InfoCatólica / Que no te la cuenten / Categoría: Personas y personajes

5.02.18

28.01.18

Padre Leonardo Castellani, ahora en francés

Si un libro no está en francés, difícilmente un francés lo lea, salvo que tenga un interés enorme por ello. Hace un tiempo, sin ir más lejos, conversando con el único monje argentino que hay en la famosa Abadía de Fontgombault, pasó esto:

 

- Padre Javier: hay un jesuita muy interesante, que vivió durante todo el siglo XX y murió por la década de los ’80. Un tal Castellani: ¿ud. lo conoce? ¿qué le parece? – me preguntó.

Pensando que era una broma, simplemente me reí (hace años que leo a Castellani). Pero no…; el monje, organista, iconógrafo y artista, que entró hace más de cuarenta años en esa gran abadía francesa, nunca había oído hablar en sus ambientes franceses de Castellani. Porque Castellani no estaba en francés, por ende…, no existía…

Hace unos días nomás, la editorial Pierre Guillaume de Roux acaba de publicar una preciosa recopilación que Érick Audouard tradujo para dar a conocer al mejor jesuita del siglo XX argentino, en la lengua de los galos.

Venga entonces la traducción de la entrevista, hecha por este servidor entre gallos y medianoche, que Philippe Maxence le hizo hace unos días en la revista católica francesa y esperemos que varios franceses puedan leer algún día al “profeta incómodo”, como lo llamó Octavio Sequeiros.

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi

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22.01.18

Hugo Wast no era antisemita (4-4)

d. Que lo que impera en el judaísmo actual es el espíritu del Talmud

Como vimos más arriba, es común pensar que con el judaísmo nos une el Antiguo Testamento, sin embargo no es tan así. O no es siempre así. «El judío es un pueblo atado a un Libro, el Libro por excelencia, la Ley, la Thora. En realidad forman la Thora los cinco libros del Pentateuco que escribió Moisés. Pero los judíos sólo aceptan la Thora con las interpretaciones que los Rabinos han ido trasmitiendo de boca en boca como palabra de Dios superior a la del mismo Moisés, interpretaciones que han quedado consignadas y en cierto modo petrificadas en un voluminoso libro, llamado el Talmud, que es el código civil y religioso de los judíos»[1].

En consonancia con esto, y citando a varios autores judíos Wast[2] afirma:

Si los judíos se hubieran regido solamente por las leyes de la Biblia, habrían acabado por confundirse con los pueblos cristianos. Mas se aferraron al Talmud, su código religioso y social, selva inextricable de prescripciones rigurosas que conferían a los rabinos, sus únicos intérpretes, una autoridad superior a la de Moisés y de los Profetas. «Hijo mío», ordena el Talmud, «atiende más a las palabras de los rabinos que a las palabras de la Ley»[3]. «Las palabras de los antiguos [léase rabinos] son más importantes que las palabras de los Profetas». El gran rabino Michel Weill, en una obra fundamental, dice: «Israel debe a la moral del Talmud en buena parte su conservación, su identidad y el mantenimiento de su individu­lidad en el seno de la dispersión y de sus terribles pruebas»[4]. La misma idea, en Bernardo Lazare: «El Talmud formó a la nación judía después de su dispersión… fue el molde del alma judía, el creador de la raza»[5]. Pero al Talmud ya no lo leen sino los rabinos; la mayoría de los judíos ignora la lengua —un antiguo caldeo, muy difí­cil— en que está escrito. Es verdad: el judío moderno ha perdido las ideas sobre­naturales; no cree en Dios y si observa algún rito religioso no es por piedad, sino por nacionalismo. Él no lee el Talmud, pero su rabino lo lee, y eso basta para que el fuerte espíritu de la obra se difunda en ese pueblo que ve en sus sacerdotes a los conductores de la raza. «El judío irreligioso y a veces ateo», dice Lazare, «subsiste porque tiene la creencia de su raza. Ha conservado su orgu­llo nacional»[6].

Pero ¿qué lo hace pensar así? «¿Cuál es —se pregunta Wast— el espíritu del Talmud»[7]? En dos palabras: el orgullo nacional y la astucia (…). «No se tema que un buen israelita pueda ofenderse porque le digan orgulloso y astuto. La simplicidad y la humildad son virtudes del Evangelio, no del Talmud» —nos dice. Se trata de una moral utilitaria, como dice uno de sus autores; una moral que busca la sabiduría (hokma) entendida como habilidad y astucia[8].

