InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Mapa de la Crisis

19.06.19

(363) El horizontalismo protestantizante

No cabe duda que Karl Barth (1886-1968) tiene parte en el giro teológico del marxismo producido en el posconcilio, y en la interpretación de la pastoral como praxis mesiánica.

El utopismo ingenuo del posconcilio, los sueños pelagianos de Nueva Humanidad, que tan cabalmente ha desmontado Leopoldo Eulogio Palacios[1]; la construcción horizontalista del Reino, beben mucho del utopismo barthiano.

Según éste, la inserción divina en la historia introduce un movimiento progresivo de desarrollo, cuya realización final será una nueva humanidad. Su concepto de pueblo es bíblico y marxista a la vez, como en una fallida amalgama.

El pueblo como lugar teológico, sustitutivo de la societas perfecta, es un concepto que debe mucho a Barth, además de a Yves Congar. No el pueblo en general, sino el pueblo como clase desfavorecida, a la que se atribuyen atributos mesiánicos y dialécticos.

Pero, según el fino análisis de Miguel Poradowski, donde más se nota el marxismo teológico de Barth es en su concepto de Dios. Lo relaciona con el mundo nuevo, utópico e ideal, que va a reemplazar al mundo egoísta y burgués por obra del cristianismo. Dios debe ser ante todo un revulsivo para los cristianos. El cristianismo debe ser revolucionario.

El mesianismo de Barth se funda en categorías kantianas y hegelianas. A su influencia indirecta se debe, también, la subestimación del tomismo. Porque Barth propicia el marxismo, y el marxismo combate el tomismo.

 

Una fe sin religión

La visión no religiosa de la fe de otro pastor protestante, Dietrich Bonhoeffer (1906–1945), también ha tenido una influencia considerable en la configuración del personalismo progresista posconciliar. Este autor establece una falsa dicotomía entre la fe y la religión. Su objetivo es una «una interpretación no religiosa de los conceptos teológicos»[2].

El mundo, según Bonhoeffer, ya es adulto y no necesita del cuento de la religión, como en Bultmann. Por el contrario, requiere una visión madura de la fe.

El cristiano adulto no demanda una defensa racional de la fe, sino el mero testimonio; Dios es vida, reconocimiento de las potencialidades vitales del ser humano, no argumentos. Se manifiesta en el mundo a través del amor entre todos los hombres; no hay que ir a buscarlo a realidades sobrenaturales, sino aquí, entre las realidades humanas.

Ser cristiano, para Bonhoeffer, significa ante todo ser persona, ser verdaderamente humano. No son los actos de la virtud de la religión lo que hace cristiano al cristiano, sino su calidad humana.[3]

El Papa emérito Benedicto XVI, en su mensaje a la Pontificia Universidad Urbaniana, criticaba con acierto la disociación que Barth y Bonhoeffer establecen entre fe y religión:

«el teólogo evangélico Karl Barth puso en contraposición religión y fe, juzgando la primera en modo absolutamente negativo como comportamiento arbitrario del hombre que trata, a partir de sí mismo, de apoderarse de Dios. Dietrich Bonhoeffer retomó esta impostación pronunciándose a favor de un cristianismo sin religión. Se trata sin duda de una visión unilateral que no puede aceptarse».

 

La fórmula protestante fe sin religión, adoptada por el maxismo teológico, se ha difundido enormemente: Jesús nos llamó no a una nueva religión, sino a una nueva sociedad, se dice. Obispos, laicos, agentes de evangelización, catequistas, teólogos comprometidos en labores de pastoral, enarbolan la bandera teológica de Bonhoeffer/Barth como si fuera católica y afirman, sin complejos, que la fe en Cristo no es una religión, ni consiste en profesar doctrinas ni recitar credos ni cumplir con ritos ni dispensar sacramentos ni profesar una moral. Que la fe, dicen, no consiste en creer, sino en experimentar y compartir.

