Angeología Bíblica (I)

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Introducción

En el Tanaj o Biblia hebrea, se emplea la palabra Malaj (original mal’akh) de la raíz lakh (l’k), que significa “enviar”, y por tanto se traduce como “enviado”, para referirse a los espíritus que provienen de Dios (Adonay que significa “Señor”, o Elí, que significa “exaltado”) y cumplen sus mandatos. Los traductores al griego del Antiguo Testamento emplearon el término angelos, que significa “mensajero”, y por tanto cumple un papel análogo (aunque no completamente correspondiente, pues el mensajero se limita a entregar un mensaje, mientras que el enviado se caracteriza por actuar en nombre de otro). En latín se vertió como angelus, de donde viene nuestro “ángel”.

Los autores del Nuevo Testamento, que ya escribieron directamente en griego (al menos las copias que conservamos), conservaron la palabra angelos para describir a estos entes espirituales.

Existen innumerables tratados sobre angeología, ya desde la época de los Padres de la Iglesia, y se citan ángeles en diversos evangelios apócrifos (principalmente en el Libro de Enoc). En este artículo, no obstante, únicamente trataremos de los ángeles en las Sagradas Escrituras.

Como es sabido, el orden de los libros en la edición cristiana del Antiguo Testamento pretende contar la historia del pueblo elegido cronológicamente desde el comienzo del mundo en adelante. Ese no es, no obstante, el orden en que fueron escritos esos libros. Añádase que muchos libros posteriores recogen tradiciones orales (o escritas, como se cita continuamente en el Libro de las Crónicas) mucho más antiguas que otros libros redactados anteriormente. O que algunos libros reúnen textos escritos en momentos distintos, con un corpus original y adiciones posteriores, a veces de siglos. O que son libros confeccionados a base de reunir textos de autores y épocas distintas, pero con un formato o una temática similar (el Libro de los Salmos sería el ejemplo más palmario). O que la copia más antigua que conservamos de un libro, no necesariamente es la originalmente escrita.

Todos estos factores (y otros menores) hacen que resulte poco menos que imposible conocer con precisión cual es el desarrollo cronológico de la reflexión teológica del Tanaj desde su sustrato más antiguo hasta el más reciente. Y así debe ser, porque, aunque susceptible de estudio, como cualquier obra natural, la inspiración de las Sagradas Escrituras es sobrenatural, y su misión principal es anunciar a los hombres el mensaje divino a través de las épocas y los acontecimientos clave (principalmente las diversas alianzas de Dios con su pueblo). Y sin duda esa función catequética la llevan a cabo de forma admirable.

No obstante, y para mayor claridad, he ordenado las referencias escriturísticas en función del concepto de “ángel” que se maneja en el propio texto sagrado, y en cuanto ha sido posible, desde la mayor antigüedad a la menor.

Aunque no hay consenso entre los especialistas, se considera que los fragmentos más antiguos de las Sagradas Escrituras serían ciertos himnos o cantos (algunos salmos, el cántico de Moisés o “del mar”, el canto de Débora) que habrían sido transmitidos secularmente entre los hebreos antes de ser registrados. A continuación, es probable que en una forma primitiva, los libros del Pentateuco sean los más antiguos, aunque la forma final que ha llegado a nosotros ha sido editada, modificada y completada con nuevos textos, hasta su formato definitivo en el siglo VI a.C (durante el exilio babilónico), con lo cual no es fácil distinguir lo original de lo más reciente.

Los textos “acabados” con seguridad más antiguos son los de los profetas, comenzando por Amós y Oseas, redactados en la forma que conocemos actualmente a mediados del siglo VIII a.C, durante la época de los dos reinos, mientras Isaías y Miqueas serían de varias décadas después. Algo posteriores serían los profetas Nahúm, Sofonías, Habacuc y Jeremías (entre el siglo VII a.C y justo antes del exilio babilónico, cuando se redactaría Ezequiel). Los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes se redactarían alrededor o durante el reinado de Josías (circa 640-610 a.C), aunque empleando material anterior. En el exilio babilónico tendrían su redacción final (empleando también material anterior) los Salmos, Proverbios, Lamentaciones, Eclesiastés y Cantar de los Cantares. De regreso del exilio, aún en época persa, son Ageo, Daniel, Zacarías, Esdras, Nehemías, Crónicas y Malaquías. Entre época persa y helenística el resto de libros (Ester, Judit, Sabiduría, Macabeos, Tobías, etcétera).

La cronología de los libros del Nuevo Testamento, como bien saben los lectores, es conocida con mucha mayor precisión.

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El “Ángel del Señor” o “Ángel de Yahvé” en el Antiguo Testamento

Probablemente, el término más arcaico para designar a los “mensajeros de Dios” en la Biblia hebrea es el de “Ángel del Señor” (Mal’akh Adonai) o “Ángel de Yahvé” (Mal’akh YHWH). Este primer mensajero, que aparece más de sesenta veces en el texto sagrado, en muchas ocasiones y muy variados libros (la mayoría procedentes de textos tempranos), normalmente es una forma alegórica de nombrar al propio Yahvé, que no podía aparecer directamente ante los hombres, so pena de consumirlos con su visión, actuando de este modo por un mensajero intermedio.

La primera aparición en el Génesis lo demuestra. Se trata del auxilio de Dios a Agar, la concubina de Abraham y su hijo no nato Ismael:

La encontró el ángel de Yahvé junto a la fuente que hay en el desierto, camino de Sur, y le dijo: “Agar, esclava de Sarai, ¿de dónde vienes y adónde vas?”; y le respondió ella: “Voy huyendo de Sarai, mi señora.” “Vuelve a tu señora— le dijo el ángel de Yahvé— y humíllate bajo su mano”; y añadió: “Yo multiplicaré tu descendencia, que por lo numerosa no podrá contarse. Mira, has concebido y parirás un hijo, y le llamarás Ismael, porque ha escuchado Yahvé tu aflicción. (Génesis 16, 7-11)

Nótese colmo el texto comienza hablando del “ángel de Yahvé”, pero este se expresa en primera persona de un modo que sólo puede hacerlo Dios mismo (“Yo multiplicaré tu descendencia”).

Ese mismo empleo en primera persona aparece en el episodio del sacrificio de Isaac en el monte Moria, cuando se dirige a Abraham:

Pero le gritó desde los cielos el Ángel de Yahvé, diciéndole: “¡Abraham, Abraham!” Y éste contestó: “Heme aquí.” “No extiendas tu brazo sobre el niño— le dijo— y no le hagas nada, porque ahora he visto que en verdad temes a Dios, pues por mí no has perdonado a tu hijo, a tu unigénito.” (Génesis 22, 11-12).

E igualmente poco después, cuando realiza la promesa a Abraham por su fe:

Llamó el Ángel de Yahvé a Abraham por segunda vez desde los cielos, y le dijo: “Por mí mismo juro, palabra de Yahvé, que por haber tú hecho cosa tal, de no perdonar a tu hijo, a tu unigénito, te bendeciré largamente, y multiplicaré grandemente tu descendencia, como las estrellas del cielo o como las arenas de la orilla del mar, y se adueñará tu descendencia de las puertas de tus enemigos, y la bendecirán todos los pueblos de la tierra, por haberme tú obedecido.” (Génesis 22, 15-17).

El propio Abraham cita esa relación entre Yahvé y su ángel en Génesis 24, 7 y 40. Ocurre lo mismo con su nieto Jacob, al que se aparece en sueños en primera persona:

En el sueño, el Ángel de Yahvé me llamó: “Jacob”; le respondí: “aquí estoy” Y él dijo: “Alza tus ojos y mira: todos los carneros que cubren a las ovejas son rayados y manchados, porque yo he visto lo que te ha hecho Labán. Yo soy el Dios de Betel, donde ungiste tú un monumento y me hiciste el voto. Levántate, pues, sal de esta tierra y torna a la tierra natal.” (Génesis 31, 11-13).

