Cristo me amó y se entregó por mi

Cristo me amó y se entregó por mi

En 1982, el diario madrileño ABC encargó al Padre Antonio Royo Marín, O.P. un artículo para su publicación el Viernes Santo 9 de abril.

«Y cuando yo sea elevado sobre la tierra,
atraeré a todos hacia mi»
(Jn 12, 32).

Parecía que al Señor no le era suficiente el haberse encarnado y arrostrar las penalidades de la carne mortal, que no del pecado; toda su juventud de entrega en su casita de Nazaret con sus padres, y toda su vida pública parece que no le es suficiente para llegar a toda la humanidad, para que su voluntad redentora alcanzase a todos y cada uno de nosotros, saltando las distancias y el tiempo.

Según sus propias palabras, era necesaria la cruz para culminar su misión redentora. No había salvación sin cruz, no había amor sin sacrificio. Y nadie podía interponerse en ese designio redentor, puesto que nadie tenía la autoridad suya de perdonar los pecados a la humanidad entera, constituyéndose en Sumo y Eterno Sacerdote.

«Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21). Es Él mismo elevado en la cruz el faro seguro del navegante, la luz que ilumina en las tinieblas ya para siempre: «Yo he venido al mundo como luz» (Jn 12, 46).

En 1982, el diario madrileño ABC encargó al Padre Antonio Royo Marín, O.P. un artículo para su publicación el Viernes Santo 9 de abril.

Como fondo del artículo apareció impresa la imagen del Cristo de la Clemencia de la Catedral de Sevilla, obra del insigne alcalaíno Juan Martínez Montañés; y el P. Royo, con toda su didáctica fluida y cautivadora decidió escribir sobre la ciencia divina de Jesús en la Cruz. Nada más y nada menos.

«Cristo es el Redentor Universal de toda la humanidad… Pero hay un aspecto importantísimo de esta Redención universal al que la mayoría de los hombres no le dedica la atención especialísima que merece por su soberana trascendencia. Me refiero al hecho impresionante de la aplicación individual, personalísima a cada uno de nosotros en particular, realizada por el mismo Cristo desde lo alto de la cruz.»

A continuación, pasaría a explicar cuál era el conocimiento que Cristo tuvo a lo largo de toda su vida y cómo tendría que influir en nuestra Redención. La teología católica enseña que Cristo gozaba de cuatro ciencias en su entendimiento divino y humano:

- Ciencia divina, por la que al ser Dios gozaba de un conocimiento inmediato y directo de todas las cosas pasadas, presentes y futuras. Gracias a esta ciencia divina, la oración de Cristo es efectiva para cada uno de nosotros y por ella la Redención nos alcanza a todos.

Dios lo ve todo y en todos los tiempos con una sola intuición inmediata, en un solo instante que se haya fuera del tiempo. Y así su mirada abarca toda la creación hasta en sus más ínfimos detalles como en un solo golpe de vista.

- Ciencia beatífica, o visión beatífica, que es la que gozan los bienaventurados en el cielo y los ángeles glorificados. Es la manera en la que los salvados contemplan a Dios según el mérito de cada uno y su predestinación. La llamamos visión, pero entonces no serán sólo los ojos los que perciban a Dios, sino que la naturaleza humana entera se transformará como el hierro puesto al fuego y conocerá a Dios como Él es y en la medida que Él lo estime necesario para nuestra felicidad.

Cristo gozó de esta visión aquí en la tierra, como Santo entre los Santos.

- Ciencia infusa, que es la que poseen los ángeles en estado de prueba, ciertos santos favorecidos aquí en la tierra, las almas del purgatorio y los condenados. Es un conocimiento de Dios más intuitivo que real, como a través de un velo que oculta sustancialmente el rostro de Dios y que lo que revela de Él lo hace para evocarnos la pérdida sufrida más que para su goce fruitivo.

Incluso los condenados al infierno tienen una cierta visión de Dios que, de manera análoga a las almas purgantes (aunque no igual) les hará darse cuenta de cómo es el Amor que se les oculta por sus pecados y que perdieron (irremisiblemente los condenados, temporalmente las almas del purgatorio).

Esa percepción del Amor de Dios inalcanzable será probablemente la pena más atroz que pueda experimentarse por una criatura y sobre la que tendríamos que reflexionar para procurar a toda costa la salvación y la expiación terrenal de nuestros pecados.

- Ciencia humana, que es la que adquirimos todos los seres humanos mediante nuestros sentidos y nuestro entendimiento, la que nos capacita para desenvolvernos en este mundo, con sus leyes.

