Consecuencias del socialismo

El debilitamiento de las personas, las familias y la sociedad civil

El gran despertar

En muchos países los trabajadores se están dando cuenta de que en realidad la izquierda los perjudica.

Según la doctrina marxista de la lucha de clases, capitalistas y asalariados son dos clases sociales que están en conflicto inevitable entre sí. La derecha estaría a favor de los capitalistas y la izquierda a favor de los asalariados. Desde esa perspectiva es difícil explicar por qué, en Norteamérica, Europa y otros lugares, tantos miembros de las élites votan a los partidos políticos de izquierda mientras que tantos empleados y desempleados están abandonando la izquierda y pasando a apoyar a partidos políticos conservadores, nacionalistas y populistas de derecha. Sin embargo, en realidad ese fenómeno es relativamente fácil de entender. Se trata de un despertar masivo de los trabajadores y la clase media. Éstos están tomando conciencia de que la izquierda no defiende bien sus verdaderos intereses, sino que más bien atenta contra ellos.

¿Qué quiere esencialmente la mayoría de la gente común y corriente, en el orden material? Seguridad pública; un trabajo honesto, útil y bien remunerado, que le permita “llegar a fin de mes", mantenerse y mantener a sus familias sin grandes sobresaltos; no endeudarse mucho y ahorrar algo; comprar una casa y un automóvil; y poder jubilarse a una edad no demasiado avanzada sin caer por eso en la miseria.

¿Y en un orden más elevado que el material? Casarse, tener hijos y educarlos, transmitiéndoles sus valores morales y espirituales; que sus hijos puedan a su vez formar una familia y vivir en paz y prosperidad; participar con fruto en la vida de la nación y (en el caso de los creyentes) de su comunidad religiosa; contribuir al bien común de la sociedad por medio de iniciativas y asociaciones privadas; etc.

Por último, ¿qué pretende esencialmente esa mayoría de un gobierno? Ante todo, que no sea un obstáculo sino un auxilio para todo lo dicho anteriormente; que mantenga la ley y el orden al interior de la sociedad y la paz en el ámbito internacional; que construya y mantenga una infraestructura básica; que ofrezca unos servicios públicos modernos y eficientes; que no agobie a los ciudadanos con impuestos excesivos o regulaciones asfixiantes; que respete estrictamente todos sus derechos y libertades; que apoye a los más débiles en la medida en que ello sea necesario; y que, siempre que sea posible, los ayude a liberarse de esa necesidad de apoyo.

La crisis de la izquierda, sobre todo en los países más desarrollados, consiste en que muchas personas de clase media o baja se están convenciendo de que los partidos y gobiernos de izquierda, por su incesante embate revolucionario contra Dios, la Patria, la familia y la propiedad, en lugar de ayudarlos a hacer realidad sus sueños, más bien tienden a convertirlos en pesadillas.

Comencemos por la propiedad privada. La extrema izquierda procura su abolición; pero también la izquierda moderada, de modo indirecto, contribuye a su disminución gradual. El gasto público creciente trae consigo un aumento casi constante de los impuestos y la deuda pública. Las regulaciones estatales cada vez más numerosas y complejas son difíciles de cumplir por parte de las empresas pequeñas y medianas. Así se favorece una enorme concentración del poder económico, político y cultural en el gobierno y las grandes empresas, dejando cada vez más inermes a los ciudadanos comunes. Proyectando a largo plazo las tendencias actuales de las políticas de izquierda, se puede entrever el surgimiento de una distopía: tecnocracia, producción robotizada, desempleo generalizado, ingreso básico universal, impuestos confiscatorios, masas entretenidas en el metaverso, legalización de las drogas, amplia gama de “derechos sexuales y reproductivos". Pan y circo al estilo posmoderno. Con un eficiente “servicio” de suicidio asistido en la puerta de salida…

En cuanto a la familia natural, la ultraizquierda la considera un mecanismo de opresión “heteropatriarcal” y busca su abolición; pero también el resto de la izquierda desconfía de ella y la asedia de mil maneras, contribuyendo a su crisis; por ejemplo, permitiendo que menores de edad reciban un tratamiento de “afirmación de género” —o sea, de rechazo de su sexo biológico— sin permiso de sus padres. Con la familia en crisis, los problemas personales y sociales se agravan hasta un punto en el que difícilmente tienen soluciones satisfactorias.

