Recuerdos de infancia

Completo la recolección de los posts que he escrito en el último año con estos tres. Son de recuerdos de mi infancia y pre-adolescencia (8-13 años).

Cautivado por su mirada

Todos reían mientras él sufría. No entendía por qué una simple mirada le atraía tanto. No cruzó palabras con ella porque temía ser torpe al hablar y la veía inalcanzable. Además, sabía que tenía dueños. Sí, plural, porque la pobre no era todavía dueña de su belleza y se dejaba cortejar por varios villanos que buscaban ser los primeros en profanar el santuario de su virginidad. Algo que él, todavía imberbe y ciertamente inocente, ni siquiera alcanzaba a pensar.

Allí, en aquel parque donde todavía se tiraba al suelo para jugar a las chapas o a las canicas, aprendió que a veces no hacen falta palabras ni besos para quedarse prendado de una muchacha. Allí empezó a preguntarse qué era ese vértigo que ocupaba su corazón y su mente antes de que el sueño le venciera cada noche. Y allí aprendió el dolor de saberse rechazado cuando un día ella le dijo un “sé por qué me miras” acompañado de una risa de desprecio. Bajó los ojos y, sin responder, emprendió el camino a casa sabiendo que no volvería a mirarla como antes. 

Hoy se acuerda de su nombre pero queda enterrado en su memoria. No podría reconocerla por la calle en caso de cruzarse con ella. Pero no quiere olvidarse de aquel vértigo, de aquella inocencia que no buscaba mal alguno, que no quería aprovecharse de aquella belleza.

PD: Foto tomada de Alhóndiga de la memoria

La calle del mercado

No jugabas en tu calle, siempre llena de coches y camiones que no dejaban hueco para pelotear un rato. Tu portal no era punto de encuentro, salvo alguna vez ocasional en la que apostabas y traficabas en el mismo con cromos de futbolistas, al principio de cada temporada. El hijo del pollero te engañaba en el juego, pero te daba igual. Te valía con pasar el rato. Además, él no era de tu gente, no era de tu pandilla, la de Amando, tu primo, Perico, Alberto, César, Nacho.

Desde allí partías todas las mañanas entre semana en dirección al colegio. Algo más de quince minutos de paseo hacia una rutina empañada por tu falta de diligencia en los estudios. Cuántas veces fuiste sin tener todos los deberes hechos. Cuántas temiendo que don Cirilo te sacara a dar la lección. Y cuando te la sabías, el muy bribón no te sacaba.

De esa calle saliste cuando escapaste de casa porque tus padres habían decidido dar a Laika, la perra de la que te encariñaste. Enfilaste para arriba, al llegar a la esquina torciste a mano derecha, cruzaste la vía hacia la estación y desde allí emprendiste una huida hacia Madrid, caminando por la orilla de unos raíles que te llevarían hasta Villaverde. Pero la noche se acercaba y decidiste regresar. Tu dolor por la pérdida de la perra se convirtió en miedo cuando se te acercaron ladrando chuchos sin dueño. Hiciste trabajar a tu ángel de la guarda y no pasó nada. Lo peor es que cuando llegaste a casa todavía no te habían echado de menos. Pensaban que habías pasado la tarde jugando al guá, tirando torpemente la peonza, o haciendo carreras de chapas en la arena de la plaza de la iglesia. Laika ya no estaba y nadie supo de tu hazaña hasta que un día se la contaste a tu padre cuando hiciste otra más peligrosa y osada. Pero esa es otra historia…

Recuerdos sueltos…

No se te olvida esa camioneta que te llevaba desde el barrio de la Alhóndiga en Getafe hasta la Glorieta de Embajadores en Madrid. No se te olvida ese recorrido por la carretera de Toledo, cuando Orcasitas te anunciaba la Plaza Elíptica y te removías inquieto en el asiento porque te quedaba poco para llegar. Y ya en la glorieta, entrabas enseguida en el Metro, línea 3, camino de la estación de Lista, línea 4, donde vivían tus abuelos maternos o de la estación de Estrecho, línea 1, donde vivían los padres de tu padre.

Y sí, recuerdas que tú de mayor querías ser conductor de Metro. Eras feliz cuando podías montarte en el primer vagón, delante del todo, y por un ojo de buey contemplabas como os adentrabais en el túnel, cómo os acercabais a los semáforos en rojo que casi siempre se ponían en verde antes de llegar y cómo la luz de la estación próxima aparecía tras una curva. Siempre te preguntabas cómo podía el conductor lograr que los vagones se detuvieran en el lugar exacto. Y luego estaba el auxiliar, que daba a la palanca para que la gente saliera y entrara, tocaba el pito para avisar que iba a cerrar las puertas con la misma palanca.

