Filosofía y teología del Mas Allá: Salida de las almas separadas de sus lugares

Doctrina de Santo Tomás[1]

Después de ocuparse, en los dos artículos anteriores del lugar de las almas de los difuntos, en el siguiente se pregunta santo Tomás, si pueden salir del mismo. Para responder indica que: «De dos maneras puede entenderse que uno salga del infierno o del paraíso. De una que salga de allí definitivamente y, en consecuencia, que su propio lugar ya no sea el paraíso o el infierno. Y así nadie que haya sido definitivamente destinado al infierno o al paraíso puede salir de allí».

Por tanto, con una salida definitiva, ninguna alma puede irse de estos dos lugares que se le haya terminantemente asignado de modo firme. Sin embargo, de la segunda manera de concebirse el salir el alma separada del cuerpo de estos lugares: «puede entenderse que salga temporalmente. Y en este caso hay que determinar que les corresponde según el orden natural y qué según el orden de la divina providencia, porque como dice San Agustín: «Unos son los límites de las cosas humanas y otros muy distintos los signos de los poderes divinos; una cosa es lo que se hace naturalmente y otra lo que se hace milagrosamente» (La piedad con los difuntos, c. 16)».

De manera natural, absolutamente nadie puede dejar estos lugares con una salida provisional porque: «según el curso natural, las almas separadas asignadas a sus propios receptáculos están totalmente segregadas del trato con los vivos. Pues, según el curso natural, los hombres que todavía viven en su carne mortal no pueden tener contacto inmediato con las sustancias separadas, ya que su conocer parte de los sentidos; ni tampoco a ellas convendría salir de sus receptáculos para intervenir en las cosas de los vivos».

Las almas separadas, sin embargo, pueden salir temporalmente de su lugar por voluntad de Dios. De manera que: «según la disposición de la divina providencia, alguna vez las almas separadas, saliendo de sus receptáculos, muéstranse a las miradas de los hombres, como cuenta san Agustín del mártir Félix, que se apareció visiblemente a los habitantes de Nola cuando eran atacados por los bárbaros (La piedad con los difuntos, c. 16)».

Además: «puede creerse también que esto mismo suceda alguna vez con las almas de los condenados, a quienes les es permitido aparecerse a los vivos para enseñanza y terror de los hombres; como también a quienes están detenidos en el purgatorio para suplicar sufragios, según consta por muchos casos narrados por San Gregorio (Dialog., IV)».

Indica santo Tomás que, sin embargo: «entre los santos y los condenados hay esta diferencia: que los santos aparecen a los vivos cuando quieren, y los condenados no. Pues, así como los santos, mientras vivieron en la carne, tuvieron el poder de curar y hacer milagros por el don de la gracia gratis dada, cosas éstas que sólo se realizan milagrosamente por divino poder y que, en realidad, no pueden hacer quienes carecen de dicho don, así también no hay inconveniente de que, en virtud de su gloria, se le dé cierto poder a las almas de los santos para que puedan aparecer a los vivos cuando quisieren».

Los bienaventurados por disposición divina pueden salir provisionalmente siempre que quieran para hacer un bien a los que se aparecen. En cambio: «los otros no pueden si no se les permite en algún caso»[2], como podría ser para que se tuviera horror al pecado, en el caso de los condenados ,y para pedir sufragios los que están en el purgatorio.

Las apariciones

A esta completa doctrina, que expone santo Tomás, le presenta esta importante dificultad: «se ha dicho más arriba que después de la muerte se dan los receptáculos a las almas en premio o castigo. Pero después de la muerte, los premios de los santos y los castigos de los condenados no disminuirán. Por tanto, no salen de sus receptáculos»[3].

Queda resuelta si se tiene en cuenta que: «el lugar produce el premio o castigo del alma en cuanto que éstos la afectan debido a que está designada a tal lugar para gozar o para sufrir. Pero este gozo o este dolor, procedente de los lugares a que es destinada, permanece en ella incluso cuando se encuentra fuera de dichos lugares; así como al pontífice, a quien se le concede el honor de sentarse en la cátedra en la iglesia, no se le aminora la gloria cuando se aparta de la cátedra, puesto que, aunque actualmente no esté sentado en ella, dicho lugar es, sin embargo, el que se le ha asignado»[4].

