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22.04.19

(349) Misteriosismo exagerado

Los personalistas postulan una supuesta enemistad entre el pensamiento y la razón. Aunque es un viejo tópico nominalista, frecuente en el Renacimiento, la influencia de Heidegger ha sido determinante. Para conocer este prejuicio tan extendido es útil acudir al artículo Sobre la frase de Nietzsche “Dios ha muerto", que es relevante.

Es un texto que muestra, con una claridad inusual en su autor, el sentido general de la obra heideggeriana, relacionado directamente con la famosa frase de nietzscheniana. En este estudio, Heidegger afirma algo muy importante para comprender el mal que late en la mentalidad personalista. Dice el existencialista:

«El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar» (Martin HEIDEGGER, Caminos de Bosque, Alianza Editoria, Madrid, 1995, p. 240)

Adviértase cómo confunde la razón con el racionalismo. La época que glorificó la razón, como dice Heidegger, fue y es la Modernidad, no la Cristiandad. La identificación de racionalismo con racionalidad es espuria. Su proyección alcanza a Santo Tomás, a la escolástica en general, a la ontología, incluso a la ciencia. Es común, en el paradigma innovador, tachar de racionalista la teología escolástica.

Pero sobre todo, el personalismo, a imagen de Heidegger, que es su referencia metafísica a través sobre todo de Rahner, considera racionalistas a Santo Tomás y a Aristóteles. El menosprecio por la síntesis aristotélico-tomista es de sobra conocido. No es sólo que se tache a Santo Tomás de “demasiado objetivista", como hace Karol Wojtyla; es que todo intento de comprender la fe, de ahondar racionalmente en ella, de sustentar el conocimiento sobrenatural en una buena metafísica; toda labor sana de comprensión racional, en la medida de lo posible, de los contenidos de nuestra fe, y de exposición sistemática y organizada, es tachado de racionalista.

En este tema insiste con énfasis Gabriel Marcel. De él se aprende a descalificar como problemas las cuestiones escolásticas, y a ensalzar como misterios su irresolución. La contraposición artificial entre pensamiento religioso y razón es misteriosista. La enmarcamos dentro del giro posmoderno de la Modernidad, que se revuelve contra su versión racionalista y deviene irracionalista.

 

No se profesa la razón católica, sino una razón negativa, que sólo callando puede dejar libre el pensar. Los personalistas creen firmemente que «cuando hablamos de Dios, no es de Dios de quien hablamos». Es una propuesta de subordinación del entendimiento a la voluntad, en orden a la adquisición de una vivencia comunicable sólo por testimonio. O como diría Wittgenstein, una experiencia que no se puede decir, sino sólo mostrar (por ejemplo, mediante la estética teológica de von Balthasar.

Su fuente preferida es la teología negativa de los místicos alemanes, los esotéricos luteranos, los pietistas románticos y Lutero; los orientales, bizantinos y ortodoxos. Su dicotomía predilecta es la apuesta por Platón contra el malvado Aristóteles.

 

Contra el prejuicio misteriosista nosotros afirmamos que la razón no es racionalista, que la razón es racional. Pensar con razón es bueno, pensar sin razón es malo. Pensar con razón la fe es mejor que pensarla sin razón. La fe es razonable siendo supra-racional.

La razón puede servir de guardiana de la fe, de perro ladrador y mordedor suyo. Porque sabe que la fe la fortalece e ilumina, y que su rechazo la deja ofuscada y a merced del error, por el pecado. Es bueno defender racionalmente la fe, es bueno intentar comprender todo aquello que Dios mismo nos concede comprender. Es bueno conocer al ser en cuanto ser, es buena la metafísica.

Pretender que todo intento de profundización, de explicación, de apologética con argumentos, es absurdo, no deja de ser irrespetuoso y ofensivo contra la propia fe. Porque la fe no destruye la razón ni la deja al margen, ni la descuaja de la experiencia.

Lo explica con precisión y claridad Romano Amerio:

«La razón no puede llegar a demostrar las verdades sobrenaturales, como la Trinidad, la unión hipostática, la resurrección de la carne o la Presencia Real en la Eucaristía. Éstas son verdades propuestas por revelación y aprehensibles solamente por la fe. Pero esa imposibilidad no quita al acto de fe su carácter razonable: sigue siéndolo en grado sumo. En efecto, la razón, reconociéndose finita, ve que más allá de su límite pueden existir verdades cognoscibles (porque la cognoscibilidad se refiere a lo verdadero), pero no aprehensibles por evidencia racional. A tales verdades la razón se adhiere con un asentimiento; sin embargo este asentimiento no está producido por la necesidad lógica de la evidencia, sino por un determinante sobrenatural que es la gracia » (Romano AMERIO, Iota unum, Criterio Libros, Madrid, 2003, p. 265)

El gran error personalista acerca de la fe es afirmar que no consiste en creer, sino en experimentar, confiar, sentir, etc; que no consiste en creer sino en vivir, en llevar una vida auténtica, como diría Heidegger; que no consiste en creer sino sumergirse en el Misterio, en tener una experiencia personal o de descubrimieto de sentido, como diría Frankl.. 

De aquí el nefasto lugar común que dice que la fe es algo que no se entiende hasta que no se vive. Pero, ¿acaso la vida no es razonable? ¿Acaso el conocimiento no forma parte de la vida misma? ¿Acaso la voluntad salvífica antecedente de Dios no consiste en que todos se salven y alcancen el conocimiento de la verdad (1Tim 2, 4)?

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