XXIV. La gracia de la oración

Vocación universal a la oración

            No es casual que el Catecismo de la Iglesia Católica dedique su carta y última parte a la oración, porque, en su primer capítulo, se lee en su título: «La llamada universal a la oración». Además, comienza con el siguiente párrafo: «El hombre busca a Dios. Por la creación Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. Coronado de gloria y esplendor (Sal 8, 6), el hombre es, después de los ángeles, capaz de reconocer ¡qué glorioso es el Nombre del Señor por toda la tierra! (Sal 8, 2). Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio de esta búsqueda esencial de los hombres (Cf. Hch 17, 27)»[1].

            Todo hombre busca a Dios, porque, como se indica en el siguiente párrafo: «Dios es quien primero llama al hombre. Olvide el hombre a su Creador o se esconda lejos de su faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la actitud del hombre es siempre una respuesta»[2].

            El Catecismo expresa directa y exactamente la doctrina del concilio Vaticano II. En la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,  se lee: «Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina»[3]. Lo hace con su gracia, con la llamada gracia suficiente, porque como se dice en el párrafo anterior: «La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios»[4].

            En otro documento conciliar, la Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina revelación, al empezar a tratar el tema de la fe, se precisa: «Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón  y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad»[5].

            En  uno de los párrafos del Catecismo, se expresa otra necesidad humana conexionada a la de buscar a Dios: la de orar, que es efecto de la gracia[6]. Después de citar al Doctor de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, patrono de los predicadores, para mostrar que siempre es posible orar[7], se dice en el párrafo siguiente: «Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (Cf. Ga 5, 16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él? “Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil (…). Es imposible (…) que el hombre (…) que ora (…) pueda pecar” (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5). “Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente” (San Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1, c. 1)»[8].

           

Necesidad de la oración

            En la obra Del gran mezzo della preghiera (1759) del también Doctor de la Iglesia, San Alfonso María de Ligorio, citada en el Catecismo, afirma, en su introducción, que la oración es «un medio seguro y necesario para obtener la salvación y todas las gracias que para ello se precisan»[9].

            Confiesa, por ello, en este mismo apartado introductorio, que pide al lector de la obra que: «Agradezca al Señor, que, por medio de este libro mío, le conceda la gracia de hacerlo todo con una mayor reflexión sobre la importancia de este gran medio de la oración; ya que todos aquellos que se salvan –hablo de los adultos- ordinariamente se salvan gracias a este único medio. Por eso digo que agradezca a Dios, mientras dure una misericordia excesivamente grande como es la que ejerce hacia aquellos que de Él reciben la gracia de la oración»[10].

             Comienza el capítulo primero, titulado «De la necesidad de la oración», con la  referencia de los que negaban la existencia de la «gracia de la oración» y su eficacia. «Había sido un error de los pelagianos el decir que la oración no es necesaria para conseguir la salvación». Por el contrario: «Son muy claros los pasajes de la Escritura que nos hacen ver la necesidad que tenemos de orar, si queremos salvarnos. “Es preciso orar siempre i no desfallecer” (Lc 18, 1), “Velad y orad para no caer en tentación” (Mt 26, 4), “Pedid y se os dará” (Mt, 7, 7)».

            Advierte seguidamente que, por una parte: «Las susodichas palabras, es preciso, rezad, pedid, significan y denotan –como quieren comúnmente los teólogos– precepto y necesidad»[11].

           Por otra parte, sobre la necesidad de la gracia de la oración, que: «La razón es clara. Sin el socorro de la gracia, nosotros no podemos hacer ningún bien.”Sin  Mi, no podéis hacer nada” (Jn, 15, 5). Nota San Agustín[12], a propósito de estas palabras, que Jesucristo no dijo “nada podéis cumplir”, sino “no podéis hacer nada”. “No dice cumplir, sino hacer”. Así nos da a entender nuestro Salvador que nosotros, sin la gracia, ni tan sólo podemos a comenzar a hacer el bien».

            Uno de los argumentos, que da para mostrar esta necesidad de la gracia, es el siguiente: «El Señor a unos animales les ha dotado de ligereza, a otros de uñas y a otros de alas para que suban, y así conservarse en su ser: el hombre, en cambio,  fue formado por Dios en tal condición, que Él solamente su fuerza. El hombre, por tanto, es de hecho impotente para procurarse por sí mismo su salvación, desde el momento que Dios ha querido que todo cuanto tiene y puede tener lo recibe merced tan sólo a la ayuda de su gracia»[13].

