InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Séptimas morales

17.02.19

(334) Doctrina católica tradicional sobre libertad religiosa y artículo 18 de la Declaración de la ONU

1ª.- La escuela personalista-constitucionalista ha influido notablemente en el concepto de libertad religiosa que profesa la mayoría de los católicos de hoy.  El personalismo político entiende la libertad religiosa no en sentido tradicional, sino como derecho subjetivo del hombre en proceso espontáneo de autodeterminación. 

Por eso interpreta la libertad de coacción en clave de libertad negativa, es decir, como libertad para autodeterminarse, al amparo del Estado, en materia religiosa.

Confunde no sufrir coacción en el acto de fe con no sufrir coerción en el proyecto propio de autodefinición y autoposesión. 

 

2ª.- La perspectiva constitucionalista ha introducido la idea de que la libertad religiosa de culto y de conciencia, tal y como la entiende el artículo 18 de la Declaración de derechos de 1948 de la ONU, en clave indiferentista, es una doctrina que profesa la Iglesia.

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12.02.19

(333) El Estado Nominalista, o la insoportable levedad del derecho

Introducción.— Le es urgente al católico recuperar un sentido tradicional de la política. Pero no podrá hasta no desencantarse del Estado Moderno, y empezar a pensar de otra manera, la tradicional, siendo voz crítica del Gran Teatro del Mundo, y nunca su palmero.

Es urgente que en todas las áreas de su apostolado adopte el lenguaje de la tradición, rinda su mente al pensamiento clásico, de valor perenne; y viva una auténtica metanoia antiliberal, una vuelta a los primeros principios de la política, la católica, cuya máxima prioridad, en este tiempo, es vacunarse contra el personalismo constitucionalista de tercer grado.

El Estado Nominalista, surgido de la Modernidad post-luterana, es como una gran máquina de vacío; ha extraído los universales de la vida social y política, dejando el bien común como una cáscara de subjetivismo personalista. En su lugar, para calmar su horror vacui, ha inventado un sistema de derechos subjetivos montados sobre la sola voluntad de poder.

Y lo ha hecho mediante un sistema de compensaciones jurídicas positivistas, con que apaciguar la tormenta de reclamaciones y contrarreclamaciones (Turgot) que alteran permanentemente su (des)orden político artificial.

 

1ª.- Sin Dios no hay ley natural. Si no hay ley natural no hay deberes. Si no hay deberes no hay derechos.
—Luego los derechos que se declaran sin declarar primero a Dios no tienen sustento ninguno, salvo la sola voluntad del gobernante. Sin Dios no hay justicia, sino una insoportable levedad del derecho.

 

2ª.- El orden natural de la política es el orden de la ley natural.

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4.02.19

(331) La Causa política cristiana frente el Estado mundial

1ª.- Un Estado mundial como potencia absoluta está fuera del plan divino y es indeseable. Dado que toda potestad debe ser delegada de la única y soberana potestad de Cristo Rey, una superadministración no delegada que gobierne mundialmente, (ahogando las potestades locales delegadas), repugna a la mente católica.

 

2ª.- La única comunidad de autoridad universal que ha entrado en los planes de Dios es la Iglesia. Todo intento de edificación antropocéntrica de un superestado de autoridad mundial está destinado al castigo divino, que frustra voluntades y quebranta titanismos, como hizo en Babel.

 

3ª.- El derecho en el Estado mundial pretende establecer a nivel planetario un (des)orden de potestades subjetivas e individuales que reclaman y contrarreclaman (Turgot) sus propios proyectos de autodeterminación. No es un (des)orden nuevo sino el propiciado por la Gorgona jurídica de la Modernidad, cuyo objetivo es petrificar los universales y licuar la ley natural, desnaturalizando su consistencia universal.

—Frente a esto, el derecho clásico determina lo justo universal en cada cada caso particular en orden al bien común y la naturaleza de las cosas.

 

4ª.- La legitimidad de toda potestad política deriva del reconocimiento de una ley supralegal, inmutable y eterna, que la exceda y al excederla la fundamente.

—Pero la Bestia mundial sustenta su ética en una legalidad inmanente, sin referencia última, de pura convención, por lo que al carecer de legitimidad procura obtenerla en la sombra. Su mecanismo de expansión consiste en apartar la ley moral de la vida social y política, y reducirla a la vida privada, para tener via libre en las instituciones.

Para ello pone en funcionamiento mecanismos de poder plutocrátrico y sinárquico, que compensen con oscuridad el vacío dejado en las sociedades por la ley natural excluida. El ethos de esta legalidad inmanente positivista es el ethos global, que nunca podrá ocupar, en el pensamiento católico, el lugar que ocupa la ley moral universal.

31.01.19

(330) La Causa Política (la católica)

1ª.- Es urgente recuperar, o mejor dicho reinstaurar, una inteligencia propiamente católica de la política.

 

2ª.- La esencia de la política es el bien común. Comprender qué es en verdad el bien común es comprender qué es en verdad la política.