En el relato acerca de la lucha nocturna de Jacob (Génesis 32, 25-30), se insinúa que pelea contra el mismo Yahvé, que por ese motivo apoda al patriarca “Israel” (hebreo Yisra’el, de yisra, “luchar” y El, “señor” o “Dios”). Sin embargo, cuando el profeta Oseas rememora ese combate en 12, 5, afirma “luchó con el ángel y le venció, lloró y suplicó gracia”, volviendo a identificar al “ángel de Yahvé” con una manifestación del propio Dios. El propio Jacob, en la bendición de sus nietos Efraím y Manasés, parece identificar al “ángel” con Dios (Génesis 48, 15-16).

En el conocido episodio de la zarza ardiente, una vez más vemos como “el ángel del Señor” es homólogo al propio Yahvé, y Moisés teme verle directamente:

Allí se le apareció el Angel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: «Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?». Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió él. Entonces Dios le dijo: «No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa». Luego siguió diciendo: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios.” (Éxodo 3, 2-6; véase también Hechos de los Apóstoles capítulo 7, versículos 30, 35 y 38).

También se le llama “ángel de Yahvé” en varias ocasiones al propio Dios cuando saca a su pueblo elegido de Egipto (Éxodo 14, 19, Números 20, 16). En las instrucciones a Moisés sobre la Pascua judía, le dice

Yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado. Respétalo y escucha su voz. No te rebeles contra él, porque no perdonará las transgresiones, ya que mi Nombre está en él. Si tú escuchas realmente su voz y haces todo lo que te diga, seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios. Entonces mi ángel irá delante de ti y te introducirá en el país [de Canaán] (Éxodo 23, 20-23)”.

Este ángel que va delante del pueblo de Dios en su peregrinación fuera de Egipto asimismo se cita en Éxodo 32, 34 y 33, 2. Es posible que ese Ángel del Señor que va “delante” del pueblo sea equiparable a la columna (de nube diurna, de fuego nocturna) que precedía a los israelitas y en la que se hallaba el propio Yahvé (Éxodo 13, 21-22)

Hasta ese momento el ángel del Señor se manifestaba como una voz (a veces en sueños), o una zarza ardiente, o una columna de fuego. En el relato de Balaam y la consulta del rey de Moab (Dios se ha manifestado en sueños al adivino en las noches previas), el ángel se manifiesta visualmente, pero sólo lo puede ver la burra de Balaam (véase Números 22, 22 a 30) hasta que el propio Dios permite al adivino verlo. Se nos dice que está “con la espada desenvainada” (se deduce que con figura humana) y que Balaam se echa a tierra para adorarle. Dado que el ángel no se lo impide, queda manifiesto otra vez que efectivamente se trata de una forma de manifestación del propio Yahvé (único que merece adoración). Nuevamente, el ángel le transmite un mensaje (véase Números 22, 31-35).

De igual modo vamos a ver sucesivamente al “ángel del Señor” o “ángel de Yahvé” transmitiendo mensajes de Dios en primera persona durante todo el periodo de los Jueces: mandatos, maldiciones, advertencias…

Véase Jueces 2, 1-4, contra los israelitas por no haber destruido los altares de los cananeos; Jueces 5, 22-23 contra los de Meroc por no auxiliar a los israelitas contra los cananeos; Jueces 6, 11-24 encomendando a Gedeón la lucha contra los invasores madianitas (inicialmente el juez le toma por un varón, pero al desaparecer de su vista súbitamente tras encender de fuego el altar, entiende que se trata del mismo Yahvé y exclama “Ay, Señor, Yahvé! ¿Entonces he visto cara a cara al ángel de Yahvé?”). En Jueces 13, 3-22, el ángel se aparece en forma de “hombre de Dios, con la majestad de un ángel” a Manóaj y su esposa para anunciarles el nacimiento de Sansón y su consagración al nazireato, y le dice que su nombre es “misterioso”. Nuevamente lo reconocen como ángel de Dios cuando asciende al cielo junto a la llama del Holocausto, y se postran en tierra para adorarlo, pensando que iban a morir.

En la época de los reyes continúa la cita de esta figura. Durante el reinado de David vemos al ángel del Señor, no ya transmitiendo mensajes, sino actuando, en forma de una aparición verdaderamente dramática: el segundo libro de Samuel 24, 16-17 y el primer libro de las Crónicas 21, 11-30 nos dicen que es el ángel del Señor el encargado de aplicar el castigo al rey por haber ordenado un censo, exterminando por la peste a la población de Jerusalén. El propio David, junto a sus nobles “vio al Angel del Señor erguido entre la tierra y el cielo, con su espada desenvainada en la mano, apuntando hacia Jerusalén. David y los ancianos, vestidos de sayales, cayeron con el rostro en tierra”. Se nos concreta incluso que el ángel estaba en la alta era de Ornán, el jebuseo, que lo vio junto a sus hijos. El monarca intercede por su pueblo diciendo “Yo he pecado; pero éstos, las ovejas, ¿qué han hecho? Caiga tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre”, apartando así la ira de Dios de la ciudad. David eleva un altar a Yahvé en ese lugar, y Dios “ordena al ángel que envaine su espada”.

Asimismo, el salmo 35, 5-6 ruega que el ángel de Yahvé persiga a los enemigos del rey David. Y el 34, 8 describe al ángel del Señor acampando en torno a sus fieles y protegiéndoles. El propio David es alabado varias veces con el apelativo “es como un ángel de Dios”, en 1 Samuel 29, 9; 2 Samuel 14, 17 y 20 y 2 Samuel 19, 28 (también se emplea ese epíteto hacia el rey persa Asuero en el libro de Ester 5, 13, y al diácono y protomártir Esteban antes de su alocución al Sanedrín en Hechos de los Apóstoles 6, 15).

Aunque en los episodios de Balam, Gedeón y Manóaj el ángel del Señor ya aparece por primera vez como una figura separada y no confusa con el propio Yahvé (“hombre/varón de Dios”), no es hasta esta “orden al ángel” de envainar la espada, cuando la Biblia claramente concede una entidad propia al ser que cumple los mandatos del Señor.

Esa corporeidad del Mal’akh Adonai se prolonga en los libros proféticos: El ángel del Señor “toca” a Elías y le ordena comer y beber en el primer libro de los Reyes 19, 5-8. También le habla para que reprenda al rey Ocozías de Israel por haber querido consultar al falso dios Baal de la ciudad filistea de Ecrón (2 Reyes 1, 3 y 15).

Posteriormente, veremos al Ángel del Señor reproduciendo su función de castigador de Yahvé por medio de la peste. En este caso contra el ejército asirio que sitiaba Jerusalén al mando del rey Senaquerib (año 701 a.c), donde se refiere que provocó la muerte de ciento ochenta y cinco mil hombres. Este episodio quedó tan marcado en la memoria del pueblo de Israel, que es relatado nada menos que en cinco libros distintos, separados por muchos siglos: en el segundo libro de los Reyes 19, 35; en el segundo libro de las Crónicas, 32, 21; en Isaías 37, 36; en el Eclesiástico 48, 21, en primero Macabeos 7, 41 y en segundo Macabeos 15, 22.

