InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Categoría: Mapa de la Crisis

14.11.18

(314) Dar coces contra el aguijón

Negar que es necesaria una constitución cristiana de los estados es dar coces contra el aguijón. 

En los ambientes católicos, desde hace más de medio siglo, el personalismo-constitucionalista es la teoría política que lo niega.

Curiosamente, la mente católica de hoy, influenciada por esta escuela, acepta en general esta negación sin cargo alguno de conciencia, como si fuera la doctrina católica original, y no un plagio del pensamiento liberal de tercer grado. (Ya sabemos, con Eugenio y Álvaro D´Ors, que todo lo que no es tradición es plagio).

* * *

Dar coces contra el aguijón es de poca discreción, dice nuestro refranero. La sabiduría popular, con esta paremia, no sólo fulmina la obstinación, sino remite a la vara de guiar labores y animar bueyes, llamada aguijada o aguijón. Así se alude a quien porfía, de coz en coz, contra una autoridad mayor, y se lastima en ello por inútil; tal le sucede a la bestia que se empecina en propinarle patadas a la aijada, con lo que se hiere más pronta e inevitablemente.

Adversum stimulum calces iactare, lanzar coces contra el aguijón, es máxima clásica, como no podía ser menos siendo clásico nuestro romancero, y siendo clásica nuestra doctrina política tradicional (la hispánica, no la francesa de Maritain).

El aguijón de arar, con su corona, es figura del buen gobierno, que nuestra traditio local del Siglo de Oro remite a la ley natural y divina, contra la que es en vano darse de bruces.

Lo representa Hernando de Soto, en su cuarto Emblema de 1599, con la aguijada de arar del rey Wamba, clavada en tierra y florida, con una corona real sobre su extremo superior. El milagro de la floración de su cetro indica cuán fecundo es el gobierno si está fundamentado en Dios.

Como dice el epigrama:

El florecer su aguijada,

sin lengua a voces pregona,

que no es buena la corona,

si de Dios no es enviada.

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10.11.18

(313) La mirada de la Gorgona

Inest periculo gloria, la gloria está en el peligro.— Así traduce Hernando de Soto, en sus Emblemas Moralizadas de 1599, el mote primero. Y nos remite a Perseo, cubierto con el casco de Hades, armado de acero y alado de sandalias, mostrando la cabeza de la Gorgona a Policletes petrificado.

Hernando de Soto, contador y veedor de la casa de Castilla,  al declarar su mote y pictura, escribe además este epigrama:

Enviado fue Perseo

de quien le pudo enviar,

a deshacer y acabar

el encanto medúseo.

Alcanzó rara victoria,

y fama de valeroso,

que en todo lo peligroso

hallamos que está la gloria.

* * *

Se preguntará el lector quién o qué personifica, en nuestra analogía, a la Gorgona. Y fácil es adivinarlo, si es lector de este blog.

Enseña con insistencia Danilo Castellano que la Modernidad no es divisible, sino de una pieza, y que no es posible al pensamiento católico incorporarse elementos conceptuales esenciales suyos sin grave daño. Este daño, que hemos definido como parálisis o petrificación, es tan evidente, que no admite discusión: no sólo el espíritu misionero, sino la misma función docente de la Iglesia ha sufrido un proceso de anquilosamiento. Se ha entumecido en conceptos inmovilizantes, que de tan espesos, han bloqueado la mente católica hasta hacerla incapaz de salir del atolladero, cediendo en exceso al ethos del nuevo orden mundial.

—Tales son un concepto reducido de dignidad humana, disminuida hasta el estado de naturaleza roussoniano; la libertad religiosa como sinónimo de autodeterminación; o el método fenomenológico experiencialista como sustituto del conocimiento por tradición, etc.

El principio fenomenológico, por ejemplo, que el personalismo ha aplicado sistemáticamente a la vida cristiana, puede resumirse así: poner entre paréntesis la tradición para poder tener una experiencia personal y actual de lo cristiano.

Esta aplicación es una proyección: la de la cosmovisión moderna. Y sobre un objetivo: la doctrina tradicional. Los resultados son una idiosincrasia, la personalista; una ideosincrasia: la nominalista; una política, el liberalismo constitucionalista de tercer grado. Y una teología: la Nueva Teología. También, aunque secundariamente, una psicología, la logoterapia.

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1.11.18

(309) La libertad religiosa en la encrucijada

Respecto a las religiones adámicas, el pensamiento clásico ha defendido siempre la necesidad de un principio de tolerancia que las relativice en orden al bien común y al reinado social de Cristo, garantía de vida social virtuosa en la unidad católica.

Este principio de tolerancia, rectamente entendido, tiene un fundamento teológico, que es la propia teologalidad de la fe. No cabe, por tanto, establecer un paralelismo indebido entre la religión revelada y las religiones adámicas. Ni siquiera fundamentándolo en la naturaleza humana.