Desde la más remota antigüedad los judíos conocían la ley a partir de la oralidad, con la cual interpretaban la ley mosaica y los profetas. Dicha ley tenía por nombre Mischna (segunda Ley) que, con el andar de los siglos, llegó a ser infinitamente copiosa y confirió un poder inmenso a los doctores que la conocían y la interpretaban. Fue finalmente, en el siglo II de la era cristiana, cuando el rabino Jehuda el Santo, «condolido de la desaparición paulatina de tantas prescripciones, resolvió recogerlas por escrito, violando con ello cierta regla que lo prohibía. Convocó un sínodo de doctores y empezó la redacción de la Mischna, y luego aparecieron los comentarios de los ra­binos, o sea la Guemara. Estos comentarios constituyeron el Talmud»[9].

Valga decir que, a partir de este momento, comenzaron a transcribirse tendenciosamente las profecías mesiánicas, cuidando que no develasen a Quien ya había venido: Jesucristo.

e. Que los Protocolos quizás son falsos pero…

Para los neófitos, lo que se conoce bajo el nombre de «Los protocolos de los sabios de Sión», es un conjunto de veinticuatro actas que habrían sido confeccionadas en 1897, en Basilea, por los principales jerarcas judíos. Allí, con lujo de detalles, se lee el plan sistemático de dominio a poner en práctica a lo largo del siglo XX.

La primera edición de los Protocolos vio la luz en San Petersburgo (1902) con el nombre de Lo grande en lo pequeño y el anticristo como posibilidad inmediata de gobierno, bajo la responsabilidad de un monje católico llamado Sergio Nilus. Dicho religioso declaró que los manuscritos le habían llegado en francés y a partir de un robo sufrido por el judío Teodoro Herlz. Vale recordar que la autenticidad de los Protocolos ha hecho derramar cataratas de tinta.

Lo que Wast discute no es su autenticidad, sino su cumplimiento; en efecto, quien se anime a leerlos (si los consigue impresos pues están fuera de circulación) creerá estar leyendo algo actual por las innumerables coincidencias con la realidad: el dominio de los medios de comunicación, la industria, la empresa y la judaización del cristianismo, son sólo algunos botones de muestra, de ahí que Martinez Zuviría dijera con anticipación:«sin pronunciarme sobre la insoluble cuestión de su autentici­dad, me limitaré a decir que con buenas palabras los judíos alegan que son falsos; pero, con hechos, todos los días nos prueban que son verdaderos. Los Protocolos serán falsos… pero se cumplen maravillosamente»[10].

Poner en duda la falsedad de los Protocolos era (y es) análogo a poner en duda hoy el Holocausto o los 30.000 desaparecidos… Quien lo hiciera no la sacaría gratis, como le sucedió a Wast, quien no tenía empachos ni temores[11].

 

*             *             *

 

Podríamos seguir, pero creemos que con lo dicho ya es suficiente como para cavarnos la fosa; lo que no queremos es que sea demasiado honda para no incomodar al sepulturero. Meterse a hablar de los judíos no resulta cómodo. Wast bien podría habernos evitado la cicuta. Y no resulta cómodo porque hoy, como en épocas de Nuestro Señor, decir la verdad es plausible de sanción. Sanción desde afuera y sanción desde adentro. Quien lo haga, debe estar dispuesto a ser ofendido, despreciado, silenciado.

Recuerdo haber escuchado que, cierta vez, le comunicaron al Padre Meinvielle que su libro sobre el pueblo elegido estaba siendo durísimamente criticado por los medios­[12]. Con talante tranquilo, respondió sin dudar: «Los insultos de los judíos me honran». Es que la verdad siempre honra, aunque a veces duela.

Las verdades proclamadas por Wast, asimismo, no van contra su persona; no debemos engañarnos. Como bien nos decía uno de sus detractores al principio de estas líneas, «sus raíces son otras»; lo que se intenta atacar al silenciarlo, lo que se intenta prevenir, es el resurgir de un «cristianismo ortodoxo», de un «nacionalismo católico», al estilo de «Meinvielle, Pío XI y Pío XII»[13].

No debemos caer en equívocos; al enemigo de la Iglesia no lo amedrentan sólo las líneas escritas por Wast, sino el catolicismo militante que aquél encarna; el modelo de hombre comprometido con la Verdad que sigue proclamándola «desde el tejado». Ese catolicismo que trata de «rehacer el mundo desde sus cimientos» (Pío XII) ante una apostasía silenciosa ya no silenciosa, sino rimbombante.

Pero, podríamos preguntarnos: ¿Hacía falta repetir estas consideraciones? ¿Hacía falta una defensa de uno de los más grandes escritores que ha dado la Argentina? Creemos que sí, porque si Cristo es el amor de los amores, el temor a sus enemigos es el temor de los temores.

