InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Mapa de la Crisis

8.01.19

(325) Amoris laetitia y el convencionalismo teológico

La tesis que vengo sosteniendo en esta serie de artículos es que el personalismo político, filosófico y teológico (la Nueva Teología), al introducir las categorías conceptuales del pensamiento moderno en el catolicismo, ha producido indirectamente una crisis de identidad en el pensamiento católico, especialmente en dos aspectos: en la filosofía politica y en la teología moral. 

En la primera, la doctrina católica oscurecida ha sido la realeza social de Cristo; en la segunda, la ley moral y sus conceptos clave: pecado, sacrificio, pena, castigo, expiación, orden ontológico, etc.

No podemos ocultar, en conciencia, una dolorosa convicción. Ha sido con la publicación, el 19 de marzo de 2016, de la exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, que los principios del convencionalismo personalista han adquirido “oficialidad explícita", sobre todo en lo referente a la teología moral. Digo en lo referente a la teología moral, porque la doctrina politica ya llevaba tiempo siendo socavada mediante la difusión pastoral del maritainismo. 

Es por esta razón que la teología moral católica se encuentra, actualmente, en una difícil encrucijada. Está en juego su ser o no ser. Está en juego servir o no servir a las almas y a la Iglesia. Está en juego salir de la oscuridad y emerger hacia sí misma, recuperando su identidad; o hundirse más en la sombra y prolongarse, más aún, hacia las negras aguas del ethos global.

 
1.- La ambigüedad no es santificable.— Como hemos visto en anteriores articulos, la ambigüedad no es santificable. Porque en el cristianismo la importancia de la palabra es máxima. 

Las ideas equívocas en materia de fe y costumbres siempre pasan factura. De alguna manera, suponen una agresión a la razón, cuya potencia cognitiva suspende en la indefinición y la oscuridad; y a la fe, cuya teologalidad interfiere introduciendo duda e incertidumbre; de forma que se puede hacer mas daño con la ambigüedad que con el error refutable. La ambigüedad tiene efectos profundamente nocivos en teología moral, perjudicando también la función docente de la Iglesia.

 

2.- El convencionalismo ético de Amoris laetitia. — ¿Cómo se llama la ambigüedad en teología moral? Se llama convencionalismo. Procede del nominalismo moderno, su rostro jurídico es el positivismo, su hechura moral es la moral de situación y el consecuencialismo, y su divulgador es el personalismo constitucionalista. Debido a la ambiguedad presente en muchos pasajes de Amoris laetitia, cabe una lectura de sus tesis en clave convencionalista, a modo de trasfondo intelectual.

De la definición que da la RAE de convencional nos interesan las acepciones uno a cuatro, que recogen los detalles semánticos importantes para su comprensión: relativo al convenio o pacto, que se establece en virtud de la costumbre, poco original y acomodaticio, que se atiene a normas mayoritariamente observadas.

Convencional, en teología moral, nos remite a lo meramente penal, esto es: a lo desligado de la naturaleza de las cosas, del orden creado y de la ley moral. Una norma convencional es aquella que es independiente del orden moral, fundamentada en un convenio o pacto o costumbre o en la sola voluntad del legislador, y su infracción, por regla general, no supone culpa moral sino mera sanción jurídica (como puede ser privar de la comunión a los que permanecen en lo que en lugar de pecado se pasa a denominar, administrativamente, “situación irregular").

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31.12.18

(324) Deterioro conceptual de la crisis: pena y sanción

La RAE define castigo como «pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta».

La Modernidad prefiere, como término sustitutivo, el de sanción, que admite un matiz funcionalista y convencional: corrección que un reglamento establece para sus infractores.

Pero hay una diferencia notable entre transgredir la ley moral e infringir un reglamento. 

 

1.- La idiosincrasia pesonalista, en general, puede admitir que Dios sanciona, pero no tanto que Dios castiga. La pena, para el numen clásico, tiene valor expiatorio en sí misma. Pero la sanción, en la Modernidad, tiene un valor utilitario e inmanente, que no alcanza a tocar la libertad subjetiva.

