12.11.17

La alegría sacerdotal: "llega el Esposo, salgan a su encuentro"

“Llega el Esposo, salgan a su encuentro”

Estas palabras del Evangelio de hoy han resonado fuerte en mi interior estos días.

Días que han estado repletos de actividades, inundados de proyectos, de iniciativas y de concreciones.

Días donde Jesús me ha regalado no sólo el gozo de sembrar, sino la luminosa e inmerecida experiencia de -algo- cosechar.

Pero aunque la “onda verde” en varios asuntos es capaz de traer entusiasmo a cualquier corazón, hay una experiencia que es aún más luminosa y plenificante: “llega el Esposo, salgan a su encuentro".

Y es que en estos días las ALEGRÍAS más intensas, alegrías de Cielo, Jesús me las ha regalado en la administración de los sacramentos.

Alegrías inmensas, paz sin fronteras, unificación interior en el momento de adorar el Cuerpo Sacrosanto luego de consagrar; alegría profunda y duradera al oír la confesión de los pecados de niños de catequesis, entrecortada por sus sollozos y lágrimas; alegría desbordante al Bautizar un niño que reía divertido cuando su padres y padrinos decían “sí, creo…"; alegría y esperanza, regocijo sereno al entregar el Cuerpo del Señor por primera vez a un grupo de niños…; alegría y emoción al compartir la de unos novios que, decididos a comenzar una nueva vida, juran amor eterno ante el altar.

Alegrías tan intensas e inocultables que me he sorprendido a mí mismo, varias veces, sonriendo y hasta riendo en medio de la solemne ocasión de celebrar un sacramento

En cada uno de esos momentos que jalonan la vida sacerdotal -intercalados con idas y venidas, con algunos enojos y decepciones, con compras y ventas, con encuentros fraternos, y viajes, y clases y charlas- en cada uno de esos momentos he experimentado, con fuerza y realismo: “LLEGA EL ESPOSO, SALGAN A SU ENCUENTRO".

¡Gracias, Jesús, Amor mío!

¡Ayúdame, Madre, a tener siempre mi lámpara encendida!

3.11.17

La belleza del celibato

celibato

Siempre me he preguntado: ¿por qué a mucha gente el celibato le parece imposible?

Sin negar el aspecto de renuncia que conlleva, yo he visto siempre la vida célibe como muy parecida a la vida de un hombre casado fiel a su esposa y viviendo su vocación conyugal de cara a Dios -es decir, en la apertura a la vida y en la práctica de la abstinencia periódica si es preciso espaciar los nacimientos-

Sólo varios años después de ordenarme, creo que voy encontrando la respuesta, una trágica respuesta.

Muchas ven imposible -o casi- el celibato porque en realidad ya han perdido también la confianza en la fidelidad. Porque asumen resignadamente que el varón no puede ser fiel a una opción de amor durante toda la vida.

Entonces, es lógico: si ser fiel a una sola mujer es “imposible", y si “todos los hombres son infieles” -así piensan muchos hoy, recien me “desayuno"- es obvio que el celibato será sólo una pantalla, algo falso, que se muestra hacia afuera pero que en realidad no se vive.

Esta concepción se ve profundizada cuando algunos hermanos en el sacerdocio eligen traicionar su promesa de consagración al Señor, dándoles pie a los detractores de este modo de vida para decir “ven, yo les decía… no podía ser".

Lo cierto es que el celibato es posible, y es hermoso, y es plenificante.

Es una “soledad” repleta del Absoluto, y de rostros, y de sueños, y de proyectos.

Lo cierto es que el Señor -sobre todo el Señor - y también sus cosas y la amistad sacerdotal y los vínculos sanos que nos ofrece el ministerio, y el ciento por uno en “madres, hijos y campos", son completamente capaces de brindar todo el amor y el afecto que cualquier ser humano necesita para vivir.