            San Alfonso lo confirma al notar que «lo mismo enseña Santo Tomás»[14] y cita el siguiente texto: «Después del bautismo le es necesario al hombre la asidua oración para lograr la entrada en el cielo; pues, si bien por el bautismo se perdonan los pecados, pero el “fomes peccati”, que interiormente nos combate, y quedan el mundo y el demonio, que exteriormente nos impugnan»[15].

            Comenta Ligorio que: «Sin la ayuda divina, no pueden resistir las fuerzas de tantos y tales enemigos; y como que este divina ayuda solamente es concedida mediante la oración, se sigue que sin la oración no hay salvación»[16].

            Añade que: «La oración es el único medio ordinario para recibir los dones divinos, lo confirma más claramente el mismo santo Doctor en otro lugar (Suma Teológica, II-II, q. 83, a. 2), donde dice que todas las gracias que el Señor ha determinado darnos, desde la eternidad, no nos las quiere dar por ningún otro medio fuera de la oración»[17].

            Santo Tomás varias veces trató de la necesidad de la oración. En la Suma Teológica, le dedica un artículo de la cuestión en la que estudia la oración, que es el citado por San Alfonso. En las objeciones a la tesis defendida por el Aquinate, expuesta con palabras evangélicas: «es necesario orar siempre y no desfallecer»[18], se lee en la primera: «La necesidad de la oración es sólo para notificar nuestras necesidades a quien puede remediarlas. Pero dice San Mateo: “Bien sabe vuestro Padres que de todo tenéis necesidad”. Luego no es conveniente orar a Dios»[19].

            Es conveniente orar, responde Santo Tomás, porque: «La necesidad de dirigir nuestras oraciones  a Dios no es para ponerle en conocimiento de nuestras miserias, sino para convencernos a nosotros mismos de que tenemos que recurrir a los auxilios divinos en tales casos»[20].

            En otra respuesta, precisa la afirmación de la necesidad de la oración para nosotros mismos, al explicar que: «A la liberalidad divina debemos muchas cosas que ciertamente nunca pedimos. Si en los demás casos Dios exige nuestras oraciones es para utilidad nuestra, pues así nos convencemos de la seguridad de que nuestras súplicas llegan a Dios y de que Él es el autor de nuestros bienes»[21].

            En la segunda objeción, que refiere Santo Tomás, se dice: «La oración doblega el ánimo de aquel a quien se pide para que nos conceda lo que pedimos. Pero el ánimo de Dios es inmutable e inflexible (…) Luego no es conveniente orar a Dios»[22].

            Su respuesta es que: «Nuestras oraciones no se ordenan a mudar las disposiciones divinas sino a obtener por la oración lo que Dios ya tenía dispuesto a darnos»[23]. La oración no se dirige a Dios con el fin de cambiar lo dispuesto eternamente por su Providencia, sino a que se cumpla la disposición o resolución de la Providencia divina

 

El arma de la oración

            Después de esta y otras citas, concluye San Alfonso: «Así pues, como el Señor ha establecido que nos proveyésemos de  pan, sembrando el grano, y de vino, plantando cepas, así también ha querido que recibiéramos las gracias necesarias para salvarnos mediante la oración, al decirnos: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis” (Mat. 7, 7). No obstante no somos otra cosa que unos pobres mendigos, que sólo tienen aquello Dios nos da como limosna. “Yo soy mendigo y pobre, pero el Señor cuida de mí “  (Sal 39, 18). El Señor –dice san Agustín- lo bastante desea y quiere dispensarnos sus gracias; pero no las quiere dispensar sino a aquel que la pida “Dios quiere dar, pero no da sino al que pide” (In Ps 102, n. 10)»[24].

            En el lugar citado, escribe San Agustín: «Vosotros recordáis que un necesitado se acercó a la casa de un amigo, y le pidió tres panes. Pero él, como nos dice el Evangelio, estaba durmiendo, y le respondía: “Ya estoy descansando, y mis hijos están conmigo durmiendo” (Lc 11, 5-8) Pero él insistía en su petición y consiguió con su molesta insistencia, lo no que habría logrado por su amistad. Dios quiere dar, pero sólo da a quien lo pide, no sea que vaya a darlo al que no lo aceptará. No quiere ser despertado por tu inoportunidad. Cuando tú oras, no siente el fastidio del que está dormido, ya que: “No duerme ni reposa el guardián de Israel” (Sal 120, 4)»[25].

            La oración no es sólo una petición de todo lo que necesitamos, sino también un arma defensiva. Nota San Alfonso que: «La oración es, de otra manera, el arma más necesaria para defendernos de los enemigos. Quien no se sirve de ella –dice santo Tomás- está perdido. No duda el santo, que Adán cayó principalmente por no haberse encomendado a Dios cuando fue tentado (S. Th., I., q. 94, a. 4, ad 5)»[26].

