7.12.17

La Inmaculada, Puerta del Cielo

En un precioso comentario a la “Letanía Lauretana”, el Cardenal Newman escribe que la Virgen es llamada Puerta del Cielo “porque el Señor pasó a través de ella cuando desde el cielo bajó a la tierra”. Y ve cumplidas en María las palabras proféticas de Ezequiel: “Este pórtico permanecerá cerrado. No se le abrirá, y nadie pasará por él, porque por él ha pasado Yahveh, el Dios de Israel. Quedará, pues, cerrado. Pero el príncipe sí podrá sentarse en él” (Ezequiel 44,2-3).

El cielo es Dios, es la vida perfecta; la comunión de amor con la Santísima Trinidad, con la Virgen María, con los ángeles y con todos los bienaventurados. Es el fin último y la realización plena de las aspiraciones más profundas del hombre; el estado supremo y definitivo de dicha (cf Catecismo 1024).

Con su “hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1,38) María abrió la puerta del cielo, permitiendo que Cristo viniese a nosotros para que nosotros podamos ir hacia Él, para estar con Él (cf Juan 14,3), para vivir en Él. La vida – decía San Ambrosio – “es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino”.

El cielo ha quedado inaugurado por la Pascua. La primera redimida es también la primera creatura que ha sido asociada a la glorificación celestial del Señor. La Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, es la Asunta al cielo en cuerpo y alma; aquella que ha participado de modo singular en la Resurrección de su Hijo; aquella que anticipa la resurrección de los demás cristianos (cf Catecismo 966).

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4.12.17

Apenas un soneto: "Apenas ayer"

Llevo unos días dándole vueltas a un posible soneto. Es una especie de amable competición literaria con personas muy cercanas a mí. He introducido, bien asesorado, algún cambio. De momento queda así el soneto: 

APENAS AYER

Apenas sí ayer, y hace ya tanto,

que vengo a darme cuenta, sin pensarlo,

que por jugarlo todo al apostarlo,

sumo a la decepción, pena y quebranto.

 

El olvido es cruel, pero es la vida.

Nadie, así, prometió el paraíso.

Todo amar es ambiguo e indeciso,

como el gozo y la pena sin medida.

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2.12.17

Puños en Alto por México

Distinguía John Henry Newman dos modalidades del conocimiento humano: el conocimiento “nocional” y el “real”. El conocimiento “nocional” es aquel que nada tiene que ver con la propia experiencia. Es un saber que instruye nuestra mente, pero que no nos “motiva”, que no nos “mueve” a nada.

El conocimiento “real” es muy diferente. No es anónimo, sino que está vinculado a la experiencia. Lo conocido de modo “real” nos afecta profundamente.

A mí el tristemente célebre terremoto de México sí me ha afectado. Tengo allí, en México DF, a familiares muy cercanos y queridos. A ellos no les ha pasado “casi” nada. Y digo “casi”, porque uno no permanece impasible aunque no haya sido una víctima directa del desastre. Pero sí les ha pasado mucho, en la medida en que han visto el daño que han sufrido muchos de sus vecinos.

El libro que comento, “Puños en Alto por México”, debe su título a un signo que obedece a la generosa respuesta de la población de ese país ante el desastre: Levantar los puños y pedir silencio, paralizando el ruido, con el fin de atisbar cualquier aliento de vida, para proceder al rescate.

Es una imagen poderosa, que ha sabido captar, en su dramática belleza, el fotógrafo Pedro Mera. El 19 de septiembre de 2017 México pareció sucumbir a una enorme catástrofe. Y en cierto modo fue así: una tragedia. Pero, sin que antes se sospechase del todo, emergió en medio de ese horror una ola inmensa de solidaridad, un mar lleno de “Puños en Alto”. Algo que recuerda a la metáfora del grano de trigo que cae en tierra y muere y da, así, mucho fruto.

Las palabras pueden ser como espadas; pueden sembrar la discordia. Pero tienen la virtualidad de ser más fuertes que las espadas. Las palabras pueden ser puentes y convertirse en vínculos de solidaridad. Más aún en la época de las redes sociales.