Hugo Wast, no dejó de proclamar la verdad ni de someterse a la conspiración del silencio; y todo ello tuvo un premio: el premio de la persecución, como había proclamado el Mesías prometido: «si a mí me persiguieron también os perseguirán a vosotros»). Para seguir sus pasos e imitar su ejemplo, basta recordar la única palabra que permitió colocar en su sepultura: «Adsum»: ¡estoy presente!

 

P. Javier Olivera Ravasi

 

 

 

APÉNDICE

 

Carta de Hugo Wast al diario La Nación, 1935

¿Es lícito en la Argentina hablar de los judíos?

 

Buenos Aires, Agosto de 1935

Señor Director:

Permítame que le comunique un episodio reciente, que quizá tenga interés para numerosos lectores.

En Argentina nos jactamos de gozar de una libertad de prensa tan amplia que, a veces, nos parece excesiva. Nos imaginamos que se puede escribir sobre todo, especialmente sobre los frailes, el Papa, la patria y Dios. Y cuando digo escribir sobre, quiero decir escribir contra. Y si alguien nos afirmara que esa maravillosa libertad es sólo aparente, y que hay un poder oculto que ejerce la más tiránica de las censuras, sin que el público lo advierta, no faltaría quien le replicase indignado: ¡Tal poder no existe¡

Y bien, yo acabo de sentir la presión de esa mano, que desde la sombra maneja algunas de nuestras libertades. Y voy a referir cómo.

Cierta importante empresa editó algunas novelas mías, y me asignó, como derechos de autor, determinado espacio en revistas de gran circulación, para anunciar mis libros.

Publicó algunos avisos de «El Kahal» y «Oro», cuando de pronto, un grupo de anunciadores judíos le prohibió esa propaganda, so pena de boicot. Un aviso más que publicara significaría su ruina, porque el 80% de la publicidad, base financiera de esos periódicos, proviene de empresas estrechamente solidarias y obedientes a las instrucciones del Kahal…

Ahora yo preguntaría a los hombres prudentes, que me acusan de provocar el peligro judío, con la misma ingenuidad con que el indio acusa al termómetro de provocar la fiebre, si sospechaban que el Kahal controlase hasta los avisos de nuestros periódicos.

Deseo dejar bien establecido que yo no discuto el derecho con que estos señores dan o retiran anuncios.

Me limito a preguntar a los escépticos y a los que suelen espantarse de cuatro frailes congregados en un convento ridículamente pobre, sin no los inquieta un poco más el saber que existe en nuestro joven país, una organización secreta y extraña a la tradición argentina, verdadera peña de magnates, señores de las finanzas y más que todo, dueños de orientar o de extraviar la opinión pública, por el control que ejercitan sobre los periódicos y hasta sobre los cinematógrafos y las agencias de noticias.

Si para cortar la publicación de un simple anuncio, este poder ejerce tan irresistible presión, que no hará para impedir que aparezca una noticia o que se escriba un editorial, o para desencadenar una campaña de prensa que favorezca sus planes o negocios.

El Kahal es omnipotente por sus recursos y por la ciega disciplina de los factores humanos que maneja.

En los famosos «Protocolos de los Sabios de Sión» se dispone lo siguiente: «El que quiera atacarnos con su pluma no encontrará editor» (Sesión 12).

Los mismos que sostienen con palabras la falsedad de los «Protocolos», cada día con hechos nos prueban su verdad.

Una violenta campaña de pasquines ruge en torno de mi nombre. Me atacan con las armas habituales: la intriga y la calumnia, y me atacarían mucho más, si no temiesen dar enorme resonancia al libro que quisieran aniquilar.

 Aquí todos (sin ninguna excepción) podemos hablar de todo (con una sola excepción). Podemos hablar de los alemanes y de los españoles; de los jesuitas y de los musulmanes, podemos blasfemar de Dios y negar a la patria, porque eso es ser librepensador.

 Yo tenía delante de mí ese inmenso campo, para cubrirlo de tinta y de bilis. Y no lo hice. En cambio quise tratar en un libro, sin injurias y sólo con citas de grandes autores judíos, para que fuesen testimonio irrecusable, de la peligrosa política del Kahal, y eso no es lícito. Nuestra Constitución lo permite, pero el Kahal lo prohíbe.

 Y aunque la inmensa mayoría del país esté conmigo, y repita en voz baja, lo que yo he dicho sin reservas, seré perseguido —según me anuncian—, hasta la quinta generación.

 No me inquieta. Soy argentino y estoy en mi patria, en esta sagrada tierra sobre la cual se fijaron hace 40 años los ojos inteligentes de Teodoro Herzl, el gran judío, que lanzó la idea de restaurar su nación y entrevió en la nuestra la futura Palestina (L’Etat Juif, Pág. 94).

