28.02.18

Meditaciones de Cuaresma – Meditación sobre la muerte

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Se diga lo que se diga y se quiera lo que se quiera entender a tal respecto, este tiempo de Cuaresma lo es de muerte. Y lo es porque debe comenzar con la muerte de lo viejo, de lo pecaminoso, de lo que nos sobra y debe terminar con la muerte (luego, sí, resurrección) del Hijo de Dios.

 

No son, sin embargo, dos muertes iguales:

 

Muerte del pecado

 

En este tiempo espiritual, que llamamos fuerte porque es intenso y llega al fondo del alma, hay una muerte, la del pecado, que debemos tener presente en nuestra vida. Y la debemos tener presente porque supone, para nosotros los discípulos de Cristo, una tabla de salvación que nunca debería ser olvidada. 

Nosotros, que nos sabemos pecadores, estamos seguros de que la muerte del pecado, en nuestro corazón y en nuestra vida, resulta de todo punto esencial para una vivencia completa de lo que supone la filiación divina. Y es que Dios, que es nuestro Creador y nuestro Padre, quiere unos hijos alejados, lo más posible, de la maligna influencia de Satanás y de sus provocaciones, trampas y asechanzas. 

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27.02.18

Meditaciones de Cuaresma – Huir del pecado

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Seguramente Dios podía haber hecho las cosas de otra manera. Es más, si hubiera querido la historia del ser humano habría sido de otra manera. Pero quiso que fuera así y, a tal respecto, nada podemos (ni queremos) hacer. Su santa Voluntad ha de prevalecer sobre nuestros más que reconocibles egoísmos.

Desde que nuestros primeros padres Adán y Eva quisieron ser como Dios muchas cosas cambiaron para la humanidad que debía venir tras ellos. Queremos decir que, cuando pecaron hicieron mucho daño a la creatura que Dios había sacado de su corazón y había puesto en el Paraíso. Y, como tal, aquel daño iba a ser irreversible aunque, al menos, tendría el hombre el consuelo de, primero ignorar y luego saber, que, cuando Dios quisiera, iba a enviar al Mesías para que muchos comportamientos cambiaran y muchos corazones vinieran a ser de carne.

Pero, para eso, aun faltaba mucho tiempo. Mientras tanto el ser humano debía cargar con un peso nada liviano: el pecado y la muerte.

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25.02.18

Meditaciones de Cuaresma – Tiempo de salvación eterna

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”El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.” (Jn 6, 54)

 

Bien podemos decir que el tiempo de Cuaresma es uno que lo es de salvación eterna. Y también podemos decir que todo tiene que ver con lo hecho y dicho en la Cena, la Última.

Es bien cierto que aquella Última Cena que el Señor mantuvo, entre otros, con sus Apóstoles, fue muy especial. Es decir, no se trataba, sólo, de rememorar la Pascua en la que Dios pasó y salvó a su pueblo sino de empezar algo nuevo. Sería como el pacto nuevo que Dios iba a establecer con el hombre, semejanza suya, a través de su Hijo Jesucristo.

Las palabras, a este respecto, de Jesucristo hay que tomarlas como las dice. Es decir, no hace falta elucubrar nada ni imaginar mucho más allá de lo que ellas dicen. Y este texto del Evangelio de San Juan (aquel joven Apóstol que recostó su cabeza en el pecho del Señor en aquella Cena) abundan en lo que nos interesa mucho saber.

Jesucristo, por tanto, dice que es posible salvarse para siempre…pero pone una condición. Es decir, si nadie ha podido sostener que ser discípulo de Cristo sea fácil si se quiere ser con todas las consecuencias, menos aún iba a ser el mismo Mesías el que hiciera como que no era importante lo que hacía. Y lo era por las consecuencias que tenía lo que hacía.

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24.02.18

La Palabra del Domingo - 25 de febrero de 2018

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Mc 9, 2-10

 

2 Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, 3 y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de  blanquearlos de ese modo. 4 Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. 5 Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: ‘Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti,  otra para Moisés y otra para Elías’; 6 - pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados -. 7 Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: ‘Este es mi Hijo amado,  escuchadle.’ 8 Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. 9 Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara  de entre los muertos. 10        Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de ‘resucitar de entre los muertos.’”

COMENTARIO

 

Es necesario escuchar a Cristo

 

Jesús era conocedor de la especial dificultad que existía en el hecho de que sus discípulos comprendiesen su ministerio y que fuesen capaces de entender aquello que les decía pues, como es sabido, no eran letrados ni personas formadas intelectualmente, o, al menos, con una gran formación.

Por eso, además de las parábolas como forma de explicarse, forma que hacía más fácil la comprensión a base de ejemplos tomados de la vida ordinaria, tan dada a la analogía, se veía obligado a recurrir a ciertos momentos en los que lo que sucedía impelía a una rápida fijación en el corazón de aquello que acontecía. Por esto les hablo en parábolas, porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni entienden (Mt 13,13) respondió a la pregunta de sus discípulos de porqué les hablas en parábolas (Mt 13,10).


Como pasará más tarde con los mismos, en Gethsemaní, el Mesías encamina a tres discípulos suyos, a saber, Santiago y Juan, los Zebedeos o “hijos del trueno” (nombre con los que los bautizó, con un innegable sentido del humor) y Pedro (la piedra sobre la que edificaría su Iglesia) y los lleva a un monte. Porque la montaña, o aquel, a lo largo de las Sagradas Escrituras, tuvo y tiene una importancia propia y característica. En Ex 3,1, por hablar del Antiguo Testamento, se habla del monte de Dios, el Horeb, o cuando Dios indica a Moisés donde ha de adorar a Dios, es decir adoraréis a Dios sobre este monte (Ex 3, 12), así como todas las veces que se nombra ese monte de Dios en esta parte del Pentateuco; o, como indica el Salmo 125,2 Jerusalén está rodeada de montes; así rodea el Señor a su pueblo desde ahora y por siempre, de donde podemos deducir una capacidad de defensa frente a las afrentas de los enemigos, y equiparar nuestra vida a la Jerusalén terrestre que, al verse atacada por las acechanzas del maligno, se siente protegida de esa forma.

