InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Tópicos del Personalismo

24.10.19

(387) Personalismo y liberalismo de tercer grado

«Liberalismo de tercer grado.

14. Hay otros liberales algo más moderados, pero no por esto más consecuentes consigo mismos; estos liberales afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado; [y que] es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada.» (LEÓN XIII, Carta Encíclica Libertas praestantissimum, 20 de junio de 1888)

 

Liberalismo de tercer grado es separación del orden político del orden natural y sobrenatural, y relegacion de éste al ámbito doméstico, para salvaguardia de la libertad negativa (que diría Danilo Castellano) del Estado y los particulares.

El liberalismo de tercer grado, es decir el personalismo político, pretende ser antiliberal y antimarxista sin dejar de ser moderno. Pero el subjetivismo moderno es la causa del liberalismo y del marxismo, conforme a su concepción desustanciada de la persona. 

El liberalismo católico de tercer grado pretende poner las fuerzas sobrenaturales de la religión al servicio del progreso. Y desde abajo, desde las subjetividades individuales, a modo de fermento. Nunca desde arriba, desde las leyes, desde las instituciones, desde la comunidad política.

 

La ambigüedad del liberalismo de tercer grado, que aplicado al cristianismo se llama personalismo, consiste en que se sitúa en una posición de invisibilidad, entre los ojos, en una zona muerta a salvo de la crítica. Porque, por una lado, no apoya explícitamente el error liberal; pero por otro, tampoco apoya explícitamente la verdad católica. Por lo que se mueve en un terreno de doble realidad, de doble catolicismo, de anfibológica indefinición, que le protege cual coraza de toda crítica.

 

El personalismo tercergradista pide a la Virgen le ayude a construir el Estado Nominalista de los derechos positivistas, en que el deber religioso de las sociedades ha desaparecido, y la ley moral tan sólo brilla en la subjetividad del testimonio. Pero luego se lamenta de las leyes que vomita el Leviatán.

El personalismo tercergradista no busca el Reino de Dios sino una Nueva Humanidad en que la gracia está al servicio del hombre, como instrumento para fines inmanentes. El amor humano está en el centro, con la gracia subordinada a él, a su servicio, como simple ayuda para fines temporales autónomos.

 

25.08.19

(379) Tres objeciones al concepto de autodeterminación

«Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos se las dará también a quienes se las pidan!» (Mt 7, 11)

«Ante todas estas cosas declara el santo Concilio, que para entender bien y sinceramente la doctrina de la Justificación, es necesario conozcan todos y confiesen, que habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán, hechos inmundos, y como el Apóstol dice, hijos de ira por naturaleza, según se expuso en el decreto del pecado original; en tanto grado eran esclavos del pecado, y estaban bajo el imperio del demonio, y de la muerte, que no sólo los gentiles por las fuerzas de la naturaleza, pero ni aun los Judíos por la misma letra de la ley de Moisés, podrían levantarse, o lograr su libertad; no obstante que el libre albedrío no estaba extinguido en ellos, aunque sí debilitadas sus fuerzas, e inclinado al mal.» (Trento, ses. VI, cap. 1)

 

La idea de autodeterminación que actualmente se está divulgando bastante entre católicos, con variantes según quién la explique, dice más o menos así:

El hombre tiene la capacidad personal de autodeterminarse mediante sus actos. Si realiza actos buenos se hace bueno, si realiza actos malos se hace malo. Conforme al principio personalista, que dice que la acción precede al ser. (Recordemos que el pensamiento tradicional dice lo contrario: que la acción sigue al ser).

A esta idea de la autodeterminación hacemos algunas objeciones, aparte de las ya expuestas en otros posteos, y de las que seguiremos exponiendo Dios mediante.

En primer lugar, el acto malo no es capacidad del albedrío sino posibilidad, no es indicio de salud  sino de enfermedad; no es signo de libertad ordenada sino de su enajenación voluntaria. Luego la autodeterminación al mal no es capacidad del hombre sino posibilidad, no es facultad o cualidad sino abuso de ellas. Hay un abismo entre la elección del acto bueno y la elección del acto malo.