En cuanto a Dios y la Patria, los marxistas ortodoxos esperan que en la fase comunista todas las religiones y las naciones desaparezcan junto con las clases sociales; y en general los izquierdistas menos radicales impulsan el secularismo y la globalización, que tienden al mismo resultado por un camino más largo y más lento.

La revolución política, social y metafísica anticristiana, de la que la izquierda es la vanguardia, se viene incubando desde hace siglos. A medida que avanza y se aproxima a un clímax, sus efectos nocivos cada vez más evidentes hacen que muchos abran los ojos. Quizás, para la mayoría, el punto de partida de ese despertar sea un dolor creciente en uno de los órganos más sensibles del hombre: su bolsillo. Cuando Juan Pueblo perciba que las políticas económicas, sociales y ambientales de la izquierda (y de la derecha “políticamente correcta") lo vuelven cada vez más pobre, endeudado y dependiente, dejará de mirar con simpatía a esas ideologías.

Debido al fanatismo con que los gobernantes del establishment de derecha y de izquierda (y especialmente los verdes) han combatido contra los combustibles fósiles y la energía nuclear, millones de europeos tienen que elegir entre pasar frío o pasar hambre durante los inviernos boreales. Es razonable pensar que esto seguirá sumando muchos nuevos integrantes al bando de los “despiertos".

Las políticas de identidad como distracción

Hoy la izquierda desvía la atención de los ciudadanos de injusticias grandes y evidentes apelando a la cortina de humo de las “políticas de identidad", que dividen al pueblo en sexos, “géneros", razas y culturas enfrentados entre sí. Como en los países desarrollados los trabajadores sienten poca atracción por la revolución socialista, los neomarxistas se esfuerzan por reclutar para su revolución a “clases oprimidas” nuevas y diversas: mujeres, personas de raza no blanca, homosexuales, musulmanes, etc. El estereotipo de moda del opresor es el varón blanco heterosexual y cristiano, aunque esté desempleado y viva en una casa rodante, mientras que muchas personas ricas que difieren de ese patrón se declaran víctimas del “sistema".

Desechemos las anteojeras ideológicas de la izquierda y miremos la realidad sin prejuicios. Propongo dos aproximaciones para tratar de entender lo que está pasando.

A) La ideología progresista de la mayoría de los multimillonarios se refleja en las causas “filantrópicas” que apoyan con sus donaciones: maltusianismo (aborto, control de la población), ecologismo radical (lucha contra el cambio climático), políticas de identidad (feminismo radical, perspectiva de género, agenda LGBT, etc.). Estas ideologías nocivas perjudican a todos, especialmente al pueblo llano y a los países pobres.

B) Nos puede ser de ayuda un dicho de G. K. Chesterton: “¿Qué más me da que todas las tierras del condado sean propiedad del Estado o que lo sean del Duque de Wellington?” Tanto un monopolio estatal como un monopolio privado oprimen a la persona común. Y también la oprime una alianza de las dos grandes fuerzas que tienden a esos monopolios teóricamente opuestos: el Gran Gobierno y el Gran Capital. Esa alianza, en una escala sin precedentes, es lo que estamos viendo hoy, y es lo que explica que tantos ultrarricos (secularistas y globalistas) sean más afines a Xi Jinping que a Donald Trump.

Totalitarismo blando

En su libro No vivas de mentiras el escritor estadounidense Rod Dreher sostiene que en los últimos años ha aumentado mucho en los Estados Unidos y el resto de Occidente la amenaza de un nuevo totalitarismo, que él califica como “blando". Según Dreher, los progresistas están tratando de imponer el progresismo y las políticas de identidad en todas las dimensiones de la vida.

El progresismo es una suerte de pseudorreligión secularista característica de la modernidad, que concibe la Historia como una gran marcha inevitable hacia el Progreso. 

Por su parte, las políticas de identidad se basan en clasificar a las personas en opresoras u oprimidas según los grupos a los que pertenecen. Conciben a la justicia como dar a cada uno lo que le corresponde, no como individuo (según la concepción clásica), sino como portador de una identidad grupal.

