Una Navidad religiosamente alegre

Por más que digan, la Navidad no empieza en el Corte Inglés. La osadía de los publicitarios es ilimitada. La Navidad comienza en el corazón de Dios, en el amor de la santa Trinidad. El texto del evangelio de san Juan que leemos hoy en la Misa es, sin duda, uno de los textos más solemnes y más grandiosos de la literatura universal. Vale la pena que todos los cristianos lo leamos despacio en casa hasta que se levante en nuestro corazón una oleada de gratitud y de alegría.

Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, no quisieron dejarnos solos. Saben mejor que nosotros lo complicado de nuestra vida, conocen nuestra fragilidad, por eso quisieron estar cerca de nosotros para ayudarnos a vivir nuestra humanidad con acierto y con paz. Me gusta pensar en la Encarnación del Hijo de Dios como el gesto de ternura de una madre cuando se inclina sobre la cuna de su hijo para cogerlo en sus brazos. Dios se inclina hasta nuestro mundo, nos coge en sus brazos en la humanidad de su Hijo Jesús, para hacernos a todos hijos en su Hijo. La Navidad es el desbordamiento de la ternura y de la compasión de Dios hacia nosotros. “Ha aparecido la humanidad de nuestro Dios”.

La presencia de Jesús en nuestro mundo ilumina definitivamente la oscuridad de nuestra vida. Sabemos quiénes somos, de donde venimos y a donde vamos. La Navidad es la respuesta a las preguntas más hondas y más persistentes que se levantan en nuestro corazón. En Belén aprendemos la suprema lección de la vida, ante este gesto de Dios sabemos que el valor supremo de la vida es la bondad, el amor, el servicio humilde y verdadero. Si Dios es bueno con nosotros, todos tenemos que ser buenos unos con otros. Dios nos enseña a vivir amablemente. Y nos tranquiliza al saber que nuestro más allá, nuestro futuro definitivo, es vivir eternamente en sus brazos, en el gozo de su gloria.

Pero la Navidad no es un idilio. No es una novela rosa. “Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron”. Y porque muchos no le recibieron terminó su vida en la cruz. Y porque muchos no le han recibido, sigue habiendo en el mundo injusticias y padecimientos. En contraste con la luz de la Navidad y con la ternura de Belén, resaltan más y duelen más las injusticias y los dolores del mundo, las guerras, la pobreza, las enfermedades evitables, las mil clases de violencia, la degradación de la vida en tantas personas, en tantas familias.

Es un verdadero misterio, esta obstinación de los hombres, y de las mujeres, de nuestro mundo en no recibir a Jesús, en no aceptar la verdad de Dios, la mano tendida de su Amor. Jesús no vino a un mundo de justicia, sino a un mundo oscuro y endurecido por el orgullo y las ambiciones. Detrás de las alegrías de Belén se perciben ya las sombras del Calvario. Pero al final está la luz definitiva de la resurrección. Este Señor que viene ahora en la fragilidad indefensa de un niño, vendrá en gloria y en poder como Señor y Juez del mundo. Lo quieran o no, él es el Rey de reyes, el Señor de los señores, el Príncipe de la paz, el Primero entre muchos hermanos de todos los pueblos del mundo.

Para los cristianos, la Navidad es un día de agradecimiento, de piedad, de inmensa y serena alegría. Dios está con nosotros, podemos contar siempre con su presencia, con su cercanía, con su amor de Padre y de hermano. Desde entonces el mundo es diferente. Para siempre. Navidad es también un día de fraternidad. Haciéndose hermano nuestro, Dios nos ha hecho a todos hermanos. Tenemos que vivir seriamente este mensaje de la fraternidad. Dios se ha hecho padre y hermano de todos, nos ha reunido a todos en una sola familia. Los cristianos tenemos que ser testigos y misioneros de esta fraternidad universal. Con los que están cerca y con los que están lejos. Y por último, Navidad ha de ser también un tiempo de misión. Todo esto que nosotros sabemos y vivimos en este día, se lo tenemos que contar a nuestros hijos, a nuestros amigos. Hay que cambiar el tono de este día. Tenemos que conseguir que la Navidad vuelva a ser un día religioso, una fiesta verdadera, en la que todos estamos alegres, pero sabiendo por qué y viviendo de verdad, sobriamente y serenamente, el gozo de nuestra salvación.

3 comentarios

  
Ricardo de Argentina
Es un verdadero misterio, esta obstinación de los hombres, y de las mujeres, de nuestro mundo en no recibir a Jesús, en no aceptar la verdad de Dios, la mano tendida de su Amor.
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Ciertamente Monseñor, esta parte tan evidente del Misterio de Iniquidad que Usted menciona, está detrás del laicismo y del éxito que hoy cosechan políticamente los enemigos de la Iglesia, mientras desoyen a los santos. Si no fuera así, los heterodoxos que pululan infiltrados y los enemigos que asedian desde afuera, no tendrían los apoyos y la impunidad que ahora tienen.
25/12/09 11:57 PM
  
coonchi
"El señor vine ahora en la fragilidad e indefensa de un niño un niño,vendrá en gloria y en poder ,como Señor y Juez del mundo".

Monseñor,si, hay tanta incultura que se ríen y pasan de todo.El materialismo de esta sociedad, de globalización está destruyendo todo, a su paso.¡Ojalá! que el Señor cambie los "corazones de piedra".Ya y ahora.Tendrá que haber algo que resurja de nuestras raíces y renazcan las ideas,que cambien el mundo en que vivimos.Hay bastantes tinieblas que no dejan ver La Luz.¡Feliz Navidad!.Rece por nosotros,Monseñor.
26/12/09 12:33 AM
  
Mar
Es muy bonita y apropiada para leer en este tiempo, La Contemplación de la Encarnación de San Ignacio.
26/12/09 2:13 PM

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