6.08.18

La pena de muerte, hoy inadmisible

No todos los contenidos del Catecismo son dogmas de fe, en sentido estricto; pero eso no significa que carezcan de importancia. El Catecismo de la Iglesia Católica es una “presentación auténtica y sistemática de la fe y de la doctrina católica”, decía Juan Pablo II. “Auténtica”, porque está promulgado por la autoridad del Romano Pontífice como “instrumento de derecho público”.

Los últimos papas se han mostrado partidarios de la abolición de la pena de muerte y han ido poniendo cada vez más reparos a la hora de reconocer, en la práctica, la legitimidad moral de esta medida. Baste, a modo de ejemplo, citar un discurso del papa Benedicto XVI, dirigido al Embajador de México, en el que se congratulaba por la abolición en ese país de la pena capital: “Nunca se insistirá bastante en que el derecho a la vida debe ser reconocido en toda su amplitud” y, añadía citando a Juan Pablo II, que en el reconocimiento del derecho a la vida “se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política”.

En este contexto se inserta la iniciativa del papa Francisco de reformular la enseñanza del Catecismo sobre la pena de muerte, modificando el número 2.267. Cabe entender esta reformulación en la clave de un progresivo “afinamiento” de posiciones anteriores. No es que lo que se enseñaba antes fuese erróneo, pero este reconocimiento no es obstáculo para que la exposición de la doctrina pueda ser perfeccionada y aquilatada, haciéndola más conforme aun con las exigencias del Evangelio y con el respeto a la dignidad de la persona.

Todo es susceptible de mejora. No cabe la vuelta atrás, en el sentido de rebajar las exigencias morales, pero sí es posible ahondar en el sentido de esas exigencias para ser cada vez más conscientes de sus implicaciones más profundas.

No nos escandaliza demasiado, y hasta cierto punto lo consideramos moralmente aceptable, que alguien que delinque sea castigado con la privación de libertad. Pero esta medida, que debería ser extrema, debe ir aplicándose con la mayor parsimonia, compatible con la defensa del bien común. Si una multa bastase para reprimir y castigar un delito, sería preferible optar por la multa y no por el encarcelamiento.

Sobre la pena de muerte en sí misma no recae una condena absoluta por parte de la doctrina católica. Eso debería de quedar muy claro. No estamos ante un absoluto moral, ante un acto intrínsecamente malo. La ley que proscribe el homicidio voluntario de un inocente sí posee una validez universal, en el sentido de que obliga a todos y a cada uno, siempre y en todas partes: “No quites la vida del inocente y justo” (Éxodo 23,7). Así lo recuerda el número 2.261 del Catecismo, número que no ha sido modificado.

Cuando hablamos de la pena de muerte no nos encontramos ante una prohibición similar. Lo reconoce el Catecismo, en la versión renovada del número 2.267: “Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común”.

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25.07.18

¿Hijos o infecciones?

Parece ser, según algunas informaciones, que una periodista le ha preguntado (retóricamente) a un obispo que hizo un comentario sobre la encíclica “Humanae vitae” del papa Pablo VI: “Señor obispo, ¿qué prefiere, un mundo lleno de hijos o lleno de personas infectadas por el VIH?”.

La pregunta me ha dejado estupefacto: ¿Qué tendrán que ver los hijos y las infecciones? Un hijo, si todo va bien, es, o debe ser, el fruto del amor de sus padres. Una infección es, por sistema, algo no deseado, algo que evitar sistemáticamente, algo de lo que defenderse. Yo no creo que los hijos deban ser considerados como algo a evitar sistemáticamente, como algo necesariamente no deseado, como algo de lo que defenderse

Pablo VI llamó la atención sobre las consecuencias no deseadas que podría acarrear para el mundo la aceptación pacífica de la convicción según la cual, en la práctica, uno puede evitar los hijos con los mismos, o parecidos medios (objetivos), con los que se protege de las infecciones,

Si lo que corresponde a la procreación queda sometido exclusivamente al libre arbitrio de los hombres, a su capricho, sin reconocer que en el propio cuerpo y en sus funciones pueden reconocerse indicios que, junto a otros, permiten discernir, distinguir, entre lo bueno y lo malo, entre lo permitido y lo prohibido, se dan pasos que pueden llevar, obviando el valor simbólico del cuerpo y de sus reclamos, a la explotación del débil por parte del fuerte.

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12.07.18

No es bueno ceder a la tentación: “Si no es perfecto, ¡qué desaparezca!”

Perfecto, lo que se dice “perfecto”, solo es Dios. Solo Él tiene el mayor grado de bondad. Solo Él es “Aquel mayor del cual nada puede ser pensado” y, a la vez, solo Él es “lo mayor, lo más grande, que puede ser pensado”.