            Efectivamente, el Aquinate en este lugar citado, en el que estudia el pecado de Adán, escribe: «Y no puede alegarse (…) que en la tentación  no recibió ayuda para no caer en ella, a pesar de ser cuando más la necesitaba, porque ya se había dado el pecado en el ánimo y no había recurrido al auxilio divino»[27].

            Por último, indica San Alfonso que más concretamente la oración sirve para pedir las fuerzas que se precisan para cumplir la ley de Dios. Sobre sus mandamientos: «dice Santo Tomás (…) pues aunque no podemos observarlos con nuestras fuerzas, lo podemos no obstante con la ayuda Divina»[28].

            El lugar a que se refiere  este pasaje es el artículo, en el que Santo Tomás trata si  «el hombre puede cumplir los preceptos de la ley sin la gracia y sólo con sus fuerzas naturales». En la objeción segunda del artículo, se plantea el problema, si la respuesta es negativa,  que Dios mandaría lo imposible. «Dice San Jerónimo, en “Exposición de la fe católica”  que “merecen ser maldecidos los que dicen que Dios mandó al hombre algo imposible”. Pero imposible para el hombre es lo que él no puede cumplir por sí mismo». Parece, por tanto, que deba concluirse que: «el hombre puede cumplir por sí mismo todos los preceptos de la ley»[29].

            El Aquinate defiende, en el cuerpo del artículo y en la correspondiente respuesta, que hay una posibilidad de que los cumpla, pero con la gracia de Dios. «Lo que podemos con el auxilio divino no nos es totalmente imposible, según la frase de Aristóteles: “Lo que podemos por los amigos lo podemos en cierto sentido por nosotros mismos” (Aristóteles, Ética, III, 3, 13). De aquí que confiese San Jerónimo “que es de tal manera nuestro libre albedrío, que hemos de reconocer que necesitamos siempre del auxilio de Dios”»[30]. Con tal auxilio o «gracia sanante», el hombre es más libre y puede «cumplir todos los mandamientos divinos»[31].

            Al final del capítulo San Alfonso, siguiendo a San Bernardo, afirma la mediación de la Virgen María, Madre de Dios. «No se llega a Dios, si no es por mediación de Jesucristo, ni se llega a Jesucristo si no es por medio de María (…) Dios quiere que todas las gracias, que nos otorga pasen por las manos de María»[32].

            Su conclusión, que es como un resumen de todo el capítulo, es el siguiente: «Quien ora se salva ciertamente, y quien no reza ciertamente se condena. Todos los bienaventurados –exceptuando los niños– se han salvado con la oración. Todos los condenados se han perdido por no haber orado; si lo hubiesen hecho no se habrían perdido. Precisamente en el infierno constituye y constituirá su mayor desespero el pensar que podían haberse salvado de una manera tan fácil, como era pidiendo a Dios las gracias necesarias, y que ahora, los desgraciados, ya no están a tiempo para pedirlas»[33].

 

La buena obra de la oración

            Después de mostrar la necesidad de la oración, san Alfonso se ocupa de su valor en el siguiente capítulo de su tratado sobre la oración. Destaca principalmente la relación de la oración con el atributo de la bondad o generosidad divina, o como le llama Santo Tomás «la liberalidad misma»[34], porque todo lo hace no para su utilidad, sino por  exceso de bondad.

            Después de citar unas palabras bíblicas para confirmarlo[35], comenta: «Dios no es, como los hombres, avaro de sus bienes; los hombres, hasta los ricos, hasta los piadosos y liberales, si distribuyen limosnas, siempre son de mano estrecha, y dan, por tanto, menos de lo que se les pide, porque su riqueza por grande que sea, es siempre una riqueza finita. Por esto, cuando más dan, en más carencia se encuentran. Por el contrario, Dios da sus bienes, cuando se le pide, abundantemente, esto es, con mano ancha, dando siempre más de lo que se le pide, porque su riqueza es infinita. Cuando más da, más le queda para dar. “Porque tú, Señor, eres suave y apacible, rico en misericordia para con todos los que te invocan» (Sal 85, 5)»[36].

            Se sigue de ello que se debe orar con confianza. Nota seguidamente que algunos parecen no tenerla, porque: «Invierten mucho tiempo en leer y meditar, y se preocupan poco de orar. No hay duda que la lectura espiritual y la meditación de las verdades eternas, son cosas muy útiles; pero bastante más útil es, dice San Agustín, el orar. Leyendo y meditando entendemos nuestras obligaciones; con la oración en cambio, obtenemos las gracias de cumplirlas. “Es mejor orar que leer; en la lectura conocemos las cosas que debemos hacer; en la oración recibimos las cosas que pedimos” (Cf. Enarr. Sal 75)»[37].