 

2.- El humanitarismo contemporáneo aborrece una característica esencial de la pena, su terribilidad.

No es una casualidad que Justiniano, recuerda Álvaro d ´Ors, denominase a los libros 47 y 48 del Digesto libri terribiles, porque «contienen toda la severidad de las penas».

La terribilidad de lo penal aterra al hombre moderno porque no cree en el valor expiatorio del sufrimiento, ni quiere percibir la gravedad del pecado.

Así, el concepto de sanción se ha convertido en el eufemismo del concepto de pena, y la teología moral se ha ido transformando en una como hechura de gestión de las infracciones, algo así como una especie de “teología administrativa".

 

3.- La noción de ley ha sido reemplazada por la de norma. Se prefiere no hablar talmente de Preceptos o Mandamientos de la ley de Dios, sino de normas generales. Por eso el pecado, más que como pecado, es considerado irregularidad. El ejemplo paradigmático es la forma de referirse al adulterio como situación irregular. Es comprensible, bajo esta perspectiva convencionalista, que la dimensión sacrifical y expiatoria de la Santa Misa haya sido opacada por la dimensión festiva y el ágape.

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26.12.18

(323) Anfisbena o la sangre de la Gorgona

«Al principio era el Verbo. El valor de la palabra es máximo en el Cristianismo (cf. Jn 1,1). En la palabra, hablada o escrita, está la verdad o la mentira, está por tanto la salvación o la perdición de los hombres. Y tengamos presente que el proceso del conocimiento se consuma en la expresión. Es la palabra la que nos da conocimiento, pero, al mismo tiempo, el conocimiento de la verdad llega a su término en la palabra. Precisamente la palabra es un “término". Acabamos de conocer algo cuando sabemos expresarlo.» [José María IRABURU, (24) Lenguaje católico oscuro y débil]

 

Anfisbena la Ambigua es una «serpiente mítica con una cabeza delante y otra en lugar de la cola» (según la RAE, del lat.amphisbaena; y ésta del gr. ἀμφίσβαινα, amphísbaina, andar hacia un lado y hacia otro, en una dirección y en la contraria).

La descripción de Plinio el Viejo, en su Historia Natural, L 8, 35, precisa que la Anfisbena tiene una cabeza gemela en la cola, «como si fuera demasiado poco el veneno del fondo de una boca». 

Este dragón de dos cabezas, «Escila habitante de las rocas, ruina de los navegantes», como dice Esquilo en su Agamenón, surgió de la sangre derramada, en las arenas del desierto libio, por la cabeza cortada de la Medusa Gorgona. En el bestiario del pensamiento moderno, es el símbolo de la ambigüedad.

 

1.- Discusionismo y ambigüedad. Como enseña el Diccionario etimológico de la lengua castellana de J. Corominas, ambiguo procede de ambigere, estar en discusión, conducir a discusión. Dos cabezas en permanente estado de discusión

 

2.- Nadie puede servir a dos señores (Mt 6, 24).— La sierpe Anfisbena, en la emblemática del Siglo de Oro español, simboliza con elocuencia este principio. Don Juan de Borja, en el emblema Lethale venenum, de sus admirables Empresas Morales de 1681, utiliza la figura de la Escila bicéfala, para simbolizar «todos los daños que han sucedido en el Cielo y en la tierra» por «no conformarse a obedecer a una sola cabeza».

La ambigüedad en la obediencia es el veneno «que ha destruido todas las Monarquías y los Reynos de este mundo», dice Don Juan de Borja. Por eso, 

«El que quisiere acordarse de estos daños, para remediarlos, trayendo ante los ojos que no conviene sino adorar y servir a un solo Dios, y guardar una ley, y servir a un Rey, válgase de esta empresa de la Amphisbena, sierpe de dos cabezas, con el lema: lethale venenum. Pues no puede haber veneno más mortal que el cuerpo en que hubiere dos cabezas»

 

3.- Ambigüedad. Acepciones.— Según el Diccionario de la RAE, lenguaje ambiguo es el que «puede entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión.» Persona ambigua es aquella que «con sus palabras o comportamiento, vela o no define claramente sus actitudes u opiniones».