 Por poderosos que sean los recursos del Kahal y hábiles sus intrigas, no temo que lleguen a hacerme extranjero en mi patria.

 Ellos tienen centenares de millones. La lluvia y el sol argentinos están en sus manos. Yo no tengo nada. He labrado materialmente la tierra, he dado a mi país trece hijos, he escrito treinta libros, traducidos a casi todos los idiomas europeos, inclusive al ruso, y me he negado a retirar el último, que ha aparecido en buena hora.

 Creo haber cumplido con mi deber.

 Agradezco al señor Director la atención que se ha dignado prestarme y lo saludo atentamente. 

 

Hugo Wast

Dr. Gustavo Martínez Zuviría

 

 

 

 


[1] Julio Meinvielle, op. cit., 31.

[2] Hugo Wast, op. cit., 25-26.

[3] Tratado Erubin, fol. 21b.; citado por Hugo Wast, op. cit., 26.

[4] Michel Weill, Le judaisme, ses dogmes et sa mission, «Introd. génerale», París, Librairie Israélite, 1866, p. 135 ; citado por Hugo Wast, ídem.

[5] Bernarde Lazare, op. cit., t. I; citado por Hugo Wast, ídem.

[6] Bernarde Lazare, op. cit., t. I, p. 138; citado por Hugo Wast, ídem.

[7] Hugo Wast, El Kahal-Oro, 27.

[8] Adolphe Lods, Les Prophètes d’Israël, París, La Renaissance du Livre, 1935, p. 374 (citado por Hugo Wast, ídem 27).

[9] Hugo Wast, op. cit., 27-28.

[10] Hugo Wast, op. cit., 30.

[11] «Para los hombres de su raza (judía) (los Protocolos) equivale a la Imitación de Cristo», llegó a escribir (Hugo Wast, op. cit.,201).

[12] Julio Meinvielle, op. cit.

[13] Horacio Verbitsky, op. cit.

 


 

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18.01.18

Hugo Wast no era antisemita (3-4)

e. La conversión del judío: ¿posible?

Este «crisol de razas» que sigue siendo la Argentina, ha recibido innumerables multitudes de pueblos: italianos, españoles, franceses, irlandeses… todos se han afincado en una tierra que no ha discriminado; el judío no fue la excepción. Muchos de los pueblos (es verdad) ya venían acristianados mientras que otros se volcaron a la verdadera Fe.

Los hijos de Abraham también abrazaron dicha Fe pues para un judío verdadero y sin doblez, su razón de ser es el preparar la venida del Salvador (salus iudaeorum) y abrazarla cuando llegue. Ellos han sido en cuanto pueblo el primero en el honor y gloria, como narra el mismo San Pablo: «gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío primeramente y también al griego» (Rom 2,9-10), de allí que muchas y santas hayan sido las conversiones desde el principio de la nueva y última alianza hasta nuestros días.

Es verdad, sin embargo, que no siempre las conversiones fueron sinceras como denota la historia de la Iglesia; así plantea el problema Hugo Wast en boca de sus personajes:

¡Escuchad! Vosotros sabéis que el judaísmo es inde­leble como el color de la piel. Porque no es una religión sino una raza, la primera y la única que salió de las manos del Eterno (¡Bendito sea Él). ¿Por qué los judíos no mandamos misioneros como los goyim? Porque sabemos que ningún convertido a nuestra religión se volverá judío. Como sabe­mos, también, que hay millones de judíos que han renegado aparentemente de su religión, y siguen siendo tan fieles como el más sabio rabino. ¡Acordaos de nuestro Maimónides, que se hizo mahometano! (…). Extrajo de sus bolsillos un texto y leyó esta prescripción talmúdica: «El hombre debe ser astuto por temor de Dios»; y a renglón seguido, este comentario del famoso rabino Ben Ascher: «Se permite a un judío engañar a los idólatras ha­ciéndoles creer que se ha hecho cristiano»[1].

Podrá acusarse a Wast de demasiado duro con dicha expresión, aunque sigue en esto los textos judíos que cita en el Prólogo. Sea como sea, uno de sus protagonistas terminará por convertirse santamente al final de la novela, como un santo sacerdote había predicho a la joven Berta Ram, enamorada perdidamente y angustiada por la conversión de su amor:

—¡Padre, apenas entiendo!

—Ya lo sé; estas cosas son extensas y profundas. Por aho­ra, pídale a Dios la conversión de ese hombre, y no le preocu­pen sus palabras…

—Él dice que el judaísmo es una marca indeleble, y no la borra ni el martirio.