            Explica seguidamente que: «El fruto más grande de la oración mental consiste en pedir a Dios las gracias que se precisan para la perseverancia y para la salvación eterna. Por eso sobre todo es moralmente necesaria al alma la oración mental, a fin de conservarse en gracia de Dios; pues si alguien no se recoge durante un rato de la meditación pidiendo las ayudas que le son necesarias para la perseverancia, no lo hará en otra ocasión, ya que fuera de la meditación no pensará en pedirlo a Dios, ni tan sólo pensará en la necesidad que tiene de pedírselo. En cambio, aquel que hace cada día su meditación verá suficientemente las necesidades del alma, los peligros en que se encuentra y la necesidad que tiene de orar y así orará y obtendrá las gracias que después harán que perseveré y se salve»[38].

            Cuenta San Alfonso que los monjes de los primeros tiempos de la Iglesia afirmaron que lo: «más necesario para la eterna salvación (…) era el repetir a menudo la breve oración de David: “Oh Dios, atiende a mi socorro; Señor, apresúrate para ayudarme” (Sal. 69, 1). Esto mismo –escribía Juan Casiano (Padre de la Iglesia, s. IV-V)- ha de hacer el que quiera salvarse diciendo siempre: “Dios mío, ayúdame, Dios mío ayúdame” (Colaciones, X). Esto tenemos que hacerlo por la mañana, tan pronto nos despertemos, y teniendo que continuar haciéndolo después en todas nuestras necesidades y en todas nuestras ocupaciones en las que nos encontremos, tanto espirituales como temporales»[39].

            Concluye el capítulo insistiendo en que: «En definitiva es dificilísimo salvarse sin la oración; y hasta es imposible –como ya hemos visto-, según la ordinaria providencia de Dios. Orando, por el contrario, es cosa segura y facilísima salvarse. Para salvarse no es necesario ir a dar la vida entre los infieles; no es necesario tampoco retirarse a los desiertos y nutrirse de hierbas ¿Qué cuesta decir: “Dios mío ayudadme. Señor asistidme, tened piedad de mí”? ¿Hay cosa más fácil que esta? Esta pequeña cosa bastará para salvarnos si estamos dispuesto a hacerla»[40].

            San Alfonso deja muy clara su tesis, tan documentada y fundamentada, sobre la oración y la salvación. Sin embargo, desde posiciones que parecen propias del pelagianismo o del semipelagianismo se modifica su sentido, al añadir que para la salvación son necesarias las buenas obras. En la traducción española de la primera parte de esta obra  –realizada por Joaquín Roca y Cornet (1804-1873), escritor católico, amigo de Balmes–, traduce la última frase del pasaje citado, después de la breve oración para pedir ayuda, socorro y piedad, por: «Esta corta oración puede salvarnos si practicamos el bien»[41]. Sin embargo, en el original italiano no se habla de practicar el bien. No aparece ninguna condición de realizar buenas obras. Se dice sólo: «vi è cosa più facile di questa? e questo poco basterà a salvarci, se saremo attenti a farlo»[42].

            Para salvarse son necearías las buenas obras, pero parece no advertirse que las buenas obras son fruto de la gracia de Dios y que las gracias de Dios se consiguen pidiéndolas con la oración. Ciertamente que la misma oración es una buena obra y, como tal, es efecto también de una gracia. Por ello, San Alfonso indica seguidamente que tratará más ampliamente la relación de la oración con la gracia en la segunda parte de la obra, pero presenta ya su tesis: «Dios da a todos la gracia de orar a fin de que (acciocché) orando puedan obtener después todas las ayudas, hasta abundantemente, a fin de observar la ley divina y perseverar hasta la muerte. Por ahora quiero decir tan sólo que si no nos salvamos, nuestra será toda la culpa y sólo por nosotros faltará, por no haber rezado»[43].

 

Condiciones de la oración   

         En el capítulo siguiente, el último de esta primera parte de la obra, se estudian las condiciones de la oración. San Alfonso sigue la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Cita el texto del Aquinate en el que se afirma: «Siempre se consigue lo que se pide, con tal que se den estas cuatro condiciones: pedir “por sí mismo”, “pedir cosas necesarias para la salvación”, “hacerlo con piedad” y “con perseverancia”»[44].

