Aristóteles y la Encarnación

En el día de Santo Tomás de Aquino, un fragmento del libro de Chesterton “El Buey Mudo”.

Pesebre

http://www.mg.org.mx/biblioteca/C/300.pdf

“No será posible por mucho tiempo seguir ocultando ante cualquiera el hecho que Santo Tomás fue uno de los grandes libertadores del intelecto humano. Los sectarios de los Siglos XVII y XVIII fueron esencialmente oscurantistas y cultivaron la oscurantista leyenda acerca del oscurantismo del escolástico. Esto, que ya se cortaba por lo más delgado en el Siglo XIX, será imposible en el XX. No tiene nada que ver con la verdad teológica del sectario, ni con la del escolástico, sino solamente con la verdad de la proporcionalidad histórica que comienza a emerger a medida en que las disputas empiezan a decaer. La verdad en cuanto a que Tomás fue un gran hombre excepcional que reconcilió la religión con la razón es, simplemente, uno de los hechos de bulto de la Historia.

Fue quien la expandió hacia la ciencia experimental, fue el que insistió en que los sentidos eran las ventanas del alma y que la razón tenía un derecho divino a alimentarse de hechos; y que era asunto de la fe el digerir la dura carne de la más difícil y más práctica de las filosofías paganas. Es un hecho – al igual que la estrategia militar de Napoleón – que de este modo Aquino, en comparación con sus rivales y, si vamos al caso, hasta en comparación con sus sucesores y suplantadores, estaba luchando por todo lo que es liberal e ilustrado. Quienes, por otras razones, aceptan honestamente el resultado final de la Reforma, tendrán a pesar de todo que enfrentar el hecho de que el reformador fue el escolástico y que los reformadores posteriores, en comparación, resultan reaccionarios. Utilizo la palabra no como un reproche desde mi propio punto de vista sino como un hecho desde el punto de vista moderno común y progresista. Por ejemplo, los reformadores posteriores anclaron la mente retrotrayéndola a la antigua suficiencia literal de las Escrituras hebreas cuando Santo Tomás ya había hablado del Espíritu que otorga la gracia a las filosofías griegas. Santo Tomás insistió en el deber social de las obras mientras que los reformadores posteriores sólo insistieron en el deber espiritual de la fe. Lo realmente vital en las enseñanzas tomistas fue que se puede confiar en la razón; lo realmente vital de las enseñanzas luteranas fue que hay que desconfiar por completo de la razón.

Ahora bien, cuando este hecho debe ser admitido como un hecho, surge el peligro de que toda la inestable oposición súbitamente se deslice hacia el extremo opuesto. Los mismos que hasta ese momento acusaron al escolástico de dogmático comenzarán a admirarlo como un modernista que diluyó el dogma. Comenzarán febrilmente a adornar su estatua con todas las desteñidas guirnaldas del progreso, a presentarlo como un hombre adelantado a su tiempo – algo de lo cual siempre se supone que quiere decir “de acuerdo con nuestro tiempo” – y a cargarlo con la ilícita imputación de haber producido la mente moderna. Descubrirán su atractivo y se apresurarán a suponer que fue igual a ellos, porque fue atractivo. Hasta cierto punto esto es bastante perdonable; hasta cierto punto esto ya sucedió en el caso de San Francisco. Pero no pudo ir más allá de ese cierto punto en el caso de San Francisco. Nadie, ni siquiera un librepensador como Renan o Matthew Arnold, pretenderá que San Francisco no fue un cristiano devoto sino otra cosa; o que tuvo algún otro motivo original aparte de la imitación de Cristo. Y, sin embargo, también San Francisco tuvo ese efecto liberador y humanizador sobre la religión; aunque quizás más sobre la imaginación que sobre el intelecto. Pero nadie afirma que San Francisco estuvo aflojando el código cristiano cuando, obviamente, lo estaba ajustando como a la cuerda alrededor de su hábito de fraile. Nadie dice que se limitó a abrir la puerta a la ciencia escéptica, o que vendió el pasaje al humanismo pagano, o que tan sólo anticipó el Renacimiento, o que se encontró con los racionalistas a mitad de camino. Cuando se dice que abrió los Evangelios al azar y leyó los grandes textos acerca de la pobreza, ningún biógrafo pretende que San Francisco en realidad sólo abrió La Eneida y practicó la Sors Virgiliana por respeto a las letras y a las enseñanzas paganas. No hay historiador que pretenda que San Francisco escribió El Cántico del Hermano Sol en estrecha imitación de un himno homérico a Apolo, o que amaba a los pájaros porque se había tomado el trabajo de aprender todos los trucos de los augures romanos.

