25.05.08

¿Renovar el aborto?

Leo una noticia sobre un Congreso de la Unión Progresista de Fiscales que, al parecer, se ha celebrado en Cáceres. El ministro de Justicia, en la clausura de ese evento, se ha manifiestado a favor de renovar, entre otras, la ley que regula la interrupción del embarazo.

Renovar, dice el Diccionario, es “hacer como de nuevo algo, o volverlo a su primer estado”. El que renueva sustituye una cosa vieja, inservible, por otra nueva, más útil y adecuada. Yo estoy de acuerdo con el ministro: Hay que renovar la ley despenalizadora del delito de aborto en determinados supuestos. Pero disiento en lo que concierne a la dirección que debería tomar esa renovación. A mi juicio, lo viejo, lo inservible, lo caducado, es apostar por la muerte; permitiendo, empujando o consintiendo que la madre - y el padre - se hagan violencia a sí mismos matando su maternidad/paternidad y, de paso, destrozando a su hijo. Lo auténticamente nuevo sería apostar por la vida y poner las bases legales para que ese bien fundamental fuese protegido en todo caso y en toda circunstancia.

Un Congreso que se moviliza “Frente a la intolerancia y la exclusión social” no puede, coherentemente, optar por la mayor intolerancia y la más grande exclusión, que consiste en eliminar al “inoportuno”; al que causa molestia; al que, llamado a nacer, a última hora se le cierra la puerta de la vida, convirtiendo lo que tendría que ser un alumbramiento en una siniestra guillotina.

El Congreso ha premiado a un sacerdote por su labor en pro de los desfavorecidos. Es de esperar que, entre estos desfavorecidos, estén también los niños que terminan en las cubetas, la carne de cañería, los desperdicios quirúrgicos que a los que se les quiere privar hasta de la consideración de restos humanos.

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24.05.08

La fiesta de la presencia real

La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo es la fiesta que celebra la presencia real del Señor en el Sacramento. La Eucaristía es acción de gracias, memorial sacrificial de la Pascua de Cristo y sacramento de su presencia real: En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero”, enseña el Concilio de Trento.

Las procesiones eucarísticas y la exposición del Santísimo surgen en la vida de la Iglesia como manifestaciones de la fe católica en esta presencia de Cristo. Hoy la Liturgia nos invita a creer y a adorar, y también a conocer mejor la riqueza de La Eucaristía.

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22.05.08

Mayo virtual: Nuestra Señora del Santísimo Sacramento

Día 25: Nuestra Señora del Santísimo Sacramento

“Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a sus discípulos y dijo: - Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y habiendo dado gracias, se lo dio diciendo: Bebed todos de él; porque ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mateo 26,26-28).

En la encíclica Redemptoris Mater, el Papa Juan Pablo II constata una realidad que todos podemos experimentar: “María guía a los fieles a la Eucaristía” (n. 44). La devoción a la Virgen, si es auténtica, conduce al culto eucarístico. Así se pone de manifiesto en los grandes santuarios marianos como Lourdes o Fátima e, igualmente, en la vida de los santos.

El Señor, en la Eucaristía, nos entrega su Cuerpo y su Sangre. Se trata del mismo cuerpo, aunque ya glorioso, que Él tomó de María, su Madre: “Ave verum Corpus natum de Maria Virgine”; “salve, verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María”, canta la Iglesia en un motete eucarístico. El cuerpo de Cristo, nacido de María, no es un cuerpo aparente, sino real. La presencia del Señor en el Sacramento es también una presencia real y no meramente simbólica: el pan y el vino que se ponen en el altar “después de la consagración son el verdadero cuerpo de Cristo que nació de la Virgen […] y la verdadera sangre de Cristo, que se derramó de su costado” (Sínodo de Roma de 1079).

San Pedro Julián Eymard (1811-1868) fue llamado “apóstol de la Eucaristía y de la Virgen” y propagó la devoción a Nuestra Señora del Santísimo Sacramento. Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, profundizando en el vínculo que une a Nuestra Señora con el Santísimo Sacramento, llama a María Mujer “eucarística”: “En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino” (n. 55).

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21.05.08

Mayo virtual: María Auxiliadora

Día 24. Auxilio de los cristianos

“Despechado el dragón por causa de la mujer, se marchó a hacer la guerra al resto de su descendencia, a los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Apocalipsis 12,17).

La batalla, las persecuciones, las dificultades no son ajenas a la vida de los cristianos y al peregrinar de la Iglesia por este mundo. San Pablo exhorta a Timoteo a pelear “el noble combate de la fe” (1 Timoteo 6,12). La Biblia atestigua que, desde los orígenes del género humano, se ha establecido una batalla entre la Mujer y la Serpiente (cf Génesis 3,15); entre el Dragón y la Mujer vestida de sol, coronada con doce estrellas (cf Apocalipsis 12).

En todos los combates, siempre se trata del mismo enemigo, el Diablo, que se opone a los proyectos de Dios y lucha contra aquellos de los que Dios se sirve para realizarlos. La Virgen - que personifica a Israel y a la Iglesia - es, la “gran señal que apareció en el cielo”, la Mujer vestida de sol, la Madre del Salvador, que vence el combate de la fe acogiendo la Palabra de Dios y poniéndola por obra.

En las dificultades, María es invocada como “Auxilio de los cristianos”. Ya San Juan Damasceno, en el siglo VIII, se dirigía a la Virgen, diciendo: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. A raíz de la batalla de Lepanto se popularizó la advocación de “Auxilio de los cristianos”. En esa ocasión, el Papa Pío V regaló al rey de España, Felipe II, la primera imagen de María Auxiliadora. Pío VII, en 1816, estableció su fiesta, el 24 de mayo, para agradecer a Nuestra Señora la ayuda que le había prestado frente a la persecución napoleónica.

Pero se debe sobre todo a San Juan Bosco y a los Salesianos la difusión universal de la devoción a María Auxiliadora: “Acudid a María Auxiliadora y sabréis lo que son milagros”, decía Don Bosco. Por su intercesión, pedimos a Dios perseverar en la fe, caminar seguros en medio de las dificultades del mundo y alcanzar, así, la Jerusalén del cielo.

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Mayo virtual: Salud de los enfermos

Día 23. Salud de los enfermos

“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes” (Isaías 53,4-5).

En latín salus significa tanto salud como salvación. Dios quiere el bien integral del hombre; de su cuerpo y de su alma; su bienestar aquí en la tierra y su salvación eterna. La Salud y la Salvación se identifican con Jesucristo, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado “propter nos homines et propter nostram salutem”, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, como profesamos en el Credo.

Jesús cura a los enfermos. A algunos les devuelve la salud física, como signo de una liberación más profunda, la sanación del pecado: “los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio” (Mateo 11,5). Y, en todo caso, el Señor abre a quienes padecen una perspectiva nueva, dándoles, con la gracia, la posibilidad de transformar el sentido de la enfermedad; de unirse más íntimamente a su Pasión y a su Cruz a favor de la redención del mundo.

La Virgen, que colaboró con su “sí” a la salvación de los hombres, es invocada por el pueblo cristiano como “Salus Infirmorum”, “Salud de los enfermos”. Ella, visitando a Santa Isabel, nos estimula a atender con solicitud a quien pueda necesitar nuestra ayuda. Contemplando a María, Asunta al cielo, nuestro corazón se llena de esperanza, aguardando el momento final en el que la muerte, el último enemigo, y sus secuelas, sean definitivamente aniquiladas (cf 1 Corintios 15,26).

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