22.08.14

(14) De primicias y anticipaciones en contemplación

El niño ha escuchado que la Fuente existe, y que mana sin detenerse. Y la Fuente misma le llama y él acude por su sed, para que su inocencia mane también sin detenerse.

Y la Fuente misma le llama y le atrae, y él acude a holgarse en ella.

“Introducidme en el santuario de vuestro amor. Os pido esta gracia, busco este favor, llamo a la puerta de este santuario para que me abráis. Vos que me hacéis pedir esta gracia, haced también que la reciba” (San Anselmo de Aosta, Meditación XI,  sobre la redención).

El alma, como un niño, anhela traspasar la puerta bendecida, hacia el santuario del amor de Dios, donde nos es anticipada su Morada.

Porque el Hijo del Hombre excava tanto con sus Manos, que alcanza el corazón de la naturaleza humana, y allí hace brotar el Agua viva, que anhela la Creación.

Romanos 8 :18 Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros.

19 En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios.

20 Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza.

21 Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

22 Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto.

23 Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la plena filiación adoptiva, la redención de nuestro cuerpo.

Gozo y alegría, en Este Lado de la Ciudad Celeste, son anticipo gratuito del Otro Lado, primicia de la Tierra Nueva, sed que anhela ser saciada.

Una melancolía incontenible nos inunda en esta parte. Una sensación de exilio incontrolable. Y quisiéramos pasar al Otro Lado como atravesando muros de romero azul, y sólo por amor permanecemos a gusto en Este, una jornada más, tras el Esplendoroso.

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17.08.14

(13) De botánicas, desiertos y el bosque de Lórien

1 Parece que habitan los demonios donde no hay botánicas, en el puro desierto exterior o interior, en la nada artificial, o en las grandes colinas de hormigón y las moradas artificiales de hierro y plástico, donde el desierto técnico castiga al alma con su presencia asfixiante y su antropocentrismo electrónico.

La presencia armoniosa de plantas, árboles y flores nos tranquiliza, hace amable y habitable el Mundo Caído. Lo vegetal parece el estrato de la Creación donde en menor medida ha penetrado el mal por el pecado. Allá donde avanza la consciencia, parece que proliferan los efectos de la Caída.

Resulta un hecho muy curioso y notable que una de las catorce proposiciones erróneas de Pedro Abelardo, que Guillermo, abad de Saint-Thierry, remitió a san Bernardo de Claraval, y que éste resaltó en carta al papa Inocencio II, fuera esta:

“Art.5: Las tentaciones demoníacas se generan en nosotros por contacto con las piedras y las plantas, en las que actúan los espíritus malignos para excitar nuestras pasiones.”

2 Pululan los demonios donde no hay árboles ni plantas, atraídos por el vacío como las moscas a la miel. Con razón la naturaleza tiene horror al vacío. Empeño diabólico es que no florezca ni arraigue nada. Moran a gusto en las soledades del desierto, como pensaban los antiguos, para tentar y  especializarse en tentar.

San Juan Pablo II, en la Audiencia del sábado 21 de julio de 1990, dice que

“3 Jesús es conducido al desierto con el fin de afrontar las tentaciones de Satanás y para que pueda tener, a la vez, un contacto más libre e íntimo con el Padre. Aquí conviene tener presente que los evangelistas suelen presentarnos el desierto como el lugar donde reside Satanás: baste recordar el pasaje de Lucas sobre el “espíritu inmundo” que “cuando sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo…” (Lc 11, 24); y en el pasaje que nos narra el episodio del endemoniado de Gerasa que “era empujado por el demonio al desierto” (Lc 8, 29).

“En el caso de las tentaciones de Jesús, el ir al desierto es obra del Espíritu Santo, y ante todo significa el inicio de una demostración ―se podría decir, incluso, de una nueva toma de conciencia― de la lucha que deberá mantener hasta el final de su vida contra Satanás, artífice del pecado. Venciendo sus tentaciones, manifiesta su propio poder salvífico sobre el pecado y la llegada del reino de Dios, como dirá un día: “Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12, 28).”

4 En la literatura, el desierto es enemigo y su paisaje es campo de heroísmo. Frodo sufre la opresión del camino tenebroso hacia Mordor, en que la aridez aumenta y con ella sus tentaciones, que llegan a oprimirle tanto que no puede caminar sin la ayuda de su amigo Sam, un Mediano Cirineo.

Antes, en ese paraíso edénico y vegetal que es Lórien, donde parece no haber penetrado el desorden  originado por la Caída, reponen fuerzas y descansan.

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15.08.14

(12) Predestinación, III, Doctrina de la Iglesia, II

La sesión VI del Concilio de Trento es un texto magisterial realmente maravilloso, de una claridad, precisión, belleza y profundidad notables. Es urgente, a todo cristiano que quiera formarse bien, estudiarlo muy a fondo, y así obtener una sana doctrina acerca de la gracia y la justificación. Aquí encontramos una breve mención de nuestro gran Misterio:

Concilio de Trento

Sesión VI

1540 Dz 805 “Nadie, tampoco, mientras vive en esta mortalidad, debe hasta tal punto presumir del oculto misterio de la divina predestinación, que asiente como cierto hallarse indudablemente en el número de los predestinados [Can. 15], como si fuera verdad que el justificado o no puede pecar más [Can. 23], o, si pecare, debe prometerse arrepentimiento cierto. En efecto, a no ser por revelación especial, no puede saberse a quiénes haya Dios elegido para sí [Can. 16].”