En resumen, la mayoría de las personas, tanto cristianas como paganas, estaría hoy de acuerdo en que el sentimiento franciscano fue, preponderantemente, un sentimiento cristiano desplegado desde adentro, a partir de una inocente (o, si se quiere, ignorante) fe en la religión cristiana misma. Como he señalado, nadie dice que San Francisco tomó su inspiración principal de Ovidio. Pues, sería exactamente igual de falso afirmar que Aquino tomó su inspiración principal de Aristóteles. Toda la lección que se desprende de su vida, en especial de sus primeros años, todo el relato de su niñez y de su carrera demuestra que fue devoto de un modo supremo y directo; y que amó apasionadamente al culto católico mucho antes de tener que combatir por él. Además, hay un momento especial y decisivo que conecta una vez más a Santo Tomás con San Francisco. De un modo extraño parece olvidarse que ambos santos estaban, de hecho y en realidad, imitando a un Maestro – que no era ni Aristóteles y menos todavía Ovidio – cuando santificaron los sentidos o las cosas simples de la naturaleza; cuando San Francisco caminó humildemente entre las bestias o Santo Tomás debatió cortésmente entre los gentiles.

Quienes pasan esto por alto, equivocan el objetivo de la religión, incluso como superstición. Más aun: pasan por alto justo el punto que podrían considerar como el más supersticioso de todos. Me refiero a todo el asombroso relato del Dios-Hombre que está en los Evangelios. Algunos pocos hasta lo pasan por alto refiriéndose a San Francisco y su apelación pura e indocta a los Evangelios. Hablarán de la inclinación de San Francisco a aprender de las flores o de los pájaros de un modo que sólo puede apuntar hacia más tarde, hacia el Renacimiento pagano. Y eso a pesar de que les saltan a la vista dos hechos; primero que San Francisco apunta hacia atrás, hacia el Nuevo Testamento y segundo, que si en absoluto apunta hacia algo posterior, lo hace hacia el realismo aristotélico de la Suma de Santo Tomás de Aquino. Estas personas imaginan vagamente que cualquiera que se pone a humanizar la divinidad tiene que estar paganizándola y no ven que la humanización de la divinidad es, en realidad, el dogma más fuerte, más riguroso y más increíble del Credo. San Francisco se estaba volviendo más similar a Cristo y no meramente más similar a Buda cuando contemplaba los lirios del campo o las aves del aire; y Santo Tomás se estaba volviendo más cristiano y no más aristotélico cuando insistía en que Dios y la imagen de Dios había tomado contacto con un mundo material a través de la materia. Estos santos fueron, en el sentido más exacto del término, humanistas; porque insistieron en señalar la inmensa importancia del ser humano dentro del esquema teológico de las cosas. Pero no fueron humanistas marchando a lo largo de un sendero que conduce al modernismo y al escepticismo generalizado; porque en ese mismo humanismo estaban afirmando un dogma que hoy con frecuencia se considera como el más supersticioso de los super-humanismos. Reforzaron esa asombrosa doctrina de la Encarnación que más les cuesta creer a los escépticos. No puede haber una pieza de divinidad cristiana más sólida que la divinidad de Cristo.

