InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Tópicos del Personalismo

30.04.19

(351) El Mito del Constructivismo

—La tesis constructivista

La tesis principal de la pedagogía constructivista afirma que el alumno debe descubrir por sí solo la verdad para que ésta sea significativa en su vida.
Asimismo postula que la manera en que el alumno descubre la verdad, no es recibiéndola del docente, sino buscándola por medio de la experiencia personal. En este proceso de descubrimiento autónomo el docente es solamente un acompañante, un motivador o un guía. Es el profesor, antes bien, el que aprende del alumno, ilustrado y edificado por su inocencia epistemológica, que le sitúa ante el objeto de su experiencia con libertad cognitiva, no coaccionada ni contaminada por tradiciones ni saberes previos.

 

En un contexto constructivista, la búsqueda de la verdad consiste en un trabajo personal o de equipo que parte de los intereses previos del discente, intereses que constituyen la motivación que anima el proceso. Lo importante no es que se alcance un resultado, sino que se produzca un proceso significativo de búsqueda. Porque es la experiencia misma de búsqueda lo que se considera productiva.

Para el constructivismo, el discente no tiene ningún tipo de obligación respecto al acervo de verdades heredadas, ni reconoce la existencia de un deber para con los saberes del pasado, ni cree que exista una deuda de gratitud con el saber de la generaciones precedentes.
Su búsqueda de la verdad sólo es significativa si parte de su propia experiencia, y solamente a ella se debe. Por eso cree un derecho reclamarla y contrarreclamarla al Estado, si éste no se la garantiza.

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26.04.19

(350) Sobre un distingo maritainiano

Hay que despojar la mente católica de las adherencias del pensamiento moderno, que la oscurecen y desenfocan. Para que brille lo esencial, lo clásico, lo de siempre. Es el reto al que nos enfrentamos.

Usar el lenguaje cristalino, recio y preciso de la antigua sabiduría católica. No hay otra.

 

1.- Distinción y distingo.— No confundamos la primera, tan necesaria en doctrina, con el segundo, tan necesario en demagogia. La fragmentación de la unidad del sujeto que hace Maritain, por ejemplo, es un distingo: por un lado se considera el individuo, que es sólo parte material del Estado; por otro la persona, que es todo, incluso fin en sí misma, y más que el bien común.

Es un distingo tendencioso en clave progresista y liberal de tercer grado, de graves consecuencias morales, sociales y políticas.

Es un distingo que suplanta una verdadera distinción, la que existe entre individuación e individualidad. Es un distingo que sustituye la primacía del bien común, que es lo tradicional, por la primacía privada, que es lo moderno.

 

2.- Derecho y pretensión.— Aunque la segunda esté subvencionada, aunque reciba aprobación jurídica, ni son lo mismo ni podrán serlo; no se confunda lo justo con lo deseado, ni lo teorético con lo teórico.

 

3.- El distingo personalista tiene efectos negativos sobre la noción de Estado. Por un lado, funciona con potencia absoluta respecto a los individuos, convirtiéndose en árbitro público del bien y del mal, y de las pretensiones subjetivas de los ciudadanos; por otro, pide también, para la persona, potencia absoluta sobre el Estado, convirtiéndola en árbitro privado del bien y del mal, para poder autodeterminarse. 

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13.04.19

(346) La era del subjetivismo

1ª.- Los orígenes.— La doctrina de los nominalistas, encabezados por Ockham, rompió la armonía entre la fe y la razón y desmontó la mente occidental, deconstruyendo sus principios. De las cenizas de esta deconstrucción surgió una nueva era, la era del subjetivismo. En ella se levantaron dos grandes movimientos disolventes, el protestantismo y el humanismo. De la interconexión de ambos emerge la Modernidad.

 

2ª.- El espíritu del subjetivismo se impone mediante revoluciones; es titánico; se gasta en la Civilización del Hombre, pero resurge siempre; cuantificador de sus propias valoraciones, las sistematiza en valores; postula la acción, a la que subordina el ser. Se realiza mediante el principio de independencia, por el cual la criatura pretende autodeterminarse.

 

3ª.- El espíritu del subjetivismo se opone, por su propia esencia, al espíritu del cristianismo. Éste se basa en realidades naturales y sobrenaturales. Aquél, en la sola voluntad subjetiva. Recientemente, en esta sub-era de la posmodernidad, el subjetivismo instrumentaliza la religión católica mediante un espiritualismo existencialista de corte kantiano.

 

3ª.- Esta instrumentalización del catolicismo por parte del espíritu del subjetivismo, esto es, de la Modernidad, se lleva a cabo mediante:

I) La hibridación de lo natural y lo sobrenatural a través del Método de Inmanencia (Blondel, De Lubac)

II) La filosofía de la acción, que hace depender al ser del acto autodeterminante (Wojtyla) o autoposesivo (Guardini) o de autodefinición (Frankl).

III) La escisión del individuo y la persona en un mismo sujeto personal, social o jurídico, a través del liberalismo de tercer grado y sus formas suaves de laicidad (Maritain) y de comunitarismo (Mounier).

IV) La sustitución del concepto de ley por el de norma, y del de pena por el de sanción.

V) La devaluación del conocimiento real u objetivo (Marcel, Heidegger), puesta entre paréntesis de los saberes heredados (Husserl), misteriosismo eclesiológico (De Lubac) o intimista (Marcel).

