Custodios de la Palabra. Sermón sobre el modo de hablar cristiano

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Domingo 3ero de Cuaresma

(Misa según la forma extraordinaria)

24/3/2019

 

 Decía ese gran filósofo y teólogo italiano que fue Romano Amerio, que “en la precisión de la palabra estriba la salud del discurso”.

Y es así nomás.

Se narra en la vida de San Ramón Nonato, ese santo medieval de la Orden de la Merced (s. XIII) que, por la enorme cantidad de conversiones que conseguía de entre los musulmanes, los moros le perforaron la comisura de los labios para impedirle predicar.

Porque su palabra convertía.

Es que el valor del verbo es tan grande que el mismo Verbo de Dios quiso encarnarse.

Leemos hoy en la Santa Misa que Nuestro Señor, “estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y la gente se asombró”(Lc 11,14).

¿A qué se refiere con que el “demonio era mudo”? A que se encontraban con un hombre que no sólo estaba endemoniado, sino que también, ese mismo demonio le impedía hablar y, por ende, hacía más difícil su liberación.

Como muchos de nosotros sabemos, en el ritual de los exorcismos, la primera cosa que el sacerdote exorcista intenta hacer, luego de comprobar que no se encuentra frente a un enfermo o un simulador, es preguntar hacer hablar al demonio hasta que éste le diga su nombre (o sus nombres); es el nombre propio del demonio el que permite su liberación; porque el nombre, dice mucho de nosotros mismos. Sin determinarnos del todo, habla de nosotros, nos describe, nos acota, de allí que sea tan importante no sólo poner nombres cristianos a nuestros hijos, nombres de santos, sino también el llamarnos mutuamente por nuestros nombres, sin apelativos ni diminutivos, pues en el Verbo está la clave.

Porque en el nombre está el secreto.

Ya lo decía el agnóstico Borges en su poema El Golem:

 

Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa

en las letras de ‘rosa’ está la rosa

y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

 

Y porque somos hijos del Verbo, debemos ser también sus custodios. Y esto no por mera pedantería gramatical o sintáctica.

No nos referimos solamente aquí al mandato paulino que recién oímos en la primera lectura de la Carta a los Efesios (Ef 5, 3-4) de que “la fornicación, y toda impureza ni siquiera se mencione entre vosotros” (nec nominetur in vobis).

 

No. Nos referimos aquí a ese hábito sano -que se ha perdido- de llamar a las cosas por su nombre, al hábito de las definiciones precisas que intenta comunicar al Verbo por medio del verbo, de la palabra.

A comunicar la Verdad increada por medio de la verdad creada.

Porque es por medio del verbo que se predica al Verbo.

“¿Cómo creerán en Aquél a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?”, se preguntaba San Pablo (Rm 10,14).

Porque “la Fe viene por el oído”; y por el oído de las palabras tajantes, precisas, agudas.

Es por eso que Belcebú, que viene de Baal (el dios de los filisteos)y Zebub que significa “mosca”, se hace un festín entre los excrementos de nuestras palabras cambiadas, tanto para el mundo como para la misma Iglesia.

En el mundo, por ejemplo, hoy,

- El aborto es “interrupción del embarazo”.

- Una prostituta es una “trabajadora sexual”.

- Un sodomita es una persona con género “auto-percibido”.

Y entre algunos bautizados, dentro la Iglesia también…

- La apostasía parece ser hoy “diálogo con el mundo”.

- Al adúltero se lo llama “divorciado vuelto a casar”.

- Y la claudicación moral parece ser “misericordia”.

Es como decía Chesterton nomás: son ideas cristianas que se han vuelto locas.

¿Qué nos dicen los Evangelios respecto de las palabras y del modo de utilizarlas?

“Que vuestro lenguaje sea “Sí, sí”; “no, no”: el resto viene del Maligno (Mt 5, 37).

Y se pregunta San Pablo: “¿Hablo acaso al modo humano…? «No pondrás bozal al buey que trilla»” (1 Cor 9,8-9).

Un cristiano no puede, no debe transar con el mundo ni en el lenguaje que utiliza, ni en los términos que profiere. Y no sólo por aquello de que “de la abundancia del corazón habla la boca”, que nos dice la Escritura, sino porque es con la palabra que se fundan ciudades, se realizan juramentos y se confeccionan los sacramentos.

Es la palabra la que da vida a las cosas, las narra, las sugiere, las inmortaliza y las define.

Tanto es así que uno es lo que habla.

Volvamos entonces a hablar en cristiano, a proclamar al Verbo por medio del verbo, a la Palabra increada por medio de la palabra creada, a tiempo y a destiempo, sin mimetizarnos con el mundo, y conservando lo que hemos recibido.

 

*          *          *

Termina diciendo el Evangelio de San Lucas que, una mujer, maravillada de las palabras que salían de la boca del Verbo, alzando la voz, elogió a María, Su Madre diciendo:

- «¡Dichoso el seno  que te llevó y los pechos que te amamantaron!»

A lo que el Señor respondió:

-  «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la conservan».

Pidamos a Nuestra Santísima Madre, la Virgen Santísima, conservar el Verbo de Dios y transmitirlo con valentía.

Aunque quieran ponernos un candado en la boca.

Porque “en la precisión de la palabra estriba la salud del discurso”.

P. Javier Olivera Ravasi, SE

2 comentarios

  
José A. Ferrari
Querido padre amigo, gracias por su necesario y contundente post.

Ya no se llaman las cosas por su nombre, y la palabra vulgar nos está aniquilando. No se trata, como bien dice, de un mero atentado estético o literario... hablar mal -me decía un amigo hace poco- es señal de que pensamos mal, y pensar mal es señal de que estamos mal. Ud. tiene razón: uno es lo que habla.

Gracias.
Cordialmente,

J.A.F.
25/03/19 3:25 PM
  
Javier Olivera Ravasi
Gracias José. Me alegro que sirva. Con mi bendición. PJOR
25/03/19 3:49 PM

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