Esta cuestión central se vuelve muy central también aquí: estos hombres se hicieron más ortodoxos en la medida en que se volvieron más racionales o naturales. Sólo siendo ortodoxos de aquella manera pudieron ser también racionales y naturales. En otras palabras: eso que realmente podría ser llamado teología liberal es algo que se desplegó desde adentro, a partir de los misterios originales del catolicismo. Pero esa liberalidad no tuvo nada que ver con liberalismo; de hecho ni siquiera hoy puede coexistir con el liberalismo. Y estoy utilizando la palabra “liberalismo” en el estricto y limitado sentido teológico del término en el que Newman y otros teólogos lo utilizan. La cuestión es tan convincente que tomaré una o dos ideas especiales de Santo Tomás para ilustrar lo que quiero decir. Sin anticipar el bosquejo elemental del tomismo que deberá ser realizado más adelante, podemos anotar aquí los siguientes puntos.

Por ejemplo, una idea muy especial de Santo Tomás fue que el Hombre debe ser estudiado en la totalidad de su humanidad; que un ser humano no es ser humano sin su cuerpo, del mismo modo en que no lo es sin su alma. Un cadáver no es un ser humano; pero un fantasma no es un ser humano tampoco. La escuela anterior de Agustín, y hasta la de Anselmo, habían más bien descuidado esto tratando al alma como el único tesoro necesario, envuelto en forma temporal por un pañal que podía ser ignorado. Hasta ellos fueron menos ortodoxos siendo más espirituales. A veces rondaron por el borde de esos desiertos que se extienden hasta el país de la transmigración en dónde el alma esencial puede pasar por cien cuerpos accidentales, reencarnándose hasta en los cuerpos de bestias o pájaros.

Santo Tomás se irguió para afirmar rotundamente que el cuerpo de un hombre es su cuerpo y que su mente es su mente; y que sólo puede constituir un equilibrio y una unión de ambos. Ahora bien, en cierta forma ésta es una noción naturalista, muy cercana al moderno respeto por las cosas materiales; una alabanza del cuerpo que podría ser cantada por Walt Whitman o justificada por D. H. Lawrence; es algo que podría ser llamado humanismo o hasta reivindicado por el modernismo. De hecho, podría ser materialismo, pero es diametralmente opuesto al modernismo. Desde el punto de vista moderno, está envuelto con el más enorme, el más material y por lo tanto el más milagroso de los milagros. En especial, está conectado con la clase más asombrosa de dogma que es el que menos pueden aceptar los modernistas: la Resurrección del Cuerpo.

O bien, tomemos el argumento de Santo Tomás en favor de la Revelación. Es bastante racionalista y, por el otro lado, decididamente democrático y popular. Su argumento en favor de la Revelación no es, en lo más mínimo, un argumento contra la razón. Por el contrario, parece inclinado a admitir que se podría llegar a la verdad por un proceso racional si éste fuese tan sólo lo suficientemente racional y también lo suficientemente largo. Realmente, hay algo en su carácter – que en otra parte he llamado optimismo y para lo cual no conozco otro término más próximo – que lo llevó a más bien exagerar la medida en que los seres humanos escucharán en última instancia la voz de la razón. En sus controversias, siempre presume que las personas escucharán razones. Santo Tomás cree enfáticamente en que los seres humanos pueden ser convencidos por medio de argumentos; es decir: cuando se les acaban los argumentos. Es tan sólo que su sentido común también le dijo que la argumentación no termina nunca. Puedo convencer a una persona de que la materia como origen de la mente carece bastante de sentido si ambos simpatizamos mucho y discutimos todas las noches durante cuarenta años. Pero mucho antes de que termine convenciéndolo en su lecho de muerte, podrán haber nacido mil otros materialistas y nadie le puede explicar todo a todo el mundo. La posición de Santo Tomás es que las almas de todas las personas comunes, trabajadoras y simples, son tan importantes como las almas de los pensadores y los buscadores de la verdad; y se pregunta en qué medida podrían todas estas personas posiblemente hallar el tiempo necesario para la cantidad de razonamiento que se necesita a fin de hallar la verdad. Todo el tono del pasaje exhibe tanto un respeto por la investigación científica como una fuerte simpatía por el ser humano promedio. Su argumento a favor de la Revelación no es un argumento contra la razón; es un argumento a favor de la Revelación. La conclusión que saca de ello es que las personas deben recibir las verdades morales más elevadas de un modo milagroso; porque de otro modo no las recibirían en absoluto. Sus argumentos son racionales y naturales; pero su propia deducción se dirige totalmente hacia lo sobrenatural; y, como es usual en el caso de su argumentación, no es fácil encontrar otra deducción distinta de su propia deducción. Y cuando llegamos a este punto hallamos que es algo tan simple como lo desearía el propio San Francisco: es el mensaje procedente de lo alto; el relato que es contado desde el cielo; el cuento de hadas que es realmente cierto.

