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22.11.15

(349) Cristo Rey, venga a nosotros tu Reino

Carl Bloch, 1890

–Tengo la impresión de que alguna vez leí en su blog un artículo como éste.

–Y no se equivoca. Con algunos retoques, es el mismo que publiqué hace unos siete años (29) 31-VII-2009 en este mismo blog.

Los poderes de este mundo buscan un Orden Nuevo, alejándose de Cristo y de la Iglesia. «No queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). Lo tienen muy claro. Pero ignoran que donde se expulsa a Cristo Rey, entra el reinado del diablo. Éstos «son enemigos de la cruz de Cristo, tienen por dios su propio vientre y ponen su corazón en las cosas terrenas»; en cambio los cristianos nos reconocemos «ciudadanos del cielo, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo» (Flp 3,19-21). Y a lo largo de los siglos, por obra del Espíritu Santo, permanecemos en la súplica permanente del Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino».

«Cristo, ¿vuelve o no vuelve?» Así se titula un libro (1951) del padre Leonardo Castellani (1899-1981), grandísimo escritor, traductor y comentador de El Apokalipsis de San Juan (1963). Pocos autores del siglo XX han hecho tanto cómo él para reafirmar la fe y la esperanza en la Parusía. Se quejaba él con razón de que el segundo Adviento glorioso de Cristo, con su victoria total y definitiva sobre el mundo, estuviera tan olvidado en el pueblo cristiano, tan ausente de la predicación habitual, siendo así que esa fe y esa esperanza han de iluminar toda la vida de la Iglesia y de cada cristiano. «No se puede conocer a Cristo si se borra su Segunda Venida. Así como según San Pablo, si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana; así, si Cristo no ha de volver, Cristo fue un fracasado» (Domingueras prédicas, 1965, III dom. Pascua).

Comencemos por recordar que hay muchas esperanzas falsas, y una sola verdadera.

No tienen verdadera esperanza

aquéllos que diagnostican como leves los males graves del mundo y de la Iglesia. O están ciegos o es que prefieren ignorar u ocultar la verdad. Como están muy débiles en la esperanza, niegan la gravedad de los males, pues consideran irremediable el extravío del pueblo. Y así vienen a estimar más conveniente –más optimista– decir «vamos bien».

Tampoco tienen esperanza verdadera aquellos que se atreven a anunciar «renovaciones primaverales» de la Iglesia, estilos pastorales profundamente mejorados, si no insisten suficientemente en el reconocimiento humilde de los pecados presentes y en la conversión y penitencia que nos libran de ellos.

Falsa es la esperanza de quienes la ponen en medios humanos, y reconociendo a su modo los males que sufrimos en la Iglesia, pretenden vencerlos con nuevas fórmulas doctrinales, litúrgicas y disciplinares «más avanzadas que las de la Iglesia oficial», que no temen romper con tradiciones mantenidas durante veinte siglos. Ellos se consideran a sí mismos como un «acelerador», y ven como un «freno» la tradición católica, los dogmas, la autoridad apostólica. Éstos una y otra vez intentan conseguir por medios humanos –grupos de presión, nuevos métodos y consignas, organizaciones y campañas, una y otra vez cambiados y renovados–, aquello que sólo puede lograrse por la fidelidad a la verdad y a los mandamientos de Dios y de su Iglesia. Sus empeños son vanos. Y por eso vienen a ser des-esperantes.

No esperan de verdad la victoria «próxima» de Cristo Rey aquellos que  pactan con el mundo, haciéndose cómplices de sus ideologías vigentes, aquellos que ceden o que incluso están de acuerdo con los Poderes mundanos que las imponen, dóciles a los grandes Organismos Internacionales empeñados en establecer un Orden Nuevo sin Dios y contra Cristo. Por ejemplo, no viven ciertamente esa esperanza de la Parusía inminente de Cristo aquellos políticos cristianos, que aunque aparenten oponerse a los enemigos de Cristo y de la Iglesia, en el fondo ceden ante ellos, y sometiéndose durante muchos decenios a la norma del mal menor, van llevando al pueblo, un pasito detrás de los enemigos del Reino, a los mayores males.

No tienen esperanza quienes no creen en la fuerza de la gracia del Salvador, y por eso no llaman a conversión, como no sea en fórmulas muy leves, que excluyen por supuesto la posibilidad del infierno. Y así aprueban, al menos con su silencio, lo que sea: que el pueblo en su gran mayoría deje de ir a Misa los domingos, que profane normalmente el matrimonio con la anticoncepción, que dé su voto a partidos políticos abortistas, etc. No piensan siquiera en llamar a conversión a los propios cristianos –mucho menos aún a los paganos–, porque estiman irremediables los males arraigados en el presente. «¿Cómo les vas a pedir que?»…. Al fallarles la esperanza en Dios, la esperanza en la fuerza de su gracia, y en la bondad potencial de los hombres asistidos por Cristo, ellos no piden nada, y por tanto, no dan el don de Dios a los hombres, a los casados, a los políticos, a los feligreses sencillos, a los cristianos dirigentes, a los no-creyentes. No llaman a conversión, porque en el fondo no creen en su posibilidad: les falta la esperanza. Ven como irremediables los males del mundo y de la Iglesia. ¡Y son ellos los que tachan de pesimistas y carentes de esperanza a los únicos que, entre tantos desesperados y derrotistas, mantienen la esperanza verdadera!

Tienen verdadera esperanza

los que reconocen los males del mundo y del pueblo descristianizado, los que se atreven a verlos y, más aún, a decirlos. Porque tienen esperanza en el poder del Salvador, por eso no dicen que el bien es imposible, y que es mejor no proponerlo; por eso no enseñan con sus palabras o silencios que lo malo es bueno; y tampoco aseguran, con toda afabilidad y simpatía, «vais bien» a los que en realidad «van mal».

