InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Categoría: General

8.01.19

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro"- El cielo y lo nuestro

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

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Continuamos con el traer aquí textos del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo. Lo hacemos ahora con “El sillón de ruedas”.

El cielo y lo nuestro

 

“Cuando se piensa que en lo alto rutila el cielo que tanto espiritualizaba a Ignacio, se hace duro tener siempre por delante una geometría de adoquines.”

 

Sí, es bien cierto lo que nos dice el Beato acerca de que hay mucha, pero que mucha, diferencia entre lo que somos nosotros y a los que aspiramos, con anhelo no escondido: el Cielo.

Al respecto de esto, nos gusta creer que Lolo tenía por buena la idea según la cual el Cielo, el Infierno y el Purgatorio-Purificatorio, son sitios y no meras realidades espirituales. Y en esto es más que posible que pueda hacer diferencias de entendimiento entre los que pueda leer esto. Pero, ¿si el Cielo no es un sitio, a qué se refería Cristo cuando dijo que se iba para prepararnos estancias?

Ciertamente, se puede decir que nosotros, los hijos de Dios, acostumbrados como estamos a lo material (vivimos entre materia y en materia somos, no lo olvidemos) estamos dispuestos a tener por bueno que el Cielo, el Infierno, etc. con lugares porque lo material es en lo que vivimos, nos movemos y existimos. Y es posible que eso sea así. Sin embargo, ¿Acaso el Paraíso no era material y no existe aún aunque esté vedada su entrada porque está vigilada por ángeles y se ha puesto como una barrera de fuego delante del mismo?

En fin, que, como decimos, creemos que el Beato de Linares (Jaén, España) tenía por verdad que el Cielo era un lugar. Y eso aún hablando de que el mismo hacía espiritual, más espiritual entendemos, a Ignacio de Loyola.

Sin embargo, con ser esto importante, no lo es menos aquello que nos quiere decir nuestro Beato acerca de lo que es el Cielo y qué nuestra realidad, lo que nos pasa.

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7.01.19

Serie Venerable Marta Robin – Entregarse al Amor de Dios

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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Entregarse al Amor de Dios

 

“El amor me ha tomado… El amor me ha embargado… El amor me ha arrebatado en Dios.” (Diario íntimo. 7 de marzo de 1930)

 

Nosotros, que somos católicos, creemos en el amor. Es decir, tenemos por bueno y mejor que todo lo que tenga que ver con amar es, en sí mismo, una buena cosa y no nos va a hacer daño alguno sino, al contrario, un bien más que gozoso.

Eso, decimos, es una verdad bien grande que no queremos sea olvidada por nadie porque, de lo contrario, es la tiniebla en la que podemos caer porque ¿qué es una vida sin amor?

Pues bien, eso, que lo sabemos muy bien por mucho que, en demasiadas ocasiones, hagamos como si no fuera con nosotros, tiene una vertiente que, relacionada con Dios, aún llena más nuestro corazón y a nuestra alma le da un empujón hacia arriba que no hay quien la pare.

La Venerable Marta Robin, que de amor sabía algo más que un poco (su vida de entrega a Dios y, en ayuda, al prójimo, lo demuestra) nos habla aquí del amor y lo hace, digamos, de una forma más que concreta y, además, completa.

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6.01.19

La Palabra del domingo - 6 de enero de 2019

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Mt 2, 1-12

 

“1 Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, 2 diciendo: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle’. 3 En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. 4 Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. 5 Ellos le dijeron: ‘En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: 6 Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’. 7 Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. 8 Después, enviándolos a Belén, les dijo: ‘Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle’. 9 Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. 10 Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. 11 Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. 12 Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.”

 

COMENTARIO

 

El que con fe busca, siempre encuentra

 

Es más que probable que el episodio que trae hoy el Evangelio de San Mateo sea más que conocido. Y es que la primera Epifanía del Hijo de Dios tiene todo que ver con la santísima Voluntad del Todopoderoso de hacer que su único hijo no engendrado fuese presentado al mundo de aquella manera tan singular. 

Tradicionalmente se suele representar a los Reyes Magos en el mismo Portal de Belén. Y tal ha de ser así para darle, digamos, unidad a todo el episodio del nacimiento del Hijo de Dios. Sin embargo, es más probable que aquellos Reyes venidos de oriente se presentasen en alguna casa donde, después de todo el trabajoso censo que entonces se estaba formando en Belén, pudiesen ocupar María, José y el Niño. 

