La batalla cultural de los padres en la Educación

La batalla cultural de los padres en la Educación

Isabel Celaá, la exministra socialista de Educación, declaró: «No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres»

En la batalla cultural con la Ideología de Género ésta presenta dos problemas muy serios en cuanto a la educación afectivo-sexual: 1) ¿Corresponde al Estado o a los padres dar esa educación?, y 2) ¿Según la ideología de género, cuáles son los contenidos propios de esa educación?

Isabel Celaá, la exministra socialista de Educación, declaró: «No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres». Ante todo debo decir que por supuesto los niños no pertenecen a los padres, porque ni son objetos, ni son animales de los que uno puede decir: «son de mi propiedad». En el caso de los niños indudablemente ningún ser humano pertenece a otro, y así los niños no son posesión o propiedad de los padres, pero sobre ellos los padres tienen la patria potestad, lo que conlleva las cargas de cuidarles, alimentarles y educarles, como afirman tanto la Constitución en su artículo 26-3 como la Declaración de Derechos Humanos en el artículo 27-3, con el objeto de lograr el mayor bien del niño. Pero por supuesto si los niños no son de los padres, muchísimo menos son de cualquier otro, incluido muy especialmente el Estado.

Es evidente que donde está mejor un niño es en una familia normal, con un padre y una madre que se quieren y aman a su hijo. La Asociación Española de Pediatría es contundente: «Un núcleo familiar con dos padres o dos madres es, desde el punto de vista pedagógico y pediátrico, claramente perjudicial para el armónico desarrollo y adaptación social del niño» (La Razón 4-VI-2003, 27). La Congregación para la Doctrina de la Fe nos dice: «Como demuestra la experiencia, la ausencia de la bipolaridad sexual crea obstáculos al desarrollo normal de los niños eventualmente integrados en estas uniones. A éstos les falta la experiencia de la maternidad o de la paternidad»(31-VII-2003, nº 7). Benedicto XVI señala en la Exhortación Apostólica «Sacramentum Caritatis», entre los valores fundamentales innegociables: «la libertad de educación de los hijos» (nº 83)».

Los padres son, en efecto, los protagonistas y primeros responsables de esta educación. Mientras que la enseñanza promueve los conocimientos necesarios para la vida, en especial para el ejercicio de la profesión, la educación cultiva la capacidad del individuo para desenvolverse en la vida como persona, lo que depende sobre todo de la familia. El hogar, además de ser el sitio donde cada uno es querido por sí mismo, es el lugar apropiado para la educación en la virtud. La educación simultánea de amor y renuncia es de gran importancia para la vida. Educar es comunicar que hay valores, especialmente el valor del amor, que hacen que la vida tenga sentido. Entre estos valores está una religiosidad bien orientada, con la que el niño se inicia en el amor a Dios y a los demás, y el evitar comportamientos peligrosos. Son los padres quienes enseñan los modelos básicos de conducta, especialmente a través de su comportamiento y actitudes, es decir con su testimonio. Los niños aprenden imitando a sus padres, por lo que los valores o falta de valores de éstos repercuten en ellos. La vía del menor esfuerzo no conduce a la maduración y reduce el ámbito de la libertad.

Los sentimientos y las manifestaciones de amor hacia sus hijos no se producen de la misma forma en el padre y en la madre. El amor materno se preocupa más de las necesidades inmediatas del hijo y es más tierno, pero también los padres cuidan de ellos, aunque su amor es menos reconocido, y se ocupan de su bienestar y futuro.

Padres y educadores debemos colaborar en la formación de los niños y los padres no deben caer en la tentación de desentenderse delegando en la escuela, pues la tarea fundamental de educar es de ellos y no de la escuela. «La educación consiste en que el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda ser más y no sólo que pueda tener más» (san Juan Pablo II, Discurso en la UNESCO, 1980).

En las relaciones con los padres, los hijos solemos pasar por tres épocas: en la infancia mis padres son dioses, en la adolescencia no tienen ni idea de nada, luego pensamos qué grandes personas erannuestros padres. Ojalá descubramos pronto qué grandes personas sonlos padres.

 

Pedro Trevijano

 

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