Los que tienen esperanza predican al pueblo con mucho ánimo el Evangelio de la conversión, para que todos pasen de la mentira a la verdad, de la soberbia intelectual a la humildad discipular, del culto al placer y a las riquezas al único culto litúrgico del Dios vivo y verdadero, de la arbitrariedad rebelde a la obediencia de la disciplina eclesial.

Se atreven a predicar así el Evangelio porque creen que Dios, de un montón de esqueletos descarnados, puede hacer un pueblo de hombres vivos (Ez 37), y de las piedras puede sacar hijos de Abraham (Mt 3,9). Sostenidos por esa viva esperanza, todo ella fundada en la omnipotencia misericordiosa de Cristo Rey, único Salvador del mundo, procuran evangelizar no solamente a los paganos, sino a los mismos cristianos paganizados, lo que exige de Dios un milagro doble.

–Tienen esperanza aquellos que esperan la venida gloriosa de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (Flp 3,20-21), los que saben que «es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies», sometiendo a su autoridad en la Parusía a todo lo que existe, a todo poder mundano y toda realidad, y sujetándolo al Padre celestial, de tal modo que «Dios sea todo en todas las cosas» (1Cor 15,15,25-29).

* * *

«Todos los pueblos, Señor, vendrán a postrarse en tu presencia» (Ap 15,4). El «Salvador del mundo» salvará al mundo y a su Iglesia. ¿Está viva de verdad esta esperanza en la mayoría de los cristianos de hoy? Son muchos los que dan por derrotada a la Iglesia en la historia del mundo. ¿Cuáles son las esperanzas de los cristianos sobre este mundo tan alejado de Dios, tan poderoso y cautivante, y qué esperanzas tienen sobre aquellas Iglesias que están profundamente mundanizadas?…

Nuestras esperanzas no son otras que las mismas promesas de Dios en las Sagradas Escrituras. En ellas los autores inspirados nos aseguran una y otra vez que «todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor, y bendecirán tu Nombre» (Sal 85,9; cf. Tob 13,13; Sal 85,9; Is 60; Jer 16,19; Dan 7,27; Os 11,10-11; Sof 2,11; Zac 8,22-23; Mt 8,11; 12,21; Lc 13,29; Rm 15,12; etc.). El mismo Cristo nos anuncia y promete que «habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16), y que, finalmente, resonará grandioso entre los pueblos el clamor litúrgico de la Iglesia: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios, soberano de todo; justos y verdaderos tus designios, Rey de las naciones. ¿Quién no te respetará? ¿quién no dará gloria a tu Nombre, si sólo tú eres santo? Todas las naciones vendrán a postrarse en tu presencia» (Ap 15,3-4).

Siendo ésta la altísima esperanza de los cristianos, no tenemos ante el mundo ningún complejo de inferioridad, no nos asustan sus persecuciones, ni nos fascinan sus halagos, ni ponemos nuestra esperanza en los Grandes Organismos Internacionales que gobiernan el mundo, ni tenemos miedo a sus persecuciones que, sin hacer mucho ruido, van realizando cada vez más fuertemente contra la Iglesia: son zarpazos de la Bestia mundana, azuzada y potenciada por el Diablo, que «sabe que le queda poco tiempo» (Ap 12,12). Sabemos con toda certeza los cristianos que al Príncipe de este mundo ha sido vencido por Cristo, y por eso mismo no tenemos ni siquiera la tentación de establecer complicidades oscuras con este mundo de pecado.

«Estas cosas os las he dicho para que tengáis paz en mí. En el mundo habéis de tener combates; pero confiad: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). «Vengo pronto, mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona» (Ap 3,12). «Vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo, para pagar a cada uno según su trabajo» (22,12). «Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús» (22,20).

* * *

Una vez más son hoy los Papas principalmente quienes mantienen vivas las esperanzas de la Iglesia. Son ellos los que, fieles a su vocación, «confortan en la fe a los hermanos» (Lc 22,32). Especialmente asistidos por Cristo, son fieles a las Escrituras, a la fe y a la esperanza de la Tradición católica. Y mantienen la fe en las promesas de Cristo con muy pocos apoyos de los predicadores y autores católicos actuales.

León XIII enseña: «Puesto que toda salvación viene de Jesucristo, y no se ha dado otro nombre a los hombres en el que podamos salvarnos (Hch 4,12), éste es el mayor de nuestros deseos: que todas las regiones de la tierra puedan llenarse y ser colmadas del nombre sagrado de Jesús… No faltarán seguramente quienes estimen que Nos alimentamos una excesiva esperanza, y que son cosas más para desear que para aguardar. Pero Nos colocamos toda nuestra esperanza y absoluta confianza en el Salvador del género humano, Jesucristo, recordando bien qué cosas tan grandes se realizaron en otro tiempo por la necedad de la predicación de la cruz, quedando confusa y estupefacta la sabiduría de este mundo… Dios favorezca nuestros deseos y votos, Él, que es rico en misericordia, en cuya potestad están los tiempos y los momentos, y apresure con suma benignidad el cumplimiento de aquella divina promesa de Jesucristo: se hará un solo rebaño y un solo Pastor» (epist. apost. Præclara gratulationis, 1894).

San Pío X, de modo semejante, en su primera encíclica, declara que su voluntad más firme es «instaurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10). Es cierto que «“se han amotinado las gentes contra su Autor y que traman las naciones planes vanos” (Sal 2,1). Parece que de todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: “apártate de nosotros” (Job 21,14). De aquí viene que esté extinguida en la mayoría la reverencia hacia el Dios eterno, y que no se tenga en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público ni en privado. Más aún, se procura con todo empeño y esfuerzo que la misma memoria y noción de Dios desaparezca totalmente.

«Quien reflexione sobre estas cosas, ciertamente habrá de temer que esta perversidad de los ánimos sea un preludio y como comienzo de los males que hemos de esperar para el último tiempo; o incluso pensará que “el Hijo de perdición, de quien habla el Apóstol, ya habita  en este mundo”  (2Tes 2,3)… Se pretende directa y obstinadamente apartar y destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Ésta es la señal propia del Anticristo, según el mismo Apóstol. El hombre mismo, con temeridad extrema, ha invadido el lugar de Dios, exaltándose sobre todo lo que se llama Dios, hasta tal punto que… se ha consagrado a sí mismo este mundo visible, como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentará en el templo de Dios, mostrándo como si fuese Dios (ib. 2,4).

