7.09.19

Aquel que no renuncia… no puede ser discípulo mío

Homilía para el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C).

Creer en Jesús es seguirle con valentía y perseverancia por el camino de la cruz – que es, a la vez, el camino de la resurrección-. La fe es algo más que acompañar circunstancialmente a Jesús o que sentir admiración por Él. La fe exige la identificación del discípulo con el Maestro y comporta el dinamismo de caminar tras sus huellas. No se puede creer en Jesús sin vivir como Él, sin seguirle. Y este proceso de seguimiento supone estar dispuestos a un cambio continuo, a una verdadera conversión.

Jesús pide una entrega radical, una entrega que solamente puede pedir Dios. Explicando las condiciones que se requieren para seguirle, el Señor, indirectamente, revela su identidad divina. Él es más que un profeta. Siguiéndole a Él se hace concreta la observancia del primer mandamiento de la ley de Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Seguir a Jesús es responder, con la propia vida, al amor de Dios.

Esta primacía de Dios, esta renuncia a divinizar lo que no es divino, que Jesús pone como condición para ser discípulo suyo, la recoge San Benito al indicar la finalidad de su regla: “No anteponer absolutamente nada al amor de Cristo”. Ni los lazos familiares, ni los bienes, ni el amor a uno mismo pueden tener la precedencia. El primer lugar le corresponde a Dios, que ha salido a nuestro encuentro en la Persona de Cristo.

El Señor, caminando delante de nosotros, nos indica cómo hacer real este programa exigente. Pide renuncia aquel que se anonadó a sí mismo; pide pobreza el que por nosotros se hizo pobre; pide llevar tras Él la cruz aquel que se hizo obediente hasta la muerte. Conformando nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones con los del Señor responderemos a la primera vocación del cristiano, que no es otra que seguir a Jesús (cf “Catecismo” 2232).

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31.08.19

Invitado por la Asociación Española de Profesores de Liturgia: Fe y ritualidad

He tenido el honor de participar como invitado en las “XLIV Jornadas de la Asociación Española de Profesores de Liturgia”, dedicadas a “El lenguaje no verbal en la liturgia” y celebradas en Guadarrama (Madrid) del 27 al 29 de agosto.

Me habían pedido, como profesor especializado en Teología Fundamental, una ponencia con el título “Fe y ritualidad”. El Catecismo de la Iglesia Católica – un texto que nunca estudiaremos suficientemente – dice sobre los sacramentos: “No solo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por eso se llaman sacramentos de la fe” (1123).

Si estas breves líneas fuesen interiorizadas por docentes y pastores, además de por los demás fieles católicos, muchas cosas mejorarían. Mejoraría la lógica de la fe, su coherencia, su consistencia.

Siempre he estado interesado en la teología de la fe. Le he dedicado varios artículos y estudios, además de mi tesis doctoral. Cito algunos: “La dimensión eclesiológica, comunitaria y celebrativa de la fe”, Scripta Fulgentina 22 (2012) 61-82. “Carácter testimonial de la fe cristiana”, Revista Española de Teología 73 (2013) 429-444. “La estructura sacramental de la fe. La fe, los sentidos y la imaginación”, Revista Española de Teología 78 (2018) 333-356. “Lo visible y lo eterno. La estructura sacramental de la fe en teología fundamental”, Compostellanum 64 (2019) 397-421.

La reflexión sobre la fe y la ritualidad se enmarca en esa dirección. Una misma gramática vincula la revelación, la fe y la ritualidad (y los elementos esenciales de la comunicación humana). Una gramática que tiene como bases el simbolismo y la sacramentalidad. Los sentidos y la fe se unen para descubrir el elemento fascinante de la experiencia de la realidad y de lo divino. La imaginación ayuda a explorar lo posible, a ver de otro modo el mundo para obrar en él hacia el bien.

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24.08.19

La puerta estrecha

La palabra “salvación” constituye uno de los términos esenciales del vocabulario cristiano. Sin embargo, no resulta fácil proporcionar una definición. Puede entenderse como “el estado de realización plena y definitiva de todas las aspiraciones del corazón del hombre en las diversas ramificaciones de su existencia” (G. Iammarrone).

¿Es posible la salvación? ¿Cabe esperarla? ¿Debemos aguardar una vida que sea plenamente vida? Para muchos, la vida cumplida y feliz se circunscribe al horizonte de la historia. La “salvación” sería, entonces, una vida buena, caracterizada por el bienestar, por el disfrute de la salud, de una posición económica desahogada y de una estabilidad emocional.

El Evangelio abre un panorama más amplio. La salvación del hombre consiste en su apertura a Dios; en la comunión de vida con Él. Esta posibilidad de una existencia nueva es, fundamentalmente, un don de Dios. Un regalo que Dios nos ha hecho enviando a Cristo y haciéndonos partícipes de su Espíritu. La salvación como vida en comunión con Dios se inicia aquí, en la tierra, y encuentra su plenitud en el cielo.

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15.08.19

La Asunción, la esperanza y el consuelo

La doctrina de la Iglesia enseña que la Virgen María, glorificada en los cielos en cuerpo y alma, “antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza y de consuelo” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium 68).

María es señal de esperanza, que nos presenta como posible lo que deseamos, y es, al mismo tiempo, señal de consuelo, de descanso y alivio. Ambas cosas, la esperanza y el consuelo, resultan necesarias para el peregrino, para el caminante. Atisbar la meta anima a seguir andando y aligera las molestias padecidas en el camino.

El hombre tiene como meta la belleza más auténtica, que es la de la santidad, alcanzada ya plenamente por la Virgen: “María es, en efecto, la primicia de la humanidad nueva, la criatura en la cual el misterio de Cristo –encarnación, muerte, resurrección y ascensión al cielo – ha tenido ya pleno efecto, rescatándola de la muerte y trasladándola en alma y cuerpo al reino de la vida inmortal” (Benedicto XVI).

Esa belleza a la que tendemos es la verdadera felicidad; es Dios. “¿Cómo es Señor, que yo te busco – se preguntaba San Agustín - ? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti”.

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17.07.19

Lo visible y lo eterno. Un artículo en "Compostellanum"

¿Cómo se relacionan lo visible y lo eterno? ¿Son magnitudes opuestas o, por el contrario, encuentran su conciliación en el universo cristiano? La respuesta – y la explicación de la respuesta – puede ser pertinente para la teología de la fe y para la Teología fundamental en su conjunto.

Entre las tareas de la Teología fundamental está, como es sabido, el estudio del acto de fe y de su correspondiente credibilidad, que depende esencialmente de la credibilidad de la misma revelación. Sobre la fe ha tratado abundantemente la primera encíclica del papa Francisco, Lumen fidei, en la que afirma que la fe tiene una “estructura sacramental”. También la carta Placuit Deo de la Congregación para la doctrina de la fe incide en el carácter sacramental de la economía de la salvación.

Partiendo de estos dos documentos, nos preguntaremos sobre la ayuda que algunas reflexiones teológicas recientes pueden proporcionar a la hora de explicar en qué consiste esa mencionada estructura sacramental, o sacramentalidad, de la fe a fin de comprender mejor la conexión entre lo visible y lo eterno. Nuestra sospecha inicial es que tal esclarecimiento puede ayudar a la misión de la Teología fundamental.

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