Un gran predicador: San Antonio de Padua

Fue popular en vida, San Antonio, y lo es tras su muerte. Es, sin duda, uno de los santos más venerados en todo el mundo. Se recurre a él en busca de objetos perdidos, recitando su famoso responsorio: “Si buscas milagros, mira: muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos”…, “miembros y bienes perdidos recobran mozos y ancianos”. El responsorio, en latín, ha dado nombre a una plegaria y origen a un apellido italiano, que porta un célebre teólogo, Sequeri: “Si quaeris miracula…”.

Se dice también que las mozas casaderas se encomendaban a San Antonio para encontrar novio. Rosalía de Castro dejó constancia de ello en Cantares gallegos, en un poema satírico –en el que compagina picardía y ternura, a decir de Marina Mayoral - : “Meu santo San Antonio, daime un homiño, anque o tamaño teña, dun gran de millo”. La poetisa rebajaba así el tono de lo que era un cantar popular de contenido más brutal: “San Antonio Bendito, dádeme un home, anque me mate, anque me esfole”.

San Antonio se llamaba Fernando. No era de Padua, sino de Lisboa, donde nació a finales del siglo XII. Y no fue, al principio de su vida religiosa, franciscano sino agustino.

Pero ya en 1220 se hizo franciscano y pasó a llamarse Antonio. Quizá influyó en este cambio – de nombre y de orden – el ejemplo de los protomártires franciscanos de Marruecos de 1216. Él mismo deseaba el martirio, y se dirigió con esa finalidad a Marruecos, pero una enfermedad le obligó a retornar a Portugal. Aunque, más que a Portugal, debido a los vientos del mar, arribó a Sicilia en 1221.

Fue ordenado sacerdote y destinado a la predicación. Impactaban su santidad personal, su capacidad de persuasión y su enorme preparación bíblica. San Francisco de Asís lo nombró en 1223 primer lector o profesor de Teología en la Orden. Y por ello fue trasladado a Bolonia y, muy pronto, a Montpellier, respondiendo al deseo del papa Honorio III de atajar la herejía valdense.

Para ayuda de los predicadores escribió en Arcella, cerca de Padua, sus “Sermones para las fiestas” y sus “Sermones en honor y alabanza de la Santísima Virgen María”, además de los “Sermones dominicales”.

Murió en 1231 y fue sepultado en Padua. Ese mismo año – “¡santo subito!” – fue canonizado por Gregorio IX, tras la investigación de una comisión de cardenales. Pío XII lo declaró Doctor de la Iglesia, con la bula “Exulta, Lusitania felix”, en 1946. Se le conoce como el “Doctor Evangélico”, por su profundo conocimiento de la Escritura.

El Directorio homilético dice muy oportunamente: “Lo esencial es que el homileta ponga la Palabra de Dios en el centro de la propia vida espiritual, conozca bien a su pueblo, reflexione sobre los acontecimientos de su tiempo, busque incesantemente desarrollar esas capacidades que le ayuden a predicar de manera apropiada y, sobre todo que consciente de la propia pobreza espiritual, invoque al Espíritu Santo como artífice principal en hacer dócil el corazón de los fieles a los misterios divinos” (Directorio, 3).

 

Guillermo Juan Morado.

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