            La primera condición, para su infalibilidad, de que se pida para sí mismo, es comprensible, porque si se hace para otra persona, siempre puede resistir ésta la gracia solicitada. En cambio, no pone obstáculos el que pide para sí, sino que la desea y la acepta por el mero hecho de pedirla. Como indica Santo Tomás: «A veces, lo que pedimos para otro no se logra, no precisamente porque nos falte devoción, perseverancia, o no busquemos su bien espiritual, sino porque él pone un obstáculo.”Aunque se me pusieran delante Moisés y Samuel, no se volvería mi alma a este pueblo, dijo Dios a Jeremías» (Jer 14, 1)»[45].

            Esta primera condición no supone que no deba pedirse por el prójimo, simplemente que no se tiene la certeza infalible que se obtendrá lo pedido. Explícitamente sostiene el Aquinate: «Debemos pedir todo lo que debemos desear. Pero el bien debemos desearlo para nosotros y para los demás. Esto entra dentro del amor que debemos prestar a nuestro prójimo. Es, por lo tanto, de caridad el orar por nuestros semejantes. A este propósito dice San Juan Crisóstomo: “la necesidad nos lleva a pedir por nosotros: la caridad fraternal pide que roguemos por el prójimo. Pero a Dios le es más grata la oración hecha por caridad fraterna que la dictada por necesidad” (Op. Imperf. in Mt, homil. 14, 6, 12)»[46].

            Todavía San Alfonso precisa que el éxito de la oración para los demás depende también de la misericordia.  «Es verdad que Dios no ha prometido escucharnos cuando aquellos para los cuales oramos pongan un positivo impedimento a su conversión; muchas veces, pero, por su bondad y en atención a las oraciones de sus siervos, se ha complacido el Señor, mediante gracias extraordinarias, para conducir al estado de salvación los pecadores más encegados y obstinados»[47].

            Siempre la obtención de lo pedido parar mí o para los demás no es por justicia, no es algo que se merece. Siempre si se consigue es por la generosidad y misericordia de Dios. La infalibilidad viene por la promesa de Jesucristo, porque es imposible que, habiéndose comprometido a ello, no la cumpla, con la condición de que se pida. Por esta vía,  Dios puede dar si quiere una gracia eficaz extraordinaria que impida la resistencia a la recepción de la gracia, que otra persona ha pedido para alguien, que no la acepta, sin alterar su naturaleza libre.

            Sobre la segunda condición, el pedir lo conveniente o lo necesario para nuestra salvación, explica San Alfonso que: «La promesa de escuchar la oración no ha estado hecha  para las gracias temporales, que no son necesarias para la salvación del alma (…) A veces buscamos algunas gracias temporales y Dios no nos escucha porque nos quiere y quiere usar con nosotros la misericordia (…) El médico que quiere al enfermo no le concede aquellas cosas que ve que le harán daño. ¡Cuantos hay que si hubiesen estado enfermos  o pobres no habrían caído en los pecados en que caen estando sanos y siendo rico»[48].

            Advierte que, no obstante, no por ello no deben pedirse los bienes necesarios para  vivir en este mundo. «No es un defecto el pedir a Dios las cosas necesarias para la vida presente, mientras se adecuen con la salvación eterna, como se dice en el libro de los Proverbios: «Dame sólo lo necesario para vivir» (Prov 30, 8). No es ningún defecto -dice santo Tomás- el sentir por tales bienes una ordenada solicitud: el defecto estaría en desear y buscar estos bienes temporales como los principales y en tener de ellos un desordenado cuidado, como si consistiera todo nuestro bien. Por esto, cuando pedimos a Dios aquellas gracias temporales, tenemos que pedirlos siempre resignadamente y con la condición que sirvan para ayudar al alma; y si vemos que el Señor  no nos las concede, estemos seguros que no las niega a causa del amor que  nos tiene y porque ve que perjudicaría nuestra salud espiritual»[49].

 

La oración humilde

            La tercera condición es  que se ore piadosamente. Considera San Alfonso que: «piadosamente quiere decir: con humildad y confianza»[50]. Recuerda que: «Dios no escucha las oraciones de los soberbios que confían en sus fuerzas, y por esto los abandona en su propia miseria»[51].

            Para explicar la situación real del hombre, pone la siguiente comparación: «Es necesario que todos nos persuadamos que nosotros nos encontramos en una especie de cima de la montaña, suspendidos encima del abismo de todos los pecados y sostenidos nada más que por el hilo de la gracia; si se rompe este hilo, caeríamos ciertamente en aquel abismo y cometeríamos las más horrendas maldades “Si el Señor no me hubiera auxiliado, ya estaría yo poco menos que habitando en el silencio” (Sal 93, 17). Si Dios no me hubiera socorrido, habría caído yo en mil pecados, y ahora me encontraría en el infierno»[52].