La sombra del protestantismo, que disocia fe y religión, se cierne peligrosamente sobre estas doctrinas.

 

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[1]  Leopoldo Eulogio PALACIOS, El mito de la nueva cristiandad, Rialp. Madrid. 1951. 153 págs.

[2] Dietrich BONHOEFFER, Resistencia y rendición, págs. 248-49.

[3] Ibid., pág. 266.

14.06.19

(362) Inmanentismo espiritualista

La filosofía de la acción marca la filosofía personalista con su inmanentismo espiritualista fundacional, que sobrevalora la experiencia y la subjetiviza, horizontalizando la vida cristiana.

Los existencialistas han comprendido muy bien el alcance del método de inmanencia blondeliano. Es profundamente instructivo al respecto cómo lo explica el existencialista Nicolás Abaggnano. Comienza afirmando, acertadamente, que:

«La filosofía de la acción es una de las formas del espiritualismo moderno. Comparte con el espiritualismo su característica fundamental: el modo de practicar y entender la filosofía como auscultación interior o repliegue sobre la interioridad espiritual».[1]

Este repliegue del sujeto sobre su interioridad subjetiva explica la ruptura entre la fe y la religión, y el entendimiento de la primera como fiducia intimista, en la línea de Marcel, o utopista-humanista, en la línea de Bonhoeffer-Barth.

A continuación, Abbagnano hace una síntesis interesante de las motivaciones de la filosofía de la acción, idénticas a las de la filosofía personalista contemporánea:

«Mas, para los filósofos de la acción, la conciencia es ante todo y sobre todo voluntad, actividad, acción; esto es, actividad práctica o creadora del mundo moral, religioso y social, más bien que facultad contemplativa o teorética. Como el espiritualismo, la filosofía de la acción tiene interés y carácter religioso […] Puede reconocerse su precedente histórico menos inmediato en la doctrina de la fe moral expuesta en la Crisis de la razón pura de Kant.»[2]

Sólo a la luz de estas motivaciones entendemos por qué la filosofía de la acción, que es el soporte intelectual del personalismo, es un espiritualismo y al mismo tiempo un inmanentismo.

En el personalismo la acción prevalece sobre el ser, le permite autodeterminarse. La causa segunda queda exaltada indebidamente, incurriendo en el humanismo pelagiano cuyas características denunciaba, tan expresivamente, Leonardo Castellani:

«Las notas distintivas de este humanismo son las siguientes: 1) Silencio frente al error y frente a la herejía. 2) Complejo anticlerical. 3) Actúa en política, pero todo su interés está en prescindir de la fe, y reducirse al plano de lo temporal. 4) Personalismo. Persona humana por activa y por pasiva: es la suprema razón de ser de todas las cosas; el Reino de Jesucristo en el mundo, con sus legítimas exigencias para el hombre, queda como una verdad poco menos que archivada, o por lo menos impracticable. El Humanismo incurre así en Pelagianismo, o por lo menos, no toma en cuenta la necesidad de la gracia para sanar la naturaleza humana y superar sus problemas. La persona humana se considera únicamente como sujeto de derecho y libertades absolutas, callando las exigencias de la fe y del orden sobrenatural.»[3]

 

El método de inmanencia

En La acción (1893) de Maurice Blondel encontramos resumidos los principales tópicos modernistas que luego el personalismo parafraseará, acomodándolos a la ortodoxia católica y cubriéndolos con un velo de oficialidad.

Blondel intenta una reinterpretación no metafísica de la realidad, enfrentándola al querer, cuya insatisfacción interpreta en clave sobrenaturalista, como exigencia de lo sobrenatural. La idea sería más tarde asumida por de Lubac y condenada por la Humani generis:

«Otros desvirtúan el concepto del carácter gratuito del orden sobrenatural, pues defienden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visión beatífica.»[4]

El método de inmanencia de Blondel se basa en una dicotomía:

«Por un lado, todo lo que domina y oprime la voluntad; por otro, la voluntad de dominarlo todo»[5]

Tenemos aquí formulado el principio dialéctico de la libertad negativa moderna: la potencia absoluta, la capacidad de hacer o no hacer aquello que la subjetividad desea, sin más límite que su propio querer autodeterminante.

