30.12.17

Sagrada Familia: Jesús, María y José

En el domingo dentro de la Octava de la Natividad del Señor, la Iglesia celebra la Sagrada Familia: Jesús, María y José. El Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso vivir en el seno de una familia, que se convierte para nosotros en modelo perfecto de amor, de respeto mutuo y de paz. Al instituir esta fiesta, el papa León XIII quiso mostrar este modelo a toda la humanidad. Benedicto XV extendió a toda la Iglesia la Misa en honor de la Sagrada Familia.

La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es la célula básica de la sociedad y de la Iglesia. Está llamada a ser un ámbito de vivencia de la fe y del amor a Dios, que se manifestará en el amor de unos por otros.

Corresponde a los hijos honrar a los padres; especialmente cuando se hacen mayores: “Hijo, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza” (Eclo 312). Se trata de cumplir el cuarto mandamiento de la ley de Dios, ya que los padres, en cierto modo, son el reflejo humano de la paternidad divina. La piedad filial incluye la gratitud, ya que por ellos hemos nacido, y se expresa en el respeto, en la docilidad y, mientras uno no se ha emancipado, también en la obediencia.

San Pablo habla de una familia cristiana, presidida por el amor, “que es el vínculo de la unidad perfecta” (Col 3,14), y que ha de caracterizarse por la disposición al perdón, por la paz y por el agradecimiento. La referencia a Cristo transforma las relaciones familiares y sociales, valorando el mutuo respeto y la reciprocidad de los deberes: del esposo hacia la esposa, de la esposa hacia el esposo, de los hijos hacia los padres y de los padres hacia los hijos.

El nuevo comportamiento cristiano de los miembros de la familia deriva, en última instancia, de lo que ella es: una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

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23.12.17

Domingo IV de Adviento: La Virgen Madre

Las figuras del Adviento se suceden con una gran lógica interna, de menor a mayor proximidad: El centinela, que vigila en la noche; el heraldo, que anuncia la llegada del Señor; el testigo, que no es la luz pero que apunta a la luz y, finalmente, la Virgen Madre, la señal de que Aquel a quien esperamos, consustancial con nosotros en su humanidad, porta consigo la novedad de Dios, ya que es el Hijo de Dios hecho hombre.

Jesús fue engendrado del Padre, antes de los siglos, en cuanto a la divinidad y engendrado de María Virgen, Madre de Dios, en cuanto la humanidad, como define el concilio de Calcedonia. Él es, en verdad, el Emmanuel, el Dios con nosotros y la Virgen es, por esta razón, la Madre de Dios.

Ya en la antigüedad los cristianos se encomendaban a su intercesión: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!”, reza esta bella oración que se encuentra en un papiro de finales del siglo III.

María es como una segunda Eva, nacida sin mancha de las manos de Dios. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28), le dice el ángel Gabriel. El Nuevo Testamento, el Evangelio, es Buena Noticia, palabra de gozo, anuncio de salvación. María es invitada a alegrarse como la hija de Sión porque Dios viene a salvar a su pueblo.

La Virgen “comunica alegría, confianza, bondad y nos invita a distribuir también nosotros la alegría” (Benedicto XVI). Nos invita a ser, como el ángel, mensajeros de la Buena Noticia, llevando la alegría a los demás. Dios no está lejos, ni nos ha olvidado. Él está muy cerca, nos sale al encuentro en Jesús, el Hijo de María.

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16.12.17

Domingo III de Adviento: El testigo

Juan venía como testigo, “para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era la luz, sino el que daba testimonio de la luz” (Jn 1,7-8). No centra la atención sobre sí mismo. Sabe que no es el Mesías, ni Elías ni el gran profeta esperado. Es un testigo de la luz y una voz que clama en el desierto. En la humildad de Juan está su grandeza.

San Agustín contrapone la provisionalidad de la voz a la eternidad de la Palabra: “Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna”. La voz es un medio que tiene como finalidad llegar al oído para que la palabra que trasmite edifique el corazón. Juan es esa voz que rompe el silencio del desierto para pedir que se allane el camino del Señor. Y este camino solamente puede ser allanado mediante la oración y la humildad.

El Adviento nos empuja a ser, como Juan, “testigos de la luz”. Para que podamos desempeñar esta misión necesitamos, al menos en cierta medida, conocer y experimentar la luz. Como dice Benedicto XVI: “En la Iglesia, en la Palabra de Dios, en la celebración de los sacramentos, en el sacramento de la Confesión, con el perdón que recibimos, en la celebración de la santa Eucaristía, donde el Señor se entrega en nuestras manos y en nuestro corazón, tocamos la luz y recibimos esta misión: ser hoy testigos de que la luz existe, llevar la luz a nuestro tiempo” (“Homilía”, 11-XII-2011).

Vivir de este modo el Adviento supone profundizar en la fe, en la experiencia de la oración y del trato con Jesucristo. Si, secundando la acción de la gracia, preparamos el camino para el encuentro con el Señor, Él, que es la Palabra, cambiará nuestro corazón. Con la fe, se cumplirá lo que dice el Salmo 35: “tu luz nos hace ver la luz”. La luz de la fe nos permite reconocer a Jesucristo como luz de Dios y luz del mundo.