            Añade a continuación:  «Así hablaba el salmista, y así debe hablar cada uno de nosotros». «Eso mismo significaba también San Francisco de Asís, cuando decía que él era el mayor pecador del mundo. Pero, padre mío –le dijo el compañero-; eso que dice no es verdad; hay muchos en el mundo que ciertamente son peores que vos. Demasiado cierto es lo que digo, respondió el Santo-; pues si Dios no tuviera sus manos puestas sobre mí, cometería todos los pecados»[53].

            La humildad o el reconocimiento de la verdadera situación de la criatura, que está además herida por el pecado, lleva al temor y éste a la petición de ayuda u oración. En cambio: «Si alguno dice que no teme, señal que confía en sí mismo y de los propósitos que ha hecho; pero, se engaña a sí mismo con esta confianza perniciosa, ya que, confiando en sus propias fuerzas y no temiendo, deja de encomendarse a Dios y entonces ha de caer ciertamente»[54].

            No hay que olvidar nunca los dones de la gracia que se reciben y, como consecuencia, asimismo debe tenerse en cuenta, como también aconseja Ligorio: «que cada uno se guarde de admirarse a sí mismo con cierta vanagloria delante de los pecados de los otros; entonces es cuando debe tenerse, en cuanto de el depende, por peor que los otros, diciendo: “Señor, si no me hubieses ayudado, habría obrado peor”. De otra manera, permitirá el Señor, en castigo de su soberbia, que caiga en mayores y más horrendas culpas. Por eso, nos avisa el Apóstol que nos procuremos la eterna salvación. ¿Pero, cómo? Siempre temiendo y temblando»[55].

            Termina el apartado, dedicado a la oración humilde, citando a San Agustín. «Toda la gran ciencia de un cristiano, podemos finalmente concluir, consiste –como dice san Agustín- en conocer que no es nada y que nada no puede. “Esta es toda la magna ciencia: saber que el hombre no es nada (Com. al Sal 70)”. Así efectivamente, no cesará de procurarse de Dios, con oraciones, aquella fuerza que no tiene y que le es preciso para resistir las tentaciones y obrar bien. Entonces lo hará todo con los socorros de aquel Señor que no sabe negar nada a quien ruega con humildad»[56].

 

La oración confiada

            La condición de pedir piadosamente, que pone Santo Tomás en tercer lugar, según San Alfonso, además de la humildad implica la confianza. Advierte que: «Mucho le agrada al Señor nuestra confianza en su misericordia, pues de esta manera nosotros honramos y exaltamos aquella su infinita  bondad»[57].

            Debe orarse con confianza. «Según sea nuestra confianza tales serán las gracias que recibiremos de Dios; si la confianza es grande, grandes serán también las gracias»[58]. La confianza todo lo puede. «”Acerquémonos –nos advierte san Pablo-, acerquémonos, pues, confiando al trono de la gracia a fin de conseguir misericordia y de encontrar gracia para el tiempo de socorros” (Heb 4, 16). El trono de la gracia es Jesucristo, que actualmente está sentado a la derecha del Padre, no en el trono de la justicia, sino de la gracia, a fin de obtenernos el perdón si nos encontramos en pecado, y ayuda para perseverar si gozamos de su amistad. Es necesario que acudamos siempre a este trono con confianza, esto es, con aquella seguridad que nos da la fe en la bondad y en la fidelidad de Dios, que ha prometido que escucharía a quien le ruega con  confianza firme y segura»[59].

            La confianza hace que: «No digamos, como dicen algunos: no puedo, no me fío. Con nuestras fuerzas es cierto que nada  podemos; pero todo lo podemos con la divina ayuda»[60]. Confianza que debe tener el pecador si ora. «Dos pecadores mueren en el Calvario a cada lado de Jesucristo; el que ora –“acuérdate de mí”- se salva; el otro se condena porque no ora»[61].

            Santo Tomás afirma que si el pecador ora, movido por la gracia divina : «Dios le escucha, no por justicia, pues no se lo merece el pecador, sino por su infinita misericordia, con tal que se salven las cuatro condiciones»[62].  Comenta San Alfonso, en este sentido, que cuando el Redentor nos anima a orar diciéndonos: «En verdad, en verdad os digo que el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre»[63], es como si nos dijera: «Vosotros no tenéis méritos para obtener las gracias que pedís, por el contrario solamente tenéis deméritos  para recibir castigos. Haced esto: Id a mi Padre en nombre mío y por mis méritos solicitad de Él las gracias que queréis, que Yo os prometo y os juro –de verdad, de verdad os digo, según san Agustín, equivale a una especie de juramento- que mi Padre os concederá todo cuanto le pidáis. ¡Oh! Y que mayor consuelo puede tener un pecador, después de sus caídas, que saber con certeza que recibirá de Dios todo cuanto le pida en nombre de Jesucristo?»[64].