Lenguaje y persona ambiguos son aquellos que andan en permanente discusión y contradicción interna, por su bicefalia semántica e intencional. Pretenden congeniar el sí y el no, la luz con las tinieblas. A menudo, a base de restricciones mentales y vaguedades que oscurecen la verdad, como efecto de una cobardía en extremo vituperable, ignavia valde vituperanda, que decían los antiguos. Es efecto del semipelagianismo, que sobrevalora la parte humana y pretende ganar el mundo reduciendo la verdad, para que el mundo no tropiece en ella y no se enfurezca con el cristiano. Pero no se puede gobernar la propia vida con dos principios contradictorios de acción. 

 

4.- Ambigüedad y doctrina.— Doctrina ambigua es la que puede entenderse, por parte de los fieles, de varios modos, admitiendo distintas interpretaciones y dando motivo a dudas, incertidumbre o confusión. El Pontifice, obispo, sacerdote, diácono, religioso, docente, laico ambigüos, son aquellos que con su doctrina o conducta velan o no definen claramente sus actitudes u opiniones.

A menudo, en la doctrina ambigua, la interpretación correcta es minimizada o expresada con vaguedad, de forma que resalte la interpretación incorrecta, que es maximizada y difundida.

 

5.- Ambigüedad y error.— Una doctrina ambigua contiene error cuando admite, de entre las distintas interpretaciones que contiene, una interpretación errónea del asunto. Una doctrina ambigua puede producir error cuando la interpretación errónea, por el contexto, es la dominante, o su trasfondo conceptual heterodoxo es ocultado pero sobreentendido. 

También puede opacar verdades cuando el sentido recto resulta inaccesible. Cuando la ambigüedad va asociada a la vaguedad, esto es, a la imprecisión, la inestabilidad semántica conduce a una indeterminación conceptual que impide la afirmación de la verdad. Entonces son necesarios esfuerzos adicionales para imponer, desde afuera y artificialmente, la interpretación correcta, que resulta forzada y poco efectiva.

 

6.- Ambigüedad y pecado.— No le resulta nada fácil al hombre adámico descubrir la verdad moral, porque, como explica Pío XII en la Humani generis 1-2, de 1950:

«no son pocos los obstáculos que impiden a nuestra razón cumplir eficaz y fructuosamente este su poder natural. Porque las verdades tocantes a Dios y a las relaciones entre los hombres y Dios se hallan por completo fuera del orden de los seres sensibles; y, cuando se introducen en la práctica de la vida y la determinan, exigen sacrificio y abnegación propia.

Ahora bien: para adquirir tales verdades, el entendimiento humano encuentra dificultades, ya a causa de los sentidos o imaginación, ya por las malas concupiscencias derivadas del pecado original. Y así sucede que, en estas cosas, los hombres fácilmente se persuadan ser falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero

El ser humano, en estado de enemistad, se persuade fácilmente del error que prefiere, por su inclinación al mal y la ofuscación de su mente. Es por eso que las interpretaciones erróneas tienen ventaja, porque se apoyan en la herida original. Constituyen toda una sofística del pecado.

 

7.- Ambigüedad e idolatría.— La ambigüedad es recurso de los demonios para fingir sabiduría, imitando a la divinidad. En el Siglo de Oro español los juicios ambiguos son designados con la expresión “palabras de oráculo". Covarrubias, en el Tesoro de la lengua castellana, define oráculo como «respuesta que daban los demonios y falsos dioses, que siempre eran equívocas y ambiguas». Y Alonso de Barros, en sus Proverbios de 1615, asocia la intención encubierta a los juicios de oráculo: «Ni hay de oráculo respuesta/sin alguna oculta ciencia».

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14.11.18

(314) Dar coces contra el aguijón

Negar que es necesaria una constitución cristiana de los estados es dar coces contra el aguijón. 

En los ambientes católicos, desde hace más de medio siglo, el personalismo-constitucionalista es la teoría política que lo niega.

