InfoCatólica / Que no te la cuenten / Categoría: Historia contemporánea

2.07.17

Los griegos no eran sodomitas. El banquete de Platón (6-8)

8. El “banquete” de Platón 

El banquete de Platón, Anselm Feuerbach (1829–1880)

 

El “Banquete” es un diálogo filosófico donde diversos participantes rinden tributo a Eros, el dios del amor aportando la visión que cada uno tiene acerca del amor, de allí que permita conocer, de primera mano, lo que un griego del siglo IV a.C. entendía por entonces sobre el tema. Vale la pena señalar que varios “eruditos” y “especialistas” han intentado ver en esta obra culmen de Platón un ejemplo de “la civilización griega homosexual”.

Como muchos de los diálogos platónicos el debate se abre a partir de diversos puntos de vista que los participantes tienen sobre un tema con el objetivo de contrastar las opiniones y sacar, a partir de la mayéutica socrática, la verdad que cada uno ya intuye en su alma. Resulta imperioso, por lo tanto, analizar quién dice cada cosa para saber si se trata de un pensamiento claramente platónico o si simplemente estamos frente a un interlocutor imaginario que el discípulo de Sócrates utilizara en su provecho.

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1.07.17

Los griegos no eran sodomitas. Supuestas parejas homosexuales (5-8)

7. Supuestas parejas homosexuales en la mitología e historia de Grecia

La mitología no es “historia” propiamente dicha; es más bien tipo de ella y es el modo en que en Grecia se catequizaba a las multitudes. Puesto que se han querido ver ejemplos homosexuales en ellos, repasemos sólo algunos en relación al tema que nos ocupa.

 

a. El caso de Aquiles y Patroclo

Aquiles vendando a Patroclo (500 a. C.), Staatliche Museen (Berlín)

 

Para ciertos adalides de la literatura griega sodomítica, Aquiles y Patroclo resulta la “pareja homosexual” más conocida del mundo griego. ¿Qué dice, en verdad, la literatura clásica al respecto?

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29.06.17

Los griegos no eran sodomitas. Las “milicias homosexuales” griegas (4-8)

6. Las “milicias homosexuales” griegas

Mucho se ha hablado acerca del tema y con enorme desparpajo. Nuevamente es de señalar que, así como nadie será tan iluso de pensar que, en ambientes cerrados, alejados del sexo opuesto y sometidos a enormes presiones como es la milicia, jamás pueda darse la homosexualidad, tampoco podrá decirse que la sodomía resulta moneda corriente entre las milicias.

El gran historiador Marrou lo señala con detenimiento al decir que la amistad entre los hombres de Grecia,

“(es) una constante de las sociedades guerreras, donde el medio varonil tiende a encerrarse en sí mismo. La exclusión material de las mujeres, toda desaparición de ésta provoca siempre una ofensiva del amor masculino (…). La cuestión se agudiza todavía más en el medio militar: se tiende en él a descalificar el amor normal del hombre a la mujer, exaltando un ideal basado en virtudes varoniles (fuerza, valor, fidelidad) y cultivando un orgullo propiamente masculino”[1].

Sin embargo, pensar que el amor entre camaradas conllevaba de por sí relaciones sexuales,

“excede con mucho los datos de nuestros textos: se trata de una de esas exageraciones obscenas a que los sociólogos modernos sometieron muchas veces los ritos y leyendas consideradas como «primitivas»: hipótesis derivadas de un psicoanálisis elemental, ¡cuántas represiones ingenuas no se disimulan en el alma de los eruditos![2].

