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14.09.21

De correspondencias y vasos comunicantes. Un auxilio parental para reeducar el gusto literario

                           «En su mundo». Obra de Morgan Weistling (1964-).

   

   

«Un cuento infantil que solo pueda ser disfrutado por los niños no es un buen cuento infantil en absoluto».

C. S. Lewis

 

«Tenga por norma no dar nunca a un niño un libro que usted mismo no leería».

George Bernard Shaw

   

   

En esta ingrata pero siempre grandiosa labor de poner las condiciones para que nuestros hijos se aficionen a la lectura de los buenos y los grandes libros, encontramos como una dificultad no menor, aquello que podría denominarse malas costumbres o gustos degradados. Me refiero al supuesto en el que, por distintas razones, los chicos lleven un tiempo leyendo mala literatura. Este problema es más frecuente en aquellos casos en que los padres han decidido, quizá algo tarde (nunca lo es del todo), embarcarse con sus hijos en esa travesía tras un período de cierto despegue y relajación al respecto. Son situaciones en los que los niños ––de ocho o nueve años en adelante–– ya ha adquirido un hábito de lectura, y sin embargo lo que leen no les conviene. Así que la cuestión en estos supuestos no es tanto que adquieran la costumbre de leer, como cambiar sus malos gustos. Pero… ¿Cómo se puede hacer esto? ¿Por dónde podemos empezar?

La frase bíblica «No hay nada nuevo bajo el sol» (Eclesiastés, 1, 9), es una verdad universalmente confirmada. Y esto, que acontece en todos los ámbitos de la experiencia humana, se da igualmente con los libros. Ya hablé aquí de la ansiedad literaria, de los viejos tópicos, de los mitos que se repiten como en un eterno retorno. Cada nuevo libro que se publica no es sino una reelaboración de otros anteriores, una vuelta a un principio muchas veces olvidado, pocas veces reconocido. Pero es así. Y en esta circunstancia, que no sería en la mayor parte de los casos más que un inconveniente nacido de las limitaciones humanas, podemos encontrar un aliado inesperado. Porque, todas y cada una de las novelas y relatos que se ofrecen hoy en día a nuestros hijos en librerías, bibliotecas y colegios, son ––con notables excepciones–– variaciones (la mayoría defectuosísimas) o copias (gran parte de ellas, malas copias) de obras que las precedieron. Una literatura esta que es muy superior artística e intelectualmente a su descendencia y, en muchas ocasiones, también mucho más conveniente para los chicos desde el punto de vista moral y formativo.

Estaremos de acuerdo en que, si a nuestros hijos les gusta conducir un viejo Seat Panda, disfrutarán enormemente si se les pone al volante de un Maserati; si se solazan en una atosigante e hiperpoblada playa nacional, mucho más lo harán en una solitaria y cristalina cala de las islas Seychelles; si son aficionados a los paseos campestres se maravillarán en un safari por el Masái Mara; y por mucho que les gusten unos pendientes de bisutería preferirán unos de brillantes. Pues bien, lo mismo pasará con los libros.

Y es que tenemos al alcance de nuestras manos un innumerable número de joyas literarias para ofrecerles, como si de un Maserati, un brillante o un viaje a las Seychelles se tratara. Y a un tiempo, jugamos con la ventaja de poder saber cuáles de entre estas joyas convendrá presentarles, ya que conocemos de antemano sus gustos genéricos. A consecuencia de ello, muy probablemente acertaremos en las benéficas alternativas que les ofrezcamos.

A aquellos que disfrutan con las historias de detectives, sean de pura deducción o llenas a rebosar de acción, y siempre con un poco de misterio, como los libros de Raúl Garbantes, la serie El detective esqueleto de Derek Landy, la saga de El joven Sherlock Holmes de Sheane Peacock, o las novelas de Irene Adler, denles a probar del original Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle o del aún más original Auguste Dupin de Allan Poe, ofrézcanles las tranquilas novelas de Hércules Poirot o de la Srta. Marple de Agatha Christie, o las más salvajes de Dashiell Hammett y de Raymond Chandler, e incluso pongan en sus manos las del hoy popular –la razón, una serie de TV– Arsenio Lupin de Maurice Leblanc. Todos estos libros serían aconsejables para los chicos de 14 o 15 años en adelante. Para los que no llegan a esa edad, las series de Enid Blyton, Misterio, Los siete secretos, o Los cinco, Los Blok, de Montserrat del Amo, o Enciclopedia Brown, de Donald Sobol, estarán bien, junto al Tom Sawyer detective de Mark Twain, El gran detective Blomquist de Astrid Lindgren, la joven y resuelta detective Nancy Drew, de Carolyn Keene, o Los tres investigadores (presentados por el mismísimo Alfred Hitchcock), de Robert Arthur.