Curiosamente, la mente católica de hoy, influenciada por esta escuela, acepta en general esta negación sin cargo alguno de conciencia, como si fuera la doctrina católica original, y no un plagio del pensamiento liberal de tercer grado. (Ya sabemos, con Eugenio y Álvaro D´Ors, que todo lo que no es tradición es plagio).

* * *

Dar coces contra el aguijón es de poca discreción, dice nuestro refranero. La sabiduría popular, con esta paremia, no sólo fulmina la obstinación, sino remite a la vara de guiar labores y animar bueyes, llamada aguijada o aguijón. Así se alude a quien porfía, de coz en coz, contra una autoridad mayor, y se lastima en ello por inútil; tal le sucede a la bestia que se empecina en propinarle patadas a la aijada, con lo que se hiere más pronta e inevitablemente.

Adversum stimulum calces iactare, lanzar coces contra el aguijón, es máxima clásica, como no podía ser menos siendo clásico nuestro romancero, y siendo clásica nuestra doctrina política tradicional (la hispánica, no la francesa de Maritain).

El aguijón de arar, con su corona, es figura del buen gobierno, que nuestra traditio local del Siglo de Oro remite a la ley natural y divina, contra la que es en vano darse de bruces.

Lo representa Hernando de Soto, en su cuarto Emblema de 1599, con la aguijada de arar del rey Wamba, clavada en tierra y florida, con una corona real sobre su extremo superior. El milagro de la floración de su cetro indica cuán fecundo es el gobierno si está fundamentado en Dios.

Como dice el epigrama:

El florecer su aguijada,

sin lengua a voces pregona,

que no es buena la corona,

si de Dios no es enviada.

Dijérase: Dios ha de ser el fundamento de la ley, de todo estado, de toda vida social. Dios es el principio rector de toda obra buena, de todo gobernante, de toda institución. Y cosa absurda es oponérsele, empresa suicida es darle patadas a esta evidencia.

La cuestión que plantea el salmista:

«Quare tumultuantur gentes

et populi meditantur inania

(¿por qué se amotinan las gentes

y trazan los pueblos planes inicuos?» (Sal 2, 1)

Se responde así: porque, debido al pecado, las sociedades yacen en estado de enemistad. Y siendo esto de tal manera, ¿con qué derecho excluir de la vida social el estado de amistad? ¿Hay cosa mejor para el bien común que ser amigos de Dios?

Como explica el emblema epigramático de Hernando de Soto, no es buena la autoridad si de Dios no es enviada. Y una vez enviada y florecida en leyes justas, pregónese la voz (la ley) de Dios en toda autoridad, y así no hay vara (potestad) que no florezca. 

Samaniego, tomándolo de Esopo, lo rima con salero:

«Quien pretenda sin razón,

al más fuerte derribar,

no consigue sino dar

coces contra el aguijón»

 

El más fuerte es Dios. ¿No es insensato promover en las iglesias locales el pensamiento liberal de tercer grado? ¿No es insensato plagiar el ethos revolucionario? ¿No es insensato dar por bueno un sistema que separa el orden de la gracia del orden político-social? 

«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa es dar coces contra el aguijón.» (Hch 26, 14), advierte la Escritura. No sea modelo, por eso, para la Urbe Católica, la Ciudad del Hombre, que persigue al Rey para que no reine.

Dura cosa es ir contra el fundamento de toda autoridad. ¿Acaso la Ciudad del Hombre no se revuelve contra la aguijada de la ley de Dios, dando coces contra la realeza de su Salvador? ¿Con qué falsa prudencia política afirmar el tercer grado, con qué blandas o duras laicidades justificar su positivismo? Con la falsa ciencia del Leviatán, cuya mirada de Gorgona petrifica toda acción política catolica.

Pidamos su Reino, porque su Reino es para hacer posible la Ciudad, y la Ciudad es para Dios.

