24.12.19

Se convierte en uno de nosotros, haciéndose carne

La afirmación del Evangelio de San Juan: “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14) nos anuncia quién es en realidad Jesucristo. Su identidad es divina. Él es “de la misma naturaleza que el Padre”. Es el Verbo, la Palabra de Dios, “el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia” (Hb 1,3).

Sólo “desde arriba” podemos entender a Jesús. Su singularidad absolutamente única radica en ser, con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios. Jesucristo no es, en consecuencia, un personaje más de la historia de los hombres, sino la Persona divina que, sin dejar de ser Dios, asumió una naturaleza humana para habitar entre nosotros.

Pero si no podemos comprenderlo dejando al margen su condición divina, tampoco podemos avanzar en el conocimiento de Dios prescindiendo de Jesús. Dios “nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). Su Palabra ha tomado aquella forma por la que puede darse a conocer a los sentidos de los hombres: “así el Verbo de Dios, por naturaleza invisible, se hizo visible, y siendo por naturaleza incorpóreo, se hace tangible”, comenta San Agustín.

La divinidad no queda transformada, absorbida, por la carne, pero sí ha hecho suya la carne: “Dios no sólo toma la apariencia de hombre, sino que se hace hombre y se convierte realmente en uno de nosotros, se convierte realmente en Dios con nosotros; no se limita a mirarnos con benignidad desde el trono de su gloria, sino que se sumerge personalmente en la historia humana, haciéndose carne, es decir, realidad frágil, condicionada por el tiempo y el espacio” (Benedicto XVI).

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17.12.19

Novena de Navidad

NOVENA DE NAVIDAD EN LA PARROQUIA DE SAN PABLO, DE VIGO

Desde el día 16 al 24 de diciembre, ambos incluidos, la Parroquia de San Pablo, de Vigo, celebra la Novena de Navidad.

Las fiestas que conmemoran la Encarnación – la Anunciación, la Navidad y la Epifanía – nos comunican las primicias de la Pascua de Cristo. El Adviento prepara la Navidad participando – con los profetas, con Juan el Bautista, con santa María – en la espera de la primera venida del Salvador y renovando el deseo ardiente de su segunda Venida.

El hilo conductor de esta “Novena de Navidad” lo constituyen las “antífonas O”. En estas antífonas “se eleva al Altísimo la misma voz de la Iglesia, que invoca al esperado de las naciones con títulos muy elocuentes, fruto de la fe bíblica y de la secular reflexión eclesial”, explicaba san Juan Pablo II.

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14.12.19

El Señor está cerca

El anuncio del profeta: “Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará” (cf Is 35,1-6.10), se cumple con la llegada de Jesucristo. Las obras que el Señor realiza testimonian su condición mesiánica: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Mt 11,5).

Enviando a sus discípulos a encontrarse con Jesús, Juan Bautista, el Precursor, busca confirmarlos en la fe: “Miró, pues, en esto Juan, no a su propia ignorancia, sino a la de sus discípulos y los envía a ver sus obras y sus milagros, a fin de que comprendan que no era distinto de Aquel a quien él les había predicado y para que la autoridad de sus palabras fuese revelada con las obras de Cristo y para que no esperasen otro Cristo distinto de Aquel de quien dan testimonio sus propias obras” (San Hilario).

La cercanía del Señor, su proximidad inaudita, engendra en el corazón del cristiano la alegría: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca” (Flp 4,4.5). San Pablo, que da este mandato, no careció en su vida de sufrimientos y de tribulaciones. No obstante, vivió y mandó vivir la alegría. Como comenta Benedicto XVI: “Si el amado, el amor, el mayor don de mi vida, está cerca de mí, incluso en las situaciones de tribulación, en lo hondo del corazón reina una alegría que es mayor que todos los sufrimientos” (3-10-2005).

Caminar hacia el encuentro de Cristo que viene equivale a descubrir su presencia cerca de nosotros, en medio de nosotros, para ver “la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios”. Su presencia es oculta, pero real, y sus obras siguen hablando en favor de Él. También hoy los ciegos dejan de serlo cuando descubren la Luz. También hoy los paralizados por el miedo son capaces de andar. También hoy los estigmatizados por el mal quedan limpios y los muertos por el pecado resucitan a la vida de la gracia. También hoy el Evangelio es anunciado a los pobres.

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7.12.19

La Inmaculada

Para que el Verbo eterno habitase entre nosotros haciéndose hombre, Dios preparó a su Hijo una digna morada. Esa Morada nueva es la Virgen, la “llena de gracia” (Lc 1,28); es decir, la criatura totalmente amada por Dios, ya que su corazón y su vida están por entero abiertos a Él. La casa de Dios con los hombres queda así inaugurada. María es el Israel santo, que dice “sí” al Señor y, de este modo, se convierte en la primicia de la Iglesia y en el anticipo, aquí en la tierra, de la definitiva morada del cielo. Dios vence, con su amor insistente, la desobediencia de Adán y de Eva, el peso del pecado, el absurdo intento de exiliarlo a Él, a Dios, del mundo de los hombres.

El Señor construye su casa preservando de todo pecado a María, para mostrar que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Se muestra así, en toda su belleza, el proyecto creador de Dios: “El misterio de la concepción de María evoca la primera página de la historia humana, indicándonos que, en el designio divino de la creación, el hombre habría de tener la pureza y la belleza de la Inmaculada”, enseña Benedicto XVI. No es rebelándose contra Dios como el hombre se encuentra a sí mismo. Por el contrario, es abriéndose a Él, volviendo a Él, donde descubre su dignidad y su vocación original de persona creada a su imagen y semejanza.

En la Carta a los Efesios, San Pablo se hace eco del plan de salvación: Dios nos eligió en Cristo “antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1, 4). En la Virgen, desde el primer instante de su concepción inmaculada, sólo hay aceptación y acogida de esta voluntad divina. En Ella, verdaderamente, todo se hace según la  palabra de Dios, sin ningún tipo de obstáculo o interferencia.

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3.12.19

«Misterium Natalis», el signo admirable

El precioso Belén que, por iniciativa del Ayuntamiento, se ha instalado en la Casa das Artes de esta ciudad de Vigo tiene como título “Misterium Natalis”, el Misterio del Nacimiento, de la Natividad. En estas fechas el papa Francisco acaba de publicar la carta apostólica “Admirabile signum”, sobre el significado y el valor del Belén en la Navidad. Ha firmado ese texto con ocasión de una visita a Greccio, donde en 1223 San Francisco de Asís inauguró la tradición del Belén.

El Belén es un “signo admirable”. El cristianismo solo resulta inteligible desde una clave: la sacramentalidad; es decir, la referencia del significante al significado, del “signo” al “misterio”. Lo divino, lo transcendente, no está ausente del mundo, sino muy presente, pero de un modo simbólico, sacramental; mediado por lo humano y por lo inmanente.

Hay un texto del “Catecismo de la Iglesia Católica” que resume, de modo ejemplar, la lógica cristiana: “… todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el ‘sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora”.

Así es. Lo humano puede ser asumido por Dios como signo, como “sacramento”, de su presencia. Lo divino habla, a fin de cuentas, también de lo humano. Emplea la misma gramática. Saber sobre Dios nos ayuda a saber sobre nosotros mismos. Algo parecido expresaba Federico Schleiermacher en su célebre escrito “La fiesta de Navidad”, cuando exteriorizaba, saltando por las calles, su sentimiento de alegría.

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