y la crueldad de los medios utilizados para ocultarlas". Esta realidad, que los obispos venimos denunciando desde hace años, ha suscitado de nuevo el debate sobre el aborto en nuestra sociedad. Juan Pablo II nos dijo en Madrid en 1982: «quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad».

Invitamos a los fieles a que eleven su oración al Señor para que ilumine la conciencia de nuestros conciudadanos, especialmente la de los políticos. Que el Dios de la vida les ayude a comprender y remediar el enorme drama humano que el aborto supone para el niño en el seno de su madre, para la propia madre, y para la sociedad entera. La ley del aborto debe ser abolida, al tiempo que hay que apoyar eficazmente a la mujer, especialmente con motivo de su maternidad, creando una nueva cultura donde las familias acojan y promuevan la vida. Una alternativa importante es la adopción. Miles de esposos tienen que acudir a largos y gravosos procesos de adopción mientras en España más de cien mil niños murieron por el aborto durante el año 2006. Ningún católico, ni en el ámbito privado ni público, puede admitir en ningún caso prácticas como el aborto, la eutanasia o la producción, congelación y manipulación de embriones humanos.

La vida es una realidad maravillosa que no deja de sorprendernos. Cuantos más datos nos proporciona la ciencia, mejor podemos comprender que la vida del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es un misterio que desborda el ámbito de lo puramente bioquímico. En su constante progreso, la ciencia afirma cada vez con más fuerza que desde la fecundación tenemos una nueva vida humana, original e irrepetible, con una historia y un destino únicos. «Es compromiso de todos acoger la vida humana como don que se debe respetar, tutelar y promover, mucho más cuando es frágil y necesita atención y cuidados, sea antes del nacimiento, sea en su fase terminal» (Benedicto XVI)”.

La familia y la vida son dos cuestiones en donde la esperanza de la humanidad y de la Iglesia toman rostro. Es como el “santo y seña” de nuestra salud social y creyente. La Iglesia está viva y es joven, decía Benedicto XVI en la misa de inauguración de su Pontificado. Constatamos con gratitud conmovida que las realidades eclesiales más fecundas y es-peranzadoras son las que su propuesta a los retos de nuestro tiempo suscitan la acogida y defensa –a veces heroicas– de la familia y de la vida con todas sus consecuencias sociales, jurídicas y religiosas. Sólo donde hay familia habrá vida, y sólo donde hay vida nuestro mundo tendrá esperanza.

Recibid mi afecto y mi bendición.
+ Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca

26.03.08

¡Cristo ha resucitado!

¡Cristo ha resucitado!

Hoy es un día de gran alegría para todos los que creemos en Cristo Jesús: ¡Cristo ha resucitado! Así dice el ángel a María Magdalena y a la otra María cuando fueron a ver el sepulcro. No temáis, id aprisa a decir a los discípulos que ha resucitado de entre los muertos. Ellas, mujeres que han vencido el miedo de ir solas al sepulcro en la madrugada de aquel primer día de la semana, son las primeras en conocer la sorprendente y gratificante noticia de la resurrección de Jesús. En el camino, es el mismo Jesús quien les sale al encuentro y les dice: ¡alegraos!, ¡no tengáis miedo! Después de este encuentro, nada se les pone por delante. El miedo ha desaparecido y se ha fortalecido su fe. Y sabemos que la fe mueve montañas. La fe de estas mujeres se traduce en una inmensa alegría, un gozo que les empuja a anunciar esta buena noticia. Van corriendo a donde están los discípulos para hacerles partícipes de la desbordante alegría que ellas acaban de experimentar. No se la guardan, necesitan comunicarla. Así se transmiten las buenas noticias, con alegría.

En aquel tiempo y cultura resulta sorprendente que sean unas mujeres las primeras en ver al Resucitado, y sorprende todavía más que Jesús quiera que sean ellas las que anuncien su resurrección a los discípulos. En aquella cultura, el testimonio de la mujer no era válido ante un tribunal. Pero sí lo era para Jesús. Con este gesto, Cristo promueve ante sus contemporáneos la dignidad de la mujer. Su actitud provocó sorpresa e incluso escándalo, porque su comportamiento era diferente al de los israelitas de su tiempo. Sus mismos discípulos se sorprendieron cuando le vieron hablar a solas con la samaritana en el pozo de Jacob.

Luego, Jesús se aparecerá a sus discípulos y les cambiará el miedo en gozo, como hizo con las mujeres, y los enviará a comunicar su resurrección a todo el mundo. Ahí están también los discípulos de Emaús, que regresan a su casa desanimados, pensando que todo ha terminado y no ha sido más que una ilusión. Pero Jesús se acerca a ellos, les acompaña, se interesa por sus cavilaciones, los anima y al partir el pan les abre los ojos, y ellos le reconocen. ¿Qué hacen estos dos discípulos? Vuelven corriendo a Jerusalén a contar a los Once lo que les había ocurrido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Todos estos testigos se entregan en cuerpo y alma a comunicar que el Padre Dios ha resucitado a Jesús y lo ha constituido Mesías y Señor, venciendo la muerte más ignominiosa, la muerte en cruz. Nada se les pone por delante. Pablo nos describe las graves dificultades y peligros que ha tenido que superar: palizas, cárceles, los treinta y nueve golpes de rigor, los azotes, noches sin dormir, hambre y sed, muchos días sin comer, frío y desnudez, naufragios… Todo, para comunicar al mundo la mejor noticia: que Jesús, el que pasó haciendo el bien a todos y fue crucificado por los judíos, ha resucitado y vive.

A nosotros nos toca hoy transmitir esta experiencia a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tan necesitados de la verdadera vida, la que nos trae el Resucitado. Que la alegría de la resurrección de Jesús llene nuestra vida. ¡Feliz Pascua!

Con mi afecto y bendición.

+ Alfonso Milián Sorribas
Obispo de Barbastro-Monzón

21.03.08

18.03.08