Increencia

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El Diablo intenta seducirnos con sus tres grandes leyes o principios: «haz aquello que quieras, no debes obedecer a nadie, sé tu propio dios»

Según el Padre Amorth, que fue un maestro de exorcistas, el Diablo intenta seducirnos con sus tres grandes leyes o principios: «haz aquello que quieras, no debes obedecer a nadie, sé tu propio dios». El primer principio intenta aparentemente conceder una plena libertad a sus secuaces, con una libertad sin límites ni frenos que nos hace esclavos de nuestras pasiones y trata de suprimir nuestra responsabilidad. El segundo principio anula el ejercicio de la autoridad, por lo que la persona se siente autorizada a no obedecer ni hacer caso a sus padres, a la Iglesia, al Estado o a cualquier otro que intente, incluso en nombre del bien común, reconducirle. El tercero niega todas las verdades que vienen directamente de Dios: el cielo, el infierno, el juicio, el purgatorio, los diez mandamientos, María etc.

Además hoy en día muchos poderosos de este mundo están al servicio de Satanás y se han propuesto destruir la fe, la vida, el matrimonio, la familia y los valores humanos y cristianos. Como dice el cardenal Sarah: «Los bárbaros ya no están a las puertas de la ciudad ni al pie de las murallas: ahora ocupan influyentes cargos de gobierno. Hacen las leyes y moldean la opinión, alimentados con frecuencia por un auténtico menosprecio de los pobres y de los débiles» (»Se hqce tarde y anochece» p. 189). En ellos anida un odio al Cristianismo, porque en la lucha entre el Bien y el Mal, la neutralidad es imposible. O uno toma el Partido de Dios, o algo identificable con Él, como puede ser el Amor, la Verdad, el Bien, la Justicia, u opta contra Él.

En una guerra, cuando uno abandona una posición, ésta ordinariamente es ocupada por el enemigo. Somos criaturas de un Dios que nos ama y busca nuestro Bien. Pero si le rechazamos, si no aceptamos ni la naturaleza que hemos recibido, ni sus leyes, que no son otra cosa sino las instrucciones que recibimos para poder desarrollar nuestra personalidad y alcanzar así nuestra felicidad, en ese caso el abismo del pecado se abre ante nosotros y como nos dice San Juan: «¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo» (1 Jn 2,22). Eso es lo que sucede al no creyente.

Tenemos un ejemplo claro de esto en la narración del pecado original. La serpiente tienta a Eva con dos cosas en sí buenas: «tendréis sabiduría y seréis como Dios», tan buenas que es lo mismo que nos ofrece Dios, pero por el camino opuesto: no el de la rebelión contra Dios, sino el del amor y la unión con Él. El resultado de esta rebelión es el desastre de intentar edificar una Sociedad prometiendo un paraíso terrenal sobre la base de un ser humano que no existe, porque se niega nuestra realidad y naturaleza con el resultado de los cien millones de muertos del comunismo y las burradas y disparates de la ideología de género.

Y a un nivel más individual en el catecismo Astete se nos decía que los enemigos del alma eran el mundo, el demonio y la carne. San Juan nos recuerda. «Si alguno ama el mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero-, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo» (1 Jn 2,15 b-16). Entre las fuentes de pecado más importantes está el relativismo, con su negación de la Ley Natural y sus consecuencias de hedonismo y de negación de la naturaleza, con lo que queda la puerta abierta a todos los disparates, la reducción de la sexualidad al placer y el afán del dinero, del que Jesús nos advierte. «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24) y una de las frases más afortunadas que he leído sobre ello es ésta: «Bienaventurados los que dan al dinero su valor, pero sólo su valor».

En pocas palabras, el no creyente no quiere saber nada de Dios, que es Amor y es quien puede darnos la felicidad. Al rechazar a Dios, los no creyentes se alejan del amor, que es la fuente de la felicidad. Dios quiere nuestra felicidad eterna, pero respeta nuestra libertad y la decisión que tomemos. Pidámosle que no seamos tan insensatos como para rechazar nuestra felicidad eterna, pero que también ayudemos a abrir los ojos de los ciegos a la fe.

 

Pedro Trevijano

 

3 comentarios

pedro de Madrid
Son muchos los enemigos de Dios, la TV, las revistas,prensa, cine, teatro, literatura, el capital, publicidad descarada, los políticos con sus leyes inícuas etc. que machaconamente programan atrayendo al que carece de una formación básica impuesta por la actual enseñanza e incluso la iglesia y esto nos lleva a mal fin. No nos queda más que oración y penitencia para que el Todopoderoso se apiade de nosotros. Don Pedro y compañeros de INFOCATOLICA ¡¡¡Adelante!!!
6/01/21 2:12 PM
Sacapuntas
El primer párrafo no sé si es de Amorth o de Trevijano, pero me parece genial
9/01/21 3:10 AM
Cristóbal
Gracias Padre.
El Señor nos ayude a no caer en la tentación.
Un saludo.
10/01/21 11:39 AM

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