Por consiguiente, sostiene Dreher, los progresistas procuran marginar a los cristianos tradicionales, los conservadores y otros disidentes, incluso reduciendo la protección de las leyes a su libertad religiosa y su libertad de expresión. Las grandes empresas, especialmente las tecnológicas, censuran las voces contrarias a la revolución cultural en curso, dando pie a la sospecha de que el Occidente se dirige hacia un estado de vigilancia tecnológica, mucho menos brutal pero no menos eficiente que el de la China comunista.

En el Capítulo 2 del libro citado, Dreher, con base en la obra de Hannah Arendt Los orígenes del totalitarismo, identifica seis condiciones que preparan el terreno para una revolución totalitaria: soledad y atomización social; pérdida de fe en las jerarquías y las instituciones; el deseo de transgredir y destruir; la propaganda y el deseo de creer en mentiras útiles; una manía por la ideología; una sociedad que valora más la lealtad que la pericia.

En mi opinión, hoy gran parte de la élite económica, política y cultural de Occidente impulsa tendencias que favorecen las condiciones recién enunciadas. Por ejemplo:

A) La promoción de la revolución sexual, el concubinato, el divorcio, la anticoncepción, la esterilización, el aborto, la homosexualidad, la eutanasia, el suicidio asistido, la reproducción humana artificial, la limitación de la patria potestad, la estatización de la educación desde las edades más tempranas, condiciones económicas que vuelven difícil formar una familia y muy difícil tener una familia numerosa, el desprestigio de la maternidad y la práctica obligatoriedad del trabajo de la mujer fuera del hogar son factores que confluyen en la disminución de la población y la destrucción de la familia y por consiguiente favorecen el avance de la soledad y la atomización social.

B) La promoción del secularismo, el relativismo filosófico, teológico y moral, el multiculturalismo, el hedonismo, el desprecio de las tradiciones, las autoridades y las normas, la eliminación de la metafísica y la teología del sistema educativo y los ataques contra el supuesto fundamentalismo de quienes tienen certezas religiosas o morales son factores que confluyen en la “construcción” de personas sin creencias firmes, dominadas por sus pasiones, y en un intento de destrucción, desnaturalización o disminución de la influencia de la Iglesia, lo que favorece el aumento de la desconfianza hacia las instituciones jerárquicas y del deseo de transgredir y destruir.

La guerra contra la libertad de expresión

El Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (de 1948) establece: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

Mucho ha cambiado en los últimos 78 años. Hoy estamos presenciando un asalto sistemático y generalizado contra la libertad de expresión de parte de grandes poderes económicos, políticos y culturales. En Occidente se está reduciendo la tolerancia hacia ideas correctas o defendibles que disgustan a los progresistas. Por ejemplo, se ha dado durante mucho tiempo, y en gran medida se sigue dando, una censura dura, generalizada y coordinada, tanto en las redes sociales como en ámbitos institucionales, contra quienes:

  • critican la teoría darwinista de la evolución y promueven la teoría científica del diseño inteligente; o

  • niegan o cuestionan la existencia de una grave crisis climática y critican la teoría científica del calentamiento global antropogénico catastrófico; o

  • ponen en duda la teoría del origen natural del virus del covid-19 o promueven tratamientos de esa enfermedad alternativos a los favorecidos por el establishment médico, farmacológico y científico; o

  • dudan de la validez del resultado oficial de la elección presidencial de 2020 en los Estados Unidos o afirman que en esa elección hubo un fraude masivo o irregularidades en gran escala que cambiaron ilegítimamente el resultado a favor del candidato demócrata Joe Biden.

Tres odios del progresismo

El 08/03/2019 Monica Cirinnà, una política italiana de izquierda, principal impulsora de la ley sobre las uniones civiles homosexuales vigente hoy en Italia, participó en una manifestación feminista portando un cartel con el siguiente texto: “Dios, Patria, Familia… qué vida de mier**".

¡Qué poder de síntesis! La Cirinnà logró así la proeza de superar en expresividad a Eulogio López, el católico director de Hispanidad.com, quien desde hace años viene diciendo que el eslogan que mejor define al progresismo es “Abajo los curas y arriba las faldas".