El método de inmanencia consiste en postular en la naturaleza humana una exigencia necesaria de sobrenaturalidad que colme o aplaque la insatisfacción de la voluntad, cuya acción aspira siempre a dicho aplacamiento.

Por tanto, la experiencia subjetiva que pretende satisfacer esa necesidad del sobrenatural queda constituida como la esencia misma de la vida interior, incurriendo en pelagianismo. El despliegue en la historia de esta acción subjetiva produce un progreso, un desarrollo integral, un des-cubrimento de potencialidades dormidas contenidas en la naturaleza humana, que progresa y se autodefine existencialmente.

Será Teilhard de Chardin quien interprete este despliegue de potencia espiritual inmanente en clave evolucionista, dando a luz una versión vagamente cristiana del superhombre nietzscheniano, y Maritain lo incorpore a su sueño de una nueva cristiandad laica y democrática.

 

El inmanentismo horizontalista

La horizontalización de la vida cristiana es efecto del empeño personalista en “catolizar” el existencialismo, a la manera protestante. Porque antropologizar, primero, supone des-sacralizar; y segundo, des-sacramentalizar. Miguel Poradowski ha resumido muy bien este fenómeno:

«La reducción del cristianismo sólo a lo temporal, social, económico y político, es la otra manifestación de la protestantización del catolicismo. Muchos católicos de hoy día, imitando a los protestantes, quieren transformar la Iglesia en una institución de beneficencia y nada más, olvidándose de las palabras de Cristo que asegura que “no sólo de pan vive el hombre”. El pecado para muchos católicos ya no es la ofensa de Dios; sino sólo una falta en las relaciones con el prójimo; es un ‘’pecado social” y nada más. Todo se torna social, económico, material, colectivo, comunista. De ahí sólo hay un paso a la completa secularización del catolicismo, es decir, a la completa protestantización.»[6]

 

El giro antropológico del catolicismo fue consumado por la teología de Karl Rahner. El inmenso prestigio del autor supuso un espaldarazo sobresaliente al existencialismo heideggeriano. El teólogo jesuita alemán, por su enorme autoridad en el posconcilio, contribuyó decisivamente a la inmanentización existencialista de la teología católica, a la que sumergió en la profunda crisis que continúa hasta hoy. La pujanza de Heidegger, la apertura al progresismo y la teología del pueblo, el hegelianismo y el kantismo que alimentan el catolicismo de hoy, se deben en gran parte al prestigio de Rahner.

La cuestión pastoral que se plantea Rahner en su escrito sobre teología pastoral Una fórmula breve de la fe cristiana,[7] se sigue planteando hoy día una y otra vez sin cesar, como uno de los tópicos más obstinados: cómo presentar la fe cristiana para que sea más comprensible y más aceptable para el hombre moderno.

Rahner es el “catolizador” de Heidegger, y el catalizador de su existencialismo. Es el principal introductor de la tachadura del ser heideggeriana, de su crítica del supuesto triunfalismo jurídico y metafísico, de su des-ontologización de la vida cristiana. Cornelio Fabro, que ha estudiado con especial profundidad este asunto, demostró la imposibilidad radical del empeño rahneriano.[8]

 

Es urgente restaurar la razón católica y superar estos errores. Para ello habrá que liberarse, primero, del insano apego al pensamiento moderno que caracteriza la mente católica de hoy.
 
 

[1]Nicolás ABBAGNANO, Historia de la filosofía, vol. 3, Hora, Barcelona, 1985, pág. 374.

[2]Idem.