 

3ª.- Existe un cuerpo de saberes sociales y políticos heredados que no se debe dejar de lado. Se ha hecho, y se hace, pero no sin pérdida de identidad. La reflexión católica personalista, en clave constitucionalista de tercer grado, propone hacer borrón y cuenta nueva, poner entre paréntesis el legado tradicional. Aplican el método fenomenológico a la síntesis clásica, poniéndola en suspenso para mimetizarse con la Modernidad y alejarse del esplendor del martirio. Pero de esta falsa armonía no puede nacer consonancia, sino sólo disonancia encubierta y mal disfrazado de bien.

 

4ª.- La recuperación de una Causa Política católica precisa mártires. Con el socorro divino congregará voluntades en torno a un propósito teologal de justicia, caridad y vida social virtuosa. No seguirá el juego a la dinámica del positivismo, ni a la aquiescencia con los males del nihilismo posmoderno. 

 

5ª.- La Causa Política de los católicos no es el Estado mundial, no es el Leviatán tercero, no es la causa de la Gorgona. No es la causa teórica de los círculos cuadrados del espíritu de la época.

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4.11.18

(310) Personalismo jurídico y libertad religiosa

1ª.- El concepto de libertad religiosa, en clave personalista, no favorece que la religión (la religación del hombre con Dios) sea signo de unidad social, sino todo lo contrario.

No es favorable, de ninguna manera, al catolicismo, y tiene un potente efecto descristianizador.

Absolutiza jurídicamente el derecho a reclamar y contrarreclamar (como diría Turgot) cada visión subjetiva de la religación. Y en consecuencia, paradójicamente, absolutiza el conflicto, al absolutizar jurídicamente cada postura. Es contrario, además, al espíritu misionero. 

(Si todos tienen derecho absoluto ontológico a su dios, es que el Dios verdadero no tiene derechos. Y una sociedad en que el Dios verdadero no tiene derechos es una sociedad destinada a perecer a manos de los ídolos.)

 

2ª.- Se hace imposible entonces un orden jurídico estable, fundado en principios inconmovibles, como la ley natural. Porque si el derecho depende de los ídolos, la ley se vuelve un ídolo mismo, el derecho deviene positivista, y la ley tiraniza al derecho.

El estado, de esta forma, se convierte en mero árbitro de cosmovisiones. Cada perspectiva adámica es apuntalada, abusivamente, en la dignidad humana ontológica, y encontrar denominadores comunes (la ley natural) es imposible. Triunfa el nominalismo, y con él el individualismo, deteriorándose el sentido de comunidad. Sólo queda el recurso al pacto, al contrato, y el recurso a una super-administración que haga posible este sistema de equilibrios y contente a todos. Una administración que debe profesar institucionalmente el agnosticismo. 

 

3ª.- La libertad religiosa, bajo esta perspectiva de derechos declarados, es sólo una manera sofisticadísima de coexistencia, nada más. Un manierismo sociopolítico. No fundado en la verdad, sino en el equilibrio artificial que la ley produce al convertirse en árbitro.

La desorientación del pensamiento católico contemporáneo, a este respecto, es enorme. No sólo porque, en general, padece este concepto disolvente y absolutizador de la libertad religiosa, sino porque cree, además, que es católico.

 

4ª.- No sorprende haber llegado a esto. La asimilación del concepto personalista de autodeterminación de la voluntad debía desembocar, inevitablemente, en el derecho a la autodeterminación religiosa. El colmo del sin sentido es pretender anclarlo en la dignidad humana ontológica, como si el hombre adámico tuviera derecho al estado de enemistad surgido de la Caída; como si el hombre adámico tuviera derecho a religarse con Dios en sus propios términos y no en los términos de Dios.

 

5ª.- Al afirmarse la libertad religiosa en el sentido antes dicho, que es liberal de tercer grado, se afirma, quiérase o no, que el estado es potencia absoluta, supervoluntad de poder, super-juez capaz de convertir pretensiones subjetivas en derechos absolutos sólo restringidos por el orden público. 

 

6ª.- Pero al ser las religiones adámicas, como explicamos en el post anterior, constructos surgidos del estado de enemistad en que el linaje humano se encuentra tras la Caída, el conflicto de éstas con la religión revelada está asegurado. También entre ellas. Su absolutización siempre será foco de inestabilidades. Mantener un equilibrio absoluto entre reclamaciones y contrarreclamaciones (absolutizadas por la ley) es imposible.

El conflicto social está asegurado, a menos que se aumente indefinidamente el poder del Estado controlador. Y es por eso que la laicidad institucional siempre es contraria a la libertad cristiana, siempre es conflictiva, siempre supone enaltecimiento del estado de enemistad y deviene totalitarismo. 

 
y 7ª.- Volvemos a proponer, de nuevo, recuperar el principio clásico de tolerancia condicionada, por el cual las religiones adámicas son relativos ordenables al bien común. No existe derecho ontológico a profesar el estado de enemistad, en ninguna de sus reclamaciones y contrarreclamaciones religiosas.
 
Sólo cuando el orden jurídico establece como absoluto la Verdad, y se subordina a ella, son posibles el bien común y la vida social virtuosa. Porque sólo el estado de amistad con Dios tiene derechos absolutos.
 
 
SÉPTIMAS MORALES Y POLÍTICAS