Lo cierto es que yo no concibo, no me logro imaginar cómo sería no ser célibe… porque el celibato me da una libertad y una disponibilidad sin la cual no entiendo cómo podría intentar ser, verdaderamente, padre y pastor. Una libertad que me hace capaz de amar más, de amar siempre, de amar entero.

Lo cierto es que el celibato como consagración total a Dios y como disponibilidad para servir a la Iglesia es una belleza, es fuente de alegría, es una vocación y una opción que no sólo no atentan contra mi pleno desenvolvimiento sino que lo potencian.

Lo cierto es que el celibato demuestra también que el hombre, incluso hombres tan débiles y falibles como yo y mis hermanos, somos capaces de ordenar nuestros impulsos y pasiones para un objetivo trascendente… el celibato demuestra que el hombre, renovado y siempre sostenido por la GRACIA, es capaz de vivir la castidad, en cualquier estado en que sea llamado.

Lo cierto es que el celibato se constituye, entonces, en fuente de esperanza. En evidencia del poder de Cristo, sobre todo en este mundo en el cual el pesimismo antropológico lleva a muchos a pensar que el hombre es, simplemente, un esclavo de sus pulsiones. El celibato es la reivindicación de la Libertad humana -sanada por la Gracia- frente a la fragilidad del estado del hombre caído.

¡Gracias, Jesús y María, por el don del celibato, del cual ustedes dos son los modelos perfectos!

25.10.17

La fe que nos GLORIAMOS de profesar

lafeAmo mi fe católica tanto, tanto, tanto…

Amo cada detalle, cada entresijo, cada pequeño fragmento y el sabor y el olor de sus dogmas.

Amo la armonía perfecta con que cada una de sus verdades encaja, como piezas de un rompecabezas, conformando un todo tan abismalmente vertiginoso como serenante y pacificador.

Amo la fe católica, la verdad católica, la doctrina católica, la Liturgia católica, la Moral católica, la oración católica, cada día más, cada día por más motivos y con más argumentos.

Amo esta Verdad que en el fondo es una Persona, que es Cristo y su “mente", que es el Espíritu que todo lo ilumina.

Amo mi fe católica porque lejos de anular mi pensamiento o mi inteligencia lo amplifica, le da horizontes infinitos, lo hace más profundo, más sagaz, más equilibrado.

Amo mi fe católica porque es capaz de ofrecer una respuesta tan sólida e inmutable como amable y cálida. Porque es Camino y Vida.

Amo esta fe y por eso mismo no cuenten conmigo para ningún intento de destruirla, de rebajarla, de desmerecarla… no me anoten para ningún proyecto ni evento donde se la desmerezca, donde se la oculte, donde se tenga miedo de llegar por ella y desde ella hasta las últimas consecuencias.

Amo esta fe católica porque no existe nada tan concreto, tan vivificador y tan dinamizante como esa doctrina, cuando le permito entrar en juego con mi libertad y fecundarlo todo.

Amo mi fe católica por el perfectísimo equilibrio asimétrico entre Dios y el hombre, entre el varón y la mujer, entre la unidad y la diversidad, entre la libertad y la providencia, entre la justicia y la misericordia, entre la fe y las obras, entre Cristo y María…

Amo mi fe, y quiero vivir sólo para que otros más la descubran, la amen y la abracen, hasta el fin.

14.10.17

Palabras de un bebé a su madre que piensa en abortar

“Mamá: vos todavía no lo sabés, pero ya -sí, ¡ya!- estoy viviendo, sintiendo y empezando a comprender dentro de tu ser.

Es imposible explicar ni describir la magia del primer instante. Un aliento creador, un soplo vital, acabó de amalgamar las dos incompletas células que se unían…

Y yo, de pronto, en un momento, comencé a existir. A recorrer este primer viaje -imagino que algo de esto será toda la vida- hacia el lugar donde acabo de anidarme. Me siento tan seguro, tan feliz, tan protegido.