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18.08.19

(378) Del bien común confundido, y la desavenencia entre individuo y persona

El fin último del ser humano es Dios. Pero Dios no como bien meramente particular, sino sobre todo como bien común. Bien común, incluso, ¡de todo el universo! Sólo bajo esta perspectiva, la del bien común, entendemos mejor el sentido del castigo divino, de la distribución irregular de gracias, de la permisión del mal para la obtención del bien (no extrayéndolo del mal, ojo, sino con ocasión de éste).

El bien particular no tiene supremacía sobre el bien común. Y es que la distinción maritainiana, en un mismo sujeto, de individualidad y personalidad, ha deformado el concepto de bien común y, con ello, de la providencia divina. En consecuencia, y por desgracia, la espiritualidad cristiana se ha vuelto menos providencialista y más voluntarista.

La individualidad, a ojos del personalismo — lo comprobamos en Maritain, Guardini o Ratzinger, por ej.— es lo que el hombre tiene en común con el animal, con la especie, con lo biológico, con las sustancias, con el mundo físico. Según Teilhard de Chardin, está en evolución. Por eso las antiguas “disciplinas", como el derecho natural, que leen lo justo en el orden de las sustancias, dejan de tener validez para el mundo evolucionado de hoy; se precisa un sistema conceptual nuevo, moderno, fenomenológico; el de los derechos humanos. (Recuérdese que fue ésta la tesis mantenida por Ratzinger en su debate con Habermas, para justificar su no elección del recurso al derecho natural en aquella leve “disputa”).

La personalidad, sin embargo, a ojos del personalismo, es otra cosa bien distinta, que nada tiene que ver con la individualidad. Es la dimensión espiritual del hombre, que le distingue de los animales. Romano Guardini, por ejemplo, basa su estudio sobre ética en dejar bien clara esta distinción: ¡cuánto se diferencia la persona de los animales! Los animales ni siquiera existen, dice en otra parte, siguiendo, cómo no, a Heidegger. 

La personalidad, en la idiosincrasia personalista, no forma parte del orden cosista de las sustancias ni del mecanismo de lo objetivo. (La distición sujeto/objeto está más que superada. Todo es misteriosísimo. ¡No seamos objetivistas!) Es algo totalmente diferente. Y es que, para esta mentalidad, estando el concepto de sustancia tan pasado de moda debido al evolucionismo; estando el concepto de sustancia tan anclado en la cosmovisión escolástica, y siendo un concepto tan cosista, mejor es no utilizarlo ni siquiera para hablar de la transusbtanciación, preferible es relacionar ésta con la Encarnación; ni del concepto de persona, como hace Mounier, (que sin embargo, aun estando contra el concepto de sustancia, no es anti-sustancialista, como se explica en los manuales de personalismo; es que, simplemente, no le gusta utilizarlo, porque es cosista, y Dios nos libre de la (como diría Guardini) dictura de pensamiento cosista.

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12.08.19

(377) Ideas claras sobre el personalismo

1.- ¿Qué es el personalismo?— La escuela filosófica y teológica que introduce en el pensamiento católico la concepción moderna de persona.

Para dicha introducción se vale de dos recursos: primero, espiritualizar el existencialismo ético; segundo, sustituir la síntesis clásica aristotélico-tomista por el método fenomenológico.

 

2.- ¿En qué consiste el concepto moderno de persona?— En la fragmentación del hombre en dos partes, una dimensión material y objetiva, que es el individuo; y otra espiritual y subjetiva, que es la persona. La primera subordinada al Estado, la segunda, por encima de él.

(La parte personal es considerada un fin absoluto en sí mismo y un todo insubordinable a otro valor superior, como podría ser, por el ejemplo, el bien común).

Es una separación que, explícita o implícitamente, en mayor o en menor medida en unos autores o en otros, tiene consecuencias sociales y morales, siendo la proyección política de esta separación el liberalismo de tercer grado, y su doble cristianismo o doble ciudadanía: como individuo-ciudadano, el hombre se atiene al orden temporal, que pretende ser autónomo y laico. Como persona creyente, el hombre vive privadamente en el orden de los valores espirituales, que tiene su propio ámbito al margen. Siendo el nexo de unión entre ambos mundos el testimonio personal.