«Sin embargo, ninguno que tenga la mente sana puede dudar del resultado de esta lucha de los mortales contra Dios… El mismo Dios nos lo dice en la Sagrada Escritura… “aplastará la cabeza de sus enemigos” (Sal 67,22), para que todos sepan “que Dios es el Rey del mundo” (46,8), y “aprendan los pueblos que no son más que hombres” (9,21). Todo esto lo creemos y esperamos con fe cierta» (enc. Supremi Apostolatus Cathedra, 1903). 

* * *

Cristo vence, reina e impera. Cada día confesamos en la liturgia –quizá sin apenas enterarnos de ello– que Cristo «vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». No sabemos cuándo ni cómo será la victoria final del Reino de Cristo. Pero siendo nuestro Señor Jesucristo el Rey del universo, el Rey de todas las naciones; teniendo, pues, sobre la historia humana una Providencia omnipotente y misericordiosa, y habiéndosele dado en su ascensión «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), ¿podrá algún creyente, sin renunciar a su fe, tener alguna duda sobre la realidad del actual gobierno providente del Señor y sobre la plena victoria final del Reino de Cristo sobre el mundo?

Reafirmemos nuestra fe y nuestra esperanza. La secularización, la complicidad con el mundo, el horizontalismo inmanentista, la debilitación y, en fin, la falsificación del cristianismo proceden hoy en gran medida del silenciamiento y olvido de la Parusía. Sin la esperanza viva en la segunda Venida gloriosa de Cristo, los cristianos caen en la apostasía. En el Año litúrgico de la Iglesia la solemnidad de Cristo Rey precede a la celebración gozosa de su Adviento: del primero, que ya fue en la humildad y la pobreza, y del segundo, que se producirá en gloria y en poder irresistible.

José María Iraburu, sacerdote

 

Añado como apéndice un formidable texto de Orígenes (185-253), gran teólogo alejandrino, que mientras la Iglesia sufría, y él con ella, la durísima persecución del emperador Decio, escribía este texto tan lleno de esperanza, que hoy reproduce la Liturgia de las Horas como lectura para la solemnidad de Cristo Rey (Sobre la oración, cp. 25).

«Si, como dice nuestro Señor y Salvador, el reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está cerca de nosotros, en los labios y en el corazón, sin duda, cuando pedimos que venga el reino de Dios, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con aquellas palabras del Evangelio: Vendremos a él y haremos morada en él.

«Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.

«Con respecto al reino de Dios, hay que tener también esto en cuenta: del mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado.

«Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu. De este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que y en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas.

«Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Ya desde ahora este nuestro ser, corruptible, debe vestirse de santidad y de incorrupción, y este nuestro ser, mortal, debe revestirse de la inmortalidad del Padre, después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios en nosotros, comencemos a disfrutar de los bienes de la regeneración y de la resurrección».

Índice de Reforma o apostasía

 

24.02.15

(307) En las tormentas de la Iglesia, fe, esperanza y caridad –y II

Bloch +1890

–Pues no pide usted poco…

–Es que el Espíritu Santo quiere fortalecer nuestras virtudes teologales, no sea que vayamos a hundirnos.

–Graves males sufre hoy la Iglesia, como lo comprobamos en el artículo anterior, que provocan dentro de ella combates muy fuertes, que ya desde el siglo XIX van in crescendo, o si se quiere desde el siglo XVI. Hay males

-en el campo doctrinal, aunque los moderados, con un voluntarismo buenista, digno de mejor causa, no quieran darles mayor importancia; y aunque los deformadores vean precisamente en esos graves errores, insuficientemente combatidos, la esperanza de una Iglesia nueva; tan nueva que no sería ya la Iglesia Católica de Cristo. Pero hay también   

-en el campo práctico males muy graves, que son consecuencias directas de las muchas falsificaciones de la fe católica, y que provocan en moderados y en deformadores las mismas reacciones ya señaladas. Existen sin duda Iglesias locales pujantes, fieles, en crecimiento. Pero en las Iglesias progresivamente descristianizadas, esos males morales y disciplinares son realmente muy graves:

arbitrariedades sacrílegas en la liturgia, especialmente en la Eucaristía; distanciamiento habitual de la Misa dominical en una gran mayoría de bautizados; anticoncepción sistemática en los matrimonios; disminución extrema de la natalidad y de la nupcialidad; desaparición del sacramento de la penitencia; escasez persistente de vocaciones sacerdotales y religiosas; secularización de las misiones, de las grandes obras sociales de caridad, de las escuelas, colegios y Universidades católicas; culto a las riquezas, con la consiguiente aceptación de la injusticia social; paralización de los cristianos en política; debilitación de la Autoridad apostólica ante la refutación de las herejías y ante los abusos disciplinares y litúrgicos; etc.

–Todos estos males doctrinales y prácticos producen hoy angustia, e incluso desesperación, en no pocos cristianos, ya desde hace decenios; pero especialmente con ocasión de las públicas batallas doctrinales y disciplinares recientemente suscitadas en la Iglesia. Este artículo, pues, se dirige sobre todo a estos fieles católicos. Ellos no son moderados buenistas –vamos bien, con luces y sombras–, y menos aún son deformadores. Son simplemente católicos angustiados, y algunos de ellos desesperados. Necesitan el riego vivificante de la Palabra divina «como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sal 62,2), «a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras permanezcan firmes en la esperanza» (Rm 15,4).

«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar nosotros a todos los atribulados con el mismo consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2Cor 1,3-4). «El justo vive de la fe» (Rm 1,17; Hab 2,4; Gal 3,11; Heb 10,38, etc.), y «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (Rm 10,17)… Yo sé bien por qué inicio mi artículo con estas palabras sagradas.