Solo Dios. San Benito captó muy bien esta grandeza, esta perfección. Dios lo es todo. Si se deja “el mundo”, es para agradar a Dios. El monasterio ha de ser una escuela del divino servicio, dedicado, preferentemente, al “Opus Dei”, a la Liturgia, a la alabanza divina. Los que desean ser novicios han de buscar a Dios sinceramente. Los monjes han de actuar para gloria de Dios…

Dios lo es todo. Pero lo que no es Dios no lo es todo. Ni es perfecto, en el mismo sentido en que Dios lo es. Eso no quiere decir que no sea valioso. Porque todo lo que es, en mayor o menor medida, refleja en cuanto que “es” la perfección divina.

Hasta la humanidad tiene esta valencia sacramental, esta capacidad de ser asumida por Dios para mostrar su grandeza – la de Dios - . Es el caso de la humanidad de Jesucristo. O, incluso, de otro modo, el de la humanidad de la Virgen María, limpia del pecado.

Jesús nos pide ser perfectos, pero no desespera si no lo somos aún. Se compadece y perdona. Espera y da fuerza para tratar de mejorar. La Iglesia, en su vertiente humana, nunca ha sido perfecta, más que en la humanidad de nuestro Salvador y en la de su Madre Santa. La Iglesia abraza en su seno a los pecadores, que son imperfectos. No tienen, obviamente, la perfección de Dios, pero tampoco la perfección que Dios desea para los hombres.

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2.07.18

Hablar mucho y hablar bien de la clase de Religión

Lo he escuchado, hace poco, en un programa de radio. Decía una profesora de Matemáticas que para prestigiar su asignatura había que hablar mucho de esa materia y hablar bien. Y ponía un ejemplo: Uno de sus hijos comía sin problemas verduras hasta que fue a la escuela. En el comedor escolar, el niño oyó que las verduras sabían mal y, en consecuencia, dejó de comerlas. No es que no le gustasen las verduras, sino que, a base de oír lo malas que eran, terminó haciendo propio ese diagnóstico generalizado.

Ya no digamos a las Matemáticas, sino a cualquier otra asignatura que se le hiciese la mínima parte de la campaña en contra que a la de Religión, se quedaría completamente sin alumnos. Asignatura opcional, con alternativa a veces y otras sin ella, con evaluación más o menos comprometida, con peso en el expediente mayor o menor, y hasta nulo. Y, encima, acusando de que la mera presencia de esa asignatura en el plan de estudios es como una rémora de un pasado maldito del que renegar cuanto antes.

Y, pese a todo, los padres de los alumnos siguen pidiendo, en una proporción significativa, la clase de Religión. Si pudiesen no pedir la de Matemáticas, seguro que lo harían, pensando en lo que iban a ahorrar en clases particulares de recuperación. Sería un error, ya que es muy conveniente que los alumnos estudien Matemáticas.

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1.07.18

¿Por qué no puede tener valor académico la clase de Religión?

La afirmación: “La clase de Religión no puede tener valor académico y contar para la nota media” se la atribuyen a una ministra del Gobierno. Si no ha proferido esa sentencia, le sobrarán medios para desmentirlo. Pero todo apunta a que resulta creíble que lo haya dicho.

Hablar de clases sin valor académico, de asignaturas que no cuentan para la nota media, es ya, en sí mismo, moverse en el terreno de la contradicción. Si no tiene valor académico, ¿para qué se imparte esa materia en la escuela? Si no cuenta para la nota media, ¿para qué dedicar el mínimo esfuerzo destinado a aprobarla?

La contradicción reina…, impera. Lo controla todo. A los ministros y a las ministras nadie los ha elegido para actuar de jueces en orden a discernir entre lo que tiene valor académico y lo que no. En los sistemas totalitarios, sí tienen ese poder.

Es conocida la enorme aportación intelectual de algunos genetistas soviéticos como Lyssenko, empeñados en desarrollar una teoría biológica compatible con los postulados marxista-leninistas. Que la realidad contradijese la teoría era – y es, en los totalitarismos, incluso en los amparados formalmente por los procedimientos democráticos – lo de menos. Un burgués idealista no puede pretender que sus teorías genéticas tengan valor académico. Para eso está el aparato, para discernir, para juzgar, para enaltecer o reprobar los saberes.

El que manda no puede decretar qué es o no es conocimiento. El que manda ha de servir, favoreciendo el cultivo del conocimiento. Las sociedades libres – más o menos libres – defienden el respeto a los derechos humanos. En el artículo 18 de la Declaración Universal de esos Derechos se lee: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

La enseñanza de la Religión no es un capricho, sino que hunde sus raíces en la libertad de pensamiento y de conciencia. El Estado no tiene que decirnos qué debemos pensar y qué no debemos pensar. El Estado sirve, no manda. En España, la Constitución dice en el artículo 16, 1: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”.

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