En el libro de Zacarías aparece en varias ocasiones el Ángel del Señor: en el capítulo 1 (8 a 17) el profeta tiene una visión en una arboleda de mirtos, donde el Ángel del Señor le informa, nuevamente con palabras del mismo Yahvé, de que el exilio terminará y Jerusalén será reconstruida “Yo he vuelvo a Jerusalén con piedad; allí será reconstruida mi Casa –oráculo del Señor de los ejércitos– y la cuerda de medir será tendida sobre Jerusalén”. En el capítulo 2, versículos 2 a 4, el mismo Ángel del Señor le explica la visión de los cuernos. En el capítulo 3, la visión describe el Juicio al sumo sacerdote Josué. El “Ángel del Señor” es quien juzga y defiende a Josué frente al Adversario (Satán, el Acusador). El sumo sacerdote es purificado y se le encomienda el cuidado del nuevo templo hierosolimitano. Una vez más, este Ángel habla con la palabra del mismo Yahvé. En el capítulo 4, explica a Zacarías que las siete lámparas del candelabro dorado de su visión son “los ojos del Señor que vigilan toda la tierra”, y los dos olivos a ambos lados del candelabro, “los dos Ungidos que están de pie junto al Señor de toda la tierra”. En los capítulos 5 y 6 explica al profeta otras visiones menores.

Zacarías 12, 8, exalta a la Jerusalén reconstruida y cita de nuevo al Ángel de Yahvé, enlazándolo con la promesa mesiánica de la reposición de la casa de David: “en aquel día escudará Yahvé a los moradores de Jerusalén, y la casa de David será como Dios, como el ángel de Yahvé ante ellos.”

Las últimas (pero profusas) apariciones veterotestamentaria del “Ángel de Dios” se producen en los libros de Daniel, concretamente en sus tardíos “suplementos griegos”. En el capítulo 3, 28 y 49, protege a los tres jóvenes arrojados al horno por no adorar la estatua de Nabucodonosor (incluyendo un reconocimiento de la visión por el propio rey babilonio). En el capítulo 13 (versículos 55 y 59), un joven Daniel sentencia a los dos ancianos lascivos que habían levantado falso testimonio contra la casta Susana, afirmando que “el Ángel de Dios ha recibido ya la sentencia, y te espera con la espada en la mano para partirte en dos”. En el capítulo 14 (34 a 39) el Ángel del Señor encomienda a Habacuc llevar alimento a Daniel encerrado en el foso de los leones, y de hecho, le lleva físicamente “de los cabellos” hasta la prisión, y posteriormente lo devuelve a su casa. En el capítulo 6 (versículo 23), el propio Daniel afirma que “mi Dios ha enviado a su Angel y ha cerrado las fauces de los leones, y ellos no me han hecho ningún mal, porque yo he sido hallado inocente en su presencia”.

Como vemos a lo largo de todo el Antiguo Testamento, el “Ángel de Yahvé”, “de Dios” o “del Señor” tiene como características principales su individualidad (sólo es uno) y su identificación con Yahvé, de quién es mensajero principal, hablando en primera persona con frecuencia, hasta el punto de permitir ser adorado por los hombres (Éxodo 3, 2-6; Jueces 13, 22 o Número 22, 31-35), lo cual ninguna criatura hubiese permitido sin incurrir en blasfemia. Sus apariciones más tempranas son indistinguibles de la propia manifestación directa de Dios a los patriarcas.

Si en los textos más arcaicos el Ángel del Señor se aparece únicamente como voz, sueño o fenómeno natural (zarza ardiente, columna de fuego, etcétera), a partir de la época de los Jueces, en la tierra de Canaán, veremos algunas manifestaciones corpóreas del Mal’akh YHWH. Se nos va a describir con apariencia de varón (episodios de Balaam, Gedeón, Manóaj, David en la era de Ornán el Jebuseo), y portando una espada en Números 22, 23; 1 Crónicas, 21, 16; y Daniel 13, 59. En ocasiones no es reconocido por los que hablan con él hasta que se hace visible (caso de Balaam en Números 22, 31), o al ascender al Cielo tras un sacrificio en el altar de Yahvé (Jueces 6, 21-22 y 13, 20-21). Aparte del mensaje divino, el Ángel progresivamente va efectuando diversas acciones por mandato de Dios: exterminar al ejército del rey de Asiria que asediaba Jerusalén (o estar a punto de hacerlo con la población de la propia Jerusalén en castigo), juzgar al Sumo Sacerdote Josué, alejar el fuego del horno de Azarías y sus compañeros, transportar a Habacuc a la prisión de Daniel, donde cerró las fauces de los leones, o ejecutar a los ancianos lascivos que habían levantado falso testimonio contra Susana la casta.

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El “Ángel del Señor” o “Ángel de Dios” en el Nuevo Testamento

Este “Ángel del Señor”, que aparece en forma tanto visible como de voz o sueño, sigue apareciendo en todo el Nuevo Testamento, redactado en la segunda mitad del siglo I d.C, con características muy similares a las descritas en el Tanaj. Lo hace sobre todo en san Mateo y san Lucas (tanto su evangelio como los Hechos de los Apóstoles), en una ocasión en san Juan, y sólo está ausente en san Marcos.

La primera aparición cronológica es cuando revela en sueños a san José el origen sobrenatural del hijo de María:

el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados». Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.” (Mateo 1. 20-21, 24-25).

Igualmente el Ángel del Señor se manifiesta a los pastores tras el nacimiento de Jesús en Belén, en una epifanía gloriosa con una multitud del “ejército celestial”:

De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Angel les dijo: “No temáis, porque os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor” (Lucas 2, 9-14).

Esta es, de hecho, la aparición angélica más espectacular que registra el Nuevo Testamento.

Posteriormente, el mismo Ángel del Señor habló en sueños a José para que marchase con María y Jesús a Egipto, evitando la persecución criminal del rey Herodes, y le anunció que podía regresar tras la muerte del tirano (Mateo 2. 13-12, 19-21).

Durante la misión de Jesús vemos a san Juan atribuirle propiedades taumatúrgicas en la piscina de Betsaida,

el Angel del Señor descendía cada tanto a la piscina y movía el agua. El primero que entraba en la piscina, después que el agua se agitaba, quedaba curado, cualquiera fuera su mal” (Juan 5, 4).

En los Hechos de los Apóstoles, el Ángel del Señor actúa en diversos momentos: libera a los apóstoles de la prisión en Jerusalén donde habían sido encerrados por orden del Sumo Sacerdote, y les envía en misión “Id, presentaos en el Templo y decid al pueblo todo lo referente a esta Vida” (Hechos 5, 19-20); también es quién envía al diácono Felipe a predicar por el camino a Gaza, donde encontrará y bautizará al ministro de la reina de Etiopía (Hechos 8, 26); se aparece al Centurión Cornelio, en Cesarea Marítima, hombre justo y temeroso de Dios, mandándole llamar a Simón Pedro (Hechos 10, 3-8 y 22, 11, 13) para que le evangelizara (Hechos 11, 13-14); apareciéndose en forma de resplandor luminoso, libera a Simón Pedro de la prisión a la que le había condenado Herodes Agripa (Hechos 12, 6-11), y provoca la muerte del propio rey por su impiedad (Hechos 12, 21-23).

Como vemos, las características son muy similares a las del “Ángel del Señor” del Antiguo Testamento: suele aparecerse como voz o sueño, pero también en forma corpórea (a los pastores en Belén, o a las mujeres en el sepulcro). Al igual que en los libros más tardíos del Tanaj, se presenta como un ser independiente del propio Yahvé. Asimismo lleva a cabo acciones como liberar a los apóstoles o a Pedro de la prisión, o incluso provocar la muerte del impío rey Herodes Agripa. En cuanto a las características de las apariciones, como novedad vemos que su aparición se acompaña de luz (Lucas 2, 9), resplandor (Hechos 12, 7) o relámpago (Mateo 28, 3). En este último caso, se nos especifica que sus vestiduras eran blanquísimas.