* * *

–«Con todo lo precedente ¿no querrá usted convencernos de que el cristiano no debe sufrir, ni entristecerse, ni pasar angustias con los males que afligen a la Iglesia y a la humanidad? No sería un fiel imitador de Cristo y de los santos. Sería un mal cristiano»… Mi respuesta comienza recordando aquella frase de San Pablo, en la que distingue dos modos de tristeza, muy distintos entre sí: «La tristeza según Dios es causa de penitencia saludable, de la que jamás hay por qué arrepentirse. Pero la tristeza según el mundo lleva a la muerte» (2Cor 7,10).

Hay, pues, un sufrimiento, una tristeza, una angustia, que espiritualmente son buenos, porque son un acto de caridad, que expresa el dolor por el pecado propio o ajeno, viendo a Dios así ofendido. Y hay también otros que son malos, porque proceden de la voluntad carnal frustrada, de la disconformidad con la voluntad de Dios providente, de la falta de confianza en el Señor, como si los males del mundo y de la Iglesia se le hubieran ido de las manos, escapando de su dominio. Esta tristeza es mala, y hay que luchar contra ella.

Cristo ha sido el hombre que más ha sufrido en toda la historia de la humanidad. Los evangelistas, sin temor a escandalizarnos, refieren que Jesús en Getsemaní «comenzó a sentir tristeza y angustia», y dijo a los tres apóstoles que le acompañaban: «mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,37-38; cf. Mc 14,33-34). Y este gran sufrimiento, causado por el conocimiento del pecado del mundo pasado, presente y futuro, no se produce solo en esta proximidad de la Pasión, sino que en cierto modo acompaña toda su vida.

Dice Santa Teresa: «¿Qué fue toda su vida sino una cruz, siempre delante de los ojos nuestra ingratitud y ver tantas ofensas como se hacían a su Padre, y tantas almas como se perdían? Pues si acá una que tenga alguna caridad [ella misma] le es gran tormento ver esto, ¿qué sería en la caridad de este Señor?» (Camino Perfec. 72,3).

Todos los santos han sufrido a causa del pecado, y han sufrido por amor a Dios y por amor a los pecadores. «Arroyos de lágrimas bajan de mis ojos por los que no cumplen tu voluntad» (Sal 118,136; cf. Lam 3,48-51). San Pablo confiesa: «estoy crucificado con Cristo» (Gál 2,19); «el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (6,14), y «cada día muero» (1Cor 15,31). Mucho sufre porque los judíos rechazan a Cristo: «siento una gran tristeza y un dolor continuo en mi corazón porque desearía yo mismo ser anatema de Cristo por mis hermanos» (Rm 9,2). Pero al mismo tiempo,

Cristo ha sido el hombre más feliz del mundo, y nadie ha tenido una alegría comparable con la suya y la de sus santos. Tendrán ustedes que reconocerlo. Nadie se ha sabido tan Amado del Padre como Él. Nadie ha amado a los hombres como Él, y los hombres tenemos alegría en la medida en que amamos, y amamos bien, porque somos imágenes de Dios, que es amor. Nadie ha captado la bondad y belleza del mundo como Cristo, el Primogénito de toda criatura. Nadie ha entendido y admirado como Él los planes de la Providencia divina, siempre plenos de sabiduría, bondad y misericordia. Nadie se ha alegrado tanto con la bondad de los hombres buenos, causada por Él. Nadie ha conocido como Él la fuerza de la gracia, ni se ha alegrado tanto en la conversión de los pecadores.

Cristo ha sido el más sufriente y el más feliz de todos los hombres. Es paradójico, pero indiscutible, aunque para nosotros sea un misterio no fácil de explicar. «La perfecta alegría» de San Francisco de Asís, en la mayor desolación, puede darnos una idea de este contraste misterioso, pero real (Florecillas VII). Si quieren profundizar más en esta infinita paradoja, pueden servirles quizá las consideraciones que hago en mi libro El martirio de Cristo y de los cristianos (Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2003, pg. 5-12). Lo que ahora más me importa es que aquellos buenos cristianos, que hoy están escandalizados y angustiados por los males del mundo y, sobre todo por los de la Iglesia, hallen la paz en la verdad.

* * *

Gloria al Padre nuestro celestial, que por puro amor nos creó, y en él «vivimos, existimos y somos» (Hch 17,28), sostenidos en cada instante directamente por su manos poderosas. Gloria al Padre que, caídos los hombres en el pecado, «tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Nos asegura Jesús que «bien sabe vuestro Padre celestial todo los que vosotros necesitáis», y si tan bien cuida de las flores del campo y de las aves del cielo, «¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? ¿No valéis vosotros más que ellas?» (Mt 6,25-30)… Más aún, dice Cristo con una enérgica afirmación: «lo que mi Padre me dio es mejor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10,29-30).

Si Dios ha querido ser nuestro Padre y ha querido hacernos hijos suyos, tendrá que cuidarnos. Santa Teresa de Jesús se encarga de recordarlo: «pues en siendo padre nos ha de sufrir, por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a Él como el hijo pródigo, nos ha de perdonar; nos ha de consolar en nuestros trabajos, mejor que todos los padres del mundo; nos ha de regalar, nos ha de sustentar»… (Camino Perfecc. 44,2).

Gloria al Hijo redentor, que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre, y entregó su vida en la cruz para remisión de nuestros pecados y para ganarnos la filiación divina. Él nos ha adquirido, al precio de su sangre, como Cuerpo suyo, como Esposa suya en la única Iglesia, de la que está enamorado. «Y nadie aborrece jamás su propia carne, sino que alimenta y la abriga como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo» (Ef 5,29-30).

«Él es el que nos ama, y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre» (Ap 1,5). Por tanto, «¿quién nos arrebatará al amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… [¿Algunos hombres vestidos de negro, con alzacuellos, que dicen barbaridades?] En todas esas cosas vencemos por aquel que nos amó» (Rm 8,35-37).