VI) La introducción de falsas dicotomías: el ser contra Dios (Heidegger), la ley universal contra el ethos individual (Kierkegaard, Rahner); la metafísica contra la espiritualidad (Marcel), contra la subjetividad (Wojtyla), contra la axiología (Guardini), contra la espontaneidad del espíritu (Mounier), contra el misterio de Cristo y de la Iglesia (De Lubac), contra los valores vitales (Scheler)  contra la apertura al mundo moderno y al hombre (Rahner); contra la belleza (Von Balthasar); contra la conciencia “transcendental"(Husserl).

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9.04.19

(345) De la objetividad como piedra de tropiezo

1ª.- El espejismo existencial.— Conocer el ser no como ser sino como valor. En esto consiste el nihilismo piadoso de los axiólogos. Lo copiaron de los existencialistas, lo introdujeron en la mente católica, lo exportaron y lo exportan al mundo bajo apariencia de evangelización. ¿Hasta cuándo no despertará el católico, formado o formador, de esta ilusión antimetafísica?

 

2ª.- Se veía venir.— No nos extraña la deriva materialista de algunos personalismos. ¿Adónde querían llegar, negando el alma, sino a un exceso de teología del cuerpo, y a un receso de la teología del estado de gracia?

 

3ª.- Spes inanis, esperanza vana.— Reza la Empresa 15 de Don Juan de Borja. La pictura es elocuente: una mano que, pretendiendo apoyarse, se hiere; toma la caña de bambú quebrada y es en balde, porque se raja y sangra y no logra apoyarse, sino quebrarse y caer.

Esto decimos nosotros del proyecto fenomenológico, spes inanis. Porque poner la tradición entre paréntesis no es apoyo, ni es sustento de verdad, ni es razonable. Más bien es caña que se quiebra y hiere, y hace caer. Y no precisamente al cielo, sino a la era del subjetivismo.

 

4ª.- La impunidad del error, por el misteriosismo.— Opina Heidegger que «la razón es la más tenaz enemiga del pensar». Y se pregunta uno cómo el pensar sin razón no causa desasosiego, remordimiento, desazón. ¿Puede la causa segunda, siendo racional, renegar razonablemente de su esencia? Peor aún es la locura del teólogo que, por pensar en modo heideggeriano, se vuelve misteriosista y deja a un lado su razón, enemistándola con el dato revelado. El siguiente paso es decir que los perros, los árboles, las piedras, no existen, porque sólo existe el hombre.

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7.04.19

(344) Comentarios católicos, II: al tópico «la belleza salvará el mundo»

Es urgente desbrozar la fe católica y desnudarla de conceptos añadidos. Ceñirse a lo esencial, tener claro el fundamento. Hay que centrarse en Cristo. 

La belleza es buena y puede servir a Nuestro Señor. Pero es un medio, no un fin. Sólo Cristo salva. Porque la sensibilidad humana, con la que el hombre aprecia la belleza, está caída, y necesitada de redención.

La idiosincrasia personalista ha convertido en tópico la frase «la belleza salvará al mundo». Es del gusto de la sensibilidad católica moderna, que prefiere el sabor de lo ortodoxo, de lo oriental; sea Dostoievski, sean los iconos, sea lo bizantino; a lo occidental, a la romanitas tradicional, a lo escolástico, a la vara de medir de la Cristiandad.

Sobredimensionar la via pulchritudinis redunda, también, en exageraciones misteriosistas, a la manera de la concepción estética heideggeriana, siempre antimetafísica y experiencialista.

La escisión de Dios y el Ser, proyectada sobre la estética, deviene en una desontologización de las formas estéticas, que se orientan hacia lo espiritualista y lo emotivista a través de un naturalismo de corte existencialista.

 

La sombra de Von Balthasar es alargada: con su estética teológica se invierten los papeles, y en lugar del ser se coloca la belleza. Por lo que hablamos, también en el trasfondo filosófico de este lugar común, de una belleza que no parte del ser sino de los valores.

Una belleza convertida en valor, a la manera de Guardini. O sinónima, en clave de teología negativa luterana, del Misterio. No deja, tampoco, de estar presente la hibridación de lo natural y lo sobrenatural, a hechura de De Lubac. Y en consecuencia del principio que lo anima, el Método de Inmanencia blondeliano. La belleza natural se abstrae de su condición caída y se la supone exigente de lo sobrenatural por sí sola. Y pretendiendo gratuidad se obtiene lo contrario.

Pero vayamos al meollo del asunto.

 

«¿La belleza salvará al mundo?». Hay que decir que no, porque la armonía de la Creación, como la del arte, están alteradas por el pecado, se han vuelto inhóspitas. Como explica el Catecismo, 400:

«la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (cf. Gn3,17.19). A causa del hombre, la creación es sometida “a la servidumbre de la corrupción” (Rm 8,21).»

La belleza necesita también de redención.

Y si la frase se refiere a Cristo, hay que decir que Cristo no salvará al mundo en su totalidad. Más bien castigará a unos y salvará a otros. Hay que tener cuidado, porque el principio no católico de salvación universal se transparenta con facilidad en este tipo de generalizaciones. Dios quiere que todo el mundo se salve (1 Tim 2, 4), pero muchos no querrán salvarse, y Dios querrá castigarles.

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