1565 Dz 825 Can. 15. Si alguno dijere que el hombre renacido y justificado está obligado a creer de fe que está ciertamente en el número de los predestinados, sea anatema [cf. 805].

1567 Dz 827 Can. 17. Si alguno dijere que la gracia de la justificación no se da sino en los predestinados a la vida, y todos los demás que son llamados, son ciertamente llamados, pero no reciben la gracia, como predestinados que están al mal por el poder divino, sea anatema [cf. 800].

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13.08.14

(11) En que se dan Avisos de vida espiritual, para centrarse en Cristo, IV

 Proseguimos trabajando el huerto de sentencias y avisos espirituales, para volver siempre a centrarnos una y otra vez en Jesús y su Belleza.

Quiera darnos el Señor que vayan dando fruto aquí y allá, no a la manera de las especies raras, venidas a la fuerza de lugares lejanos, y que tan dificultosamente van prosperando en tierra extraña; sino con la soltura, gozo y frescor de los arbustos enteros y recios, de las palmeras que dan sombra, alimento y cobijo, en un jardín familiar, cuyo suelo vivo siempre es la Iglesia. Gracias al P.Javier Sánchez Martínez, que obsequió la bella fotografía y amablemente me la envió, a mí que soy contemplador incansable de  palmeras.

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I El Señor nos deja vacíos, para llenarnos. Y esto aterra a nuestro hombre viejo.

II El pecado que antes te convencía, ahora lo aborreces, y no es por ti, sino por tu Defensor.

III Participando de su plenitud, cada gracia que aceptas, movido por ella, atrae nuevos dones. Gracia sobre gracia, según Juan 1, 16. Por eso da tanto fruto y perfecciona tanto no hacer vana ninguna de ellas.

IV El arte de recibir regalos de Dios. Si aprendes a recibir de lo alto, como si sólo fuera tuyo lo que el Señor te obsequia, te harás como un niño que, en su vida interior, está siempre de cumpleaños.

V Como pequeño y torpe recipiente, en la medida en que el Señor, tu Dios, te bendiga (Deut 16, 10), recibe, aun siendo pobre tu capacidad, el agua prodigiosa. Y te parecerá  que el Señor entreabre tu horizonte con un frescor que no has merecido.

VI La oración continuada te abrirá la puerta bendecida, para que cruces el umbral de la Ciudad Anticipada, y no te extravíes por tierra ajena, que no es tuya, ni de tu hombre interior. Y  Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, te dará (Deut 18, 9) recibirás el agua que mana de lo alto, y qué fresca y clara te resultará la primicia. Beberás.

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12.08.14

(10) Predestinación, II: Doctrina de la Iglesia, I

Comenzamos con algunos textos impresionantes y luminosos de la Doctrina de la Iglesia sobre Predestinación, que cito del Denzinger.

Resalto en negrita lo que me parece especialmente relevante.

CONCILIO DE QUIERSY, 853 - (Contra Gottschalk y los predestinacianos)

De la redención y la gracia

621 Dz 316 Cap. 1. “Dios omnipotente creó recto al hombre, sin pecado, con libre albedrío y lo puso en el paraíso, y quiso que permaneciera en la santidad de la justicia. El hombre, usando mal de su libre albedrío, pecó y cayó, y se convirtió en «masa de perdición» de todo el género humano. Pero Dios, bueno y justo, eligió, según su presciencia, de la misma masa de perdición a los que por su gracia predestinó a la vida (Rm 8,29 ss; Ep 1,11) y predestinó para ellos la vida eterna; a los demás, empero, que por juicio de justicia dejó en la masa de perdición, supo por su presciencia que habían de perecer, pero no los predestinó a que perecieran; pero, por ser justo, les predestinó una pena eterna. Y por eso decimos que sólo hay una predestinación de Dios, que pertenece o al don de la gracia o a la retribución de la justicia.”

622 Dz 317 Cap. 2. “La libertad del albedrío, la perdimos en el primer hombre, y la recuperamos por Cristo Señor nuestro; y tenemos libre albedrío para el bien, prevenido y ayudado de la gracia; y tenemos libre albedrío para el mal, abandonado de la gracia. Pero tenemos libre albedrío, porque fué liberado por la gracia, y por la gracia fué sanado de la corrupción.”

623 Dz 318 Cap. 3. “Dios omnipotente quiere que todos los hombres sin excepción se salven (1Tm 2,4), aunque no todos se salvan. Ahora bien, que algunos se salven, es don del que salva; pero que algunos se pierdan, es merecimiento de los que se pierden.”

624 Dz 319 Cap. 4. “Como no hay, hubo o habrá hombre alguno cuya naturaleza no fuera asumida en él; así no hay, hubo o habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo Jesús Señor nuestro, aunque no todos sean redimidos por el misterio de su pasión. Ahora bien, que no todos sean redimidos por el misterio de su pasión, no mira a la magnitud y copiosidad del precio, sino a la parte de los infieles y de los que no creen con aquella fe que obra por la caridad (Ga 5,6); porque la bebida de la humana salud, que está compuesta de nuestra flaqueza y de la virtud divina, tiene, ciertamente, en sí misma, virtud para aprovechar a todos, pero si no se bebe, no cura.”

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