Gloria al Espíritu Santo, el Don supremo del Padre y del Hijo para los hombres. «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14,16). Si Cristo es la Cabeza, el Espíritu Santo es «el alma de la Iglesia» (Vat. II, LG 7; Juan Pablo II, 28-XI-1990). Él nos ilumina la fe, sostiene nuestra esperanza, enciende y acrecienta nuestra caridad, y perfecciona por sus dones el ejercicio de todas las virtudes, permitiéndonos participar así de la vida de la gracia al modo divino. Más aún, Él habita en nosotros, en la unidad del Padre y del Hijo, como en un templo. Siendo esto así, ¿algún cristiano puede autorizarse a vivir angustiado, desesperado, cuando vayan mal las cosas en el mundo y en la Iglesia? 

Gloria a la Virgen María, que nos ha sido dada como Madre por su hijo unigénito, Jesús. Nosotros, como el discípulo Juan, «la recibimos en nuestra casa» espiritual (Jn 19,25-27). Aquello que dijo el Vaticano II, lo afirma Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios: María «continúa en el cielo ejercitando su oficio maternal con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye a engendrar y a acrecentar la vida divina de cada una de las almas de los hombres redimidos» (1968, n.15).

San Pío X lo dice con aún mayor ternura: «Debemos decirnos originarios del seno de la Virgen, de donde salimos un día a semejanza de un cuerpo unido a su cabeza. Por esto somos llamados, en un sentido espiritual y místico, hijos de María, y ella, por su parte, nuestra Madre común. “Madre espiritual, sí, pero madre realmente de los miembros de Cristo, que somos nosotros” (San Agustín)» (1904, enc. Ad diem illud). Ella, ascendida en cuerpo y alma junto a Dios, «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte», de tal modo que «vive siempre para interceder por nosotros» (Heb 7,25). «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios»… ¿Qué lugar hay en un cristiano para la angustia y la desesperación?

Gloria a la Iglesia celestial, con la que nos unimos especialmente en la Eucaristía diaria.. «con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y los mártires, y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre la ayuda» del Señor (Plegaria euc. III).

Gloria a los santos Ángeles de Dios, revelados en el Antiguo Testamento, pero mucho más claramente en el Nuevo, que cuidan de los hombres, de los discípulos de la Iglesia, de la Esposa de Cristo:

«No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque [el Señor] a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. Se puso junto a mí: lo libraré; me invocará y lo escucharé» (Sal 90).

Gloria a la Iglesia peregrina, la de la tierra, con su doctrina luminosa, siempre fiel a sí misma, guardada en la verdad por el Espíritu Santo, luz indefectible entre tanta oscuridad y mentira; con su liturgia, sacramentos y sacramentales; con sus Escrituras sagradas, sus Concilios sagrados, los escritos celestiales de sus santos;

con aquellos que perseveran en la oración, que llevan fielmente la cruz de cada día; con sus párrocos y Obispos entregados a su gente día a día, con sus misioneros, sus mártires, sus padres de familia, sus niños, sus religiosas activas y contemplativas, sus monjes, sus religiosos, sus vírgenes consagradas, sus iglesitas y sus catedrales por todas partes; con sus innumerables obras de caridad y de beneficencia, especialmente admirables en los países más pobres; con la Roca de Pedro, con el Papa, asegurado por la oración de Cristo: «yo he rogado por ti [Simón Pedro:… Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger, Jorge Bergoglio] para que no desfallezca tu fe» (Lc 22,32), y asegurado por la oración de cientos de millones de fieles en todas las Misas, al final de los Rosarios… («por el Papa»). «Pedid y recibiréis» (Jn 16,24); «todo cuanto con fe pidiéreis en la oración lo recibiréis» (Mt 21,22)… Un mundo de gracia divina, sobrehumana, celestial ya aquí en la tierra.

Hermanos angustiados y desesperados, mirad con los ojos de la fe a la Iglesia, la Esposa bellísima de Cristo. Mirad a Jesús, que «en aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,31), y «tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Descansad, aunque sea por unas horas.

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–La fe en la Providencia divina se ha debilitado grandemente en los últimos tiempos, y uno de sus signos es la angustia y desesperación que hoy se apodera de algunos cristianos ante los males del mundo y de la Iglesia. Es la fe en la Providencia la que fundamenta la esperanza y asegura la paz en las almas creyentes. Vayan las cosas como vayan en el mundo y en la Iglesia. Digo que se ha debilitado la fe en la Providencia en los que tienen fe. Porque en quienes carecen de ella, no existe en absoluto, por supuesto. La niegan rotundamente.

Predomina hoy en muchos ambientes católicos formas modernas del pelagianismo o de su modo suavizado, el semipelagianismo, que se le asemeja no poco (cf. en este blog 61-65). No se admite fácilmente que un plan de Dios providente dirija la vida del hombre y de las naciones, porque no se cree en la primacía de la gracia (66-75). Se piensa más bien que la línea vital de los pueblos, de la misma Iglesia, es aquella que las opciones libres de los hombres van diseñando. Por tanto, es el hombre, es la parte humana, la que en definitva decide lo que ha sido, lo que es y lo que será su vida personal, lo mismo que la vida del mundo y de la Iglesia. La misma palabra predestinación, tan importante en la Escritura, en la Tradición y en la teología clásica, prácticamente ha desaparecido de los textos de teología.

Es posible que hoy un párroco o profesor de teología diga, por ejemplo, que si tal persona se accidentó en su coche y quedó parapléjica, nada tiene que ver Dios y su providencia divina con tal suceso: ha de atribuirse únicamente a la conducción imprudente del vehículo o a un error del mecánico que lo preparó. La misma Pasión de Cristo no es, según eso, cumplimiento de un plan eterno de Dios, anunciado en las Escrituras. Cristo murió porque los poderosos de su tiempo lo mataron. Y punto. Fue así su muerte, como podía haber sido de otro modo. Estas teologías anti-cristianas sobre la Providencia no suelen tener formulaciones sistemáticas y precisas, que chocarían abiertamente con doctrinas dogmáticas de la Iglesia. Pero se expresan con mucha frecuencia. No me alargaré sobre el tema porque ya lo traté más largamente en (133) Cristo vence los males del mundo –I  y –II (134); (135) Providencia divina–I. Dios nuestro Señor gobierna el mundo y (136) –II. El Señor es justo y misericordioso.