La amistad masculina era el método pedagógico normal en el mundo griego y aquélla que se desarrollaba entre un joven adolescente y adulto poseía un valor formativo, una educación ante todo moral, la modelación del carácter y de la personalidad del joven bajo la dirección de un hombre de más edad, enseñando los valores de la lealtad, la fidelidad y la moderación; más aún en la milicia, topos masculino por antonomasia. Un caso paradigmático lo constituye, por ejemplo, el famoso Batallón sagrado de Tebas, caratulado el “batallón homosexual” vencedor de los espartanos. ¿De qué se trataba? Pues de un cuerpo de élite de trescientos guerreros formado por el general Epaminondas (378 a.C.) que, como táctica novedosa mezcló en las líneas militares a jóvenes soldados con sus tutores guerreros, combinando así la experiencia de unos y el arrojo de otros.

Muchos hay querido ver aquí un “batallón gay”, sin embargo, yendo a las fuentes principales de su historia, es el mismo Plutarco (la fuente principal en la materia) quien se encarga de desmitificar el punto.

“El batallón sagrado, según cuentan, fue Górgidas el primero que lo formó con trescientos hombres escogidos, a los que la ciudad proporcionaba formación y medios de vida (…). Algunos dicen que esta formación estaba compuesta de amantes y amados (erastes y erómenos) (…) cuando lo necesario era que el amante se dispusiera junto al amado, pues en las situaciones de peligro los de una tribu no tienen muy en cuenta a los miembros de su tribu, ni los de una fratría a sus compañeros de fratría, mientras que el pelotón organizado según el sentimiento amoroso será irrompible e infranqueable: en la ocasión, los unos porque aman a sus amados y los otros por vergüenza ante quienes los aman resistirán en los peligros por defenderse unos a otros”[3].

 

Y hasta acude a la autoridad del general Filipo para salvar las posibles malas interpretaciones luego de su última batalla, la de Queronea:

“Se dice que Filipo, tras la batalla, se detuvo en el lugar en que habían caído los trescientos, y al ver los cadáveres, todos con sus armaduras alcanzados por delante por las sarisas (lanzas largas) y mezclados unos con otros, se quedó admirado, y al enterarse de que ese era el batallón de amantes y amados, se le saltaron las lágrimas y dijo: ‘Mala muerte tengan quienes piensen de estos que hicieron o pasaron por algo vergonzoso’”[4].

 

No serán, al parecer, sino ciertos poetas quienes comenzarán con el mito de supuesta relación carnal entre estos héroes, como denuncia de antemano Plutarco:

 

“Y no es en absoluto, como dicen los poetas, que entre los tebanos la pasión de Layo diera principio a esta costumbre sobre los amantes”[5].

 

Es que existen evidencias claramente anti-sodomíticas en las naciones militarizadas, de allí que resulte sorprendente cómo ciertos autores y repetidores seriales continúan predicando el tema de una “Grecia gay” como algo indiscutido.

Esparta tampoco se queda atrás en la imaginación. El ritmo de vida del varón espartano, como se sabe, era intenso; la milicia era en sí misma todo un universo; y un universo de hombres donde el culto a la virilidad, a la camaradería y a la importancia de la lucha por la Patria era todo. Lo mismo sucedía con la relación maestro-discípulo: cada espartano era hermano de otro espartano (más aún en el arte de la guerra). Ahora, de allí a pensar en la homosexualidad como algo aceptado y hasta practicado como “deporte nacional”, hay un largo trecho, como se encarga de aclarar el mismo Jenofonte al hablar de las leyes de Licurgo:

“Si alguien que fuese honesto, se prendaba del alma de un muchacho e intentaba convertirlo en un amigo intachable y relacionarse con él (relación maestro-discípulo), lo elogiaba (Licurgo) y tenía ésta por la mejor educación; en cambio, si era evidente que sentía atracción por su físico, lo consideraba muy deshonroso y estableció que en Lacedemonia los amantes se apartaran de los muchachos, no menos que los progenitores se apartan de sus hijos o los hermanos de sus hermanos, en cuanto a los placeres del amor”[6]

 

Porque la relación maestro-alumno, instructor-soldado, fundada en el respeto y la admiración, constituía en Esparta un verdadero entrenamiento, un modo de aprender, una instrucción. La sacralidad de esta relación constituía el fundamento de la unidad militar hasta el día de hoy.