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Querubines/querubes o Cuatro Vivientes

Los ángeles con nombre propio y función específica más antiguos de las Sagradas Escrituras son los Querubines (del latín cherubim, y este del hebreo Keruv, que significa “próximo” o “cercano”, aludiendo a su proximidad a Dios). En el Génesis. Capítulo 3, versículo 24 , se nos dice que Yahvé, tras expulsar a Adán y Eva del Edén por haberle desobedecido, “puso delante del jardín de Edén querubines que blandían flameante espada para guardar el camino del árbol de la vida.”

Esa función como espíritus protectores del Jardín del Edén se repetirá durante el Éxodo (capítulo 25, 17-22), cuando Dios ordena a Moisés que haga un arca para guardar las Tablas de la Alianza (los Diez Mandamientos), y sobre ella un propiciatorio (tapa) donde se representará dos querubines protectores de oro batido, en este caso se nos especifica que tienen alas (y es la primera mención en la Sagrada Escritura al respecto) con las que cubren el propiciatorio (y se ocultan el rostro):

“Harás un propiciatorio de oro puro de dos codos y medio de largo y un codo y medio de ancho. Harás dos querubines de oro, de oro batido, a los dos extremos del propiciatorio, uno a un lado, otro al otro lado de él. Los dos querubines estarán a los dos extremos. Estarán cubriendo cada uno con sus alas desde arriba el propiciatorio, de cara el uno al otro, mirando al propiciatorio. Pondrás el propiciatorio sobre el arca, encerrando en ella el testimonio que Yo te daré. Allí me revelaré a ti, y de sobre el propiciatorio, de en medio de los querubines, te comunicaré Yo todo cuanto para los hijos de Israel te mandare.”

Este fragmento es muy importante en angeología: por un lado, los espíritus protectores de la Alianza son los dos querubines, y ante ellos tanto Moisés (Números 7, 89) como todos los Sumos Sacerdotes y Reyes posteriores (segundo libro de los Reyes 19, 14-15 e Isaías 37, 14-16) escucharán las revelaciones de Dios. Por otro, descartan la iconoclastia estricta entre los judíos (y los cristianos y musulmanes): si para guardar la tabla donde se afirma que no hemos de hacernos imagen alguna y adorarla, se colocan dos esculturas de ángeles por orden del Mismo Yahvé, la representación figurativa no puede ser intrínsecamente pecaminosa, ni siquiera en recinto sagrado.

La importancia simbólica de los dos querubines como protectores del arca de la Alianza entre Yahvé y su Pueblo elegido es citada en Éxodo 37, 6-9 y Hebreos 9, 5.

Cuando Sául y David marchen al combate y hagan llevar el arca, la presencia de los querubines protectores es citada explíctiamente (Primer libro de Samuel 4, 4 ; Segundo libro de Samuel 6, 1-2; y Primer libro de las Crónicas 13, 5-6). En estos textos de época monárquica unitaria aparece como novedad la expresión “Yahvé (Sebaoth- “de los ejércitos”) que se sienta sobre los querubines”. No hay alusión previa en el Tanaj al respecto. O bien la representación del propiciatorio provenía precisamente de esa función alegórica de “Dios entre los querubines” (no citada hasta ese momento), o fue la imagen del propiciatorio la que dio lugar a esa expresión, de forma un tanto poética.

Sea por la razón que sea, a partir de ese momento, la imagen de Dios sentado entre los querubines, como sostenedores de su trono celestial, se va a hacer recurrente (Salmo 80, 2, Salmo 99, 1 y Daniel 3, 55). El propio David, en su visión (recogida en el salmo 18, 10-11 y el Segundo libro de Samuel 22, 10-11) narra que “abajó los cielos y descendió, negra nube tenía bajo sus pies. Subió sobre los querubes y voló; voló sobre las alas de los vientos.”

Cuando Salomón construye el Templo a Yahvé, donde depositar su arca, el símbolo material de su alianza con el Pueblo de Israel, la única figura no vegetal que se permite representar en la decoración son precisamente los querubines protectores, que son bordados en las cortinas (Éxodo 26, 1 y 36, 8) y el velo (Éxodo 26, 31 y 36, 35, y segundo libro de las Crónicas 3, 14), esculpidos en madera recubierta de oro (primer libro de las Crónicas 28, 18 ) formando un arco que separaba el Santísimo del resto de la nave (primer libro de los Reyes 6, 22-28, y segundo libro de las Crónicas 3, 9-13), tallados en los muros (junto a palmas y guirnaldas de flores) exteriores e interiores, y en las grandes puertas de madera recamada en oro de la entrada (primer libro de los Reyes 6, 29-35, segundo libro de las Crónicas 3, 7 y Ezequiel 41, 17-20 y 23-25)

Hizo también para la casa del santísimo dos querubines tallados, que cubrió de oro. El largo de las alas de los querubines era de veinte codos, pues era cada uno de cinco codos, y la una tocaba al muro de la casa y la otra llegaba hasta el ala del otro querubín; y de igual modo las del otro querubín, de cinco codos de largo, tocaba la una al muro, y la otra a la del otro querubín. Las alas de ambos querubines estaban desplegadas y tenían en todo veinte codos de largo. Estaban en pie y con los rostros vueltos a la entrada de la casa.”

Las bases para los calderos litúrgicos, hechas por el hábil broncista Hiram de Tiro (hijo de fenicio e israelita) llevaban grabadas también querubines (primer libro de los Reyes 7, 29 y 36), junto a leones y toros.

Tras la inauguración del Templo, este fue consagrado con la colocación del arca, llevada en procesión por los levitas y colocada debajo del arco formado por los dos querubines y sus alas, en el espacio delimitado para el Santísimo (primer libro de los Reyes 8, 6-7 y segundo Libro de las Crónicas 5, 7-8 ). Como se ve, para los israelitas contemporáneos, los Querubines (los “cercanos” a Dios) representaban los protectores del Arca de la Alianza y de su Templo, y sin duda tenían un significado muy especial en la religiosidad yavista, que superaba su lejana presencia protectora en el Jardín del Edén (aunque esta función la vemos evocada en la elegía al príncipe de Tiro del libro de Ezequiel, capítulo 28, versículos 12 a 16).

Sin embargo, la visión de Ezequiel en las orillas del río Kebar (un canal del Éufrates cerca de Nippur) al inicio del exilio mesopotámico (año 592 a.C), iba a modificar más sensiblemente aún la imagen y el concepto de los querubines (libro del Eclesiástico 49, 8).

El profeta narra en el capítulo primero de su libro (versículos 4 a 14) una visión de la Gloria de Dios en forma de nube rodeada de un remolino de fuego. En su medio había una luz brillante en cuyo centro veía “Cuatro Seres Vivientes” que describe de esta manera:

En medio del fuego había cuatro seres vivos con forma humana. Sin embargo, cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas. Sus piernas eran rectas, con pezuñas como las de buey; brillaban como bronce pulido. Bajo sus alas, en los cuatro costados, tenían manos de hombre. Las alas de los cuatro se tocaban unas con otras. Al andar no se volvían a ningún lado: iban derecho siguiendo una de sus caras. Vistos de frente, los cuatro seres tenían aspecto humano, pero la cara derecha de su cuerpo era cara de león, y su cara izquierda, cara de toro. Los cuatro tenían también una cara de águila.

La prolija, barroca y simbólica descripción de los “Cuatro Vivientes” que había en medio de la Gloria divina, totalmente inédita en toda la Sagrada escritura anterior (donde el colmo de la complejidad eran las alas de los Querubines del propiciatorio que, no lo olvidemos, ocultaban sus rostros) ha provocado numerosos quebraderos de cabeza en los biblistas prácticamente desde sus comienzos precristianos. Naturalmente, el propio retrato es incoherente si se toma al pie de la letra, pero eso es común en Ezequiel (como bien saben quienes han tratado de reconstruir el Templo en base a sus medidas), que abunda en simbolismos y alegorías.

