InfoCatólica / La Mirada en Perspectiva / Archivos para: 2018

21.04.18

(263) Quintas justas, II: modernidad y catolicidad, una amistad imposible

1ª.- Modernidad contra catolicidad.- No hay manera de congeniarlas. Cuando se intenta la simbiosis, la mente católica percibe ese conato como una tensión infructuosa, problemática, sin resolución posible; como una fragmentación interna que deviene en crisis.

 

Porque siempre que el pensamiento católico adhiere elementos ideológicos esenciales de la Modernidad, se posiciona contra su propia catolicidad, y perjudica al catolicismoLa asimilación católica de principios constitutivos del numen moderno siempre es autodestructiva y problemática, tensiona por dentro el numen bíblicotradicional hasta desfigurarlo, y genera confusión y división.

 

3ª.- La Modernidad comienza con Lutero y con Pico de la Mirandola (figura de los humanistas italianos del Renacimiento). De un lado, surge el protestantismo. De otro, ese humanismo de modernidad incorporada, que en el fondo no es más que antropocentrismo de idiosincrasia católica. Pero idiosincrasia y fe no son lo mismo.

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17.04.18

(262) Quintas justas, I: la modernidad empieza con el libre examen

1ª.- Occidente era la Cristiandad.- Con la mal llamada Reforma, la Cristiandad comenzó a deconstruirse, quedando tan sólo una Europa progresivamente descatolizada  (pues eso es la secularización) —y una cristiandad superviviente, llamada Hispanidad (evangelizadora y occidentalizadora).

 

La Modernidad, en cuanto tal, no empieza con el descubrimiento de América, sino con el libre examen.

 

3ª.- Vivimos, aún, en la Modernidad, que es la era del subjetivismo. Cuándo acabará, no lo sabemos. Lo que sí sabemos, o deberíamos saber, es que lo posmoderno no es sino un escorzo de lo moderno.

 

El subjetivismo, en cuanto esencia del pensamiento moderno, es también esencia de su radicalización: el pensamiento posmoderno. —Si en una primera fase el subjetivismo se manifestaba como exageración de la razón (racionalismo), en una segunda fase se manifiesta como exageración del racionalismo (irracionalismo).

 

y .- Modernidad globalizada. Mundialización del libre examen, bajo apariencia de libertad de conciencia. No asistimos a una nueva etapa, sino a la dilatación axiológica de la era de las revoluciones. No otra cosa es el nuevo orden mundial.

 
David Glez Alonso Gracián

15.04.18

(261) Relativismo dogmático, nihilismo consolidado y posmodernidad

Se dice de la sociedad occidental de hoy día que es líquida, por oposición a sólida. Se olvida, sin embargo, que un agua mala puede congelarse, y no por ello perder maldad, antes bien ganarla por petrificación. Y que un error consolidado, congelado en paradigma, es más difícil de superar que un líquido, pues toma forma de obstáculo.

 

1. De la sociedad líquida a la sociedad petrificada

La navegación por los mares de la posmodernidad se ha vuelto sumamente peligrosa. No sólo hay que contar con la presencia de amenazadores bloques de hielo aquí y allá, sino con la acción subliminar, subyacente y profunda, de inadvertidos Leviatanes.

Subliminar, porque el mal posmoderno actúa como por debajo del umbral de la conciencia, en la tenebrosa zona de la mentalidad del siglo, con sus prejuicios, tópicos y lugares comunes de apariencia insalvable y maciza.

Subyacente, porque el error posmoderno actúa por debajo de una capa de apariencia benéfica, que es el buenismo personalista; cubierto de aparentes bienes, pero continente del mal originario, una pretensión de autonomía y autoposesión que es figura de la emancipación original.

Profunda, porque penetra hondamente, más hondamente que nunca, extendiéndose más largamente que nunca; estando su fondo causal tan distante a la mirada, que aunque asome al pozo no acierta a distinguir su principio y su finalidad. Avistar el peligro es enormemente dificultoso.

Cuando se dice, por tanto, que la sociedad de hoy es líquida, no ha de olvidarse que los valores que le son propios se han solidificado de tal manera subliminar, subyacente y profunda, que han constituido un paradigma.

