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16.10.19

La guerra del demonio contra la belleza sacral del canto litúrgico según Santa Hildegarda

Icono de Santa Hildegarda, Abadía de Beuron 1930

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue una abadesa benedictina, compositora, escritora, filósofa, mística, fundadora, médica y profetiza alemana. Considerada una de las personalidades más influyentes, polifacéticas y fascinantes de la Baja Edad Media y de la historia de Occidente, es también de las figuras más ilustres del monacato femenino de los mejores ejemplos del ideal benedictino,al estar dotada de una inteligencia y cultura fuera de lo común, comprometida con la reforma gregoriana y al ser una de las escritoras más fecundas de su tiempo. Además es considerada por muchos expertos como madre de la historia natural.

Le medievalista Régine Pernoud, en su obra biográfica “Hildegarde de Bingen, conscience inspirée du XII siècle” (Editada en francés por Editions du Rocher, 1994) cita una carta dirigida a los Prelados de Maguncia, la cual hemos querido traducir y transcribir en este post para nuestros lectores. Los destacados y la misma traducción son nuestros.

El contexto de la presente epístola es la sentencia de interdicción que el Monasterio fundado por Santa Hildegarda había sufrido por parte del Obispo de Maguncia, al negarse la Abadesa a obedecerle en el mandato de desenterrar un muerto enterrado en el cementerio de la Abadía. Este había sido un pecador público, pero que había fallecido reconciliado con la Iglesia según las mismas monjas pudieron constatar en sus últimos momentos. La sentencia de interdicción prohibía la celebración de la Santa Misa y la celebración solemne del Oficio Divino dentro de la Iglesia abacial.

He aquí la carta, luminosa y profética como toda la obra de esta gran mística.

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30.08.19

Jesús, la soledad y el Sagrado Corazón

Cristo de Rublev (+1430)

A modo de brevísimo post, compartimos con nuestros lectores ´dos bellas oraciones antiguas a Jesucristo, Esposo de la Iglesia y de las almas. La primera oración es de un autor anónimo, y la segunda es atribuida a San Agustín:

Jesús,
mi soledad,
mi deseo y mi sed,
mi sólo silencio,
la aurora de mi canto. 

Tú me vuelves a mi mismo,
y me alimentas de tu Faz.

Y tiernamente, por la apertura de tu Corazón,
las olas de tu voz se expanden
tejiendo el pan de mi morada. 

Y otra oración:

“Tú eres, Cristo, mi Padre santo, mi Dios piadoso, mi Rey grande, mi pastor bueno, mi maestro único, mi ayuda óptima, mi hermosísimo amado, mi pan vivo, mi sacerdote para la eternidad, mi guía para la patria, mi luz verdadera, mi dulzura santa, mi camino recto, mi sabiduría preclara, mi simplicidad pura, mi concordia pacífica, mi custodia completa, mi porción preciosa, mi salvación eterna. Amén". 

21.08.19

El castigo de los que no aman la verdad- Miguel Angel Fuentes, IVE

La flagelación de Cristo, Anton Raphael Mengs (1728-1779)

Continuamos con la segunda parte de la ponencia del Padre Miguel Angel Fuentes IVE, acerca del amor a la verdad. Imperdible para la reflexión y oración personal, de cara a los tiempos que vivimos.


Nuestro tiempo es el tiempo de las grandes mentiras. De las mentiras institucionalizadas, divulgadas masivamente. El tiempo de las mentiras sobre Dios, sobre el mundo y sobre el hombre. Es el tiempo del “poder” de la mentira. De la seducción de la mentira. De la “mentira” y de la “capacidad de mentir” entendidas como sinónimo de política, de periodismo, de manejo de masas, de comercio o de diplomacia (incluso eclesiástica), calzándole muy exactamente la descripción que Jeremías hacía de su tiempo:

¡Quién me diese en el desierto una posada de caminantes, para poder dejar a mi pueblo y alejarme de su compañía! Porque todos ellos son adúlteros, un hatajo de traidores que tienden su lengua como un arco. Es la mentira, que no la verdad, lo que prevalece en esta tierra. Van de mal en peor, y a Yahveh desconocen. ¡Que cada cual se guarde de su prójimo!, ¡desconfiad de cualquier hermano!, porque todo hermano pone la zancadilla, y todo prójimo propala la calumnia. Se engañan unos a otros, no dicen la verdad; han avezado sus lenguas a mentir, se han pervertido, incapaces de convertirse. Fraude por fraude, engaño por engaño, se niegan a reconocer a Yahveh” (Jer 9,1-5)

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9.08.19

La verdad que salva es la verdad amada, no meramente conocida-M.A .Fuentes,IVE

La crucifixión, Fra Angelico (+1455)

Con su amable autorización, compartimos a continuación con nuestros lectores la primera parte de una magnífica ponencia del Padre Miguel Angel Fuentes, IVE, acerca del tema del amor a la verdad, que venimos tratando desde nuestro anterior post. Los destacados en cursiva y negrita son nuestros. Viene a completar muy bien nuestra anterior reflexión. Esperamos será para provecho de muchos.