Mamá, yo sé que no todo ha sido fácil, ni lo será en adelante. Sé que las cosas quizá no han ocurrido como lo esperabas, sé que te sientes sola por momentos.

Pero no te confundas, no te dejes engañar.

Yo no soy parte de tu cuerpo: aunque te debo todo, aunque te necesito imperiosamente, soy alguien, alguien distinto, alguien nuevo, alguien original. Y necesito que me cuides.

Y tampoco soy, como te dicen por ahí los ignorantes, o, peor aún, los malintencionados, un puñado de células. Si pudieras ver con tus ojos la perfección de cada proceso que estoy viviendo… si pudieras imaginar mi sonrisa ya esbozada, mis manitos ya prediseñadas, el color de los ojos que en vos descansarán por primera vez… Necesito sólo que esperes, sólo que me cuides.

La potencia de la vida se despliega, inexorable, a cada segundo… todo es tan rápido, tan vertiginoso… el orden, la armonía, la proporción, el equilibrio, no pueden tener más explicación que un milagro.

Mamá, yo no espero una vida perfecta. Yo no espero que todo sea ideal. Yo sólo espero tener la oportunidad de verte, de abrazarte, de besarte, de decirte cuánto te amo.

Te pido la oportunidad de seguir mi viaje. De que no se trunque, de que no acabe casi antes de empezar.

Mamá, juntos podremos vencer. Nada es imposible para el amor. Porque la vida es siempre un bien.

Tu hijito que te quiere con locura… y te necesita”

5.10.17

La naturaleza y la finalidad de las iglesias

Los párrafos que siguen forman parte del interesantísimo -y poco conocido- documento “Conciertos en las iglesias". Los subrayados son míos. Valga su lectura y meditación en tiempos de confusión.

5. Según la tradición, ilustrada por el Ritual de la dedicación de la iglesia y del altar, las iglesias son, los ante todo, lugares en los cuales se congrega el pueblo de Dios. Este, “unificado por virtud y a imagen del Padre, el Hijo y el Espiritu Santo, es la Iglesia, o sea, el templo de Dios edificado con piedras vivas, donde se da culto al Padre en espiritu y en verdad. Con razón, pues, desde muy antiguo se llamó “iglesia” el edificio en el cual la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, para orar unida, para recibir los sacramentos y para celebrar la eucaristía", y adorarla en la misma, como sacramento permanente (cf. “Ordo dedicationis ecclesiae et altaris", cap. II, 1).


Las iglesias, por lo tanto, no pueden ser consideradas simplemente como lugares “públicos", disponibles para cualquier tipo de reuniones. Son lugares sagrados, es decir “separados", destinados con carácter permanente al culto de Dios, desde el momento de la dedicación o de la bendición.


Como edificios visibles, las iglesias son signos de la Iglesia peregrina en la tierra; imágenes que anuncian la Jerusalén celestial; lugares en los cuales se actualiza, ya desde ahora, el misterio de la comunión entre Dios y los hombres. Tanto en las ciudades como en los pueblos, la iglesia es también la casa de Dios, es decir, el signo de su permanencia entre los hombres. La iglesia continua a ser un lugar sagrado, incluso cuando no tiene lugar una celebracion liturgica.


En una sociedad como la nuestra, de agitación y ruido, sobre todo en las grandes ciudades, las iglesias son también lugares adecuados en los cuales los hombres pueden alcanzar, en el silencio o en la plegaria, la paz del espíritu o la luz de la fe.


Todo eso solamente podrá seguir siendo posible si las iglesias conservan su propia identidad. Cuando las iglesias se utilizan para otras finalidades distintas de la propia, se pone en peligro su caracteristica de signo del misterio cristiano, con consecuencias negativas, mas o menos graves, para la pedagogía de la fe y a la sensibilidad del pueblo de Dios, tal como recuerda la palabra del Señor: “Mi casa es casa de oracion” (Lc 19,46).

Qui potest capere capiat