Dados los tiempos que vivimos, la ficción distópica debería estar experimentando un resurgimiento. Lo cierto es que si así no fuera, habría que provocarlo. Por ello, si a sus hijos les han gustado Los Juegos del Hambre, de Suzanne Collins, Divergente, de Verónica Roth, o El dador, de Lois Lowry, pueden darles más de lo mismo y de mayor calidad, tanto en la forma como en el fondo. Hay muchos títulos a los que acudir que, aunque hoy sean políticamente incorrectos, no debemos dudar de poner en sus manos, y precisamente por esa razón. Pienso en 1984, de George Orwell, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que tratan de la disolución de una sociedad similar a la nuestra a través de la manipulación y el control de masas, con la ayuda de la fuerza o del placer. También son opciones a considerar, La rebelión en la granja (de nuevo Orwell), La máquina del tiempo, de H. G. Wells y El canto a Leibowitz de Walter M. Miller (fabuloso). Algo más lejos en nivel literario, tenemos al liviano y amable Un día feliz, de Ira Levin, y al padre de las ficciones de Orwell y Huxley, el bastante más árido, Nosotros, de Eugeny Zamyatin (que no era literato profesional, y se nota). Todos ellos, libros para chicos de 15 años en adelante. Créanme si les digo que les harán mucho bien, pues les pondrán, cara a cara, ante los efectos devastadores y deshumanizantes de todas esas filosofías de vida subyacentes al progreso biotecnológico (consumismo, hedonismo, relativismo y autoritarismo), un mal llamado progreso que, casi imperceptiblemente, se ha ido haciendo dueño del mundo.

Por el contrario, sí lo que les apasiona son los relatos de fantasía e imaginación, como son la serie de Harry Potter, de J. K. Rowling, los libros de Neil Gaiman, los de Rick Riordan, la serie –nada recomendable– de Phillip Pullman de La materia oscura, o las novelas de Diana Wynne Jones, pueden suministrarles algo, en todos los sentidos, de mayor pureza. Me refiero a El Hobbit, de J. R. R. Tolkien, y Las crónicas de Narnia de C. S. Lewis, para los que no lleguen a los 14, y El señor de los Anillos, de nuevo de Tolkien, para los que los superen. Además están Lloyd Alexander y Úrsula K. LeGuin. Y para aquellos que quieran explorar los orígenes del género de la fantasía épica, no estará de más acercarse a Lord Dunsany (La hija del rey del país de los elfos), a James Branch Cabell (Jurgen) y a William Morris (El bosque del fin del mundo). También se juega con lo fantástico en las historias de Edith Nesbit (la trilogía del Eso, o La ciudad mágica y El castillo encantado), y en los viejos cuentos árabes y persas de Las mil y una noches (pero no todos, claro), en el medieval Calila e Dimna, o en las conocidas colecciones de relatos de los Grimm, Perrault o Andersen.

Siguiendo con el mundo fantástico y sobrenatural, hoy día proliferan las obras que tratan de temas esotéricos y de terror, especialmente de vampiros y otras criaturas espeluznantes. A modo de ejemplo cito la conocida saga Crepúsculo, de Stephanie Meyer, o la de Cazadores de sombras, de Cassandra Clare. Pues bien, para aquellos que gustan de tales emociones, podría acudirse a los antecedentes literarios de estas series modernas, como son El Doctor Jekyll y el señor Hyde, de R. L. Stevenson, el Frankenstein de Mary Shelley y el Drácula de Bram Stoker. Por no hablar de los relatos de Edgar Allan Poe y los del no menos extraño H. P. Lovecraft.

El humor convenientemente mezclado con la vida cotidiana siempre es un recurso frecuentado. Los que se divierten leyendo El diario de Greg de Jeff Kinney, Manolito Gafotas de Elvira Lindo o los libros de David Walliams, podrían ser rescatarlos de dicha mediocridad dándoles algo de más altura y gusto con la lectura de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, de Celia, de Elena Fortun, o de El pequeño Nicolás de Goscinny y Sempé.

Termino esta breve relación con las historias de amor, un supuestamente llamado amor romántico, aunque cada vez se encuentre más alejado del verdadero amor y más cerca de lo que es, en unas ocasiones un puro placer utilitario y egoísta, y en otras un frívolo carrusel de emociones fruto de su mutilación por un rampante sentimentalismo superficial. Si sus hijos –sobre todo hijas, seamos realistas– consumen literatura del tipo de las novelas escritas bajo el seudónimo Blue Jeans, o la serie After de Anna Todd, o Gossip girl de Cecily von Ziegesar, o las diferentes, y no obstante similares, historias de John Green, deberían acercarles, no solo a las obras de Jane Austen o las hermanas Brontë, o incluso de Elizabeth Gaskell –por supuesto–, sino también, a una menor altura, a las novelas de Georgette Heyer (Arabella y El tío Sylvester), a las de Lucy Maud Montgomery (además de Ana, la de Tejas Verdes y Emily, prueben con Valancy Stirling), o por ejemplo, a Cinco panes de cebada, de Lucía Baquedano, pues todas ellas, independientemente de su distinta calidad literaria, contienen una educación sentimental difícil de encontrar en nuestros días.

Todas estas alternativas (y muchas otras) no solo refinarán el gusto y el juicio de sus hijos, sino que les permitirán aprender valiosas lecciones de lo que es y debería ser un hombre, acercándoles, aun cuando sea un poco, a lo que antaño se llamó sabiduría, a aquello que todavía reposa en la tradición de los pueblos y los hombres. ¡Ah!, y por supuesto, tengan por seguro que todos estos libros les gustarán y les entretendrán.

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