Incluso admitiendo una simplificación, esa profusión de rostros animales resulta chocante para una fe enemiga acérrima del zoomorfismo poleteísta, y el significado del hombre, el toro, el león y el águila ha sido un constante estímulo para la imaginación de los lectores del pasaje. Sin ir más lejos, el cristianismo ha adjudicado cada una de esas figuras a cada uno de los cuatro evangelistas. Añádanse el brillo refulgente como de oro, o las cuatro alas de cada Viviente, que según el versículo 11, se juntaban dos de ellas con la de otro compañero, y otras dos cubrian el cuerpo, y según el 24 hacían ruido como de torrente caudaloso o tempestad.

La visión describe a continuación una luz cegadora en medio de los cuatro vivientes, los cuales tenían una rueda adyacente a cada uno. La visión, finalmente, nos está describiendo un carro brillante, tirado por los Cuatro Vivientes, que trasporta una plataforma de cristal sobre la que se alza el trono de Yahvé, que a continuación le encomienda al profeta la misión de amonestar a los israelitas por su infidelidad.

No pocos autores creen que la presencia en Babilonia de numerosas deidades y genios con formas de animales (como los célebres lamassu) pudieron influir en el aspecto de los Cuatro Vivientes en la visión mesopotámica de Ezequiel. Pero incluso aunque hubiese un poso cultural en la iconografía, lo cierto es que la función de aquellos (seres celestiales que protegían las ciudades y palacios, como en muchas otras culturas) poco tiene que ver con la de los Cuatro Vivientes.

Ezequiel vuelve a citar a los Cuatro Vivientes en el capítulo 3, versículo 13, cuando Yahvé se retira tras haberle encomendado su misión profética. Más tarde, durante la visión sobre la destrucción de Jerusalén por sus pecados (9, 3), el profeta describe que “la Gloria del Dios de Israel, que hasta entonces descansaba sobre los Querubines, se elevó en dirección a la puerta del Templo”.

Entonces se nos revela que los “Cuatro Vivientes” son los Querubes, es decir, los dos protectores alados del Arca de la Alianza representados profusamente en el Templo de Salomón: “Levantáronse los querubines. Eran los mismos seres vivientes que había visto junto al río Kebar(Ezequiel 10, 15). En ese mismo capítulo 10, el profeta desarrolla más prolijamente la figura de los Querubines que sostienen el firmamento (“como piedra de zafiro”, es decir, azul) sobre el que se alza el trono de Yahvé. El castigador de la Ciudad Santa toma de la mano de uno de los Querubines brasas ardientes que hay entre las ruedas para incendiar los tejados de Jerusalén. En este pasaje, Ezequiel nos amplía información sobre los Cuatro Vivientes:

“Todo el cuerpo de los querubines, dorso, manos y alas, y las ruedas, estaban todo en derredor llenos de ojos, y todos cuatro tenían cada uno su rueda. A las ruedas, como yo lo oí, las llamaban torbellino. Cada uno tenía cuatro aspectos: el primero, de toro; el segundo, de hombre; el tercero, de león, y el cuarto, de águila.” (Ezequiel capítulo 10, 13-14)

Nuevamente, hemos de tener en cuenta el sentido alegórico de los ojos, en este caso, representando la omnisciencia de Dios, que “todo lo ve”, gracias a los Cuatro Vivientes, los “cercanos” que sostienen el firmamento de su trono. Yahvé desciende de su trono y entra en forma de nube en su Templo. Tras el castigo a la ciudad regresa al mismo (capítulo 10, 16-21), los Querubines “alzan sus alas” y le llevan al Monte de los Olivos, lugar donde (muy significativamente para los cristianos) termina esa visión (Ezequiel 11, 22-24).

Así, tras la destrucción del primer Templo, castigo divino al pueblo israelita de dura cerviz, al profeta se le revela en el exilio que los Querubines son portadores del Trono de Dios, que tienen cuatro alas, y no dos como se les representaba en el Arca y el Templo, manos y están “llenos de ojos”. Su función como protectores del Arca y la Alianza en ella inscrita ha terminado, al haberse perdido aquella por la infidelidad de los reyes y sumos sacerdotes de Judá.

La última aparición de los Querubines en las Sagradas Escrituras se produce en la visión del apóstol san Juan que origina el último libro, el Apocalipsis, aunque se retoma el término “Cuatro Vivientes” para nombrarlos. Está claramente influenciada en su estilo por la visión de Ezequiel, aunque en esta ocasión el profeta no ve la Gloria de Dios cuando desciende a la Ciudad Santa, sino en el propio Cielo, antes del comienzo inmediato del fin de los tiempos.

En el capítulo 4 vemos la primera descripción de los Vivientes sostenedores del trono, que nos recuerda poderosamente a la de Ezequiel a orillas del Kebur, si bien en esta ocasión no aparecen las ruedas del carro de Yahvé, los querubes tienen seis alas, y no cuatro, cada uno tiene uno de los rostros (y no todos los cuatro rostros), y les oímos por primera vez hablar, formando parte del coro celestial que alaba perpetuamente a Dios.

Frente al trono, se extendía como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono y alrededor de él, había cuatro Seres Vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. El primer Ser Viviente era semejante a un león; el segundo, a un toro; el tercero tenía rostro humano; y el cuarto era semejante a un águila en pleno vuelo. Cada uno de los cuatro Seres Vivientes tenía seis alas y estaba lleno de ojos por dentro y por fuera. Y repetían sin cesar, día y noche: «Santo, santo, santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, el que es y el que vendrá». Y cada vez que los Seres Vivientes daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro Ancianos se postraban ante él para adorarlo, y ponían sus coronas delante del trono” (Apocalipsis 4, 6-10).

Los Cuatro Vivientes y los Veinticuatro ancianos van a postrarse ante el Cordero Inmolado (figura de Cristo) cuando realiza su aparición en el capitulo 5, entonando el “cántico del Cordero” con arpas y copas de oro con perfume, en los versículos 7 a 10:

“El Cordero vino y tomó el libro de la mano derecha de aquel que estaba sentado en el trono. Cuando tomó el libro, los cuatro Seres Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron ante el Cordero. Cada uno tenía un arpa, y copas de oro llenas de perfume, que son las oraciones de los Santos, y cantaban un canto nuevo, diciendo: «Tú eres digno de tomar el libro y de romper los sellos, porque has sido inmolado, y por medio de tu Sangre, has rescatado para Dios a hombres de todas las familias, lenguas, pueblos y naciones.Tú has hecho de ellos un Reino sacerdotal para nuestro Dios, y ellos reinarán sobre la tierra».

A lo largo de la descripción del Día de la Ira de Dios, vamos a ver a los Cuatro Vivientes tomando un rol activo en los terribles acontecimientos que preceden al fin de los tiempos: cada uno de los Querubes llama a cada uno de los cuatro jinetes que van apareciendo conforme el Cordero abre los cuatro primeros sellos (capítulo 6, versículos 1 a 8); asimismo, uno de los Seres Vivientes entrega a los siete ángeles las siete copas colmadas de la Ira de Dios (capítulo 15, versículos 5 a 8). Durante todo el relato de la visión del apóstol, los Cuatro Vivientes son citados más veces, siempre junto al trono de Yahvé, justificando su nombre de “cercanos” (véase Apocalipsis 7, 11-12; 14, 3 y 19, 4) y encabezando la alabanza de los coros angélicos.