El romano Aelio decía que, si dos hombres espartanos “sucumbían a la tentación y se permitían relaciones carnales, debían redimir la afrenta al honor de Esparta yéndose al exilio o acabando sus propias vidas”. 

Algo análogo decía Máximo de Tiro:

“Cualquier varón espartano que admira a un muchacho laconio, lo admira únicamente como admiraría una estatua muy hermosa. Pues placeres carnales de este tipo son acarreados sobre ellos por la hybris y están prohibidos[7].



[1] Henry-Irenee Marrou, op. cit., 48.

[2] Ídem, 49.

[3] Plutarco, Vidas paralelas, t. 3. Pelópidas, Gredos, Madrid 2006, 367-368.

[4] Ídem, 368-369.

[5] Ídem, 369.

[6] Jenofonte, Constitución de los lacedemonios, l. II, 13.

[7] Máximo de Tiro, Disertaciones, 20e.


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27.06.17

Los griegos no eran sodomitas. "Homofobia" en las leyes y moralidad griegas (3-8)

4. “Misokinia” en las leyes y la moralidad griegas

No hablamos aquí de ese eufemismo moderno llamado “homofobia” (“miedo al homosexual”, etimológicamente), sino de una verdadera “miso-kinia” (“misos”: odio, “kynos”: perro/homosexual) perseguida y hasta penada no sólo por la ética sino por la mayoría de las leyes helénicas de otrora. Veámoslo.

En su “Contra Timarco”, el orador Esquines (389-314 a.C.) nos relata cómo entre las famosas Leyes de Solón, se prescribían las siguientes disposiciones contra quien hubiese tenido “etairese” (compañía del mismo sexo):

 “Si algún ateniense se prostituye (relación homosexual), no se le permita llegar a ser uno de los nueve Arcontes, ni se le consagre sacerdote, ni ejercer la judicatura por el pueblo, ni desempeñará cargo alguno, ni al interior ni en el exterior, ni por sorteo ni por elección, ni sea hecho heraldo, ni pronunciará opinión, ni entrará en los santuarios públicos, ni llevará corona en las procesiones, ni atraviese por los alrededores del ágora. Si algo de esto hiciera, sentenciado por prostituirse se lo condene a muerte”[1].

 

El discurso de Esquines toma tintes cada vez más duros cuando invita a los jueces a recordar a sus antepasados atenienses, “severos hacia toda conducta vergonzosa” considerando “preciada la pureza de sus hijos y sus conciudadanos”. Asimismo, elogia las radicales medidas espartanas contra la homosexualidad, mencionando el dicho según el cual “es bueno imitar la virtud, aunque sea en un extranjero”.

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26.06.17

Los griegos no eran sodomitas. Apodos y el caso de Layo, patrono de los pedófilos (2-8)

2. Apodos homosexuales e importancia del pudor

La mayor parte de sociedades humanas han proscrito y estigmatizado las prácticas sexuales estériles o aquéllas que conllevasen riesgo de infecciones. La homosexualidad en sí reúne ambas condiciones ya que, por un lado es incapaz de engendrar nueva vida y, por el otro, el lugar empleado para las relaciones carnales entre hombres (el ano) no es precisamente la parte más limpia, sana e higiénica del cuerpo humano. En la Grecia antigua –que no era una excepción a esta regla general– no existían eufemismos políticamente correctos como “homosexual”, “gay” o “heterosexual”. Los “heteros” eran sencillamente la gente normal que cumplía con la ley natural y basta; para los homosexuales se reservaban una serie de vocablos, generalmente de significado altamente infamante e indigno. Veámoslos:

- Euryproktos: ano abierto.

- Lakkoproktos: ano de pozo.

- Katapygon, kataproktos: homosexual pasivo.

- Arsenokoitai: homosexual activo.

- Marikas: el que salta arriba y abajo.

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