—¡Presunción, vanidad! Las marcas que hacen los hom­bres, las borra Dios con la misma facilidad con que el mar borra los dibujos trazados en la arena por la mano de un niño. Ese hombre no es más judío que Saulo; y Saulo, con­vertido, fue San Pablo. Rece y espere. No olvide que este pueblo de dura cerviz fue el pueblo elegido. Cristo mismo es de la estirpe de David. Y el propio San Pablo ha dicho: «¿Pensáis que Dios ha desechado a su pueblo? No, puesto que yo soy del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín. Y si los judíos son enemigos vuestros, a causa del Evangelio, no olvidéis que son muy amados del Señor, a causa de sus padres y de las promesas que les ha hecho…» (Rom, 11)[2].

Los judíos pueden convertirse ¡sin duda! Para muestra de ello basta con recordar en los últimos dos siglos los casos emblemáticos de Alfonso Ratisbona, Edith Stein o Eugenio Zolli, entre otros.

Pero no basta con el análisis literario. Hugo Wast recordó verdades completamente incorrectas que, hasta haciéndonos violencia y juntando vigor, debemos repetir para no ser perros mudos.

Son verdades silenciadas; verdades olvidadas e incómodas, pero verdades al fin.

 

3. Lo que hay que volver a decir con Hugo Wast

Si jugásemos a ser marxistas diríamos que nos encontramos en la síntesis. Luego de haber pasado por la crítica y por las palabras de nuestro autor, nos queda ahora dar una síntesis del tema, cosa que no es fácil; no es que nos falte información (justamente es de lo que sobra)[3]; se trata del tema escabroso de la eterna «cuestión judía» lo que muchas veces paraliza, como a los apóstoles en el Cenáculo (Jn 20,19).

No nos encontramos solos en esta empresa; es cierto. Hay muchos, incluso entre escritores y pensadores de extracto judío, quienes ya pasaron por el trance de hablar con parresía[4]. Hugo Wast se vio en una encrucijada similar al dar a luz su obra más polémica; sabía que una catarata de críticas vendría sobre él y por eso mismo comenzó su libro con un prólogo erudito y comprometido. Dicho trabajo sería el que —aún más que la novela— le ganase la persecución «hasta la quinta generación»[5].

Allí, utilizando principalmente fuentes hebreas, nuestro autor intentó condensar el pensamiento católico tradicional acerca del judaísmo, del cual daremos aquí una apretada síntesis[6].

a. Que no es antisemitismo el estar en contra de una doctrina

Hay que repetirlo hasta el cansancio pues mucho se ha acusado a Wast de «antisemita» y no es fácil levantar el cargo cuando, según se indica, el 96% de los medios de comunicación mundial están en manos del judaísmo[7]. Debemos recordar, entonces, que si bien el odio a personas o razas es anticristiano, no lo es el odio a las malas doctrinas[8]:

 

—¡Acordaos que N. S. Jesucristo era judío y judía su Santísima Madre, y todos los santos apóstoles, y también San Pablo!

—¡Todo racismo es anticristiano!

—¡Los judíos se convertirán al final de los tiempos!

Estamos de acuerdo. Pero si el odio a una persona o a una raza es siempre anticristiano, el odio a una mala doc­trina, o a una institución que la encarna, es, por el contrario, virtuoso y laudable.

El odio a los protestantes es perverso y anticatólico; el odio al protestantismo es profundamente católico, y hasta se han fundado órdenes religiosas para combatirlo.

Con la misma razón podemos decir que si el odio al judío es anticatólico, porque debemos amarlo como a prójimo, el odio a las doctrinas de la Sinagoga, autoridad civil y religiosa del judaísmo, que persigue la destrucción de la Iglesia Ro­mana y pretende establecer en todo el mundo el imperio de su espíritu, abolido por Cristo, y el dominio del oro, instrumento de opresión de los pueblos, ese odio, mejor dicho, ese toque de somatén contra la Sinagoga, es auténticamente cató­lico[9].

No es pecado estar en guardia y menos que menos es pecado el hecho de odiar las doctrinas odiosas. Hoy por hoy es fácil descalificar al enemigo diciéndole «antisemita», «facho», «discriminador», sin importar la verdad de las palabras.

Siempre habrá quien se escandalice de estas palabras, como también le sucedió al Crucificado:

Ya en tiempos de Cristo los fariseos aparentaban escan­dalizarse de su doctrina. No nos asustemos, pues, de que algunas almas medrosas hoy se hagan cruces de nuestro lenguaje. El propio Jesús (…) considerando sólo a la generalidad, llamó a los judíos raza diabólica (…): «Vosotros sois hijos del diablo» (Jn 8, 38-44) (…). Si llamar a los judíos perseguidores de la religión no es cristiano, tampoco fue cristiano el primer mártir de la nueva Ley, San Esteban. Si decir que los judíos son enemigos del género humano no es cristiano, no fue cristiano San Pablo, cuando dijo de ellos: «Los cuales también mataron al Señor Jesús, y a los Profetas, y nos han perseguido a nosotros, y no son del agra­do de Dios, y son enemigos de todos los hombres (1 Tes, 2,15)»[10].