Como hemos visto, los Querubines o Cuatro Seres Vivientes son la categoría angélica específica más antigua que se registra en las Sagradas Escrituras, que recorren de cabo a rabo, y a lo largo de la cual se nos van dando más detalles de su importante lugar. Son los “cercanos”, los seres espirituales que portan el “carro” sobre el que se sostiene el firmamento y el trono de Yahvé que está por encima (haciéndose común la expresión “sentado sobre Querubines, sondea los abismos”). Tienen cuatro o seis alas, rostro de hombre, león, águila y toro, llenos de ojos y manos con las que encomiendan tareas divinas a diversos enviados (entregan brasas al espíritu encargado de castigar con el fuego a Jerusalén, llaman a los cuatro jinetes y entregan las copas de la Ira a los siete ángeles). Inicialmente encargados de la custodia del Jardín del Edén y del Arca de la Alianza (y por su medio, del Templo de Jerusalén), tras el destierro en Babilonia su papel es el encabezar los coros celestiales y “transportar” a Yahvé en sus apariciones a Ezequiel y a san Juan para mostrarles tanto el castigo al pueblo infiel como la restauración a los santos que han perseverado.

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Serafines

En agudo contraste con la primera categoría nominal angélica, la de los Serafines (del hebreo seraf, “ardiente”, plural serafim) solo tiene una breve mención en la Sagrada Escritura. Aparecen en la visión descrita en el capítulo sexto del libro del profeta Isaías (versículos 1 a 7), que llevó a cabo su misión en Judá unos cien años antes del exilio (y de Ezequiel).

La visión tuvo lugar, según el propio profeta, en el año de 740 a.C aproximadamente. En ella, ve a Yahvé sentado en su trono en medio de su Templo, en forma de nube. Frente a él aparecen los serafines, que son descritos claramente como ángeles: tienen seis alas con las que vuelan y se cubren rostro (nótese la comparación con los querubines esculpidos en el Arca) y pies, lo que sugiere una forma antrópica. Los serafines claman una alabanza arquetípica a Dios “Santo, Santo, Santo, Yahvé de los ejércitos! Está la tierra llena de su gloria”, y uno de ellos purifica la boca del profeta con un carbón encendido del altar, para que pueda predicar.

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre su trono alto y sublime, y sus haldas henchían el templo. Había ante El serafines, que cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro y con dos se cubrían los pies, y con las otras dos volaban, y los unos y los otros se gritaban y se respondían: “Santo, Santo, Santo, Yahvé de los ejércitos! Está la tierra llena de su gloria”A estas voces temblaron las puertas en sus quicios, y la casa se llenó de humo. Yo me dije: “¡Ay de mí, perdido soy, porque, siendo un hombre de impuros labios, que habita en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Yahvé de los ejércitos!”Pero uno de los serafines voló hacia mí, teniendo en sus manos un carbón encendido, que con las tenazas tomó del altar, y, tocando con él mi boca, dijo: “Mira, esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido quitada, y borrado tu pecado.”

Así pues, los serafines son espíritus que forman parte de los coros celestiales y alaban a Dios en su presencia. Por mandato suyo, pueden perdonar los pecados de aquel al que se envía en misión divina.

No se les vuelve a citar en las Sagradas Escrituras.

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Gabriel

De los tres seres angélicos que la Biblia cita por nombre propio (los tres tardíos, postexílicos), sin duda el más importante es Gabriel (del hebreo Garvi’El, que significa “fuerza de Dios” o “Dios es mi fuerza”), que se erige en el Malaj (enviado) por excelencia. Si el Ángel del Señor era una especie de portavoz y brazo del propio Yahvé, y Querubines y Serafines, seres del trono divino, Gabriel será el mensajero predilecto de Dios a los profetas y santos.

Aparece por primera vez en el libro de Daniel (ante cuya visión inicialmente se postra el profeta), a quien explica en el capítulo 8 (versículos 16 a 26) la visión del carnero y el chivo, predicción del ascenso y caída de los persas y el posterior de los macedonios, como preludio de la destrucción del Segundo Templo. En el siguiente capítulo, tras la súplica de Daniel a Dios, es nuevamente Gabriel (que se refiere que acude volando) quien le desvela el significado de los números místicos de semanas y días para la reconstrucción del Templo, la consagración de un rey, y posteriormente la llegada de un invasor que destruirá el culto y la ciudad y establecerá la Abominación de la Desolación junto al Templo de Yahvé.

Sin duda las apariciones más relevantes de Gabriel acontecen al comienzo del Nuevo Testamento. San Lucas, que le llama explícitamente ángel del Señor (Daniel le llama “varón”), nos lo muestra apareciéndose al lado de la derecha del altar del incienso al sacerdote Zacarías, que se sobrecoge de temor.

“Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada. Tu esposa Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Será para ti un gozo muy grande, y muchos más se alegrarán con su nacimiento, porque este hijo tuyo será un gran servidor del Señor. No beberá vino ni licor, y estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. Por medio de él muchos hijos de Israel volverán al Señor, su Dios. Él mismo abrirá el camino al Señor con el espíritu y el poder del profeta Elías, reconciliará a padres e hijos y llevará a los rebeldes a la sabiduría de los buenos. De este modo preparará al Señor un pueblo bien dispuesto” (evangelio de san Lucas, capítulo 1, versículos 13 a 17).

Gabriel anuncia pues al sacerdote que va a tener su primer varón, y que deberá consagrarlo en lo que parece una forma de nazireato (el episodio tiene semejanzas con el anuncio a Manoaj y su esposa del nacimiento de Sansón). Como Abraham y Sara, Zacarías expresa su duda ante la revelación, dada su avanzada edad y la de su esposa, y pide una señal. Por toda señal, Gabriel (que afirma estar “delante de Dios”) le deja mudo hasta el nacimiento del niño (san Lucas 1, 18-20).

Seis meses después, en uno de los episodios más conocidos de todo el Nuevo Testamento, san Lucas nos relata que el “ángel Gabriel fue enviado” a Nazaret de Galilea, donde anunció a María que engendraría del Espíritu Santo al Mesías esperado por el pueblo de Israel, en uno de los diálogos más célebres de la religión cristiana.

“Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue". (san Lucas 1, 28-38 y 2, 21)

Lucas llama a Gabriel “Ángel del Señor”, como llama Mateo al que se manifiesta a José para que acepte al hijo de María, Jesús (Mateo 1, 20-21. 24), para que huyan a Egipto de la persecución de Herodes (Mateo 2, 13) y posteriormente para que regresen tras la muerte del rey (Mateo 2, 19-20). Dado que este se manifiesta en sueños, mientras Gabriel aparece visiblemente, es posible que el descrito por Mateo sea el mismo al que aludimos en el primer apartado de este artículo.

Poco se nos describe de Gabriel, más allá de que vuela, y que su aspecto angélico es inconfundible, a tenor de las reacciones de sobrecogimiento y turbación que suscita tanto en Daniel como en Zacarías y María. Sin duda es el mensajero más importante de la Historia de la Salvación, hasta el punto de que los árabes le atribuyeron a él los mensajes recibidos por Mahoma en la cueva.

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Miguel

Es también en el libro de Daniel cuando se nos cita por vez primera a este ser espiritual. En este caso durante la visión del Hijo de Hombre, en la que este le relata que “el príncipe de Persia me ha hecho resistencia”, pero que había sido auxilliado por “Miguel, uno de los primeros príncipes”, así como que le había dejado donde los reyes de Persia (libro de Daniel, capítulo 10, versículo 13). Posteriormente, repite que lucha contra el “príncipe de Persia”, y que posteriormente llegará el “príncipe de Yaván” (Grecia, refiriéndose a los macedonios del rey Alejandro), contra los cuales le auxiliará Miguel, llamado ahora “vuestro príncipe”.

Como es frecuente en los libros proféticos, sobre todo en las visiones, los significados simbólicos son la norma. Miguel proviene del hebreo Mika’El, que significa “Quién como Dios” (es decir, “Nadie se iguala a Dios”). El término hebreo sar, con el que se le designa, significa gobernante o autoridad, y la traducción de “príncipe” ha sido siempre tanto entre exégetas hebreos como cristianos la de un “ser espiritual” principal. Hay interpretaciones contradictorias acerca de la identidad de los “príncipes” de Persia y Grecia. Podrían tratarse de ángeles caídos, pero no es seguro.