Sobre estas apariciones de las almas de los difuntos, precisa santo Tomás, que: «aunque las almas de los santos o de los condenados estén presencialmente donde aparecen, no se ha de creer que esto suceda siempre. Pues en ocasiones, dichas apariciones se realizan durante el sueño o durante la vigilia por obra de espíritus buenos o malos, para aleccionar a engañar a los vivos. Del mismo modo que los vivos aparecen algunas veces a otros y les revelan muchas cosas en sueños, no estando, sin embargo, presente, como lo prueba san Agustín con muchos ejemplos, en La piedad con los difuntos (II, c. 11, 12-17)»[5].

Uno de ello es el siguiente: «estando yo en Milán, oí que como un hombre exigiese el pago de una deuda, presentando el recibo del padre difunto, que ya había pagado sin saberlo el hijo, comenzó este hombre a contristarse muy seriamente, y a admirarse de cómo su padre, cuando hizo testamento al morir, no le hubiese dicho qué es lo que debía. Estando entonces muy angustiado por eso, su mismo padre se le apareció en sueños, y le indicó dónde estaba el resguardo del recibo por el que aquella deuda había sido liquidada. El joven lo encontró, y presentándolo, no solamente rechazó la calumnia de la falsa deuda, sino que también consiguió el recibo que el padre no había recibido cuando saldó la cuenta. Según esto, se cree que el alma del padre se preocupó por el hijo, y se llegó a él cuando dormía, enseñándole aquello que ignoraba para librarlo de una grave molestia».

Cuenta seguidamente la aparición en sueños de un vivo: «Casi por el mismo tiempo oí lo siguiente, estando todavía en Milán: Eulogio, retórico de Cartago y discípulo mío en esa disciplina, él mismo me lo contó después que volví al África, cuando explicaba a sus discípulos los libros de Retórica de Cicerón, preparando la lección que iba a dar al día siguiente, se encontró con un pasaje oscuro. Como no alcanzaba a descifrarlo, todo preocupado, apenas pudo dormir, y aquella misma noche, cuando él estaba soñando, yo le expliqué aquello que él no entendía; pero por cierto que no fui yo, sino una imagen mía sin saberlo yo, que me ocupaba entonces en otra cosa y bien lejos, al otro lado del mar, o que estaba durmiendo y no tenía ni la más mínima preocupación de sus trabajos literarios».

Y concluye: «Entonces, ¿cómo se producen semejantes revelaciones? Yo no lo sé. Pero, de cualquier modo que sucedan, ¿por qué no creemos que suceda del mismo modo cuando alguien ve en sueños a un muerto, igual que cuando ve en sueños a un vivo?»[6].

Los dos mundos

Una primera consecuencia muy general de esta doctrina es la afirmación de una duplicidad de mundos. Tal como se dice en el nuevo Catecismo: «El Símbolo de los Apóstoles profesa que Dios es «el Creador del cielo y de la tierra», y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano explicita: “…de todo lo visible y lo invisible»[7]. En este último Credo, el que está en la liturgia de la Misa, queda afirmada la existencia de dos mundos creados por Dios.

Este es el punto de partida del sermón de Newman sobre el mundo de las cosas invisibles, que comienza así: «Hay dos mundos, «el visible y el invisible», como dice el Credo: el mundo que vemos y el mundo que no vemos; y el mundo que no vemos existe tan verdaderamente como el que vemos, aunque no lo vemos»[8].

Percibimos la existencia del mundo que vemos, porque lo conocemos por los sentidos, principalmente el de la vista y estamos ciertos de ella. También descubrimos una pluralidad de seres, que constituyen nuestro mundo visible e igualmente advertimos su inmensidad. «Sin embargo, a pesar de este mundo universal que contemplamos, existe otro mundo igual de extenso y próximo a nosotros y más maravilloso. Es otro mundo que nos rodea, aunque no lo vemos, y más maravilloso que el mundo que podamos ver, precisamente porque no lo vemos»[9].

Los dos mundos, el visible y el invisible, como se dice en el Catecismo Romano, fueron creados por Dios, tal como: «lo significaron los padres del Concilio primero de Nicea, con estas palabras añadidas al Símbolo: «de las cosas visibles e invisibles». Porque todo cuanto contiene el universo y confesamos haber sido creado por Dios, o está bajo el dominio de los sentidos exteriores, y se llama visible; o podemos solo percibirlo con el espíritu y la inteligencia, y esto se llama invisible»[10].