El antisemitismo, como tal, constituye un pecado condenado por la Iglesia; «amar al prójimo» e incluso «amar al enemigo», son las consignas del Hijo de Dios. Pero no parecen ser las mismas consignas de aquellos que el mismo Verbo llamó «raza de víboras» (Mt 3,7). En cuanto doctrinas y luego de la venida del verdadero Mesías, judaísmo y cristianismo, se contraponen como el agua y el aceite. No son ya mixturables pues el hacha se puso «a la raíz del árbol» (Mt 3,10), de ahí que el judío encuentre como principal acusador de su incredulidad al mismo Cristo, por lo tanto, a su prolongación que es la Iglesia. El famoso rabino Drach, convertido luego al cristianismo, decía que «el Mesías que los judíos se obstinan en esperar, a pesar de que éste se obstina en no venir, debe ser un gran conquistador que hará a todas las naciones del mundo esclavas de los judíos»[11]. La Sinagoga, es decir, la doctrina judía, al esperar a Quien ya ha venido, espera sin sentido y, como tal, se autoproclama Mesías, haciéndose cada día más acreedor de la acusación cristiana: «seguís tradiciones de hombres». Su esperanza está aquí abajo, como dice el mismo Wast: «el judío encuentra insustancial la esperanza del cielo. No sabe ni quiere saber de las cosas del otro mundo. Cree en el paraíso terrenal. No siempre es ateo, pero siempre es anticristiano»[12], es decir, se pone en el lugar de Cristo.

b. Que «la cuestión judía» no es un invento de Hugo Wast, sino de los judíos

Pero ¿por qué se habla tanto del pueblo elegido, no tanto de los polacos, de los rusos, de los gitanos? ¿Qué tiene esta gente que suscita odios y amores, predilecciones y expulsiones? Siguiendo a Wast, la «cuestión judía» es el misterio de un pueblo elegido por Dios para depositar allí Sus promesas y hacerlo partícipe de un protagonismo sin igual a lo largo de la historia. No fueron los griegos, ni los romanos, ni los fenicios, los depositarios de las promesas mesiánicas. Fue Israel de donde, independientemente de sus traiciones, idolatrías y persecuciones vendría el Hijo de Dios vivo; aceptar a Cristo era su gloria y rechazarlo su eterno problema: «caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27,25), dijeron el Viernes de Pasión:

Hace muchos años, en mi mocedad, escribí una novelita con el título de El judío, para no recuerdo qué revista española. Me la devolvieron sin publicarla, y me dieron como ra­zón de no aceptarla el que la obrilla defendía a los judíos (…). El episodio sólo sirvió para enardecer en mi joven cora­zón una romántica simpatía hacia el pueblo más perseguido de la historia (…). Han pasado treinta años. Seguimos creyendo que aquí no existe un problema inglés, ni francés, ni alemán, ni español, ni italiano. Pero ya no pensamos igual respecto de los judíos. ¿Qué significa eso? Significa que este país (…) ha visto nacer el conflicto del que no se ha librado ningún pueblo, en ningún siglo: la cuestión judía. Efectivamente, releyendo la historia, penetrando hasta en los tiempos más remotos, observamos este hecho singular: en todas partes el judío aparece en lucha con la nación en cuyo seno habita[13].

Un pueblo difícil de amalgamarse, difícil de reunir (Wast escribe trece años antes de la fundación del «Estado de Israel», en 1948), que no se mezcla fácilmente con el resto… Otro autor mucho más lejano como Marx ya había dicho que encontraba «en el judaísmo un elemento antisocial»[14]; pero no fue el único.

Bernard Lazare —escribe Wast— uno de los escritores judíos que mejor han disecado el espíritu de Israel, en su excelente libro L’antisemitisme plantea la cuestión: «¿Qué virtudes o qué vicios valieron al judío esta universal enemistad? ¿Por qué fue a su tiempo igualmente odiado y maltratado por los alejandrinos y por los romanos, por los per­sas y por los árabes, por los turcos y por las naciones cris­tianas? Porque en todas partes y hasta en nuestros días, el judío fue un ser insociable. Porque jamás entraron en las ciudades como ciudadanos sino como privilegiados. Querían ante todo, habiendo abando­nado la Palestina, permanecer judíos, y su patria era siempre Jerusalén. Consideraban impuro el suelo extranjero y se creaban en cada ciudad una especie de territorio sagrado. Se casaban en­tre ellos; no recibían a nadie… El misterio de que se rodea­ban excitaba la curiosidad y a la vez la aversión»25.