Eso, sin embargo, no ha de importar lo más mínimo porque a quien cree en la realidad, que pasó de verdad, de todo aquello, poco le ha de importar que los Reyes Magos se postrasen ante Dios hecho hombre en la misma cueva donde nació el Hijo o lo hiciesen en la entrada de la habitación donde pudiese estar viviendo la Sagrada Familia. 

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4.01.19

Serie "De Resurrección a Pentecostés"- II- Los que esconden la verdad. 2. Los discípulos de Emaús

 

De Resurrección a Pentecostés Antes de dar comienzo a la reproducción del libro de título “De Resurrección a Pentecostés”, expliquemos esto.

Como es más que conocido por cualquiera que tenga alguna noción de fe católica, cuando Cristo resucitó no se dedicó a no hacer nada sino, justamente, a todo lo contrario. Estuvo unas cuantas semanas acabando de instruir a sus Apóstoles para, en Pentecostés, enviarlos a que su Iglesia se hiciera realidad. Y eso, el tiempo que va desde que resucitó el Hijo de Dios hasta aquel de Pentecostés, es lo que recoge este libro del que ahora ponemos, aquí mismo, la Introducción del mismo que es, digamos, la continuación de “De Ramos a Resurrección” y que, al contrario de lo que suele decirse, aquí segundas partes sí fueron buenas. Y no por lo escrito, claro está, sino por lo que pasó y supusieron para la historia de la humanidad aquellos cincuenta días.

 

 

Cuando Jesucristo murió, a sus discípulos más allegados se les cayó el mundo encima. Todo lo que se habían propuesto llevar a cabo se les vino abajo en el mismo momento en el que Judas besó al Maestro.

Nadie podía negar que pudieran tener miedo. Y es que conocían las costumbres de aquellos sus mayores espirituales y a la situación a la que habían llevado al pueblo. Por eso son consecuentes con sus creencias y, por decirlo así, dar la cara en ese momento era la forma más directa para que se la rompieran. Y Jesús les había dicho en alguna ocasión que había que ser astutos como serpientes. Es más, había tratado de librarlos de ser apresados cuando, en Getsemaní, se identificó como Jesús y dijo a sus perseguidores que dejaran al resto marcharse.

Por eso, en tal sentido, lo que hicieron entonces sus apóstoles era lo mejor.

Aquella Pascua había sido muy especial para todos. Jesús se había entregado para hacerse cordero, el Cordero Pascual que iba a ser sacrificado para la salvación del mundo. Pero aquel sacrificio les iba a servir para mucho porque el mismo había sido precedido por la instauración de la Santa Misa (“haced esto en memoria mía”, les dijo el Maestro) y, también, la del sacerdocio a través del Sacramento del Orden. Jesús, pues, el Maestro y el Señor, les había hecho mucho bien tan sólo con arremangarse y lavarles los pies antes de empezar a celebrar la Pascua judía. Luego, todo cambió y cuando salieron Pedro, Santiago y Juan de aquella sala, en la que se había preparado la cena, acompañando a Jesús hacia el Huerto de los Olivos algo así como un gran cambio se había producido en sus corazones.

Pero ahora tenían miedo. Y estaban escondidos porque apenas unas horas después del entierro de Jesús los discípulos a los que había confiado lo más íntimo de su doctrina no podían hacer otra cosa que lo que hacían.

De todas formas, muchas sorpresas les tenía preparadas el Maestro. Si ellos creían que todo había terminado, muy pronto se iban a dar cuenta de que lo que pasaba era que todo comenzaba.

En realidad, aquel comienzo se estaba cimentando en el Amor de Dios y en la voluntad del Todopoderoso de querer que su nuevo pueblo, el ahora elegido, construyera su vida espiritual sobre el sacrificio de su Hijo y limpiara sus pecados en la sangre de aquel santo Cordero.

Decimos, pues, que todo iba a empezar. Y es que desde el momento en el que María de Magdala acudiera corriendo a decirles que el cuerpo del Maestro no estaba donde lo habían dejado el viernes tras el bajarlo de la cruz, todo lo que hasta entonces habían llevado a sus corazones devino algo distinto.