San Agustín, en Confesiones III, 8, 16, afirma:

«También se hacen reos del mismo crimen quienes de pensamiento y de palabra se enfurecen contra Ti y dan coces contra el aguijón, o cuando rotos los frenos de la humana sociedad, se alegran, audaces, con privadas conciliaciones o desuniones, según que fuere de su agrado o su disgusto. Y todo esto se hace cuando eres abandonado tú, fuente de vida, único y verdadero Criador y rector del universo.

Y es que de la mano de Dios el buen imperio. Es lema capital de nuestro catolicismo hispánico. Se diferencia, radicalmente, del lema moderno personalista, que separando individuo y persona descentra de Dios la vida social, y la reorienta hacia la fragmentación, privatizando la vida cristiana y reduciéndola al ámbito doméstico.

Porque de la mano de Dios el buen imperio significa: no hay buen gobierno de tercer grado, porque no es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada

 

David Glez. Alonso Gracián

 

10.11.18

(313) La mirada de la Gorgona

Inest periculo gloria, la gloria está en el peligro.— Así traduce Hernando de Soto, en sus Emblemas Moralizadas de 1599, el mote primero. Y nos remite a Perseo, cubierto con el casco de Hades, armado de acero y alado de sandalias, mostrando la cabeza de la Gorgona a Policletes petrificado.

Hernando de Soto, contador y veedor de la casa de Castilla,  al declarar su mote y pictura, escribe además este epigrama:

Enviado fue Perseo

de quien le pudo enviar,

a deshacer y acabar

el encanto medúseo.

Alcanzó rara victoria,

y fama de valeroso,

que en todo lo peligroso

hallamos que está la gloria.

* * *

Se preguntará el lector quién o qué personifica, en nuestra analogía, a la Gorgona. Y fácil es adivinarlo, si es lector de este blog.

Enseña con insistencia Danilo Castellano que la Modernidad no es divisible, sino de una pieza, y que no es posible al pensamiento católico incorporarse elementos conceptuales esenciales suyos sin grave daño. Este daño, que hemos definido como parálisis o petrificación, es tan evidente, que no admite discusión: no sólo el espíritu misionero, sino la misma función docente de la Iglesia ha sufrido un proceso de anquilosamiento. Se ha entumecido en conceptos inmovilizantes, que de tan espesos, han bloqueado la mente católica hasta hacerla incapaz de salir del atolladero, cediendo en exceso al ethos del nuevo orden mundial.

—Tales son un concepto reducido de dignidad humana, disminuida hasta el estado de naturaleza roussoniano; la libertad religiosa como sinónimo de autodeterminación; o el método fenomenológico experiencialista como sustituto del conocimiento por tradición, etc.

El principio fenomenológico, por ejemplo, que el personalismo ha aplicado sistemáticamente a la vida cristiana, puede resumirse así: poner entre paréntesis la tradición para poder tener una experiencia personal y actual de lo cristiano.

Esta aplicación es una proyección: la de la cosmovisión moderna. Y sobre un objetivo: la doctrina tradicional. Los resultados son una idiosincrasia, la personalista; una ideosincrasia: la nominalista; una política, el liberalismo constitucionalista de tercer grado. Y una teología: la Nueva Teología. También, aunque secundariamente, una psicología, la logoterapia.

Se trata, pues, de toda una cosmovisión importada desde dentro de la ortodoxia. No pretende explícitamente heterodoxia, sino hibridarse con el numen católico para adaptarlo a los tiempos y, sobre todo, a la centralidad moderna de la persona, con objeto de producir una actualización.

Utilizando un lenguaje de imágenes, como al principio de este post, podríamos decir que esta cosmo-visión actúa como Gorgona: su punto de vista, por muy bienintencionado que esté, petrifica. Lo hemos visto con la misiones, en general paralizadas. Lo hemos visto con la acción política católica, desactivada. Lo hemos visto con la teología moral, cosificada por el situacionismo, en un estado de sometimiento a la conciencia y de intoxicación kantiana. 

Urge, por tanto, una cambio de mirada; una vuelta a la traditio. Dejar de mirar a la Gorgona para mirar hacia atrás con agradecimiento, temor y temblor, en busca del clasicismo perdido.