[3] Leonardo CASTELLANI, Domingueras prédicas, II, Mendoza, Jauja,1998, págs. 156-157.

[4] PÍO XII, Humani generis., n. 20.

[5] Maurice BLONDEL, L´action, 1893, pág. X.

[6] Miguel PORADOWSKI, La actual protestantización del catolicismo, Verbo n. 181-182, 1980, pág.59

[7] Concilium, núm. 23

[8] En La svolta antropologica di Karl Rahner, 1974

 

26.04.19

(350) Sobre un distingo maritainiano

Hay que despojar la mente católica de las adherencias del pensamiento moderno, que la oscurecen y desenfocan. Para que brille lo esencial, lo clásico, lo de siempre. Es el reto al que nos enfrentamos.

Usar el lenguaje cristalino, recio y preciso de la antigua sabiduría católica. No hay otra.

 

1.- Distinción y distingo.— No confundamos la primera, tan necesaria en doctrina, con el segundo, tan necesario en demagogia. La fragmentación de la unidad del sujeto que hace Maritain, por ejemplo, es un distingo: por un lado se considera el individuo, que es sólo parte material del Estado; por otro la persona, que es todo, incluso fin en sí misma, y más que el bien común.

Es un distingo tendencioso en clave progresista y liberal de tercer grado, de graves consecuencias morales, sociales y políticas.

Es un distingo que suplanta una verdadera distinción, la que existe entre individuación e individualidad. Es un distingo que sustituye la primacía del bien común, que es lo tradicional, por la primacía privada, que es lo moderno.

 

2.- Derecho y pretensión.— Aunque la segunda esté subvencionada, aunque reciba aprobación jurídica, ni son lo mismo ni podrán serlo; no se confunda lo justo con lo deseado, ni lo teorético con lo teórico.

 

3.- El distingo personalista tiene efectos negativos sobre la noción de Estado. Por un lado, funciona con potencia absoluta respecto a los individuos, convirtiéndose en árbitro público del bien y del mal, y de las pretensiones subjetivas de los ciudadanos; por otro, pide también, para la persona, potencia absoluta sobre el Estado, convirtiéndola en árbitro privado del bien y del mal, para poder autodeterminarse. 

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13.04.19

(346) La era del subjetivismo

1ª.- Los orígenes.— La doctrina de los nominalistas, encabezados por Ockham, rompió la armonía entre la fe y la razón y desmontó la mente occidental, deconstruyendo sus principios. De las cenizas de esta deconstrucción surgió una nueva era, la era del subjetivismo. En ella se levantaron dos grandes movimientos disolventes, el protestantismo y el humanismo. De la interconexión de ambos emerge la Modernidad.

 

2ª.- El espíritu del subjetivismo se impone mediante revoluciones; es titánico; se gasta en la Civilización del Hombre, pero resurge siempre; cuantificador de sus propias valoraciones, las sistematiza en valores; postula la acción, a la que subordina el ser. Se realiza mediante el principio de independencia, por el cual la criatura pretende autodeterminarse.

 

3ª.- El espíritu del subjetivismo se opone, por su propia esencia, al espíritu del cristianismo. Éste se basa en realidades naturales y sobrenaturales. Aquél, en la sola voluntad subjetiva. Recientemente, en esta sub-era de la posmodernidad, el subjetivismo instrumentaliza la religión católica mediante un espiritualismo existencialista de corte kantiano.

 

3ª.- Esta instrumentalización del catolicismo por parte del espíritu del subjetivismo, esto es, de la Modernidad, se lleva a cabo mediante:

I) La hibridación de lo natural y lo sobrenatural a través del Método de Inmanencia (Blondel, De Lubac)

II) La filosofía de la acción, que hace depender al ser del acto autodeterminante (Wojtyla) o autoposesivo (Guardini) o de autodefinición (Frankl).