            Con esta confianza en promesa de Cristo: «Dice san Agustín que la oración es una llave que abre el cielo en bien nuestro. Tan pronto nuestra oración sube a Dios, desciende a nosotros la gracia que pedíamos.”La oración del justo es la llave del cielo; sube la oración y desciende la misericordia de Dios” (Serm 216)»[65].

 

El espíritu de oración

            Sobre la cuarta y última condición, orar con perseverancia, que considera Santo Tomás que debe estar revestida la oración para ser infalible, escribe San Alfonso: «Si queremos, en conclusión, que Dios no nos deje, no debemos parar nunca de pedirle que no nos abandone. Haciéndole así, es seguro que Él nos asistirá siempre y nunca  permitirá que lo perdamos y que nos separemos de su amor»[66].

            Debe orarse con insistencia para conseguir la gracia de la perseverancia final. «Para conseguir la perseverancia es preciso que en todo tiempo nos encomendemos a Dios: por la mañana, por la tarde, en la meditación, durante la misa, en la comunión y siempre; especialmente en la hora de las tentaciones, diciendo y repitiendo siempre: Señor, ayudadme; asistidme; sostenedme con vuestra mano, no me abandonéis, tened piedad de mí. ¿Hay algo más fácil que decir: Señor, ayudadme, asistidme? En torno a las palabras del salmista: “Dentro de mí oraré al Dios de mi vida” (Sal 41, 9), dice la Glosa: “Podrá decir alguien que no puede ayunar, que no puede dar limosna; si se le dice: Ora, no podrá decir que no puede”, porque no hay cosa más fácil que orar»[67]. Orar es el acto más fácil, porque  a la libertad humana le es muy fácil no poner obstáculos e impedimentos a la gracia que mueve a acto de orar, con la ayuda de esta misma gracia.

            Por ser siempre la oración una gracia de Dios: «no solamente hemos de procurar pedirle siempre la perseverancia final y las gracias necesarias para conseguirla, antes bien tenemos además de solicitar siempre y anticipadamente del Señor que nos de la gracia de continuar orando»[68].

            Hay que esperar de Dios la gracia de la perseverancia en el orar, porque: «Este fue asimismo aquel gran don que El prometió a sus elegidos por boca del Profeta. “Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y oración” (Zach 12, 10). ¡Qué gran gracia es el espíritu de oración, esto es, la gracia de orar siempre, que Dios concede a un alma! No dejemos pues de pedir siempre a Dios esta gracia y este espíritu de orar a toda hora; porque si oramos siempre, obtendremos ciertamente del Señor la perseverancia y todo lo otro que deseamos, pues no puede fallar su promesa de escuchar al que le pide.
“En esperanza estamos salvados” (Rm 8, 24). Con esta esperanza de orar siempre nos podemos tener por salvados»[69].

 

Eudaldo Forment



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2566.

[2]  Ibíd., n. 2567.

[3] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, I, 18.

[4] Ibíd., I, 17.

[5] Concilio Vaticano II, Dei Verbum, I, 5.

[6]  Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2725.

[7] Ibíd., n. 2743.

[8] Ibíd., n. 2744.

[9] S. Alfonso Maria de Liguori,  Opere Ascetiche, Del gran mezzo della preghiera, vol. II, pp. 3 - 178, Edizioni di Storia e letteratura, Roma 1962, I, Introd., p. 7.

[10] Ibíd.,Introd.  p. 8.

[11] Ibíd., I, c. 1, p. 11.

[12] Cf. SAN AGUSTÍN, Contra las dos epístolas de los pelagianos, II, 9, 18.

[13] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 1, p. 13.

[14] Ibíd., I, c. 1, p. 14.

[15] SANTO TOMÁS, Suma Teológica, III, q. 39, a. 5, in c.

[16] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 1, p.14.

[17] Ibid.,

[18] Lc 18, 1.

[19] SANTO TOMÁS, Suma Teológica, II-II, q. 83, a. 2, ob. 1

[20] Ibíd., II-II, q. 83, a. 2, ad 1.

[21] Ibíd., II-II, q. 83, a. 2, ad 3.

[22] Ibíd., II-II, q. 83, a. 2, ob. 2.