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9.04.18

(260) Pecado mortal, rechazo de Dios y nihilismo

Todo pecado mortal —sobre todo si es sistematizado en vicio o en estructura de pecado—, contiene una pretension nihilista.

Todo pecado mortal supone la pérdida del estado de gracia, y si atenta contra la fe, significa su abandono.

Todo estado obstinado de pecado mortal, en el fondo, implica una pretensión deicida.

 

Los nihilistas, con Friedrich Nietzsche (1844- 1900) a la cabeza, gustan de hablar de la muerte de Dios. Pero como Dios no puede morir, cuando se habla de la muerte de Dios no se habla de la muerte de Dios, sino, propiamente, del deseo que tiene el nihilista de “matar” (si pudiese) a Dios.

Lúcidamente explica Gustave Thibon:

«Me propongo evocar el problema de la muerte de Dios. Evidentemente, cuando se habla de la muerte de Dios no se habla de Dios mismo (…) Por consiguiente, de lo que yo quiero hablar es del eclipse de Dios en el espíritu de los hombres. Esto es infinitamente grave (Gustave THIBON, «¿Ha muerto Dios?» (Verbo, 189-190: Serie XIX, p.1159-1160)

 

Dado que nadie puede matar a Dios, habría que hablar, más bien, del deseo nihilista, moderno y revolucionario de matar a Dios. Del anhelo, latente en todo sistema de pecado, de que Dios no exista ni en la vida de las personas, ni en las leyes que la rigen, ni en la cultura que la anima.

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2.04.18

(259) Inconveniencias eclesiales, XVI: ethos posmoderno y nuevo paradigma

1.- La ley moral es amable.— Muy digna de ser amada, porque es sabiduría divina, camino a la bienaventuranza prometida, «pedagogía de Dios […] firme en sus preceptos y amable en sus promesas» (Catecismo 1950); tiene en Nuestro Señor Jesucristo «su plenitud y su unidad» (Ib., 1953); su fin es el Logos, «para justificación de todo creyente» (Rm 10, 4). Es Cristo mismo quien advierte: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17)

 

2.- La ley moral obliga a todos, personas y sociedades.— Todas sus expresiones son benéficas, porque apartan del mal y conducen al bien. La ley moral refleja los deberes que tanto la persona singular, como los pueblos en general, tienen para con Dios.

 

3.- La ley eterna como fuente. Santo Tomás define la ley eterna como «razón de la sabiduría divina, que mueve todas las cosas hacia su debido fin» (I-II, q. 93, a. 1.); de ella manan todas las “expresiones" de la ley moral, perfectamente coordinadas entre sí: la ley natural, la ley revelada, antigua y nueva, las leyes eclesiasticas o las leyes civiles.

Siendo la ley eterna la misma sabiduría de Dios, gran cosa será la ley natural, pues «es la misma ley eterna, ínsita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo» (León XIII, Carta enc. Libertas praestantissimum 1988, 8)

 

4.- La ley moral es benéfica para el mundo.— Para un católico no debería haber discusión sobre si la ley moral es necesaria para el bien de las personas y las sociedades, sobre si su presencia en las leyes es buena para el bien común, para la vida,  para la cultura, para la familia, para la educación; sobre si vivir guardando el Decálogo es necesario y beneficioso. Tampoco debería haber discusión sobre si es bueno que los ciudadanos cuenten con leyes justas, o los católicos, concretamente, ajusten sus vidas al derecho de la Iglesia, sometiendo sus criterios subjetivos a la disciplina del Cuerpo de Cristo.

Tampoco debería dudarse de si es bueno o no que los derechos de Cristo sean los primeros en ser reconocidos, y pueda reinar en todo: en el derecho, en la existencia personal o social, en las realidades temporales, en los colegios católicos… Cuanto más se ame la ley de Cristo, cuanto más presente se la quiera, más se amará a Cristo en todo, más fielmente se le servirá, poniendo todo a sus pies.  Son cosas que, en otro tiempo, eran evidentes. 

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