El judío hace un estado dentro de otro estado; una nación dentro de otra nación, teniendo por prójimos, al más prójimo, es decir, al igual. De allí que San Pablo tuviera que decir: «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3, 28). Lo problemático de la doctrina judía, que no encuentra su centro sino en el problema del Mesías, no ha llevado al cristianismo a ser anti-judío; la Iglesia siempre ha sido aristotélica y ha sabido separar la obra de su autor; de allí que todo anti-semitismo entendido como un odio a una raza, sea siempre anti-católico, como ya dijimos.

c. Que la doctrina de la Sinagoga es una doctrina de dominación anticristiana

Pero decíamos que Wast se había tomado el ímprobo trabajo de consultar las fuentes judías para hablar del pueblo elegido; de este modo pensaba que no sería atacado (un tanto inocente el hombre…).

Con Teodoro Herzl a la cabeza, «el gran apóstol de la restauración de la pa­tria israelita» nos decía que «la cuestión judía existe dondequiera que habitan judíos en cierta cantidad… No es ni una cuestión económica, ni una cuestión religiosa, aunque a veces tenga el color de una y otra. Es una cuestión nacional, y para resolverla tenemos que hacer de ella una cuestión mundial»[15]. Es por medio del poder y a partir del dinero como el judío intenta la dominación mundial, pues «nadie ha perfeccionado tanto el sistema capitalista como los banqueros judíos, por ejemplo, Rothschild» pero «nadie lo ha condenado con más acerbidad como los economistas judíos, por ejemplo, Marx»[16], de allí que este último nos recuerde que «el dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítimamente prevalecer ningún otro Dios (…). El Dios de los judíos se ha secularizado, se ha convertido en Dios universal. La letra de cambio es el Dios real del judío»[17].

Como el mundo, según el Talmud, «no ha sido creado sino a causa de Israel», el pueblo escogido «tiende a destruir las (patrias) de los otros. Es patriota como ningún otro pueblo, y, al mismo tiempo, fácil para abandonar la patria. Se le encuentra en todas par­tes, pero no es asimilado en ninguna. Y la razón es simple: la patria real del judío moderno no es la vieja Palestina; es todo el mundo, que un día u otro espera ver sometido al cetro de un rey de la sangre de David, que será el Anticristo»[18].

H.W. entiende que, si bien Israel es el Mesías, al final de los tiempos este pueblo se verá confundido por un líder político-religioso que no será sino quien se ponga en lugar de Cristo («Anticristo» no significa «el que está en contra de Cristo» sino «el que está en lugar de Cristo»); este «Mesías dará a los judíos el imperio del mundo, al cual estarán sometidos todos los pueblos»[19].

¿El Mesías? ¿Acaso los judíos esperan el advenimiento del Mesías? —se pregunta. Es posible que algunos judíos, de esos que todavía lloran al pie del Muro de las Lamentaciones en la Ciudad Santa, conserven la esperanza de un mesías personal, que vendrá como un rey omnipotente a realizar las profecías. Pero la inmensa mayoría, inclusive sus teólogos de más autoridad, han abandonado hace tiempo esa interpretación. No creen en el Mesías, pero creen en la misión mesiánica de Israel[20].

Dicha convicción por la «misión mesiánica» de la cual habla Wast, se realiza por medio de la doctrina judaica, que llega a ser, en palabras de Marx, la enemiga mortal de la religión del estado, y, especialmente, será más enemiga del estado cuanto más éste profese como su fundamento el Cristianismo[21].

De allí que —sigue diciendo el autor de El Capital, citando a Bauer— «los judíos no deban abrazar el cristianismo, sino la disolución del cristianismo y de la religión en general, es decir, la ilustración, la crítica y su resultado, la libre humanidad»[22]. Dicha dominación no sólo por medio de las ideas (prensa, cine, cultura, etc.), sino por medio de la economía, cuyo fundamento será la usura. Con palabras que parecen más cercanas a Hitler que a Marx, nos confiesa este último:

¿Cuál es el fundamento secular del judaísmo? La necesidad práctica, el interés egoísta. ¿Cuál es el culto secular practicado por el judío? La usura. ¿Cuál su dios secular? El dinero (…). El judío se ha emancipado a la manera judaica, no sólo al apropiarse del poder del dinero, sino por cuanto que el dinero se ha convertido, a través de él y sin él, en una potencia universal, y el espíritu práctico de los judíos en el espíritu práctico de los pueblos cristianos. Los judíos se han emancipado en la medida en que los cristianos se han hecho judíos[23].