[23] Ibíd., II-II, q. 83, a. 2, ad 2.

[24] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 1, p.14.

[25]  SAN AGUSTÍN, Comentario a los Salmos,  Sal. 102, n. 10.

[26] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 1, p.14.

[27] Santo Tomás, Suma Teológica, I, q. 94, a. 4, ad 5.

[28] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 1, p.19.

[29] Santo Tomás, Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 4, ob. 2.

[30] Ibíd., I-II, q. 109, a. 4, ad 2.

[31] Ibíd., I-II, q. 109, a. 4, in c.

[32] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 1, p.19.

 

[33] Ibíd.,  I, c. 1, p. 16.

[34] SANTO TOMÁS, Suma Teológica, I, q. 44, a. 4, ad 1.

[35] Sant 1, 5: «Y si de algunos de vosotros está falto de sabiduría, demándela a Dios que la da a todos copiosamente y no hace reproches; y le será concedida».

[36] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 2, p.40.

[37] Ibíd., pp. 40-41.

[38] Ibíd., p. 41.

[39] Ibíd., p. 42.

[40] Ibíd., p. 43.

[41] S. Alfonso María de Ligorio. De la importancia de la oración para alcanzar de Dios todas las gracias y la salud eterna, trad. Joaquín Roca y Cornet, Barcelona, Pons y Cia, Editores Católicos, 1869, p. 53.

[42] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 2, pp.43-44.

[43] Ibíd., 43-44.

[44] SANTO TOMÁS, Suma teológica, II-II, q. 83, a. 15, ad 2.

[45] Ibíd., II-II, q. 83, a. 7, ad 2.

[46] Ibíd., II-II, q. 83, a. 7, in c.

[47] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 3, pp. 47-48.

[48] Ibíd., p. 48.

[49] Ibíd., pp. 48-49.

[50] Ibíd., p. 50.

[51] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 3, 1., p. 50. Cita el siguiente pasaje de la Escritura: «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes» (Sant 4, 6).

[52] Ibíd., pp. 50-51.

[53] Ibíd., p. 51.

[54] Ibíd. Cita el siguiente texto de San Pablo: «trabajad vuestra salvación con temor y temblor» (Fil 2, 12).

[55] Ibíd., p. 52.

[56] Ibíd., p. 53.

[57] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 3, 2, p. 55.

[58] Ibid., p. 57.

[59] Ibíd., p. 58.

[60] Ibíd., p. 61.

[61] Ibíd., p. 64.

[62] SANTO TOMÁS, Suma Teológica, II-II, q. 83, a. 16, in c.

[63] Jn 16, 23.

[64]  S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 3, 2, pp. 65-66.

[65] Ibíd., p. 64.

[66] S. Alfonso Maria de Liguori, Del gran mezzo della preghiera, I, c. 3, 3, p. 73.

[67] Ibíd., p. 69. Véase: PETRI LOMBARDI, Opera omnia, Commentarium in Psalmos, Psal. 41, PL 191, t. 1, col. 421.

[68] Ibíd., p. 73.

[69] Ibíd., pp. 73-74.

4 comentarios

  
Horacio Castro
Dr. Forment. Gracias por su nuevo artículo. Deseo escribir un comentario un poco más extenso de los que acostumbro hacer. Quisiera saber si Ud. ha delegado la moderación de la sección comentarios de su blog. Si no recibo su respuesta lo enviaré en un par de días. Lo saludo.
02/09/15 1:17 AM
  
antonio
""". «Eso mismo significaba también San Francisco de Asís, cuando decía que él era el mayor pecador del mundo. Pero, padre mío –le dijo el compañero-; eso que dice no es verdad; hay muchos en el mundo que ciertamente son peores que vos. Demasiado cierto es lo que digo, respondió el Santo-; pues si Dios no tuviera sus manos puestas sobre mí, cometería todos los pecados»[53]."""""Es asi, totalmente cierto.El que no comprende esto, va por un camino equivocado.

Muy bueno todo su post!!!!!

Que Dios lo bendiga y Bendiga a la Iglesia.

Muchas Gracias!!!
03/09/15 12:42 PM
  
Alonso Gracián
Gracias don Eudaldo por tan excelente post. Me ha servido de gran ayuda para el mío.

Dios le bendiga.
04/09/15 4:01 PM
  
Grace del Tabor - Argentina
¡Gracias, Dr. Forment ! Orar se experimenta como una necesidad, una respuesta, un oído lo más atento posible , una llamada...
Este artículo es realmente esperanzador.
Dios mío, ven en mi auxilio.
Señor, apresúrate a socorrerme.
Amén.
07/09/15 7:16 AM

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