Y este libro que reseño, ya recensionado mejor de lo que yo pueda hacer, es un síntoma del triunfo de la palabra y del poder benéfico de las redes. Lo firma @MundoPorMexico.

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1.12.17

Domingo I de Adviento: El centinela y la "UVI"

Domingo I de Adviento: El centinela y la “UVI”

El Adviento es tiempo de espera, de conversión y de esperanza, que recuerda la venida del Señor en la carne y que aguarda su venida como Juez universal. Podemos destacar como imágenes adecuadas para este tiempo litúrgico la del centinela y la de la “UVI” – unidad de vigilancia intensiva - ; aunque hoy se emplea comúnmente la expresión “UCI”, unidad de cuidados intensivos.

I. ¿Quién es el centinela? Es el soldado que está de guardia durante la noche y que desea, más que ninguna otra cosa, que amanezca. El Salmo 130 testimonia esta actitud al decir: “Mi alma espera en el Señor,/ espera en su palabra/; mi alma aguarda al Señor/, más que el centinela la aurora”.

El que vela atisba el nacimiento de la aurora, el comienzo del amanecer que precede la salida del Sol, la venida del Señor, cuyo resplandor ilumina toda la tierra. Para nosotros esa aurora es María. Su presencia alivia y llena de optimismo al centinela que cumple el mandato de Jesús: “Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento” (Mc 13,33).

II. Vigilar, hacer vela, es estar pendiente de todo, de lo grande y de lo pequeño, de cualquier signo. En los hospitales existe la mencionada unidad de cuidados intensivos  - antes llamada  “unidad de vigilancia intensiva” - , en la que se está atento a cualquier síntoma del paciente. Y nosotros, sin Dios, somos los más enfermos de los enfermos.

Se trata de vigilar a fin de que nada se escape, “intensivamente”, con más dedicación que de costumbre, manteniéndose bien despiertos para que no pase inadvertido lo más importante: La presencia de Dios, su llegada, es una visita que, si no estamos atentos a descubrirla, podríamos hasta ignorarla.

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28.11.17

Homilías

Entre las responsabilidades que comporta el ministerio ordenado – de los obispos, presbíteros y diáconos - , ocupa un lugar destacado la predicación de la homilía. Para muchos cristianos, la homilía es – casi - la única explicación y comentario que escuchan sobre la Palabra de Dios, Palabra que tiene su principal instancia testimonial en la Escritura unida a la Tradición.

En mi tarea ministerial he intentado escribir las homilías – si no todas, sí casi todas – correspondientes a los tres ciclos litúrgicos: A, B y C. De ese esfuerzo han salido cinco libros: “La cercanía de Dios”, “El camino de la fe”, “El encuentro con Jesús”, “La humanidad de Dios” y “El camino del discípulo”. Esas publicaciones se han gestado en este blog e, indudablemente, han surgido de la obligación propia de tener que predicar en mi parroquia. Una obligación gozosa, por la que doy gracias a Dios.

El sacerdote Pablo Cervera Barranco nos ofrece, de nuevo, un gran servicio. Ha recogido en un volumen,  “El Año litúrgico predicado por Benedicto XVI. Ciclo B”, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2017, 437 páginas, 22 euros, las homilías del papa Benedicto correspondientes a este inmediato ciclo litúrgico.

Son pequeñas obras maestras, como todo lo escrito por Benedicto XVI. En el futuro, no lejano; es decir, cuando se prepare una nueva edición de la “Liturgia de las Horas”, los textos de Benedicto XVI aparecerán, eso creo, con profusión en el Oficio de Lectura. Escribe con la hondura y con la claridad de un Padre de la Iglesia. En mi letanía particular - de personas admiradas - están Newman y Benedicto XVI, los dos muy seguidos, muy cercanos. Y está Juan Pablo II, no tanto por sus escritos, sino por su vida. Aunque sus escritos no sean desdeñables, porque son muy importantes doctrinalmente.

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