Tampoco cabe, como pretende el constitucionalismo liberal, sustentar en la naturaleza humana una libertad religiosa absoluta en sentido moderno, esto es, como libertad negativa. Las religiones adámicas, como constructos surgidos del estado de enemistad original, no pueden considerarse “absolutos positivos” sin grave daño para el bien común.

Por influencia del personalismo, de raigambre liberal, las religiones adámicas han sido absolutizadas como derechos ontológicos privados. Como consecuencia, la vida social queda fragmentada y el estado reducido a mero árbitro de reclamaciones y contrarreclamaciones religiosas, dando lugar a innumerables conflictos.

 

1.- La ligazón originaria

Dios creó y elevó al ser humano «en un estado de inocencia y gracia» santificante (Catecismo mayor, 57).  Esta creación y elevación constituían una auténtica ligatio, es decir, una verdadera ligazón del hombre con su Creador y Santificador. Esta ligazón no era sólo de imagen y semejanza, sino también de gracia: era una relación, además de natural, sobrenatural.

Contra la escuela personalista en general, y su Nueva Teología en particular, creemos que esta elevación sobrenatural fue gratuita, puesto que Dios pudo haber creado a la criatura racional sin ordenarla a la visión beatífica.

—Lo que fue un regalo a la naturaleza humana no lo hemos de considerar una exigencia de la misma en orden a su autorrealización. Viene bien recordarlo, como hizo Pío XII en 1950 con esa segunda Pascendi que es la excepcional Humani generis, 20:

«Otros desvirtúan el concepto del carácter gratuito del orden sobrenatural, pues defienden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visión beatífica. Y, no contentos con esto, contra las definiciones del concilio de Trento, destruyen el concepto del pecado original, junto con el del pecado en general en cuanto ofensa de Dios, así como también el de la satisfacción que Cristo ha dado por nosotros.»

Por tanto, la ligazón originaria del hombre con Dios era en definitiva un estado de amistad gratuito que Dios no debía al hombre, pero que quiso dárselo. 

 

2.- La des-ligación originada por el pecado

Mas el hombre, por el pecado, cayó de este estado de inocencia y gracia, y quedó en un estado que Trento describe con precisión:

«habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán, hechos inmundos, y como el Apóstol dice, hijos de ira por naturaleza, según se expuso en el decreto del pecado original; en tanto grado eran esclavos del pecado, y estaban bajo el imperio del demonio, y de la muerte» (Ses. VI, cap. I)

La desligación originada del hombre con Dios es, en definitiva, un estado de enemistad

Una vez caído del estado de amistad, al ser humano le resulta imposible volver a re-ligarse a Él sin haberse reconciliado antes. Resultándole imposible, además, reconciliarse a su manera. Es precisamente este manierismo religioso, como deseo de “autodeterminación religiosa", la pretensión que ofende sustancialmente al plan de Dios. Porque toda tentativa de forzar a Dios a reconciliarse no en los términos de Dios, sino en los términos y desvarios del hombre caído, es un abuso de la libertad. Es, de hecho, la esencia del abuso original.

 

3. Una manera irreconciliada de religarse, que es des-ligación

La conocida etimología de la palabra religión, religatio, religación, nos remonta a la religatio adámica, es decir, al intento de re-ligación sin reconciliación del hombre con Dios tras la Caída. Un intento que está marcado indefectiblemente por el deseo de independencia, fruto del estado en que queda el linaje humano tras la pérdida del estado de amistad.

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11.10.18

(303) Desactivación de la política católica y diferenciación maritainiana entre individuo y persona

«El Estado liberal […] se constituye como una contra-Iglesia, apropiándose de todas las funciones del reinado de Cristo sobre la sociedad. […] Y no es, por tanto, un Estado neutral y simplemente laico, sino anti-cristiano, antiCristo.» (P. José María IRABURU, (36) Cardenal Pie, obispo de Poitiers –IV el relativismo liberal vigente)

«El reinado social de Cristo es el único plan válido para los pueblos. Todos los otros planes llevan a la perdición. » (37) Cardenal Pie, obispo de Poitiers –V reino de Cristo y mundo secular).
 
Es imposible hacer política católica desde presupuestos personalistas y liberales, concretamente, desde la diferenciación de individuo y persona. Porque lo primero que queda afectada es la noción de bien común, sobre todo en su acepción de vida social virtuosa en la verdad natural y sobrenatural.
 
Reflexionemos sobre ello.
 

1.- Dado que la esencia de la política es el bien común, tener claro qué es el bien común es fundamental para entender qué es la política.

Como explica Miguel Ayuso:

«La noción de bien común pertenece al acervo de la filosofía clásica y, en concreto, constituye la piedra angular de la llamada filosofía de las cosas humanas. Tiene raíces platónicas, en tanto el verdadero problema político consiste en el reconocimiento en común del Bien, pero es la formulación aristotélica la que le ha dado su perfil más significativo

En efecto, el bien común, como perfección última de un todo, puede ser trascendente o inmanente respecto del mismo y, aunque en rigor sólo Dios es el bien común trascendente, todos los demás bienes comunes finitos son participación de la bondad absoluta del Bien en sí. El bien común temporal, por su parte, consiste en la vida social perfecta. De la noción que se tenga, pues, del bien común deriva necesariamente el concepto de política» (Miguel AYUSO, ¿Por qué el bien común? Problemas de un desconocimiento y razones para una rehabilitación, Verbo 509-510, Madrid 2012, p. 898)

 

2.- El cristiano no puede entender la política de otra manera que según su esencia, esto es,  según el bien común. Porque si la entiende en otra clave su labor no es fecunda. Sobre todo, porque ignorar la esencia es ignorar la obligación que impone al gobernante y al ciudadano.