Añade Newman que: «En torno nuestro existen objetos innumerables que van y vienen, que vigilan, que actúan o esperan, y que no vemos. Es otro mundo que los ojos no alcanzan, sino solamente por la fe, (…) ellos actúan sobre nosotros y nosotros lo sabemos; actuamos a la vez sobre ellos y sabemos que estamos actuando»[11].

Este mundo visible: «no interfiere con la existencia de ese otro mundo de que habló, que actúa sobre nosotros, aunque no imprime sobre nosotros la conciencia de que lo hace. Se halla tan realmente presente y ejerce tanta influencia sobre nosotros como el mundo que se nos revela de modo visible»[12].

El mundo invisible

En cuanto al contenido de este invisible mundo existente, hay que decir que: «el mundo invisible es mucho más excelente que el mundo que vemos», porque, en primer lugar: «habita allí, el Ser que está sobre todos los seres, el que ha creado todo lo que existe, y ante quién las cosa son como nada, y con quien nada puede compararse. Dios Omnipotente existe más real y absolutamente que cualquiera de esos hombres, cuya existencia nos es conocida a través de los sentidos. Sin embargo, no le vemos, no le oímos, no hacemos más que «ir tras Él a tientas» (Hch 17, 27), sin llegar a encontrar».

Por consiguiente: «parece entonces que las cosas visibles no son sino una parte, y una parte secundaria, de los seres que nos rodean, aunque sólo fuera por el hecho de que Dios Todopoderoso, el Ser de los seres, no se encuentra entre ellas, sino entre «las cosas que no se ven» (2 Cor 4, 18)».

No obstante: «una vez, y solo una vez, ha condescendido a ser durante treinta y tres años uno de los seres que se ven, cuando la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, por una inefable misericordia, nació de la Virgen María, a este mundo sensible. Y entonces fue visto, oído, palpado. Entonces comió, bebió, durmió, conversó, anduvo de un lugar a otro y obró como los demás hombres; pero excepto en este breve período, su presencia nunca ha sido perceptible; nunca nos ha hecho conscientes de su existencia mediante sentidos corporales. Él vino y después se retiró detrás de un velo; para nosotros, individualmente , es como si nunca se hubiera mostrado. No tenemos experiencia sensible de su presencia. Sin embargo, Él «vive eternamente» (Ap 1, 18)»[13].

En segundo lugar, este mundo es más excelso y eminente que el visible, porque: «también los ángeles habitan en el mundo invisible y sobre ellos sabemos muchas más cosas que sobre las almas de los difuntos; estos «descansan de sus trabajos» (Ap 14,13), pero los ángeles se ocupan activamente de nosotros en la Iglesia. Se dice que son «espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación» (Hb 1, 14), (…) y que forman parte del mundo invisible se deduce de la visión del patriarca Jacob»[14].

Según la Escritura, Jacob huyendo de su hermano Esaú, una noche tomó una piedra del camino a Harán y poniéndola por cabecera se acostó allí[15]. Jacob veía solo el mundo que se percibe con los ojos. No veía al mundo invisible, pero este mundo estaba allí. Estaba allí, aunque no se dejó ver inmediatamente: fue necesario que se le manifestara a Jacob de modo sobrenatural. Lo vio en sueños. «Tuvo un sueño: una escala apoyada sobre la tierra tenía la cima tocando al cielo, y los Ángeles de Dios subían y bajaban por ella» (Gn 28, 12). Era el Otro Mundo».

Observa Newman que: «se habla a menudo como si el otro mundo no existiera ahora, sino solo después de la muerte. Y no es así: existe ahora, aunque no lo veamos. Está entre nosotros y nos rodea. Jacob vio en su sueño que era así. Los Ángeles se hallaban en torno a él, a pesar de que él no lo sabía»[16].

Los ángeles, que contempló Jacob en su sueño, también fueron vistos, más de mil años después, por un joven criado de Eliseo. Ante su temor por el ejército sirio que les rodeaba, el profeta dijo: «No temas, porque muchos más hay con nosotros que con ellos. Oró Eliseo y dijo: «Señor, abre los ojos de éste para que vea». Abrió el Señor los ojos del criado y vio: el monte estaba lleno de caballos y de carros de fuego alrededor de Eliseo»[17].

Lo que vio el criado, como también nota Newman: «los pastores no sólo lo vieron cuando nació el Señor, sino que lo oyeron. Escucharon las voces de esos benditos espíritus, que alaban a Dios día y noche»[18].