Se hace más claro aun en problemas más populares tales como el libre albedrío. Si Santo Tomás resulta más partidario de una cosa que de otra ello es por lo que podría llamarse soberanías o autonomías subordinadas. Fue, si se me permite la frivolidad, un fuerte partidario del Home Rule. Podríamos hasta decir que estuvo siempre defendiendo la independencia de cosas dependientes. Insistió en que una cosa podía tener sus propios derechos dentro de su propia región. Fue su actitud para con el Home Rule de la razón y hasta de los sentidos: “Soy hija en la casa de mi padre, pero Señora en la mía propia”. Y exactamente en este sentido enfatizó cierta dignidad en el Hombre que a veces resultaba más bien absorbida por las generalizaciones puramente teístas acerca de Dios. Nadie podría decir que quería separar al Hombre de Dios; pero quiso diferenciar al Hombre de Dios. En este sentido estricto de la dignidad y libertad humanas hay mucho que puede ser apreciado, y lo es en la actualidad, como una noble liberalidad humanística. No olvidemos que su resultado fue ese mismo libre albedrío, o responsabilidad moral del Hombre, que tantos liberales modernos negarían. Sobre esta sublime y peligrosa libertad pendía el cielo y el infierno; pues el hombre puede separarse de Dios lo cual, bajo cierto aspecto, es la mayor diferenciación de todas.

Y de nuevo, a pesar de que es una cuestión más metafísica que habrá de ser mencionada más adelante, sucede lo mismo con la antigua disputa filosófica acerca de los Muchos y el Uno. Las cosas ¿son tan diferentes que nunca pueden ser clasificadas por categorías, o están tan unificadas que nunca pueden ser diferenciadas? Sin la pretensión de contestar a esa clase de preguntas aquí, en términos generales podemos decir que Santo Tomás está decididamente de parte de la variedad, como algo que es tan real como la unidad. En esto y en cuestiones similares a ésta, con frecuencia se aleja de los grandes filósofos griegos que algunas veces le sirvieron de modelo; y se aleja por completo de los grandes filósofos orientales que en cierto sentido son sus rivales. Parece estar bastante seguro de que la diferencia entre la tiza y el queso, o los cerdos y los pelícanos, no es mera ilusión, ni producto del deslumbramiento de nuestra perpleja mente cegada por una luz única, sino que es bastante aproximadamente lo que todos percibimos que es. Se puede decir que esto es tan sólo sentido común; el sentido común que nos dice que los cerdos son cerdos; y en esa medida está relacionado con el terrenal sentido común aristotélico; con un sentido común humano y hasta pagano. Pero nótese que aquí, otra vez, coinciden los extremos de la tierra y el cielo. Porque esto también está conectado con la idea dogmática cristiana de la Creación; con la de un Creador que creó cerdos, como algo distinto de un cosmos que sólo los evolucionó.