Coincidiendo con Wast, podríamos decir que «el judaísmo no es una nacionalidad, no es una religión; es un naciona­lismo; mejor todavía, un imperialismo»[24].



[1] Hugo Wast, op. cit., 87-88.

[2] Hugo Wast, op. cit., 229

[3] Sólo para citar algunos títulos conocidos: Henry Ford, El judío internacional, Editorial temas contemporáneos, 1983, 514 pp.; Bernard Lazare, El Antisemitismo, La Bastilla, Bs.As. 1974, pp. 317; Julio Meinvielle, op. cit.; David Núñez, Los deicidas, Organización San José, Bs.As. 1968, 135pp.

[4] En los últimos años, el historiador Ariel Toaff, hijo del gran rabino de Roma, ha sido ejemplo de ello por su libro Pasque di sangue, donde se narra el asesinato ritual de niños católicos, en manos de judíos durante la Edad Media.

[5] Carta del mismo Hugo Wast publicada en La Nación ante el boicot que sufrían sus libros, en Agosto de 1935.

[6] De lo que conocemos y tan o más silenciado que Wast, el libro del Padre Meinvielle, no tiene desperdicio acerca del problema judío.

[7] Según el sociólogo noruego Johan Galtung, son familias sionistas (http://tenacarlos.wordpress.com/2012/05/03/6-familias-sionistas-controlan-el-96-de-los-medios-de-comunicacion-occidentales/; consultada el 17 de Julio de 2012)

[8] El mismoHugo Wast plantea el asunto en uno de los subtítulos del Prólogo (p. 13).

[9] Hugo Wast, op. cit., 12-13.

[10] Hugo Wast, op. cit., 14-15.

[11] David Paul Drach, De l’harmonie entre l’Eglise et la Synagogue, citado por Julio Meinvielle, op. cit., 74.

[12] Hugo Wast, op. cit., 46.

[13] Hugo Wast, op. cit., 9-10.

[14] Karl Marx, La cuestión judía, 20. www.rubenkotler.com.ar/attachments/214_kmarx.pdf (consultada el 21/06/2012).

[15] Teodoro Herzl, L’Etat juif, París, Librairie Lipschutz, 1926, p. 17 ; citado por Hugo Wast, op. cit., 38.

[16] Hugo Wast, op. cit., 23.

[17] Karl Marx, op. cit., 21.

[18] Hugo Wast, op. cit., 23.

[19] Trat. Schahb, f. 120 c.l. citado por Hugo Wast, op. cit., 35.

[20] Hugo Wast, op. cit., 35.

[21] Karl Marx, op. cit., pps. 2 y 4.

[22] Karl Marx, op. cit., 19.

[23] Karl Marx, op. cit., 20.

[24] Hugo Wast, op. cit., 37.


 

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15.01.18

Hugo Wast no era antisemita (2-4)

2. Lo que dijo Hugo Wast

Pero vayamos sin más trámite a la obra acusada; como sería tedioso entrar en detalle, veamos el resumen que hace un hijo de Abraham según la carne:

Una oscura conspiración atraviesa y explica la historia mundial desde hace milenios: la conjura judía mundial para dominar a la humanidad. Este complot se organiza a través del Kahal, soberano invisible y todopoderoso, que existe dondequiera que haya judíos. Cada una de estas organizaciones locales están subordinadas al Gran Kahal de Nueva York, cuyo jefe gobierna desde las sombras a los israelitas de acuerdo a las normas del Talmud. El arma principal de los judíos para la conquista del mundo es la acumulación del oro, mediante el cual lograrían subyugar a los bancos, explotar a los productores y esclavizar a los gobiernos de todo el planeta. Sin embargo, la nación israelita se había dividido en dos bandos a partir de las discordias de dos grupos de banqueros poderosísimos: los Rheingold, que dominaban en Francia e Inglaterra y los Meyerbeer, omnipotentes a las finanzas de Estados Unidos y Alemania. Ambos grupos defendían opuestas doctrinas financieras, lo que no les impedía beneficiarse alternativamente de las situaciones de guerra y paz, con los que los ganadores en cualquier circunstancia eran siempre los judíos. Para alcanzar sus objetivos —continúa la novela— los judíos han desatado guerras, generando crisis económicas, difundido las teorías económicas que los benefician, controlando la prensa, impulsado el voto universal y desatado revoluciones sociales, beneficiándose del sufrimiento de naciones enteras en su ciego afán de fortuna.

En Argentina, dos familias se disputan la jefatura del Gran Kahal local: los Kohen, representantes de la casa Meyerbeer y los Blumen, aliados de los Rheingold.

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