* * *

La cuestión se ciñe a estos parámetros: existe un principio tradicional de subordinación cuya puesta entre parántesis (que no otra cosa es el método fenomenológico) conduce irremisiblemente al liberalismo de tercer grado y a la maximización de la conciencia.

Esta puesta entre paréntesis, esta epojé liberal, paralizante e infructuosa, podemos sintetizarla así:

la autoridad temporal debe poner entre paréntesis la ley de Dios para poder gobernar neutralmente, respetando la libertad negativa de cada parte, sujeto o comunidad. Para ello necesita de un principio autárquico, por el cual el Estado se declara exento de obligaciones respecto a la religión revelada y sus tradiciones. La autoridad, para ello, deberá estar separada del orden de la redención.

Frente a esto, enunciamos el principio católico, tal y como lo expone, con meridiana claridad, la tradición política hispánica, a través de Alberto Caturelli:

«es obligatorio para todo sujeto de la autoridad temporal, someter su potestad a la ley de Dios. En la economía de la salvación, la autoridad no puede ser auto-suficiente y quienes son sus depositarios tienen la capacidad y la obligación de rendirla al único Dios verdadero y a la única Iglesia verdadera. Desde el punto de vista cristiano, la autoridad está asociada a la redención del hombre y ningún cristiano católico puede, sin pecado, renunciar a esta misión de la autoridad. El ejercicio de la autoridad debe ser santificadora desde el padre de familia al gobernante político porque en todos sus grados, debe ser ejercida según el Modelo de todo gobernante que es Cristo, Rey de Reyes.» (Liberalismo y Apostasía, Gratis Date, Pamplona 2008, p.28)

 

Retire su mirada, el católico de hoy, del rostro de la Gorgona, no caiga petrificado. No escudriñe sus principios, no congenie con sus nociones, no se incorpore sus paradigmas. Vuelva los ojos al Cristo Total, y sin mirar al Monstruo, vénzalo con las armas de la traditio, cual Perseo.

Otros cayeron, de confiados. Se dejaron seducir, y miraron. Creyeron posible la amistad con ella, bajaron el puente de la Ciudadela y la dejaron entrar, con su mirada de muerte. Cuando quisieron levantarse ya eran de piedra, ya pensaban como ella, ya fueron dados a la Apostasía por ella, y casi sin darse cuenta. 

Convertimini ad me, et salvi eritis, volveos a mí y os salvaréis. (Is 45, 22).— No ha de volverse el cristiano a la Gorgona, sino a Cristo, «puestos los ojos en el autor y perfeccionador de nuestra fe, Jesús; el cual, por el gozo que se le proponía, soportó la cruz, sin hacer caso de la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios.» (Hb 12, 2)

Sea el cristiano, en esta Hora global del Hombre, católico Perseo. Se quedará solo, sufrirá marginación, tal vez martirio a fuego lento. Le tacharán de profeta de calamidades, de mal católico, de retrógrado reaccionario, y tendrá, quizá, que pasar por el Mundo del Dolor, hacia un refugio en que emboscarse. Pero será una ganancia, porque podrá vivir escondido con Cristo en Dios (Col 3, 3).

Inest periculo gloria, la gloria está en afrontar el peligro. Y el peligro se llama Modernismo, esa mala copia “a lo católico” de la Modernidad. Por eso hacemos un llamamiento al heroísmo, sobre todo de los pastores. Ignore el católico, del pensamiento moderno, sus encantos medúseos, y afronte una eficaz depuración de conceptos. Nos viene la vida en ello. No es imposible porque hay gracia. Sea el yelmo de Hades la doctrina clásica, invulnerable a la visión del topos moderno. Sea el acero la Palabra de Dios, en su interpretación tradicional. Sean las alas, en nuestros pies, los pasos que heredamos de nuestros ancestros.

Hemos de hacerlo, desde nuestra identidad. Porque todo lo que no es tradición es plagio, y quien plagia el ser de otros, tarde o temprano, dejará de ser lo que es. 

 

David Glez. Alonso Gracián