¿Por qué con frecuencia los progresistas detestan a Dios, y especialmente al Dios cristiano? Probablemente porque es el Creador de un hombre dotado por Él de una naturaleza determinada y llamado por Él a un fin determinado, lo que implica la existencia de una ley moral universal e inmutable. La ley moral es el camino establecido por Dios que, partiendo de lo que el hombre es en virtud de su naturaleza creada, lo conduce verdaderamente hacia el cumplimiento de su vocación sobrenatural. En general los progresistas niegan la existencia de una naturaleza humana fija y de un fin último objetivo de nuestra existencia, lo cual los lleva a negar la existencia de un orden moral objetivo. Su noción de la moral tiende fuertemente al subjetivismo: no somos más que lo que queremos ser y cada uno de nosotros busca la felicidad a su manera, sin estar sujeto a ninguna obligación moral absoluta ni a un juicio final. En esa perspectiva relativista el Dios de los cristianos “molesta” infinitamente más que el Dios de los deístas: un Gran Arquitecto Del Universo que no cuida con entrañable amor a sus criaturas racionales sino que tiene con ellas una relación más distante que la de los hombres con las hormigas.

¿Por qué con frecuencia los progresistas odian o menosprecian a la Patria y el patriotismo? Quizás porque también las tradiciones patrias son obstáculos para la inexorable marcha de la humanidad hacia el Progreso (con pe mayúscula) en la que creen religiosamente los progresistas. El progresismo tiende con fuerza a un “globalismo” que pretende acabar con las soberanías nacionales, consideradas erróneamente como fuente de muchos males. Ese globalismo rechaza uno de los principios básicos de la doctrina social cristiana, el principio de subsidiariedad. Este principio se aplica también en el nivel mundial: los organismos internacionales no existen para sustituir o absorber a los distintos Estados nacionales, sino para ayudarlos a alcanzar más eficazmente su propio fin y el bien común de la humanidad.

Estos dos primeros odios del progresismo (a Dios y a la Patria), más la fe en el socialismo colectivista, son puestos de manifiesto en la letra de la célebre canción Imagine de John Lennon. Si los participantes habituales del Foro Económico Mundial de Davos fueran muy sentimentales, cosa que dudo, quizás, tomados de la mano, cantarían Imagine como un himno de su movimiento secularista y globalista. No les preocuparía demasiado lo de “Imagina que no hay posesiones". También los bienes colectivos necesitan gestores. ¿Y quién mejor que ellos para cumplir esa sacrificada labor? No hay por qué pensar que todos los capitalistas son partidarios de la libertad económica. Por ejemplo, a John D. Rockefeller, fundador de la Standard Oil, empresa que a fines del siglo XIX gozaba de un cuasimonopolio del petróleo en los Estados Unidos, se le atribuye la frase: “La competencia es un pecado". Un pecado contra los intereses de los monopolistas, claro.

¿Y por qué con frecuencia los progresistas detestan a la familia, es decir a la familia natural o “tradicional"? Ante todo porque la familia natural (padre y madre, unidos entre sí en matrimonio, e hijos) es un gran baluarte contra el “Progreso” que apunta hacia un mundo sin Dios, sin patrias y sin posesiones (es decir: sin posesiones para la gente común). Los progresistas tienden a soñar con un mundo en el que los niños no serían educados ya por sus padres, sino por el Estado (primero nacional y finalmente mundial). En ese mundo el matrimonio perdería su principal razón de ser y sería reemplazado por relaciones más o menos volátiles.

Al final, sin el apoyo incondicional de una institución familiar fuerte, sin arraigo en ninguna comunidad religiosa ni nacional y sin una esperanza ultramundana, los hombres serían como “niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana” (Efesios 4,14). ¿De dónde sacarían fuerzas para enfrentarse a los proyectos de dominación? En verdad el progresismo es un opio de los pueblos.

La obsesión revolucionaria por las estructuras sociales

El periodista estadounidense Andrew Breitbart (1969-2012) popularizó la siguiente frase, que algunos llaman la Doctrina Breitbart: “La política está aguas abajo de la cultura". Ergo, para cambiar la política se debe cambiar antes la cultura. Algo parecido sostuvieron antes que él algunos pensadores marxistas, como el italiano Antonio Gramsci (1891-1937) y los integrantes de la Escuela de Frankfurt. Por el contrario, Karl Marx, un materialista consecuente, postuló que la infraestructura económica determina la superestructura cultural.

Más de uno ha completado la frase citada de Breitbart con esta otra: “Y la cultura está aguas abajo de la religión". No en vano la palabra “cultura” está emparentada con la palabra “culto", uno de los elementos básicos de la religión. La religión (o irreligión) está en el centro de cada cultura.

