Un libro providencial

Hay libros buenos y libros providenciales. Estos últimos son los que no solo son buenos, provechosos y agradables de leer, sino que además tratan un tema crucial para un determinado momento histórico. El libro que acaba de publicar D. Jorge González Guadalix es de estos últimos.
No pretende ofrecer un refinado estilo literario, sino que está escrito con el tono afable y campechano típico de D. Jorge, que mágicamente consigue que uno tenga la impresión de estar charlando con él en su casa parroquial de La Serna. Tampoco ofrece erudición y citas a porrillo, aunque sí abundantes vivencias reales y concretas de su experiencia sacerdotal. Es, ante todo, un libro providencial.
Vivimos en tiempos de escasez de sacerdotes y parece que la solución está en gestionar más racionalmente los recursos, dedicando las fuerzas disponibles a donde puedan dar más fruto (a saber, en las ciudades) y sacrificando para ello, con muchas lágrimas de cocodrilo, a los que ya están amortizados: los pueblos medio despoblados, los ancianos que no van a aumentar el número de vocaciones, los raritos o enfermos, las cuatro monjas que quedan en ese viejo convento…
Nada más humanamente razonable, pero también nada menos conforme con la sabiduría de Dios, que no es la sabiduría de los hombres. En Pastoral rural para urbanitas escépticos, D. Jorge nos habla de una misión sacerdotal que no se ocupa del número, ni de lo que se puede sacar de una parroquia, sino, ante todo, del valor infinito que tiene cada alma, esté donde esté y sea cual sea su edad, su ocupación o su importancia a los ojos del mundo. Son, como dice el libro, las verdaderas periferias y los pobres de los que nadie quiere hablar.
Para ayudar a entenderlo, el libro va derribando los ídolos de la modernidad que tientan más a los sacerdotes (y no solo a los sacerdotes) de nuestro tiempo. En primer lugar, el ídolo de los resultados, porque la pastoral rural no tiene, si me permiten el juego de palabras, resultados resultones, sino que sus frutos son ocultos y a menudo pasan inadvertidos. También el ídolo de las ciudades, que son los lugares del ruido, el bullicio, las cosas importantes y el “centro” de nuestro mundo, mientras que la pastoral rural descrita en el libro descubre que el verdadero centro está allá donde se celebra una Misa, aunque sea para un solo hijo de Dios.
No olvidemos el ídolo de lo grande, lo relevante, lo que cuenta, mientras que a Dios lo que le gusta es lo pequeño, como los pequeños pueblos de la sierra de los que habla el libro. El que se humilla será ensalzado y descubrirá que hay santos y Dios hace milagros para ellos en cada pequeño Nazaret de hoy. Muy unido a esto está el ídolo del éxito profesional, porque todo sacerdote sabe que para avanzar en su carrera lo mejor es una buena parroquia urbana, donde el obispo vea su labor y pueda recompensarla con alguna vicaría u otro carguito, mientras que los pueblos son, en ese aspecto, un callejón sin salida, como el Calvario al que nadie quiso ir. Y digo Calvario conscientemente, porque el libro no teme reconocer la dureza que tiene a veces la pastoral rural, con su soledad, sus impotencias, sus fracasos y sus largos inviernos.
Finalmente, el ídolo de la juventud, porque a medida que los católicos pierden la fe en la vida eterna, lo único que les queda es idolatrar la pasajera juventud terrena. En la pastoral rural, donde apenas hay jóvenes, se graba a fuego en los sacerdotes que, para Dios, mil años son como un día y Él sigue perdidamente enamorado de doña Matusalena y desea hacer obras grandes en su vida, aunque el mundo ya la considere inútil y una carga para la sociedad.
La crisis vocacional de la Iglesia no es un problema que se solucione con números y estrategias, sino con fe. Si no hay vocaciones, es sencillamente porque no hay fe. Este libro, gracias a Dios, rezuma fe en todas sus páginas y, si Dios quiere, renovará la fe y el entusiasmo de los sacerdotes y los laicos que lo lean, para que se cumplan en ellos las palabras del profeta: la atraeré y la llevaré al desierto (o a un pueblecillo de la sierra), y le hablaré al corazón.
6 comentarios
Y sí, tiene razón en el fondo. Todo importa. Pero ya he comentado aquí varias veces.que la realidad se va a imponer. Con toda la tristeza que se quiera, con toda la crueldad que la realidad tiene. Un reparto equitativo de los recursos me parece bien, dejar lo superfluo y centrarse en lo importante me parece mejor, pero cada año que pasa ¿Cuantos sacerdotes mueren y cuantos entran?¿Y de esas Rafaelas no pasa lo mismo?
Y lo digo con todo cariño, a D.Jorge, a Rafela, y, que conste en acta, con un hijo en el seminario que si DiOs quiere y acaba ordenado le va tocar bregar con la Iglesia futura.
"se lo regalaré a un sacerdote amigo mío que tiene nada menos que siete parroquias a su cargo"
Estupendísima idea. Le encantará, le hará reír, le consolará y le dará buenas ideas.
"ya he comentado aquí varias veces.que la realidad se va a imponer"
Sin ninguna duda. Pero eso que menciona es la realidadita o, dicho de otra forma, lo poquísimo que los humanos podemos ver de la inmensa realidad. La Realidad con mayúsculas es otra mucho mayor, que tiene sus propios planes sobre lo que va a sucederle a la Iglesia. Y esta Realidad lo que espera de un administrador es que sea fiel, fiel en lo poco, para que sea Él quien lo ponga sobre mucho y así su fuerza se manifieste en nuestra debilidad. No que obtenga resultados óptimos.
"¿Y de esas Rafaelas no pasa lo mismo?"
Sí, y cada una de ellas vale más que el universo entero, porque por cada una de ellas derramó Cristo su sangre y lo habría hecho aunque no hubiera existido nadie más en esta tierra. Razón más que de sobra para que la Iglesia haga lo posible y lo imposible por atenderlas hasta el último día de su vida e interceder por ellas después de su muerte.
que no hay tiempo de mirar alrededor nuestro, a los que no están donde nosotros, (aunque sí están con nosotros).
El sentir de los que estamos en esos pueblos, es que quizá, los de la ciudad, nos lleven en el corazón, (no digo que no lo hagan);
pero no vemos que nos tengan en cuenta en su día a día.
Somos como esa "familia lejana", (primos, unos tíos...)
que vive en el pueblo de los abuelos, pueblo al que uno va una vez al año, con los niños, para huir del caluroso verano de la gran ciudad.
Uno se acuerda de ellos, cuando "necesita" salir de su rutina, cambiar de aires...
Pero nosotros, existimos todo el año.
No necesitamos muchas cosas. (De hecho, el mayor error, es pretender reproducir "lo que hacen en las parroquias urbanas", en un pequeño pueblo.)
Pero si necesitamos la cercanía; ser "familia".
Lo de "lejana," es lo que nos sobra.
Gracias por el artículo.
¡Qué bien escrito está!
Mañana, en Argentina, se celebra la festividad del Santo Cura Brochero, cura rural que sembró de fe y gracias las sierras cordobesas. Modelo de cura rural.
Dejar un comentario