Además: «cuando los ángeles se aparecieron a los pastores fue la suya una aparición repentina: «De pronto se juntó con el Ángel una multitud del Ejército celestial» (Lc 2, 13). ¡Prodigiosa visión! La noche ha sido hasta ese momento como cualquier otra. También el atardecer en que Jacob contempló la visión se parecía a otra cualquiera. Los pastores cuidaban de su rebaño y observaban el paso de la noche; se movían las estrellas y la medianoche había llegado. No se imaginaban que un ángel pudiera aparecérseles. Así son el poder y la fuerza que se esconden en las cosas visibles, y que se manifiestan cuando Dios quiere»[19].

En ese otro mundo de Dios y de los ángeles: «en ese mundo invisible, viven también las almas de los difuntos. Tampoco ellas dejan de existir cuando marchan de aquí, simplemente abandonan este escenario visible o, dicho de otro modo, cesan de actuar respecto a nosotros mediante nuestros sentidos. Viven como vivían antes, pero la estructura exterior por la que mantenían contacto con otros hombres se separa de ellos, no sabemos cómo se seca y marchita como las desprendidas de un árbol»[20].

De manera que: «las almas permanecen, pero sin los medios usuales de acercarse y mantener relación con nosotros. Cuando una persona pierde su voz o su mano, existe como antes, pero ya no puede hablar o escribir, y mantener relación con nosotros. Cuando pierde no sólo su su voz y su mano sino toda su entera figura corporal, es decir, cuando muere, nada indica que ha dejado de existir , aunque nosotros perdamos la posibilidad de percibirla»[21]. En este sentido, como explica santo Tomás, no pueden comunicarse de una manera natural, pero si provisionalmente de manera sobrenatural por disposición divina.

 

Eudaldo Forment



[1] Jacob Francken, La escala de Jacob, (s. XVI-XVII).

[2] SANTO TOMÁS DE AQUINO,  Suma teológica, Supl., q. 69, a. 3, in c.

[3] Ibíd., Supl., q. 69, a. 3, ob, 3.

[4] Ibíd., Supl., q. 69, a. 3, ad 3.

[5] Ibíd, Supl., q. 69, a. 3, sed c. ad 3,

[6] SAN AGUSTÍN, La piedad con los difuntos, II, c. 11.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 325.

[8] John Henry Newman, Sermones parroquiales, Madrid, Ediciones Encuentro, 2007-2015, 8 vv., v. IV, Sermón 13, pp. 225-236, p. 225.

[9] Ibíd., p. 226.

[10] Catecismo de san Pío V, p. I, c. 2, n. 20.

[11] John Henry Newman, Sermones parroquiales, op. cit., p. 226.

[12] Ibíd., pp. 226-227.

[13] Ibíd. p. 227.

[14] Ibíd., p. 228.

[15] Cf. Gn 28, 11.

[16] John Henry Newman, Sermones parroquiales, op. cit., p. 229.

[17] Cf. 2 Re 16-17.

[18] John Henry Newman, Sermones parroquiales, op. cit., p. 229.

[19] Ibíd. p. 232.

[20] Ibíd pp. 227-228.

[21] Ibíd., p. 228.

4 comentarios

  
Daniel Argentina
¿Se da usted cuenta de que la ciencia moderna en cierto modo admite la posibilidad de cosas análogas? Interesante.
05/03/26 1:11 AM
  
fvl
Buenos días. Como siempre D. Eudaldo, una clase fenomenal sobre lo "visible" e "invisible" del Credo niceno, que se debería rezar todos los días...¡Gracias!
05/03/26 5:54 AM
  
Pedro de Madrid
Hoy el Evangelio indica claramente a donde fue a parar el que vestia de lino y banqueteaba a diario y a donde fue Lázaro
05/03/26 1:16 PM
  
Pedro de Madrid
En la parroquia del santo cura de Ars sucedió que una señora de afuera del pueblo se iba a confesar con dicho sacerdote y al cruzarse el santo cura de Arts le dijo "tu marido se ha salvado" pero la mujer no comprendió nada. Cuando le llegó su turno el confesor, es decir el santo cura de Arts le dijo que no se preocupara por el alma de su marido, que estaba salvado. La señora le dice, imposible, se suicido tirándose de un puente. el santo cura le responde, -Quien te traía del campo las flores para la Santísima Virgen en los meses de mayo?, mi marido, en esas décimas de segundo en el suicidio la Virgen lo ha salvado para toda la eternidad.
16/03/26 5:26 PM

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