En realidad, esas ideas no son nuevas. El pensador católico español Donoso Cortés (1809-1853) comenzó su obra principal con este axioma: “De cómo en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica1.” Aplicando ese axioma, Cortés encontró el fundamento básico de la civilización cristiana en el dogma del pecado original y sostuvo que los errores más graves del liberalismo y el socialismo se deben a la negación de ese dogma.

Según la doctrina católica, el pecado original, en el que todos los hombres nacen, es un estado de privación de la santidad y la justicia originales. Es una condición contraída, no un acto personal. A causa de la unidad de origen de todos los hombres, se transmite con la misma naturaleza humana caída. Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus fuerzas naturales, sometida a la ignorancia e inclinada al pecado.

Chesterton, mostrándose, como de costumbre, como un observador muy agudo, comentó lo siguiente:

“Ciertos nuevos teólogos disputan el pecado original, que es la única parte de la teología cristiana que realmente puede ser probada. Algunos seguidores del reverendo R. J. Campbell, en su casi demasiado exigente espiritualidad, admiten la divina inocencia, la cual no pueden ver ni en sueños. Pero niegan esencialmente el pecado humano, el cual pueden ver en la calle2.”

En efecto, casi podría decirse que basta leer el diario y ver la televisión para convencerse de la verdad del pecado original. Si somos maduros y sinceros, el conocimiento del mundo y de la gente nos lleva a reconocer que todos, en mayor o menor grado, contribuimos a embrollar las cosas en todos los ámbitos y niveles. Cada uno de nosotros tiene una parte de responsabilidad en los fenómenos negativos de su entorno. Naturalmente, esta especie de “universalidad de la culpa” se da de muchas formas distintas, con mayor o menor gravedad, extensión e intensidad. Por ejemplo: en un divorcio, es raro que toda la culpa sea de uno solo de los cónyuges y el otro carezca de toda culpa, incluso mínima; lo que no significa en absoluto que siempre ambos cónyuges sean igualmente culpables.

Esta verdad de sentido común es ajena al pensamiento político de izquierda. El marxismo es ateo y materialista; y el materialismo es en rigor incompatible con el libre albedrío y, por lo tanto, con la verdadera responsabilidad moral del ser humano. El socialismo colectivista disuelve al individuo humano considerándolo como un simple nodo de relaciones sociales. El individuo termina siendo suplantado por su red de relaciones.

Podemos apreciar esto en la fuerte tendencia de la izquierda contemporánea a desestimar o subestimar los méritos y deméritos de cada persona en la determinación de la justicia. Según la filosofía clásica de Occidente, la justicia es dar a cada uno lo que le corresponde; esto implica, entre otras cosas, premiar a los buenos y castigar a los malos. La izquierda actual (en buena medida neomarxista) tiene una profunda aversión a esta noción tradicional. Tiende a juzgar a cada individuo, no como alguien único e irrepetible, sino en función de los grupos de los que forma parte (clase, sexo, raza, “género”, etc.). Si pertenece a tal grupo (o a tales grupos, según la idea de la “interseccionalidad”) le corresponden tales o cuales cosas, independientemente de sus méritos o deméritos personales. Esta visión sustenta la “política de identidad” (identity politics) de la izquierda en Norteamérica, que divide al pueblo en grupos enfrentados entre sí: víctimas y victimarios en varias dimensiones diferentes que se intersectan entre sí. Este tipo de política daña profundamente la unidad social y vuelve muy difícil la necesaria amistad social.

También la izquierda no marxista, inspirada en Jean-Jacques Rousseau, tiende a una visión similar. Rousseau, desconociendo el pecado original, sostuvo que el ser humano es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe. De ahí su mito del buen salvaje. Esto explica una de las características fundamentales de la política de izquierda: ante cada problema social, la izquierda siempre busca resolverlo cambiando las estructuras sociales, no a las personas individuales.

Los cristianos, en cambio, saben que es imposible construir una sociedad mejor (más humana) sin una transformación interior (una “conversión”) de sus integrantes. Lograr una sociedad ideal mediante un mero cambio de estructuras es una utopía en el mal sentido de la palabra; o sea, algo que no existe ni va a existir jamás en este mundo, porque es imposible.

