San Roque. El dinamismo de la caridad: consolar

Los seres humanos necesitamos encontrar alivio para las penas y fatigas que nos afligen, que oprimen el ánimo, que encogen el corazón. El consuelo es como una bocanada de aire que permite oxigenar nuestro espíritu cuando nos sentimos a punto de desfallecer.

San Roque, haciendo concreta la caridad de la que brotan las obras de misericordia, supo consolar y dar sosiego a los enfermos. Se convirtió así en una imagen próxima, cercana, de Jesucristo, “manso y humilde de corazón”, en quien nuestras almas hallan el verdadero descanso.

Jesús es el Buen Pastor que nos guía con dulzura, que repara nuestras fuerzas: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 23).

Como San Roque, debemos ser generosos a la hora de dispensar consuelo: Con nuestra proximidad, con nuestro afecto, con nuestra palabra, con nuestro respeto. No se trata, la mayor parte de las veces, de decir muchas cosas, sino que se trata, ante todo, de saber estar con los que padecen.

El sufrimiento puede sacar lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Puede replegarnos en el desencanto y en la amargura o puede, con la ayuda de la gracia, dilatar nuestro corazón para hacerlo semejante al corazón de Cristo. Cuando esto sucede, el que ha sido aquilatado por el sufrimiento se convierte en el más capacitado para el consuelo.

Es la experiencia de san Pablo que bendice al “Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor 1,3-4).

María es invocada en la Letanía Lauretana como “Consoladora de los afligidos”. Jesús nos la dio como madre cuando estaba a los pies de la cruz. Que nosotros sepamos, con su ayuda, testimoniar el consuelo de Dios.

Guillermo Juan Morado.

Publicado en Atlántico Diario.

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