En todos estos casos vemos repetirse el tema citado al principio. El movimiento tomista en metafísica, al igual que el movimiento franciscano en moral y comportamiento, fue un agrandamiento y una liberación; fue decididamente un crecimiento de la teología cristiana desde adentro; decididamente no fue una disminución de la teología cristiana bajo influencias paganas o siquiera humanas. El franciscano fue libre para ser un fraile en lugar de estar atado a ser un monje. Pero fue más cristiano, más católico y hasta más ascético. Del mismo modo, el tomista fue libre para ser un aristotélico en lugar de estar atado a ser un agustino. Pero fue aun más teólogo, más teólogo ortodoxo, más dogmático, habiendo recuperado a través de Aristóteles el más desafiante de los dogmas: el enlace de Dios con el Hombre y, por lo tanto, con la materia. Nadie puede comprender la grandeza del Siglo XIII si no advierte que generó un gran crecimiento de cosas nuevas producidas por algo vivo. En ese sentido realmente fue más audaz y más libre que eso que llamamos Renacimiento, que fue la resurrección de cosas viejas descubiertas en una cosa muerta. En ese sentido el medievalismo no fue un Renacimiento sino más bien un Nacimiento. No modeló sus templos sobre tumbas, ni llamó a los dioses muertos desde el Hades. Creó una arquitectura tan nueva como la ingeniería moderna. Realmente, aun hoy sigue siendo la arquitectura más moderna. Es sólo que el Renacimiento la continuó con una arquitectura más anticuada. En ese sentido el Renacimiento podría ser llamado la Recaída. Se diga lo que se diga del gótico y del Evangelio según Santo Tomás, lo cierto es que no fueron una recaída. Fueron un nuevo impulso, como el titánico impulso de la ingeniería gótica; y su fuerza estuvo en Dios que renueva todas las cosas.

En una palabra, Santo Tomás hizo más cristiana a la cristiandad haciéndola más aristotélica. No es una paradoja sino una simple perogrullada que sólo pueden pasarla por alto quienes podrán saber qué significa “aristotélico” pero que simplemente han olvidado el significado de “cristiano”. Comparado con un judío, un musulmán, un budista, un teísta o la mayoría de las alternativas más obvias, “cristiano” significa una persona que cree que la divinidad o la santidad se ha ligado a la materia o entrado al mundo de los sentidos. Algunos escritores modernos, no advirtiendo esta simple cuestión, hasta han llegado a decir que la aceptación de Aristóteles fue una especie de concesión a los árabes; algo así como un vicario modernista haciéndole concesiones a los agnósticos. Bajo el mismo principio, así como dicen que Santo Tomás al rescatar a Aristóteles de Averroes hizo concesiones a los árabes, también podrían decir que las Cruzadas fueron una concesión a los árabes. Los Cruzados quisieron recuperar el lugar en dónde el cuerpo de Cristo había estado porque creían, acertada o equivocadamente, que ése era un lugar cristiano. Santo Tomás quiso recuperar lo que en esencia era el cuerpo mismo de Cristo; el cuerpo santificado del Hijo del Hombre que se había convertido en un milagroso intermediario entre el cielo y la tierra. Y quería ese cuerpo y todos sus sentidos porque, acertada o equivocadamente, creía que ese cuerpo era algo cristiano. Es posible que haya sido algo más humilde o más prosaico que la mente platónica; pero justamente por eso fue cristiano. Santo Tomás, si se quiere, tomó el camino menos elevado cuando caminó siguiendo los pasos de Aristóteles. Lo mismo hizo Dios cuando trabajó en el taller de José.”

8 comentarios

  
Néstor
Es una gozada, como dicen en la Península, oír hablar de aquel que los Papas llamaron "el más santo de los sabios y el más sabio de los santos" a aquel que yo me atrevo a calificar como el católico más inteligente del siglo XX, y que quiera Dios que un día llegue también a los altares, si ello figura en el plan de la Providencia.

En esta hora en que tanto se lucha por separar lo que Dios y Santo Tomás unieron (cada uno en su orden, eh? :) es decir, la fe y la razón, pidamos al Aquinate que interceda por nosotros ante la Madre de la Sabiduría, para que ella le pida a su Hijo que ponga fin, en el momento en que el Padre lo haya establecido, a los terribles sufrimientos por los que pasa hoy su Iglesia.

Saludos cordiales.
28/01/18 4:17 PM
  
Haddock.
¡Felicidades Néstor, en el día de su santo patronazgo!

-Oiga, que yo me llamo Néstor, no Tomás.
-He dicho patronazgo, no patrón. Ya nos entendemos.

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¡Muchas gracias! Y hacemos extensivo el saludo a todos los "patronizados", si se dice así.