La fe en la Providencia fue, sin embargo, en toda la historia de la Iglesia uno de los rasgos más profundos de la espiritualidad popular cristiana. Tanto que muchos refranes y dichos antiguos la expresan: «Dios escribe derecho sobre renglones torcidos», «Que sea lo que Dios quiera», «Dios proveerá», «Así nos convendrá», «No hay mal que por bien no venga», «Dios dirá», «Dios quiera que», «Si Dios quiere, iremos a…» (cf. Sant 4,15), «Con el favor de Dios», «Gracias a Dios», «Todo está en manos de Dios», «Dios da la ropa según el frío», «Dios aprieta, pero no ahoga», «El hombre propone y Dios dispone», etc.

–Recordaré en tesis fundamentales la teología dogmática y espiritual de la Providencia, que hoy tanto falta y tanta falta nos hace. Incluso a veces es expresamente negada.

La fe en la Providencia divina es antiquísima, revelada ya a Israel desde el principio, cuando tantas otras verdades le eran desconocidas todavía. «El Señor frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre, de edad en edad» (Sal 32,11). «Tu reinado es un reinado perpetuo» (144,13). José, en Egipto, dice a sus hermanos que lo vendieron como esclavo: «No sois vosotros los que me habéis traído aquí. Es Dios quien me trajo y me puso al frente de toda la tierra de Egipto» (Gén 45,8)… «¿Quién puede resistir su voluntad?» (Rm 9,19).

–«Todo lo que Dios creó, con su providencia lo conserva y lo gobierna» (Vaticano I: Dz 3003). «Él cuanto quiere lo hace» (Sal 113-B,3). «Yo digo: “mi designio se cumplirá; mi voluntad la realizo”… Lo he dicho y haré que suceda, lo he dispuesto y lo realizaré» (Is 46,10-11; cf. 48,3-5)… Está claro: aquí no tose nadie sin el permiso de Dios. Y no hay en el mundo un gramo más de mal que lo que Dios permite. Y todo bien concreto ha sido impulsado por la bondad providente del Rey del Universo. Sabe Dios perfectamente, en su sabiduría omnipotente, lo que promueve y lo que permite. ¿Puede haber algún creyente que se atreva a objetar algo a su gobierno?

Dios interviene continuamente en el orden de causalidades intramundano, y a veces en modos extraordinarios, en milagros (cf. mi estudio Los Evangelios son verdaderos e históricos, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2013, concretamente en el apéndice, Los milagros de Jesús según Walter Kasper). Aunque el Cardenal Kasper, y antes que él tantos otros protestantes liberales y modernistas, niegue con no pocos exegetas católicos actuales la mayoría de los milagros de Cristo –es decir, todos–, en cuanto alteraciones eventuales de las leyes internas al mundo, Jesús «hizo muchos milagros», como lo reconocen los mismos que lo condenaron a muerte (Jn 11,47). Así consta en casi todas las páginas de los Evangelios, en la enseñanza del Concilio Vaticano I (Dz 3034), en el Catecismo de la Iglesia (547-553). Israel entiende la historia de la salvación como una serie de acciones de Dios en favor de su pueblo. Y esa historia de intervenciones del Señor continúa en la Iglesia hoy y hasta el fin de los tiempos. La oración de petición no tendría sentido si Dios no interviene en el mundo. En fin, «cuanto hacemos, eres Tú quien para nosotros lo hace» (Is 26,12). «Nuestro Dios está en los cielos y en la tierra, y todo cuanto quiere lo realiza» (Prov 19,21).

La Providencia divina no obra solamente en las grandes líneas de la historia, sino que gobierna lo grande y lo mínimo. No es como enseña Cicerón: «dii magna curant, parva negligunt». Es como dice Cristo: «ni un solo gorrión cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre» (Mt 28,18).

Dios gobierna siempre en su providencia todas las criaturas con amor inmenso y misericordia indecible. «Todas las cosas colaboran al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). El Catecismo de la Iglesia recuerda que «Santa Catalina de Siena dice “a los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede”: “todo procede del amor [de Dios], todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin”. Y santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: “Nada puede pasarme que Dios no quiera.Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”» (n.313). Por tanto, hemos de ver el amor de Dios en todo lo que sucede. Hemos de dar gracias a Dios «siempre y en todo lugar». Y sin ningún miedo, sin ninguna restricción mental, debemos pedir al Padre providente: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo».

La Providencia divina ordena las cosas al mismo tiempo con justicia y con misericordia. Pero, si vale decirlo, aunque no sea exacto, la misericordia divina hace algunas veces sus trampas, no abandonando el mundo el simple juego brutal de sus causalidades internas libres. No. El Señor «no nos trata como merecen nuestros pecados» en  pura justicia (Sal 102,10). Santo Tomás expresa lo mismo diciendo: «La misericordia divina es la raíz o el principio de todas las obras de Dios, y penetra su virtud, dominándolas. Según esto, la misericordia sobrepasa la justicia, que viene solamente en un lugar segundo» (STh I, 21,4).

Permitiendo a veces males enormes promueve Dios providente inmensos bienes. Del peor crimen de la historia humana, la Pasión de Cristo, fluyen los mayores bienes para la humanidad en todos los siglos. Si Dios no permitiera perseguidores de la Iglesia, no tendríamos la legión gloriosa de los mártires. Muchas grandes verdades de la fe católica –la divinidad de Jesucristo, la primacía y necesidad absoluta de la gracia, etc.– fueron formuladas por la Iglesia con ocasión de pésimas herejías: «oportet hæreses esse» (1Cor 11,19). Son inescrutables los designios de Dios providente (Rm 11,33-34). Por eso escribe León Bloy que, aunque no lo entendamos, «todo lo que sucede es adorable».