La primera de ellas la poseía en plenitud por no poder admitir grados; mientras las otras tres las tenía Cristo en toda su extensión y en grado sumo sin sombra alguna de defecto o carencia.

«Ahora bien, en virtud de esa ciencia divina que abarca y se extiende a todo cuanto existe o puede existir hasta en sus detalles más nimios e individuales, Cristo clavado en la cruz nos tuvo presentes a cada uno de nosotros en particular, como si en todo el universo no existiera más que una sola persona y sólo por ella estuviera realizando su sacrificio redentor

Desde Adán, pasando por todos los justos del Antiguo Testamento y todo el resto de la humanidad futura, Cristo nos tuvo presente individualmente y por cada uno se sacrificó sin excepción.

«Por eso cuando pronunció su primera Palabra: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ (Lc 23, 34) no se refería únicamente a los que en aquel momento le estaban crucificando, sino que extendió su mirada a través de todos los siglos y se fijó expresamente en cada uno de nosotros en particular

Cristo al pedir perdón por sus verdugos, estaba también pidiendo perdón por cada uno de nosotros desde la Cruz, estaba ejerciendo su función sacerdotal aplicando su sangre derramada por nuestros pecados. Y es en la Cruz donde pide al Padre perdón por nosotros para unir su propio sacrificio al perdón que nos otorga.

«En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.» (Hb 9, 11-12).

«El hecho impresionante de que Cristo Redentor pensó en cada uno de nosotros en particular y por cada uno fue derramando gota a gota toda la sangre de sus venas, llenaba de pasmo y de admiración al gran apóstol San Pablo que exclamaba con los ojos arrasados en lágrimas: ‘¡Me amó y se entregó a la muerte por mí!» (Gal 2,20). Todos y cada uno de nosotros debemos y podemos repetir estas mismas palabras con el mismo derecho y admiración de San Pablo».

Cristo lo dio todo por mí, por cada uno de nosotros individualmente. Dio su sangre que es la que nos da la vida a los hombres. Sin sangre no podemos vivir. Y la derramó por todos y cada uno: Cristo Nuestro Señor cambió su sangre por la nuestra, su vida por la nuestra.

«Este hecho colosal que consta teológicamente con toda evidencia y ha sido proclamado expresamente por la divina revelación a través de San Pablo, debería llenar nuestro corazón de una gratitud inmensa hacia nuestro adorable Redentor y constituir el acicate más poderoso para tratar de corresponder con todas nuestras fuerzas a la inmensidad de su amor».

Cuando el Arcediano de la Catedral de Sevilla, Mateo Vázquez de Leca encargó en 1603 la hechura de la imagen de un Cristo para su oratorio particular, el de la Clemencia, le hizo la advertencia al imaginero «que el dicho Cristo crucificado ha de estar vivo antes de haber expirado, con la cabeza inclinada sobre el lado derecho, mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie de Él, como que está el mismo Cristo hablándole y como quejándose de que aquello que padece es por el que está orando....

Un Cristo vivo, cuyo corazón palpita de amor, con el alarde del artista de sujetarlo a la cruz solo por los clavos de manos y pies e inclinando su cuerpo exageradamente hacia adelante como el que busca con ahínco al pecador arrepentido a sus pies.

Él subió a la cruz para darnos la gloria que no merecíamos, para dárnosla a cada uno de nosotros en particular, para que lo que Adán nos quitó torpemente como humanidad, él nos lo devolviera a cada una de nuestras almas individualmente; y así nada ni nadie nos lo podría volver a arrebatar, porque Él lo hace todo perfecto.

Bajo la mirada clemente de ese Cristo vivo crucificado, que te mira a los ojos, es cuando mejor podemos exclamar desde el fondo de nuestro corazón: ¡Me amaste y te entregaste a la muerte por mí!

 

2 comentarios

Ricardo Rodrigues
Que bella imagen ! E Belisima reflexione del Fray pe. Royo Marin. Rezo siempre una oración hecha por el: Consagración ao Espíritu Santo. Muy profunda extraída de su libro "El Gran desconocido."
Que puedamos pedir ao Cristo de La Clemecia su intercesión por nosotros ante estes dias oscuros!!
10/04/20 9:32 PM
Luis López
Ante la Persona y la acción de Cristo, las palabras humanas de gratitud son insuficientes.

Y todo amor que le mostremos será siempre poco, hasta el punto que le pedimos a Dios que nos dé la gracia de poder amarle más de lo que permiten nuestras fuerzas y nuestro entendimiento y voluntad humanas.
10/04/20 9:48 PM

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