 

3.- Todos los seres humanos tienen en común la naturaleza humana. La naturaleza humana es atraída por el bien que la perfecciona. Este bien que perfecciona la naturaleza humana es común, en cuanto que la naturaleza humana es común a todos los hombres. Y es particular, en cuanto que cada persona singular tiene naturaleza humana.

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24.07.18

(280) Concepto personalista de libertad como autodeterminación. Problemas y equívocos

El personalismo incorpora a su concepto de libertad el concepto de autodeterminación, que no es propio del pensamiento clásico y tradicional católico, pues procede del pensamiento moderno. Esto tensiona la doctrina católica y produce equivocidad, generando confusión y dando problemas, sobre todo a la teología moral.

Es un concepto poco claro, que por su ambigüedad puede más o menos entenderse en un sentido correcto, pero también malentenderse y dar lugar a errores.

Además, una interpretación en sentido antimetafísico, o asimilado al concepto de libertad negativa, como en Hegel, puede utilizarse para justificar tesis incompatibles con el magisterio de la Iglesia.

 

1. El concepto de libertad según la doctrina católica

—1.1. Libertad como facultad de elección del bien

La doctrina tradicional de la Iglesia enseña que la libertad es «la facultad de elegir entre los medios que son aptos para alcanzar un fin determinado, en el sentido de que el que tiene facultad de elegir una cosa entre muchas es dueño de sus propias acciones.» (León XIII, Libertas praestantissimum 5, 1888).

Hay que dejar claro que la elección voluntaria de un medio malo no es un acto propio o capacidad de la libertad, sino una posibilidad que supone un abuso, un indicio de albedrío, pero como la enfermedad es indicio de vida.

Especifica León XIII en el mismo punto de la encíclica Libertas, utilizando la doctrina tomasiana: 

«Pero así como la posibilidad de errar y el error de hecho es un defecto que arguye un entendimiento imperfecto, así también adherirse a un bien engañoso y fingido, aun siendo indicio de libre albedrío, como la enfermedad es señal de la vida, constituye, sin embargo, un defecto de la libertad. De modo parecido, la voluntad, por el solo hecho de su dependencia de la razón, cuando apetece un objeto que se aparta de la recta razón, incurre en el defecto radical de corromper y abusar de la libertad.»

«El Doctor Angélico se ha ocupado con frecuencia de esta cuestión, y de sus exposiciones se puede concluir que la posibilidad de pecar no es una libertad, sino una esclavitud.»

La libertad, por tanto, para el pensamiento clásico, es la capacidad de elegir el bien, siendo la elección del mal un abuso posible. Necesita radicalmente de la ley moral, necesita de la razón, necesita de la gracia. 

1.2. La gracia, auxilio eficacísimo de la libertad

Libertas, 6 realiza una síntesis espléndida, en su concisión y precisión, del papel de la gracia, en sintonía además con la tradición tomista hispánica:

Enseña Leon XIII que los auxilios de la gracia son «aptísimos para dirigir y confirmar la voluntad del hombre». La gracia divina «iluminando el entendimiento y robusteciendo e impulsando la voluntad hacia el bien moral, facilita y asegura al mismo tiempo, con saludable constancia, el ejercicio de nuestra libertad natural.»

Combate el prejuicio voluntarista que presupone que la gracia reduce la libertad, afirmando, de acuerdo con la doctrina tomasiana, que: «es totalmente errónea la afirmación de que las mociones de la voluntad, a causa de esta intervención divina, son menos libres.». Y aporta la explicación de ello:

«Porque la influencia de la gracia divina alcanza las profundidades más íntimas del hombre y se armoniza con las tendencias naturales de éste, porque la gracia nace de aquel que es autor de nuestro entendimiento y de nuestra voluntad y mueve todos los seres de un modo adecuado a la naturaleza de cada uno. Como advierte el Doctor Angélico, la gracia divina, por proceder del Creador de la Naturaleza, está admirablemente capacitada para defender todas las naturalezas individuales y para conservar sus caracteres, sus facultades y su eficacia.»

Añadimos, además, que la gracia santificante cualifica la voluntad humana para realizar actos libres sobrenaturales y meritorios. El estado de gracia, cuya pérdida es el peor mal que puede sufrirse, eleva la libertad humana a un plano de esplendorosa claridad, en que se participa de los méritos de Nuestro Señor y se puede, incluso, gracias a los dones del Espíritu Santo, actual al modo sobrehumano.

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