Saludos cordiales.
28/01/18 5:46 PM
  
Feri del Carpio-Marek
«Los sectarios de los Siglos XVII y XVIII fueron esencialmente oscurantistas y cultivaron la oscurantista leyenda acerca del oscurantismo del escolástico. Esto, que ya se cortaba por lo más delgado en el Siglo XIX, será imposible en el XX.»

Lamentablemente esta vez no acertó este gran profeta que Dios le dio a Su Iglesia. Esperemos que el desacierto sea sólo cronológico, y que lo que no ocurrió, para nada, en el s. XX, ocurra en el XXI.

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Cierto. En parte, en ciertos ámbitos académicos, sí ha ocurrido, pero en general, es verdad que no.

Además, él hablaba cuando todavía estaba vigente el movimiento neotomista, y era de reciente aparición, o sea, en épocas bajo ese aspecto más venturosas que la nuestra.

Saludos cordiales.
28/01/18 7:53 PM
  
Gustavo Lino
Es una gozada, como dicen en la Península, oír hablar de aquel que los Papas llamaron "el más santo de los sabios y el más sabio de los santos"
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Un tanto hiperbólico; No fueron los Papas, sino algunos Papas concretos. No se puede tomar la parte por el todo.

Santo Tomás es uno de los 35 doctores de la Santa Madre Iglesia, de los cuales, la mitad vivieron después de él.

Y entre dichos doctores, quitando a Bellarmino, ninguno fue tomista. Eso sí, todos seguían la Tradición de la Iglesia, de la cual forman parte los doctores. Es un hecho curioso digno de reflexión.

Especializarse en Santo Tomás está bien porque la vida es breve y nadie puede especializarse en los 34 restantes, pero da lo mismo escoger a uno que a otro. Sobre gustos, no hay nada escrito.

Por otra parte, decir:

"El franciscano fue libre para ser un fraile en lugar de estar atado a ser un monje. Pero fue MÁS cristiano, MÁS católico y hasta MÁS ascético. Del mismo modo, el tomista fue libre para ser un aristotélico en lugar de estar atado a ser un agustino. Pero fue aun MÁS teólogo, MÁS teólogo ortodoxo, MÁS dogmático, habiendo recuperado a través de Aristóteles el más desafiante de los dogmas",

me resulta inaceptable para alguien que se dice tomista. Enfrentar lo monacal con lo frailuno o lo agustino con lo tomista fue precisamente lo que hizo el hereje Lutero.

Yo que usted corregiría el texto. Ni lo frailuno es superior ni inferior a lo monacal, ni Aquino es superior a Hipona, y viceversa.

Lo que hace falta es un poquito más de Santa Teresita del Niño Jesús, otra Doctora de la Iglesia, para armonizar la Esperanza con la razón. Ella sí que entendió que MENOS es MÁS, como los monjes y San Agustín.

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Bueno, se entiende, ¿no? Algunos Papas, y además tener en cuenta que la cantidad de Papas que dijeron lo mismo de algún otro filósofo o teólogo católico es igual a 0.

Pablo VI en "Lumen Ecclesiae" dice que la Iglesia extiende los rayos de su Magisterio hacia Santo Tomás, "tanto y más" que hacia otros insignes hijos suyos.

Y algún Papa llegó a decir que cuando la Iglesia ha recomendado a otro teólogo, lo ha hecho en tanto no contradice, al menos, a Santo Tomás.

De hecho, es el único teólogo que nombran la "Optatam Totius" y la "Gravissimum Educationis" del Concilio Vaticano II, y el Código de Derecho Canónico, al hablar de la formación de los futuros sacerdotes.

Pablo VI observa, en "Lumen Ecclesiae", que esas referencias del Concilio constituyen la primera vez que la Iglesia, en un Concilio Ecuménico, recomienda por su nombre a un teólogo.

Después de Santo Tomás, y de los que han pensado las cosas en el nivel fundamental en que las piensa Santo Tomás, si no me engaño, ninguno es Doctor de la Iglesia.