El caso es que los apóstoles y María, la Madre, habían visto cómo se abría ante sí una puerta grande. Era lo que Jesús les mostró cuando, estando escondidos por miedo a los judíos, se apareció aquel primer domingo de la nueva era, la cristiana. Entonces, los presentes (no estaba con ellos Tomás, llamado el Mellizo) se asustaron. En un primer momento no estaban seguros de lo que veían pudiese ser verdad. Aún no se les habían abierto los ojos y su corazón era reacio en admitir que su Maestro estaba allí, ante ellos y, además, les daba la paz y les hablaba. Todos, en un principio, actuaron como luego haría Tomás.

Todo, pues, empezaba. Y para ellos una gran luz los iluminaba en las tinieblas en las que creían estar. Por eso lo que pasó desde aquel momento hasta que llegó el día de Pentecostés fue como una oportunidad de acabar de comprender (en realidad, empezar a comprender) lo que tantas veces les había dicho Jesús en aquellos momentos en los que se retiraba con ellos para que la multitud no le impidiese enseñar lo que era muy importante que comprendieran. Pues bien, entonces no habían sido capaces de entender mucho porque su corazón no lo tenían preparado. Ahora, sin embargo, las cosas iban a ser muy distintas. Y lo iban a ser porque Jesús había confirmado con hechos   lo que les había anunciado con sus palabras y cuando le dijo a Tomás que metiera su mano en las heridas de su Pasión supieron que no era un fantasma lo que estaban viendo sino  al Maestro… en cuerpo y alma.

Sería mucho, pues, lo que pasaría en un tiempo no demasiado extenso desde que el Hijo de Dios volvió de los infiernos hasta que el Espíritu Santo iluminara los corazones y las almas de los allí reunidos. Era, pues, aquello que sucedió entre Resurrección y Pentecostés.” 

II- Los que esconden la verdad. 2. Los discípulos de Emaús

               

El Evangelio de San Lucas (Lc 24, 13-34) recoge el que, seguramente, es uno de los episodios más conocidos y alentadores del Nuevo Testamento (aunque, en principio, pudiera no parecerlo). Nosotros, para mejor entendimiento del mismo, lo vamos a dividir en tantas partes como parecen necesarias para la completa comprensión de tal episodio de sorpresa y conversión.

 

La decepción de los más débiles

 

“Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado.”

Es cierto que aquellos discípulos de Jesús iban a Emaús. Sin embargo, más acertadamente podríamos decir que volvían a Emaús. Y es que ellos, que habían estado en Jerusalén para celebrar la Pascua, y visto lo que habían pasado, deciden volver a sus casas y, lo que es peor, olvidar todo muy pronto.

Más adelante veremos esto, pero, al parecer, estos dos discípulos volvieron Emaús el domingo de la resurrección de Jesús porque, según podemos entender, no acabaron de creer lo que habían dicho las mujeres al respecto del sepulcro vacío y de la aparición de Ángeles.

El caso es que regresaban a su pueblo.

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3.01.19

El rincón del hermano Rafael - "Saber esperar" - Lo paradójico de la Fe católica

 

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

 

“Saber Esperar” – Lo paradójico de la Fe católica

 

“Primero se la pedimos, cuando no la lloramos, pero una vez que estamos en ella, ¡qué felices nos sentimos al vernos junto a Cristo!”

 

En efecto, la cruz, así dicha, en minúscula, es la que cada uno de nosotros llevamos porque es bien cierto que cada cuando tiene la suya cuando no las suyas.

Sabemos, de todas formas, que hay otra Cruz, escrito así con mayúscula, que es en la que murió Dios hecho hombre. Y a ella, creemos, se refiere el hermano Rafael en el texto aquí traído hoy. Y es que la queremos porque sabemos que es raíz sobre la que construir una realidad fiel a Dios Padre Todopoderoso.

Es posible que a alguien le resulte que haya quien le pida a Dios la cruz.

Ciertamente, no es algo común ni siquiera entre los creyentes católicos, no nos podemos engañar.

Hay, sin embargo, quien sabe a qué carta quedarse en materia de su fe y le pide a Dios la cruz.

San Rafael Arnáiz Barón lo dice con toda claridad y no se esconde nada de nada. Es un tema difícil, sí, de sostener porque se debe tener una fe grande que a uno lo sostenga pero imposible, lo que se dice imposible no es, como podemos ver en estas palabras, breves sí, pero clarificadoras de qué es cada cual.

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