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14.12.17

¿Religión en la escuela? Claro que sí

Muchas veces las minorías son muy activas - y muy poderosas - y consiguen convertir en leyes del Estado ideales que, al principio al menos, muy pocas personas comparten. Se termina, en ocasiones, presentando como un derecho fundamental o como una ampliación de las libertades, lo que no deja de ser el deseo – o la imposición - de unos pocos.

Llama la atención que los defensores del laicismo – de la reclusión de lo religioso en la esfera de lo privado de la conciencia, sin casi posible manifestación pública – no se conformen con reivindicar el que ellos, los laicistas, puedan prescindir de la vivencia religiosa y puedan educar a sus hijos en conformidad con ese modo de entender la existencia, sino que luchen hasta convertir ese afán suyo –minoritario – en ley que obligue a todos.

Reducir el espacio “público” a lo que todos comparten es una ilusión. Jamás todos los ciudadanos compartiremos todo. Desde luego, no todos los ciudadanos compartirán una religión, pero tampoco todos se mostrarán conformes con un laicismo como rasgo esencial de lo estatal y de lo público – aunque reducir lo público a lo estatal es conceder demasiado a la tentación totalitaria de todo poder -.

Nunca todos los ciudadanos compartiremos que haya que pagar tantos impuestos, que se subvencione el aborto o que se impongan multas desproporcionadas por aparcar mal. Pero ahí están los que mandan que, aunque representen a pocos, logran doblegarnos a todos.

Si se sometiesen a votación los planes de estudio, muchas asignaturas desaparecerían ya de los programas. Otras, en cambio, se incorporarían. Pero estas consultas no suelen hacerse.

La libertad religiosa es la punta fina de la libertad de las conciencias y hasta de la libertad humana. En lo religioso, el Estado no tiene nada que decir y sí tiene mucho que respetar. El Estado no es la fuente de la religión, como no es, en realidad, la fuente de nada; de la ética tampoco. El Estado se encuentra con las religiones y ha de regular la convivencia de los ciudadanos, que pueden adherirse a la que prefieran o a ninguna.

Lo que resulta muy poco democrático es que unos cuantos - muy poderosos, muy organizados - obliguen a que todos tengan, por la fuerza de la ley, que renunciar al valor de verdad de sus convicciones religiosas y a la idoneidad de que sean transmitidas en el ámbito de la escuela.

Si contemplamos el mundo, el laicismo es minoritario. Son unos pocos los laicistas, pero con mucho dinero y poder. Pero se creen superiores a los demás, capacitados incluso para imponer sus ideas, para hacer que sus deseos sean ya ley. Y no se frenan, porque cuentan en favor de sus manejos con poderosos aliados.

Es muy poco democrático mutilar la enseñanza en las escuelas, obligando a que los alumnos no puedan estudiar Religión, al menos optando por esa materia como una alternativa entre otras. Si convirtiesen en optativa las Matemáticas, no sé cuántos se apuntarían.

Relegar la enseñanza de la Religión a un complemento extra-curricular es rebajar su valor como conocimiento.

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8.12.17

II Domingo de Adviento: El heraldo

Si en el primer domingo del Adviento la imagen por excelencia era la del centinela, en el segundo domingo se impone la imagen del heraldo, del mensajero, de aquel que hace oír su voz anunciando la llegada del reino de Dios, de la salvación. Se cumplen así las palabras de Isaías: El Señor “hará resonar la majestad de su voz” con alegría en vuestro corazón (Is 30,30).

El profeta Isaías anuncia una voz que grita (Is 40,3) y alude a Sión y a Jerusalén que han de ser heraldos para la tierra de Judá (Is 40,9). Esta figura del heraldo se cumple en la persona de Juan Bautista. Él es la voz que grita en el desierto y el mensajero que Dios envía delante de sí para prepararle el camino (cf Mal 3,1).

¿Qué anuncia el heraldo? La llegada del reino; es decir, “el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Jesús es en persona el Reino y la Buena Noticia que Dios nos envía. Él es la palabra de consuelo que Dios dirige a nuestro corazón; palabra de descanso y de alivio, de gozo y de misericordia. Dios viene para tocar nuestro corazón y llenarlo de consuelo y de alegría. Habla a nuestro corazón con el bálsamo de la Palabra que es Cristo para curar nuestra angustia y las marcas de nuestro pecado, para borrar nuestras culpas con su amor sin medida ni tasa.

El heraldo anuncia y prepara el camino. ¿Cómo se prepara el camino para acoger a Dios? Mediante la conversión; es decir, el cambio de nuestro modo de pensar y de valorar las cosas. Un cambio que no se recluye en nuestro interior, sino que partiendo del corazón se expresa en las obras: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón” (Sal 84,9). El bautismo de Juan es manifestación de esta penitencia, de esta conversión que va a unida a la confesión de los pecados. La paciencia de Dios alarga el tiempo para poder encontrarnos llenos de santidad y de piedad, intachables e irreprochables (cf 2 Pe 3,8-14).

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