A mi madre siempre la preguntaban cómo era posible que me dejara ir solo a Madrid desde que cumplí nueve años. Pero yo era más feliz que una lombriz cuando hacía esos viajes. Disfrutaba casi tanto de ellos como de mi estancia en casa de unos abuelos y de los otros. Digo casi. No tanto. Porque no había nada como recibir un achuchón de la abuela María, de esos que te quitaba la respiración. Ni nada como ver al abuelo Luciano devorando su comida mientras miraba con ojos de pena el plato de arroz con leche que tú devorabas y que su diabetes le impedía probar. Y nunca podrás olvidar esos desayunos de pan con sopas de leche y azúcar que tu madre nunca te ponía para evitar que acabaras también siendo diabético.

Tampoco se te irá de la memoria, salvo que alguna enfermedad te la robe, la alegría contenida en el rostro de tu abuelo Juan cada vez que entrabas en su pequeña casa de Marqués de Leis. Sabías que era preludio de largas partidas de tute, en las que te regalaba multitud de ripios y dichos típicos del Madrid de siempre, del de la Verbena de la Paloma, del de un acento auténticamente chulapón, hoy ya prácticamente perdido. Y sigues viendo hoy las manos envejecidas de la abuela Angelita, la misma cuyo tono de voz te hacía sentirte especial y que fue el primer ser querido que viste partir hacia el encuentro con el Señor. Y con ellos, la tía Angelines, tu madrina. La que en una cocina de carbón hacía los mejores huevos fritos con patatas y el mejor pollo al ajillo del mundo. La que compraba en el mercado de Tetuán los filetes más tiernos de todo Madrid. La que te quería como al hijo que nunca tuvo.

La vuelta, en el mismo metro y la misma camioneta, no era tan feliz, pero tenía su encanto. Habías acumulado buenas sensaciones para afrontar la rutina diaria. Dormías feliz al querer y sentirte querido. Poco sabías entonces lo pronto que ibas a afrontar tu primer calvario. Pero es es ya otra historia.


Luis Fernando Pérez Bustamante

10 comentarios

  
Juan Mariner
Sobre el primero, "Hay más demanda que oferta", lo dijo un sabio; sobre el primero y el segundo, hay que prepararse bien para las frustraciones; sobre el tercero, no podemos perder nuestra estructura familiar como lo han hecho adrede los países nórdicos a base de subvenciones y subsidios a los jóvenes que han abandonado a sus padres y abuelos (y éste es el fin: de la familia sale todo lo bueno).

08/09/22 1:12 PM
  
Francisco de México
Muy agradable post: nostálgico, costumbrista, bellos relatos. En verdad tienes talento literario.
08/09/22 2:44 PM
  
Luis María Piqué Muñoz
Los Recuerdos de mi dorada y Feliz Infancia, hasta los 12 Años, son todos Buenos, magníficos, gracias al Amor y Ejemplo de mis 2 dulces y Santos Padres, el Jove y la Mestra. Una Sociedad mucho más ingenua y defensora de la Virtud preConcilio, muy Practicante, aunque No tan Creyente como se demostraría pocos Años después con el advenimiento de la satánica Democracia, llena de Princesitas, mujeres Castas y Puras ¡que han prácticamente desaparecido con el Infernal Nuevo Nazismo Feminista! ¡Ay, cómo añoro aquellos deliciosos y maravillosos Tiempos que no volverán ¡salvo en el Cielo, claro! ¡Viva la Ilusión! ¡Viva la Santidad! ¡Viva la Pureza! ¡Viva los Padres! ¡Viva Dios!
08/09/22 2:53 PM
  
clara
Preciosos y vívidos relatos. Gracias. Esperamos la siguiente entrega.
08/09/22 4:42 PM
  
Juancho de Argentina
Gracias Luis Fernando por este relato, que nos lleva a tantos a nuestros años de infancia. Bien escrito y se nota que sale del corazón. Esperamos la proxima entrega!
08/09/22 10:08 PM
  
Maria M.
Qué relatos más bonitos!!!, qué bien escritos!!!...Muchas gracias por compartirlos.
08/09/22 10:56 PM
  
Miguel
Qué bueno leer esto. Gracias, Luis. Fuerte abrazo.
09/09/22 2:44 AM
  
Fulgencio
Poesía en prosa, don Luis Fernando. Muy hermoso.
09/09/22 2:54 PM
  
Enrique
Me gusta mucho lo que escribe de su infancia, es muy bonito. Se nota que transmite desde el corazon. Hasta cierto punto me recuerda la mia en el Levante español. Espero los siguientes posts. Un saludo
09/09/22 8:11 PM
  
Theodosius Hispania
D. Luis Fernando, gracias por compartirlo. Llegan adentro.
Dios le bendiga.
Vale.
09/09/22 9:50 PM

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