Miguel, pues sería el ángel protector del pueblo de Israel (véase Daniel 12, 1) y volverá a estar presente en el tiempo de la Tribulación, donde se salvarán los israelitas “cuyo nombre esté “escrito en el libro”.

Miguel aparece dos veces más, en el Nuevo Testamento, y en ambas se enfatiza su componente de guerrero defensor del pueblo elegido frente al diablo. En la carta de Judas, capítulo 1, versículo 9, se toma una imagen de Miguel obtenida del apócrifo judío “Asunción de Moisés

“El arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo contendiendo sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir un juicio de blasfemia, sino que dijo: “Que el Señor te reprenda.”

La cita más célebre proviene del Apocalipsis, cuando san Juan presenta a Miguel como el comandante de los ejércitos celestiales que derrotan al Dragón (Satán) y sus ángeles caídos, y lo expulsan del Cielo

“Hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el Dragón,y peleó el Dragón y sus ángeles, y no pudieron triunfar ni fue hallado su lugar en el cielo. Fue arrojado el Dragón grande, la antigua serpiente, llamada diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra, y fue precipitado en la tierra, y sus ángeles fueron con él precipitados” (Apocalipsis 12, 7 a 9).

Esta imagen guerrera (sobre su aspecto, nada dicen las Sagradas Escrituras) es la que ha predominado en la teología cristiana, en la que san Miguel es el ángel defensor frente al Demonio, y protector titular de la Iglesia (el nuevo Israel), y a quien se encomienda la conocida oración a san Miguel Arcángel.

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Rafael

El tercer ángel con nombre propio aparece únicamente en el tardío libro de Tobías (ya en época helenística). Su nombre proviene del hebreo Rapa’El, que significa “Dios sana” o “Dios cura”. Rafael es enviado por Yahvé a la familia del piadoso Tobit para curar la ceguera del anciano y librar a su sobrina (y posterior nuera) Sara de la maldición de un demonio llamado Asmodeo, que mataba a sus maridos la noche de bodas.

Rafael aparece en el relato a partir del capítulo 3, y está presente hasta el final. El autor le llama explícitamente “ángel”, y adopta una apariencia humana, de forma que el protagonista Tobías, hijo de Tobit, y a diferencia de lo que ocurre en otros relatos más antiguos con presencia angélica, no lo reconoce como ser espiritual. La historia está contada a modo de viaje iniciático hasta Ecbatana, donde vive Sara con su familia, de estilo literario (incluso como un cuento), en el que Rafael, haciéndose pasar por Azarías, el piadoso hijo de un conocido de Tobit, va aconsejando a Tobías qué debe hacer para sortear los peligros y lograr casarse felizmente con Sara ahuyentando al demonio que la atormentaba.

Rafael se comporta como un consejero humano hasta la resolución de la trama, en la que “encadena” al vencido Asmodeo y cura los ojos de Tobit. Cuando Tobías quiere darle la mitad de sus bienes por haberle dado esposa y curado a su padre, Rafael toma aparte a los dos esposos, y tras aconsejarles una vida santa con diversos proverbios (Tobías capítulo 12, versículos 6 a 10), revela su persona y su misión a ambos.

Cuando tú y Sara hacíais oración, era yo el que presentaba el memorial de sus peticiones delante de la gloria del Señor; y lo mismo cuando tú enterrabas a los muertos. Cuando no dudabas en levantarte de la mesa, dejando la comida para ir a sepultar un cadáver, yo fui enviado para ponerte a prueba. Pero Dios también me envió para curarte a ti y a tu nuera Sara. Yo soy Rafael, uno de lo siete ángeles que están delante de la gloria del Señor y tienen acceso a su presencia. Los dos quedaron desconcertados y cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Pero él les dijo: No temáis, la paz esté con vosotros. Bendecid a Dios eternamente. Cuando yo estaba con vosotros, no era por mi propia iniciativa, sino por voluntad de Dios. Es a él al que debéis bendecir y cantar todos los días. Aunque me veíais comer, eso no era más que una apariencia.Por eso, bendecid al Señor sobre la tierra y celebrad a Dios. Ahora subo a Aquel que me envió. Poned por escrito todo lo que os ha sucedido. Y en seguida se elevó. Cuando se incorporaron, ya no lo pudieron ver más. Ellos bendecían a Dios, entonando himnos, y lo celebraban por haber obrado esas maravillas, ya que se les había aparecido un ángel de Dios.

Vemos en este fragmentos varias características angélicas ya citada previamente: por ejemplo que Rafael es “uno de los siete ángeles” (volveremos a encontrarnos a esos ángeles posteriormente) que está en presencia de Dios; o que al conocer su identidad, los hombres, llenos de temor se postran ante el ser espiritual, el cual les indica que deben alabar a Dios y no a él, que sólo es un enviado. También se resalta su labor de intercesión ante Yahvé de las oraciones de Tobías y Sara, o su elevación y desaparición tras ser acabar su misión y ser reconocido (véanse los casos de Gedeón y Manoaj).

7 comentarios

  
ZARA
Podría ser una referencia al Angel custodio?

Baruc 6,6

(En algunas Biblias corresponde a Baruc 6,5, porque el capítulo 6 es la llamada Carta de Jeremías).

“Cuando veáis la multitud delante y detrás de ellos adorándolos, decid en vuestro corazón: ‘A ti solo, Señor, se te debe adorar’.”

Y justo antes dice:

“Porque mi ángel está con vosotros, y él mismo cuidará de vuestras vidas.”



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LA

Gracias por participar. Los ángeles custodios en la Biblia se tratan en la segunda parte de este artículo, dividido en dos por su gran longitud. En efecto, ese fragmento se considera como la carta de Jeremías en algunas Biblias, y como Baruc en otras.

Un saludo.
28/02/26 9:03 PM
  
Sancho
La imagen que suele tenerse de los ángeles, como seres exclusivamente espirituales, es incompatible con las Escrituras. En Lucas dice que los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección "ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y, al ser hijos de la resurrección, son hijos de Dios" (Lc. 20, 35-36). Puesto que el espíritu nunca muere, y lo que resucita es el cuerpo, se reconoce ahí, implícitamente, que los ángeles tienen que tener un cuerpo inmortal; de lo contrario, el alma humana ya sería semejante a ellos antes de la resurrección de la carne.

Eso, y relatos como el de los "hijos de Dios" que tomaron por mujeres a las hijas de los hombres y les engendraron hijos, que fueron "los héroes famosos de la antigüedad" (cf. Gen. 6, 1-4), llevan a pensar que, aunque los ángeles puedan manifestarse solo en espíritu, al igual que han hecho algunas almas, también tienen, al menos los que no la hayan perdido, una naturaleza corporea semejante a la humana, aunque inmortal, como la de Adán y Eva. Es más, no sería descartable que, puesto que Jesucristo dice que Dios es espíritu (cf. Jn. 4, 24), y puesto que Dios se presentaba a los hombres por mediación de ángeles (cf. Hch. 7, 53), también haya creado al hombre por su medio, de ahí lo de "Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza" (Gen. 1, 26); "¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor" (Sal. 8, 5-6).

Todo lo anterior también lleva a pensar que los que, actualmente, suelen llamarse extraterrestes no pueden ser otros que los ángeles y demonios de siempre, de quienes practicamente todas las culturas a lo largo de la historia han dejado testimonios.

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LA

Gracias por comentar.

El texto de san Lucas sobre la resurrección se refiere por entero a los seres humanos. La comparación con ángeles se refiere únicamente a que no estarán sujetos a necesidades terrenales, como el matrimonio, motivado por el deseo carnal.