De hecho, sólo se me ocurren Duns Escoto y Suárez, que no son Doctores de la Iglesia que yo sepa.

Es decir, no hablamos de cualquier clase de Doctor o Doctora de la Iglesia, sino de especialistas en Filosofía y Teología. Y éstas tomadas, aún, en el plano verdaderamente fundamental.

En cuanto a Chesterton, hay que saberlo leer. Sin duda, la exageración verbal es uno de sus recursos estilísticos más habituales. Pero con ella siempre apunta a algo. En lo del fraile y el monje, entiendo que quiere decir que bajo un aspecto, al menos, la vida del fraile es más exigente, pues tiene que estar más en contacto con la gente común y corriente.

Y en cuanto a la teología de Santo Tomás, sí, la tesis de Chesterton es que es más ajustada que la de herencia puramente platónica a la verdad fundamental de la fe cristiana, que es la Encarnación. Es lo que dice en el texto que transcribí, y sin duda que encierra algo de verdadero.

Esa es una de las razones por las que los Papas (algunos) han recomendado a Santo Tomás, porque une, por así decirlo, la ortodoxia más estricta a una sana, realista y humana actitud ante el hombre, el mundo, la materia, la naturaleza, el cuerpo, los sentidos, la sociedad, etc.

Es más, la tesis de Chesterton, que comparto, es que lo segundo deriva de lo primero.

En Teología, Santo Tomás ha sido el mejor discípulo de San Agustín, inmensamente mejor, obviamente, que Lutero. En Filosofía ha debido corregirlo unas veces y completarlo otras en muchos puntos importantes, porque eso fue parte del progreso real y auténtico que significó para la teología católica la adopción del aristotelismo.

Saludos cordiales.
29/01/18 10:47 AM
  
Hugo Z. Hackenbush
Sin insultos, por favor, trate de razonar.

Saludos cordiales.
29/01/18 4:09 PM
  
jackino
Siempre se ha dicho que San Agustín adaptó el platonismo al cristianismo y que Santo Tomás hizo lo propio con el aristotelismo. Aparte de algunas adaptaciones (como la idea del primer motor inmóvil), creo que tanto San Agustín como Santo Tomás son dos filósofos originales que poco tienen que ver con Platón y Aristóteles. Después de leer los diez primeros libros de La Ciudad de Dios de San Agustín y el Compendio de Teología (resumen de la Suma Teológica y de la Suma contra Gentiles) me parece que las fuentes en las que se inspiran tanto Santo Agustín como Santo Tomás son las fuentes bíblicas.

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Es que ante todo San Agustín y Santo Tomás son creyentes y teólogos, es decir, encargados de explicar la verdad revelada por Dios en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia.

La Filosofía es otra cosa, es una disciplina que se basa en la sola razón natural.

Pero el hecho es que la Teología necesita recurrir a la Filosofía como herramienta precisamente para la explicación de la verdad revelada por Dios.

Eso implica una cristianización de la filosofía pagana, que desconoció siempre, por ejemplo, la idea de "creación ex nihilo".

Y ahí está el asunto: que San Agustín cristianizó, con ese fin, el platonismo, más precisamente, el neoplatonismo, mientras que Santo Tomás ocho siglos después, expresó lo más básico y fundamental del pensamiento teológico agustiniano usando la filosofía de Aristóteles, lo cual lo llevó en definitiva a crear una filosofía, el tomismo, en la que confluyen el platonismo y el aristotelismo, sintetizados a la luz de la fe cristiana en la Creación y sobre la base de la doctrina tomista del "actus essendi" o acto de ser.