Es Cristo, Rey del universo, quien todo lo gobierna con providencia divina, porque a Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Se sirve, ciertamente, para ello normalmente de causalidades segundas, no sólo de las buenas, sino también de las malas. En todo caso, como todos los días repetimos una y otra vez [aunque no consta que nos enteremos de lo que decimos] «nuestro Señor Jesucristo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén».

Los que niegan la Providencia niegan a Dios en cuanto Señor del cielo y de la tierra, y no entienden nada de la historia de la Iglesia y de las naciones. No entienden, por tanto, nada del presente. Y cabe sospechar, sin caer en juicios temerarios, que estas grandes verdades de la fe en la Providencia no están del todo operantes en quienes, ante los tormentosos sucesos actuales de la Iglesia, se hunden en la angustia o incluso en la desesperación, como si no estuviera todo integrado en un plan de Dios providente. Más aún: se creen incluso algunos con motivos sobradamente suficientes para hundirse en tales sentimientos: con-sienten en lo que sienten, no intentan salir de sus sentimientos, y procuran comunicarlos a los demás. Lo que ya es el summum.

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Desconcertados. Nadie hoy en la Iglesia Católica tiene derecho para autorizarse a estar desconcertado. Nunca la Iglesia ha tenido un corpus doctrinal tan amplio y perfecto. Sobre cualquier tema que pueda interesarnos: documentos sobre la Escritura, sobre la Liturgia, la Virgen María, el Sacerdocio, la Eucaristía, la Doctrina social… Tenemos el Catecismo de la Iglesia Católica, síntesis amplia y perfecta de la doctrina y disciplina de la Iglesia, autorizada por San Juan Pablo II… Jamás, ni de lejos, ha tenido la Iglesia tantas fuentes abiertas que manan agua viva. Si alguno las desprecia y prefiere beber las aguas de cualquier charco de moda, leyendo le dernier cri, el último aullido ofrecido en tantas librerías religiosas, incluídas muchas diocesanas, no se lamente después de su desconcierto… y de su descomposición.

«Pasmáos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, palabra del Señor. Ya que es un doble crimen el que ha cometido mi pueblo: dejarme a Mí, fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas agrietadas, incapaces de contener el agua» (Jer 2,12-13).

Indignados. Entre los «buenos» cristianos, no son pocos hoy los que están indignados. Están absolutamente disconformes con el modo providente que nuestro Señor Jesucristo emplea hoy para gobernar su Iglesia, especialmente por los males que permite; pero también por los bienes que no acaba de promover eficazmente. Están indignados, y se reconocen ampliamente autorizados para estarlo. «Hombres de poca fe», que hacen de su ceguera una virtud.

«¡Hombre! ¿Quién eres tú para pedir cuentas a Dios? Acaso dice el vaso al alfarero: “¿por qué me has hecho así?” ¿O es que no puede el alfarero hacer del mismo barro un vaso de honor y un vaso indecoroso?» (Rm 9,20-21). «¡Qué insondables son sus juicios e inescrutables su caminos! Porque ¿quién conoció el pensamiento del Señor? ¿Quién fue su consejero?» (11,33-34). Dice el Señor: «No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos. Cuanto son los cielos más altos que la tierra, tanto están mis caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros mis pensamientos» (Is 55,8-9).

Tentados. «¿En qué está pensando el Señor al permitir tantísimos escándalos y tentaciones en el mundo e incluso dentro de la Iglesia, procurándonos tan pocos defensores de la fe y de la disciplina católica? Esto se va a la ruina. Estoy completamente desesperado/a»… Comentarios como éste, al pie de noticias o de artículos, recibimos muchos. Son palabras necias, que no nacen del Espíritu, sino de la carne.

Las virtudes son como músculos espirituales (virtus, fuerza), que no se desarrollan bajo la gracia con actos remisos, sino con actos intensos (no se desarrollan levantando un lápiz, sino subiendo un piano al primer piso). Por eso Dios permite en la historia «tiempos recios», para que con su gracia crezcan los fieles en actos muy intensos de virtud. Los tiempos más duros de la historia suelen dar grandes santos, pues son asistidos por inmensas gracias de Dios. «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que con la tentación dispondrá el modo de poderla resistir con éxito» (1Cor 10,13).

«Tened por sumo gozo veros rodeados de diversas tentaciones, sabiendo que la prueba de vuestra fe engendra paciencia» y fortalece todas las virtudes (Stg 1,2-3). «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida, que Dios prometió a los que le aman» (1,12). Bendigamos al Señor de todo corazón, pues nos puso a vivir en momentos de la historia tan duros que sólo con actos heroicos, activados por su gracia, podemos perseverar en la fe verdadera y en el fiel seguimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Preocupados. «Vivo lleno de ansiedad y preocupaciones, pues casi todas las noticias que me llegan del mundo y de la Iglesia son malas. ¿Cómo no voy a estar preocupado/da?… Y lo peor es que estas preocupaciones no me las puedo quitar de la cabeza»… Vamos por partes. Pre-ocuparse es algo morboso: es ocuparse en exceso. Y no poder quitarse de encima las preocupaciones es igualmente un desorden que hace mucho daño: es una falta de libertad personal; pero «para que gocemos de libertad, Cristo nos ha hecho libres» (Gal 5,1), libres también de nuestros propios pensamientos obsesivos. ¿Qué hace usted, pues, cautivo/a en la cárcel de sus preocupaciones, por nobles que sean sus objetos? ¿Como es posible que se autorice a estas verdaderas orgías de preocupación, que amargan su vida y la de sus prójimos, que le incapacitan para la oración pacífica y para las obras buenas? ¿Y aún se atreverán a entender sus preocupaciones como actos y actitudes de virtud y de mérito?