Hay un texto muy sugestivo en la segunda epístola a los Tesalonicenses (2,8-12). Dice así:

“Entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida. La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado (eo quod caritatem veritatis non receperunt ut salvi fierent). Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad”.

¿A quiénes se refiere el texto? Son “los que han de ser engañados y se han de condenar”. ¿Quiénes son estos? Puntualmente sólo Dios los conoce a cada uno pero se los caracteriza por algo común a todos: son los reos del pecado de desamor por la verdad.

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13.03.18

La virtud cuaresmal por excelencia

La Magdalena, Guido Reni, 1642

En este santo y bendito tiempo de Cuaresma, hemos transcrito para nuestros lectores algunos pasajes de la obra del beato Columba Marmion, “Jesucristo, ideal del monje”. Todos los pasajes pertenecen al Capítulo VIII: “La compunción del corazón”. En la tradición monástica, el tema de la compunción es no solo recurrente, sino verdaderamente esencial. Es por la contrición del alma (un corazón quebrantado y humillado, tu no lo desprecias, dice el Salmo 50) por donde caminamos retornando hacia nuestro Padre. Es, como lo dice el título de este post, la virtud cuaresmal por excelencia, algo que debemos pedir en la oración y procurar en cuanto nos sea posible, a través de la práctica de la humildad interior, el examen de conciencia y la fidelidad a la acción de la gracia en nuestras vidas. He aquí los textos del gran Abad benedictino Dom Columba, cuya lectura de sus obras recomendamos vivamente. Los destacados son nuestros.


 “El espíritu de compunción es precisamente el sentimiento de contrición, que domina de un modo permanente en el alma. Constituye al alma en un estado habitual de odio al pecado; por los movimientos interiores que provoca, es medio eficacísimo contra las tentaciones.

 La compunción, como verdadera fuente de humildad y generosidad, induce al alma a aceptar sin reserva la voluntad divina, en cualquier forma que se manifieste, y a pesar de todas las pruebas a que la someta… Por el amor tan gravemente ofendido se somete de buen grado a cualquier contrariedad por dura y penosa que sea; y en ello encuentra además una fuente inagotable de méritos.

 Este sentimiento es también origen de viva caridad para con el prójimo. Si en nuestros juicios somos severos y exigentes con los otros, si descubrimos con ligereza las faltas de nuestros hermanos, carece nuestra alma del sentimiento de compunción, porque el alma que lo posee ve en sí misma los pecados y debilidades de que adolece, se contempla tal como es delante de Dios, lo cual basta para destruir en ella el espíritu de vanagloria y hacerla indulgente y compasiva con los demás.

 Otro fruto, y de los más preciosos, del espíritu de compunción, es el fortalecernos contra las tentaciones…Las tentaciones sufridas pacientemente son fuente de méritos para el alma, y ocasión de gloria para Dios; porque el que responde con constancia a la prueba acredita la potencia de la gracia.

 No nos amilanemos, pues, en la tentación, por frecuente y violenta que sea. Es una prueba, y Dios la permite para nuestro bien. Por fuerte que sea, no es un pecado mientras no nos expongamos voluntariamente a sus instigaciones y no consintamos en ella. Sentiremos tal vez su atractivo, su deleite; pero mientras la voluntad no ceda estemos tranquilos, porque Jesucristo está con nosotros y en nosotros.

El santo Patriarca sabía, pues, por experiencia lo que era la tentación, y cómo se la resiste. Ahora bien, ¿qué nos aconseja? Empleando el lenguaje de su ascesis, diremos que nos provee de tres «instrumentos» para combatir: «Velar a todas horas sobre la propia conducta; estar firmemente persuadidos de que Dios nos está mirando en todo lugar; estrellar en Cristo, sin demora, los malos pensamientos que nos sobrevengan».

Nada hay tan peligroso para el alma como una familiaridad de mala ley en nuestras relaciones con el Señor; y la compunción nos libera de ese peligro, porque, como dice el padre Fáber, nos lleva a aprovechamos mejor de los sacramentos, porque nos mueve a recibirlos con más humildad y arrepentimiento, con más vivo sentimiento de nuestras necesidades.

No son, ciertamente, nuestras fragilidades, las flaquezas de alma y cuerpo, las que ponen óbice a la gracia… lo que paraliza la acción de Dios en nosotros es el aferrarse al propio criterio, al amor propio, la fuente más fecunda de infidelidades y faltas deliberadas.

No hemos de creer que el gozo esté ausente del alma contrita: todo al contrario. Excitando el amor, avivando la generosidad, fomentando la caridad, la compunción nos purifica más y más, nos hace menos indignos de unirnos a nuestro Señor; nos da seguridad de perdón y confirma la paz del alma. De esta manera no disminuye en nada la alegría espiritual ni el encanto de la virtud, sino que lo acrecienta.

Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje, Cap. VIII