Saludos cordiales.
29/01/18 8:26 PM
  
JUAN NADIE
Una pequeña crítica, no sobre Santo Tomas, sobre lo cual no tengo la más mínima capacidad de criticarle, sino solo de aprender, sino sobre Napoleón.
Deja caer usted como de pasada, que es un hecho la genialidad estratégica de Napoleón en lo que parece desprenderse una cierta admiración.
Se equivoca usted. La capacidad estratégica de Napoleón, era limitada, bastante limitada. No era tonto, ni mucho menos, pero no era ese genio que se empeñan en presentar los franceses, que no tienen otra gloria a la que que agarrarse los pobrecitos. Durante toda su historia siempre les han dado estopa, los españoles, a pesar de ser muchísimos menos, y los ingleses y los alemanes.
Napoleón si era un buen táctico, un buen gestor de batallas, incluso de batallas muy complejas, pero la estrategia es algo mayor y diferente que la táctica.
Yo he leído mucho sobre eso, porque me gusta, puede que tanto como usted sobre Santo Tomas.
Si Napoleón, hubiese sido un buen estratega, jamas habría invadido España, que eramos su aliado, y así de repente perder un aliado, y ganar a su peor enemigo. Napoleón en Santa Elena reconoció que su error fue España, que si no hubiera invadido España habría sido diferente.
Luego esta el hecho de hacer la guerra a Inglaterra y no prever la necesidad de una flota numerosa y eficaz, para vencer, si no a la primera a la segunda o a la tercera.
Dada la preponderancia inglesa en lo naval, debería haberlo previsto. No lo hizo y en cuanto perdió algunas batallas se quedó sin flota ni supo rehacer otra y sufrío un bloqueo naval.
Mas, una de las máximas de Napoleón, era que un ejercito ha de vivir del lugar donde se mueve. Eso en la europa normal, podría funcionar aunque a un grave coste, debido a la esquilmación de la población local. Pero en Rusia como se dio cuenta en seguida Kutuzov, era suicida. En cuanto le aplicaron la estrategia de tierra quemada, le hundieron.
Y por último el desprecio a la logística de ese estratega Napoleón, le llevó a iniciar una campaña en Rusia en la que sabiendo que se enfrentaría a unas condiciones climáticas terribles, sin el debido equipamiento de abrigo. Parece estúpido y lo es. El constipado mato mas soldados franceses que las balas o los sables rusos. Ese es su gran estratega, fuera del mito francés, un bluff.
Insisto no era tonto, incluso era muy listo, tanto que se pasaba, y creía a los demás bobos, y tenía una capacidad de trabajo descomunal, sobrehumana, pero ¿estratega? para nada.
Y además era un asesino multiple y un criminal de guerra que hoy estaría juzgado en la Haya. Es el responsable de millones de muertes y destrucciones, para satisfacer su ego personal.
Solo por esto último debería vigilar su admiración por Napoleón.
Si tiene duda de lo que le digo compruébelo usted mismo, es información abierta. A mi me gusta la historia y esos temas tanto como a usted Santo Tomas.

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Ante todo, el que habla en el texto que Ud. comenta no soy yo, sino Chesterton. Que es inglés, no olvidemos.

Si me pregunta mi opinión, que ciertamente no vale mucho porque no está respaldada en ningún estudio serio, lo que me parece tener claro que es que Napoleón derrotó varias veces a los mejores generales de Europa incluso cuando se aliaron contra él.

Ahora bien, es cierto que Ud. señala grandes fallos en sus decisiones militares. Me parece que cuando se lo elogia militarmente se hace más en relación a la forma en que tenía de llevar adelante las batallas concretas.

Pero en fin, como le digo, no he estudiado el tema a fondo.

Saludos cordiales.

31/01/18 10:13 AM
  
Vicente Jara, OP (RIES)
Estimado Néstor, suelo seguirte siempre y ponerme ante tu blog como un alumno que siempre aprende de tu maestría. Este fragmento de Chesterton sobre santo Tomás de Aquino y Aristóteles, sobre la Encarnación, que tan fundamental nos es a los dominicos, me pareció tan revelador y magistral que no pude más que cerrar ayer sábado el programa de "Conoce las sectas" (Radio María España) citando una de sus frases, y claro está, citándote a ti. Muy agradecido por tus artículos, sigue así.

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Muchas gracias, P. Vicente. La orden dominicana tiene la gloria de haber producido al máximo filósofo y teólogo católico de todos los tiempos. Es un grandísimo don de Dios.

Saludos cordiales.
04/02/18 1:35 PM

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