Léanse Mateo 6, la parábola de las flores del campo y de las aves del cielo (25-34). Escuchen lo que muy claramente manda el Señor: «no os preocupéis». Es un mandato, no un consejo. Y siempre que el Señor nos da la gracia de recibir un mandato suyo, nos da su gracia para que podemos vivirlo (no se queda con los brazos cruzados: a ver cómo nos apañamos para cumplirlo). «No os preocupéis», nos manda el Señor. Y argumenta su mandato. El Padre celestial conoce vuestras necesidades, y cuida de vosotros más que de las plantas y los pájaros, porque valéis mucho más que ellos. No os preocupéis porque preocuparos no os vale para nada. Orar y ocuparse (ora et labora), sí; pre-ocuparse, no. Sería hacer como un burro, que diera vueltas y vueltas a un pozo sin agua, tratando de sacarla. «El auxilio nos viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,2).  ¡No os preocupéis! Es un mandato de Cristo: y «vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).

Alegres en la esperanza. Un hombre que viaja en un tren pésimo –ruido, hacinamiento, corrientes de aire, sin asiento– va tan feliz porque, por fin, vuelve a casa después de años de exilio, y le esperan su esposa, sus hijos, su casa. ¿Qué importancia va a dar a todas esas molestias? Ni las nota apenas… Nosotros, en la Iglesia peregrina, viajamos hacia la Casa del Padre, donde Cristo ha ido por delante para prepararnos un lugar (Jn 14,2), y por muy calamitosas que sean las condiciones del mundo y de la Iglesia, por mucho que cueste el parto, «nadie será capaz de quitarnos la alegría» (Jn 16,22). Con toda razón, pues, manda Cristo por el Apóstol: «vivid alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación» (Rm 12,12)… ¿Alguna objeción?… Pero la alegría cristiana tiene un motivo todavía mayor: el amor de Cristo:

Alegres en Cristo. Otra vez estamos ante un mandato de Cristo, que nos lo da también por el Apóstol; no es un mero consejo: «Alegraos siempre en el Señor. De nuevo os digo: alegraos… El Señor está próximo. Por nada os inquietéis» (Flp 4,4)… ¡Pues no había pocas razones para inquietarse, cuando dice esto San Pablo, en aquellos tiempos de persecución! Pero, justamente, pocos libros cristianos se han escrito tan exultantes de gozo como las Actas de los mártires, verdaderos partes de victoria, himnos de ingreso directo en el Cielo. Y es que, como lo recuerda el Papa Francisco, «el Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría» (exh. apost. Evangelii gaudium 5, 24-XI-2013).

El Evangelio es la Buena Noticia. El Señor está con nosotros, vive en nosotros (Gál 2,20). Es el sentimiento predominante en los escritos apostólicos, por ejemplo, en las introducciones de las Cartas. Pero ya en el Antiguo Testamento, esperando al Mesías, está vibrante la espiritualidad de la alegría. «Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa segura» (Sal 15,8). Es la alegría espiritual un gran don de Dios, que se le debe pedir: «Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan» (85,4-5).

Paz en la Voluntad divina providente. El que busca hacer su voluntad tiene que estar necesariamente ansioso, lleno de preocupaciones y sufrimientos, pues muchas veces no logra realizar lo que quiere y son innumerables las fuerzas que pueden contrariar sus deseos. Parece un moscardón, introducido en una habitación, que vuela en todas direcciones, chocando con la pared innumerables veces… Por el contrario, el que busca en todo hacer la voluntad de Dios providente vive en paz continua, inalterable, sean cuales fueren las circunstancias del mundo y de la Iglesia. «Hágase en mí según tu palabra», dice María, pues Ella jamás tiene planes propios, voluntad propia. Ella sólo quiere hacer la voluntad de Dios en cada instante; y eso, con su gracia, siempre es posible. Del mismo modo, el cristiano que guarda conformidad total e incondicional con la voluntad de Dios providente, propiamente no sufre nunca contrariedades, pues en todo ve la mano bondadosa del Señor. Cree en la Providencia divina. 

Hay cristianos hoy que no quieren saber nada ni del mundo ni de la Iglesia, y se mantienen lo más ajenos posible a lo que va sucediendo. No lo soportan, se ponen enfermos, se hunden con las noticias civiles y eclesiásticas. Prefieren no saber nada. Quizá alguno les aconseje: «escapa como un pájaro el monte, porque los malvados tensan el arco, ajustan la saeta a la cuerda, para disparar en la sombra contra los buenos» (Sal 10,1-2)… Puede ser que por dolencias psicológicas o morales sea ése un buen consejo. O porque el Señor les llame al desierto, con una excelsa vocación contemplativa. «¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruïdo!» (Fr. Luis de León)… Pero en principio no es ésa la vida querida por Dios para el común de los cristianos. Cristo ruega al Padre: «no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal» (Jn 17,15).

Paz en Cristo, hermanos, recibidla de Él mismo. «Yo os doy mi paz; no es la doy como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).

«Aunque la higuera no eche yemas y las viñas no tengan fruto, aunque el olivo olvide su aceituna y los campos no den cosechas, aunque se acaben las ovejas del redil y no queden vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador» (Hab 3,17-18).

«Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; con él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (Sal 32,20-22).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

 

17.02.15

(306) En las tormentas de la Iglesia, alegres en la esperanza (I)

Brueghel, el Viejo, 1596

–Perdone, pero no veo yo muchos motivos para estar alegres en la esperanza.

–La Santísima Trinidad habita en usted como en un templo. Cristo le atrae con su gracia hacia el cielo, que está a la vuelta de la esquina… ¿Y no ve motivos para estar alegre en la esperanza?… Necesita leer lo que sigue.

–La Iglesia en la tierra está siempre en guerra con el mundo, precisamente para salvarlo de sus gravísimos errores y pecados. «El mundo entero yace bajo el poder del Maligno» (1Jn 5,19). Hay que combatirlo con la fuerza del Salvador para vencerlo y liberar a los hombres. «Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Pero lo ha vencido porque lo ha combatido. «No penséis –dice Cristo– que he venido a sembrar paz en la tierra; no vine a sembrar paz, sino espada» (Mt 10,34).

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