Estas ideas típicas de la izquierda se reflejan con mucha frecuencia en la educación. En gran parte de Occidente, los sistemas educativos, generalmente dominados por ideas de izquierda, reducen la educación moral a una “educación cívica” o “educación para la ciudadanía”. Se afanan así en la tarea imposible de formar buenos ciudadanos sin intentar formar buenas personas ni tener una idea clara de lo que esto significa. Los resultados están a la vista, y no son buenos.

1) Donoso Cortés, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, Libro I, Capítulo I.

2) G. K. Chesterton, Ortodoxia, Cap. 2.


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6 comentarios

  
Juan Pablo
EXTRAORDINARIO artículo. Muchísimas gracias!!!!
Dios nos de parte en Su Santísima Gloria por Jesucristo Nuestro Señor.
Ave María Purísima Sin pecado Concebida.
16/07/26 12:51 AM
  
Francisco Javier
Y que los partidos de centroderecha, democracia cristiana, liberales y las iglesias cristianas incluyendo la católica adopten el progresismo de los socialistas es lo mas aterrador.
16/07/26 1:07 AM
  
Tamayo
Parece que usted considera que la única propiedad es la privada.
La propiedad pública también es propiedad y riqueza de todos.
Yo prefiero un hospital público donde me atiendan que uno privado donde me dejen en la calle.
El problema no es pagar impuestos más o menos elevados sino lo que obtienes a cambio.
Me parece bien pagar impuestos y tener buenos servicios públicos y buenas infraestructuras.
En los Estados Unidos se pagan impuestos a nivel similar al de España, pero allí no existe el equivalente a nuestra sanidad pública que es muy buena, mientras que los gringos de clase media acaban endeudados si tienen una enfermedad importante aunque cuenten con seguro privado.
Un jubilado español puede vivir con estrecheces, pero puede vivir de su pensión, sin embargo conozco casos de gringos que siguen trabajando con 75 años porque con su pensión no les llega para medicina y comida.

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DIG: Lo que el socialismo busca eliminar es la propiedad privada de los medios de producción, lo que tiene poco que ver con el modelo de gestión de los servicios de salud. La libertad económica (libertad de empresa, libertad de trabajo, libertad de comercio, etc.) es una parte esencial de la libertad humana.

Por otra parte, aunque no es está dentro del tema del post, cabe responder que los Estados Unidos, además de tener el mejor sistema de salud del mundo, también tiene servicios públicos gratuitos de salud de gran porte: Medicare, Medicaid, Obamacare, etc.

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Las masas de trabajadores no están despertando de nada, simplemente al tener bajo nivel cultural y educativo son manipulados fácilmente por la propaganda de extrema derecha que les hace creer que todo lo público es peor, que sus enemigos son las minorías y los inmigrantes y que los gais les van a robar a sus hijos.
Es un mensaje muy viejo pero efectivo.

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DIG: Tú te has tragado entera la propaganda de la izquierda y la repites sin cesar. Cierras los ojos voluntariamente a las enormes taras del mundo que liberales y socialistas han construido en los últimos 200 años. Pero mucha gente está abriendo los ojos. Demos tiempo al tiempo y muchos más lo verán, si Dios quiere.
16/07/26 1:46 PM
  
Tamayo
Los Estados Unidos no tienen el mejor sistema sanitario del mundo.
Para empezar no hay cobertura universal.
MEDICARE es para los jubilados y MEDICAID para los muy pobres, los trabajadores asalariados tienen seguros pagados por sus empresas pero no todas las empresas están obligadas a proporcionarlos.
Hay 27 millones de yanquis sin cobertura sanitaria.
Pero tampoco un seguro te garantiza mucho.
Una amiga íntima mía es norteamericana, a pesar de ser de clase media y tener un buen seguro médico privado enfermó de cáncer y tuvo que hipotecar su casa para pagar el tratamiento, porque su seguro empezó a cobrarle extras con mil y una excusas.
Si hubiera tenido menos dinero ahora estaría muerta. Así de claro.
Por contra en España, mi madre está jubilada después de trabajar siempre con sueldos bajos y también enfermó de cáncer y fue curada gratuitamente en nuestra sanidad pública.

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DIG: Toda esta comparación entre sistemas de salud tiene una relación apenas tangencial con el tema de mi post. De todos modos, agregaré que cuando un uruguayo enfermo busca un tratamiento mejor en el exterior, suele viajar a Norteamérica, no a Europa.