 

3.- ¿Cómo concibe el personalismo las potencias del alma?— El personalismo profesa la primacía de la voluntad sobre el entendimiento, y adjudica a la memoria un papel imaginativo y afectivo.

 

4.- ¿Cómo entiende la libertad?— Como potestad independiente y autónoma que “Dios respeta"; como libertad negativa moderna en su doble acepción: I) como capacidad de elegir, indiferentemente, el bien o el mal, y II) como facultad o poder de autodeterminación axiológica y antropológica (de la subjetividad personal, no sólo de la voluntad).

Es la libertad que, según cree, proporciona la autoconciencia y la autoposesión, señales distintivas, para el personalismo, de existencia auténtica y de ser personal.

 

5.- ¿Cuál es, para el personalismo, la expresión fundamental de la libertad?— El derecho a la libertad de conciencia y religión, entendida como en el art. 18 de la Declaración de los derechos del hombre de la ONU, de 1948: esto es, como derecho civil a elegir y practicar sin coacción alguna la religión o forma de religiosidad que se prefiera, cambiarla por otra o no profesar ninguna.

 

6.- ¿En qué principio sustenta el derecho civil a la libertad religiosa?— En la dignidad humana téorica, esto es, la dignidad ontológica al margen de la herida original, y separadamente de la dignidad moral y de la dignidad sobrenatural.

 

7.- ¿Cómo interpreta la ley moral?— Como norma convencional, en el sentido de ley meramente penal: o sea, como conjunto de normas directivas que no obligan moralmente por sí mismas, sino sólo en función del consentimiento otorgado.

Por eso prefiere hablar, en lugar de mandamientos o preceptos de la ley moral, de normas generales. Y de la ley natural como inspiración subjetiva y particular (y no como regla objetiva y universal de acción).

 

8.- ¿Cómo concibe la tradición?— Como progreso y no como traditio (entrega).

 

9.- ¿Cuál es su concepción jurídica?— No el iusnaturalismo clásico, basado en la naturaleza de las cosas, (conocida por la razón teorética); sino el iusnaturalismo racionalista, basado en la reflexión teórica y el historicismo evolucionista. 

 

10.- ¿Cuál es su concepción política?.— El personalismo político profesa la separación del orden natural y sobrenatural respecto del orden político-social, o sea el liberalismo de tercer grado. Caracterizado, en definitiva, por la relegación de la religión al ámbito doméstico. 

 
 
David González-Alonso Gracián
 
 

1.08.19

(374) A vueltas con los valores

Comentario 1:

«En estas consideraciones ha de hablarse de algo que nos afecta a todos, a cada cual a su manera: esto es, de la virtud. Probablemente esta palabra empieza por sonarnos como algo extraño e incluso antipático: fácilmente suena a anticuada y a “moralizadora”»  […] «Scheler aludió a la transformación que han experimentado en el curso de la historia la palabra y el concepto “virtud”, hasta tomar el penoso carácter que todavía revisten»[1].

«Si nuestro lenguaje tuviera otra palabra [que no fuera “virtud”]», la usaríamos. Pero no tiene más que ésta, de modo que, desde el principio, hemos de ponernos de acuerdo en que significa algo vivo y hermoso»[2].

 

1.1.- Virtud, palabra poco actual.— A los personalistas en general no les gusta demasiado la palabra “virtud”. El vocablo y el concepto les parece antipático. Durante los últimos decenios, virtud ha sido palabra malsonante, un tabú. Un atavismo de la “era constantiniana”, un escolasticismo.

Los males de la sociedad actual, se dice, son la falta de valores, no la falta de virtud. Las escuelas católicas educan en valores inspirados en el humanismo cristiano, pero no en la virtud, palabra demasiado grave, demasiado venerable, demasiado moral, demasiado confesional. Y porque la virtud de unos implica el vicio de otros, demasiado poco igualitaria. A la sociedad, para que sea democrática, se le pide que tenga valores, pero no virtud

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