III) La escisión del individuo y la persona en un mismo sujeto personal, social o jurídico, a través del liberalismo de tercer grado y sus formas suaves de laicidad (Maritain) y de comunitarismo (Mounier).

IV) La sustitución del concepto de ley por el de norma, y del de pena por el de sanción.

V) La devaluación del conocimiento real u objetivo (Marcel, Heidegger), puesta entre paréntesis de los saberes heredados (Husserl), misteriosismo eclesiológico (De Lubac) o intimista (Marcel).

VI) La introducción de falsas dicotomías: el ser contra Dios (Heidegger), la ley universal contra el ethos individual (Kierkegaard, Rahner); la metafísica contra la espiritualidad (Marcel), contra la subjetividad (Wojtyla), contra la axiología (Guardini), contra la espontaneidad del espíritu (Mounier), contra el misterio de Cristo y de la Iglesia (De Lubac), contra los valores vitales (Scheler)  contra la apertura al mundo moderno y al hombre (Rahner); contra la belleza (Von Balthasar); contra la conciencia “transcendental"(Husserl).

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7.04.19

(344) Comentarios católicos, II: al tópico «la belleza salvará el mundo»

Es urgente desbrozar la fe católica y desnudarla de conceptos añadidos. Ceñirse a lo esencial, tener claro el fundamento. Hay que centrarse en Cristo. 

La belleza es buena y puede servir a Nuestro Señor. Pero es un medio, no un fin. Sólo Cristo salva. Porque la sensibilidad humana, con la que el hombre aprecia la belleza, está caída, y necesitada de redención.

La idiosincrasia personalista ha convertido en tópico la frase «la belleza salvará al mundo». Es del gusto de la sensibilidad católica moderna, que prefiere el sabor de lo ortodoxo, de lo oriental; sea Dostoievski, sean los iconos, sea lo bizantino; a lo occidental, a la romanitas tradicional, a lo escolástico, a la vara de medir de la Cristiandad.

Sobredimensionar la via pulchritudinis redunda, también, en exageraciones misteriosistas, a la manera de la concepción estética heideggeriana, siempre antimetafísica y experiencialista.

La escisión de Dios y el Ser, proyectada sobre la estética, deviene en una desontologización de las formas estéticas, que se orientan hacia lo espiritualista y lo emotivista a través de un naturalismo de corte existencialista.

 

La sombra de Von Balthasar es alargada: con su estética teológica se invierten los papeles, y en lugar del ser se coloca la belleza. Por lo que hablamos, también en el trasfondo filosófico de este lugar común, de una belleza que no parte del ser sino de los valores.

Una belleza convertida en valor, a la manera de Guardini. O sinónima, en clave de teología negativa luterana, del Misterio. No deja, tampoco, de estar presente la hibridación de lo natural y lo sobrenatural, a hechura de De Lubac. Y en consecuencia del principio que lo anima, el Método de Inmanencia blondeliano. La belleza natural se abstrae de su condición caída y se la supone exigente de lo sobrenatural por sí sola. Y pretendiendo gratuidad se obtiene lo contrario.

Pero vayamos al meollo del asunto.

 

«¿La belleza salvará al mundo?». Hay que decir que no, porque la armonía de la Creación, como la del arte, están alteradas por el pecado, se han vuelto inhóspitas. Como explica el Catecismo, 400:

«la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (cf. Gn3,17.19). A causa del hombre, la creación es sometida “a la servidumbre de la corrupción” (Rm 8,21).»

La belleza necesita también de redención.

Y si la frase se refiere a Cristo, hay que decir que Cristo no salvará al mundo en su totalidad. Más bien castigará a unos y salvará a otros. Hay que tener cuidado, porque el principio no católico de salvación universal se transparenta con facilidad en este tipo de generalizaciones. Dios quiere que todo el mundo se salve (1 Tim 2, 4), pero muchos no querrán salvarse, y Dios querrá castigarles.

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