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Tal vez seas tú el que se ha tragado alguna propaganda, porque la clase trabajadora desde luego no se está convirtiendo a ningún sistema de distributismo católico, simplemente está abandonando la socialdemocracia por la distopía del anarcocapitalismo porque se han tragado las milongas de Milei y otros populistas.
Y ese anarcocapitalismo y el fascismo xenófobo de Trump y LePen desde luego están más lejos de la doctrina social de la Iglesia que la socialdemocracia clásica.

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DIG: La etiqueta de "anarcocapitalista" puede caberle quizás a Milei, pero ciertamente no a Trump y mucho menos a Le Pen. En cambio, las etiquetas de "fascista" y "xenófobo" no le caben a ninguno de los tres.

La Doctrina Social de la Iglesia reconoce sin duda el derecho humano a emigrar (y a no emigrar), pero también el derecho de los gobiernos a regular la inmigración en orden al bien común. En otras palabras, no es verdad que los 8.200 millones de habitantes del planeta tengamos un derecho absoluto a irnos a vivir a Estados Unidos o Francia, bastando para ello nuestra sola voluntad. Una inmigración demasiado masiva plantea enormes problemas sociales y más allá de cierto punto es destructiva para las sociedades de acogida. Por lo tanto, respetando los derechos humanos de todos los inmigrantes y los derechos legales de los inmigrantes legales, la autoridad legítima puede restringir la inmigración. Eso es doctrina católica, aunque hoy no esté de moda recordarla.
17/07/26 3:47 PM
  
Marta de Jesús
Las minoritas no existen, eso es un cuento viejo y muy efectivo. Uno está en una minoría hasta que pasa a ser mayoría. Podría poner el ejemplo de los sodomitas, pero se ponen muy nerviosos, pues todos los varones constan de las partes implicadas en tal acto. También las féminas. Eso del respeto es otro cuento chino muy efectivo que usan todos los invasores. Pues tienen claro la intención de obligar a usar dichas partes, invertidamente, como si fueran del otro sexo. Los invertidos, ya saben, quedarían excluidos del Reino. Niéguense. Nadie va contra ellos ni contra ninguna persona. Nadie les está haciendo nada. Simplemente niéguense. Háganlo por su Alma, la de todos. Así haya que morir. Entérense de cómo actúan para poder enfrentarse mejor a los desafíos. No vivan en los mundos de Yupi. Vivimos en un mundo caído. La Gracia es la única que nos permite sortear las trampas y vivir como Dios quiere. Aférrense a ella. Miren la Cruz. Miren el sepulcro. Cristo venció. Nosotros también si permanecemos en Él.

Emplearé el ejemplo de los cristianos, mismamente. Los cristianos empezaron siendo minoría, poco más de 12 (eso es minoría, ¿no?) . Pero con el favor del estado, y habiendo cesado la persecución, tras haberla soportado heroicamente durante siglos, como hoy pasa con esas otras minorías que tienen la simpatía del poder, por la cual ya no son tales; los seguidores de Cristo también pasaron a ser... boom, mayoría. ¡Qué cosas, oiga!

El Estado se creó para el ciudadano, no al ciudadano para el Estado. Como el Shabat en su momento. No queremos un estado con poder excesivo de decidir sobre cosas personales y con el poder de atacar a quienes debería defender. El poder siempre acaba corrompiéndose. Y cada uno debe ser responsable de ciertas cosas, no marionetas. Cuando la gente no tiene ímpetu de conseguir labrarse un futuro, de sacrificarse,... la sociedad en conjunto acaba sufriéndolo.
19/07/26 3:48 PM
  
Pedro1
España tiene un sistema de salud público universal y gratuito. Ocupa el tercer lugar mundial por su eficiencia y calidad. Estados Unidos destaca en innovación tecnológica y medicina especializada, pero su modelo es mayoritariamente privado, más costoso y sin cobertura universal . Ocupa el puesto 38.
España es líder en trasplantes de órganos y ocupa el primer puesto en esperanza de vida. EEUU es el país que más gasta por persona en el mundo, pero los copagos y el riesgo de facturas médicas inesperadas son comunes, siendo una de las principales causas de bancarrota personal.


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DIG: Este comentario tiene una relación apenas tangencial con mi post, pero por esta vez pasa.
19/07/26 5:48 PM

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