El texto de Génesis 6, 1-4 alude a "Hijos de Dios", que no es un título angélico en toda la Escritura. De hecho, la especulación sobre si son ángeles caídos proviene de textos apócrifos muy posteriores, como el Libro de Enoc, escrito en era postcristiana.

Ninguno de los textos posteriores que aporta usted dan a entender de ningún modo que los ángeles no sean seres puramente espirituales, como por otra parte ha sido tradición firme desde la época de la erudición judáica, antes del advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

Otros textos escriturísticos, en cambio, nos muestran a los ángeles con cualidades que serían imposibles para un ser de carne y hueso, como ocultarse a la vista (caso del relato de Balaam), ascender en una nube al cielo (casos de Gedeón y Manóaj), volar (los serafines de Isaías) y otros muchos que se relatan en este artículo y el que le seguirá.

De lo que se sigue que sus conclusiones al respecto no se apoyan en las Sagradas Escrituras.

Un saludo.
06/03/26 12:06 PM
  
Sancho
Siento no estar de acuerdo con usted. El texto de Lucas dice lo que dice, así como el del Génesis ¿qué otra cosa pueden ser si no? Además, en este último, tengo entendido que no solo la interpretación judía sino la de muchos de los llamados padres de la Iglesia coincide en ver a esos llamados "hijos de Dios" como ángeles, conclusión que también se apoya en otros textos de las Escrituras:

"El día en que los hijos de Dios fueron a presentarse delante del Señor, también el Adversario estaba en medio de ellos. El Señor le dijo: "¿De dónde vienes?". El Adversario respondió al Señor: "De rondar por la tierra, yendo de aquí para allá" (Job. 1, 6-7).

"porque ¿quién es comparable al Señor en las alturas? ¿quién es como el Señor entre los hijos de Dios? (Sal. 88, 7).

En cuanto a las cualidades angélicas que comenta, no son imposibles si se presentan solo en espíritu, pero es que muchas tampoco lo son para seres de carne y hueso, empezando por Jesucristo y conocidos santos (levitación, andar sobre el agua, atravesar paredes, etc.).

Un saludo.

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LA

El texto de Lucas dice lo siguiente:

"Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección."

Es decir, que los resucitados ya no podrán morir, porque son semejantes a los ángeles. La semejanza que realiza, explícitamente, Nuestro Señor viene por la imposibilidad de morir, y no por su naturaleza mixta material-espiritual.
De hecho, dado que todo lo material se corrompe y muere, ese texto está apoyando la naturaleza puramente espiritual de los ángeles.

El texto del Génesis 6, 1-4 dice lo siguiente:

"Cuando los hombres empezaron a multiplicarse sobre la tierra y les nacieron hijas,
los hijos de Dios se dieron cuenta de que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron por esposas aquellas que les gustaron. Entonces dijo Yavé: «No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Que su vida no pase los ciento veinte años.» En ese entonces había gigantes sobre la tierra, y también los hubo después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y tuvieron hijos de ellas. Estos fueron los héroes de la antigüedad, hombres famosos."

Este pasaje viene justo después de la enumeración de los linajes de Caín (los alejados de Dios) y Set (los fieles a Yahvé, véase Génesis 4, 26). La versión católica Nácar-Colunga comenta a propósito de este pasaje: "la interpretación del lugar es difícil; la opinión más corriente es que se trata de las uniones conyugales de los descendientes de la raza elegida, los hijos de Dios, con las mujeres de la raza de Caín, las hijas de los hombres; uniones que aún aquellos llevaron a la más profunda corrupción".

El sentido guarda además lógica, puesto que si en la lista de patriarcas antediluvianos se nos nombra que todos tuvieron otros "hijos e hijas" aparte de los ascendientes de Noé, pero sólo la familia de este se salva, y dado que se vincula la unión conyugal con la corrupción, la conclusión lógica es que únicamente la línea de Noé había conservado la unión conyugal sin juntarse con los descendientes de Caín, y por eso eran los únicos que quedaban preservados tras el diluvio.

Lo cual concuerda con lo que dicen los dos versículos posteriores de Génesis 6, 5-6, que narran la decisión de Yahvé de borrar a la humanidad de la faz de la tierra:
"Viendo Yahveh que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahveh de haber hecho al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón."

En cuanto al texto de Job, la naturaleza espiritual del demonio se trata en el siguiente artículo, pero el texto en el que el Acusador (Satan) "pasea" por la tierra, no expresa de ningún modo su materialidad. Los ángeles espirituales también se "pasean".

El Salmo 88 directamente no sé que tiene que ver con la naturaleza angélica.

No me convencen sus reparos a la naturaleza espiritual de los ángeles, y mucho menos la conclusión que deduce de ese escepticismo.

Un saludo.

06/03/26 5:06 PM
  
ZARA
Sancho, debería usted aprender la doctrina del catecismo mayor !
Copio del catecismo:


La existencia de los ángeles, verdad de fe
328 La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.

330 En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales (cf Pío XII, enc. Humani generis: DS 3891) e inmortales (cf Lc 20, 36).
16/03/26 7:23 AM
  
ZARA
Sancho, que los ángeles son exclusivamente de naturaleza espiritual lo tiene usted tambien en la constitucion dogmática del CV I que hace referencia a cánones del concilio de Letran



CONCILIO VATICANO I
CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA
«FILIUS-DEI»
SOBRE LA FE CATÓLICA


«juntamente desde el principio del tiempo creo de la
nada a una y otra creatura, la espiritual y la corporal, a saber, la angélico y la mundana, y luego la humana, como constituida a la vez de espíritu y de
cuerpo»[8].
[8] Concilio de Letrán IV, can. 2 y 5



Quiere usted hacer el favor de aprender la doctrina de Fe de la Iglesia antes de esparcir sus ocurrencias?
16/03/26 8:07 AM
  
Dicasterio.
No sé si soy el único que se indigna con esto, pero cada vez que veo a alguien como “Sancho” entrar en un blog a pontificar sobre la fe de la Iglesia católica sin tener la menor idea de lo que enseña realmente, se me revuelven las entrañas. Y no lo digo por desprecio, lo digo por preocupación: no es serio. No es honesto. No es responsable. Leer un pasaje de la Biblia y soltar lo primero que a uno “le sugiere” como si fuera doctrina es una ligereza que roza lo temerario.

Porque claro, aquí no estamos hablando de opiniones sobre fútbol o política; estamos hablando de la fe, de la Revelación, de siglos de reflexión, de magisterio, de tradición viva. Y venir a improvisar como si todo eso no existiera no es solo ignorancia: es una forma de soberbia disfrazada de espontaneidad.

Y lo peor es que esto no es un caso aislado. Es un síntoma. Un síntoma grave de un cuerpo que parece haber olvidado que la fe no se inventa, se recibe. Que no todo lo que “me parece” es verdad. Que no basta con abrir la Biblia para entenderla sin más, como si dos mil años de Iglesia fueran un adorno opcional.

A veces tengo la impresión de que hemos trivializado lo sagrado hasta hacerlo irreconocible. Que confundimos libertad con ocurrencia, y gracia con permisividad. Y no, no todo vale. No todo da igual. Y sí, llega un punto en que ya no es solo molesto: es profundamente irresponsable. Porque jugar así con las cosas de Dios no es inocente… es, directamente, tomárselo a la ligera. Y eso, francamente, ya cansa.
17/03/26 1:33 PM
  
Juan
Totalmente de acuerdo con lo dicho por Dicasterio. Le agregaría que al márgen de la estricta cuestión de fe, en la cultura pop occidentalse se convirtió en un lugar común, un "clásico", toda la pavada estilo Von Daniken y la serie de novelas "Caballo de Troya". Mucha gente se entretiene con eso, y si la fe está débil o poco formada es fácil contaminarla.
30/03/26 9:12 PM

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