De aquí que entiendo que este accidente del terreno es algo más que una mera elevación del mismo. Que ese espacio, donde Abraham se encontró con Dios, donde Moisés recibió de Dios la Ley que nos transmitiría por generaciones sin término para que fuera cumplida su voluntad…que contenía esas tablas tan conocidas y nombradas; que ese espacio, digo, ha de ser muy especial para Dios.

Y en el monte, también, se transfiguró.

Este episodio, característico de la divinidad de Jesús, y que refleja su conexión con el Antiguo Testamento, determina una imagen ejemplo de pureza y amor de Dios, porque, ¿qué es esa blancura que salió de sus vestidos y, por lo tanto, de su cuerpo, pues desde dentro emergía? El texto dice que sus vestidos se volvieron resplandecientes. Y aquí, Marcos, también hace uso de un lenguaje que es similar al de Cristo: utiliza un hecho de lo cotidiano para que, el oyente, entienda qué nivel de luz despedía Jesús; es decir, al igual que este, con sus parábolas, facilita la comprensión (como he dicho antes), el evangelista, al decir lo del batanero, da a entender que nadie podía igualarse, en luz que sólo podía venir de Dios, en ese instante, ni nunca, a lo que los ojos de los tres discípulos, estaban viendo.

Pero como esto podía no ser suficiente, pues bien podían haber pensado aquellos tres que miraban, que podía tratarse de algún reflejo de la luz del sol, entran en escena estos dos personajes del Antiguo Testamento que, al igual que Jesús, pero menos, como hombres que sólo eran, también eran profetas. Pero no dos profetas cualesquiera. Eran Moisés y Elías.

De estos personajes tan importantes para la historia del hombre en la tierra no cabe que digamos nada, pues ya se ha escrito, y se escribirá mucho y mucho mejor de lo que , desde aquí, podamos decir. Sin embargo sí recordar, sólo, que el primero de ellos condujo a su pueblo por el desierto, como Jesús se había conducido tras su bautismo y que, el segundo era, creo yo, el que según Jesús mismo, ya había vuelto pero sus contemporáneos no habían querido ver. ¿Era, para el Mesías, el espíritu de Elías el que representaba Juan, el Bautista? Así ha de ser, pues de lo contrario no habría dicho Jesús que si queréis admitirlo, él es Elías, el que había de venir (Mt 11,14).

Pero no sólo se aparecieron junto a Jesús. Además conversaban con Jesús. Y esta conversación bien podría referirse al inmediato futuro de Cristo: su pasión y muerte. Seguramente, porque sabedores de lo que iba a suceder, querían, ¡y necesitaban!, darle ánimo, reconfortarlo, en cierta forma. El caso es que el Enviado, el Jristós griego, se hace ayudar por aquellos que le esperaban para que aquellos que estaban presentes con Él, fuesen capaces de entender que iba a ser perseguido, maltratado, lacerado y humillado más tarde.

Entre aquellos tres discípulos Pedro es la piedra, y la piedra está muy pegada al suelo, al camino que vamos pisando en nuestro deambular por la vida.

Y por esto, la sugerencia que le hace al Maestro, que disfrutaba de aquella  conversación y que, con ella, daba fundamento a su existir, no deja de ser otra cosa que expresión de una mundanidad, de un apego a la tierra, de un estar entre hombres. Porque Pedro quería quedarse allí, no quería volver al duro esfuerzo de transmitir que el Reino de Dios ya había llegado, se negaba a ser, otra vez, ser que comunica la Verdad.

Esto, como en tantas otras ocasiones, tendría que suponer, para nosotros, un aviso ante la opción que tomamos en nuestra vida: ¿ante la posibilidad de difundir la Palabra de Dios, permanecemos, solitarios en nuestra mismidad, disfrutando de su delicia o, por el contrario, hacemos uso de nuestros talentos para que los demás conozcan nuestro conocimiento, que hemos encontrado a Dios en una sílaba o en un texto?

Bien podemos hacer como Pedro que, ante aquella visión de la maravilla de Dios, opta por el gozo que esto suponía, atendiendo las necesidades de los que conversaban (Elías, Moisés y Jesús) pero sin pretender bajar contar lo sucedido siendo, así, difusores de un hecho que confirmaría lo dicho por el Mesías. Porque, además, así lo recomendaría Jesús instantes después. Sin embargo, Pedro, independientemente de lo que dijese el Mesías no quería irse de allí. Era esa su voluntad expresa.

Y ¿qué podemos pensar ante esta actitud de Cefas? - me refiero a la actitud de quedarse a admirar lo sucedido y no a lo de no decir nada a nadie de lo que vio -  Cabe, de principio, la disculpa, hombre como era y que, como nosotros, soñaba con ese mundo en el que la cruz, aún no conocida, sólo fuera una posibilidad a tener en cuenta pero no palpable. El evangelio de Lucas, y traigo aquí a colación lo que Giovanni Papini dice en su libro sobre la vida de Cristo, trata de poner coto a la opinión de quienes, inmisericordes, pudieran atacar a Pedro.  Dice Lucas que, como para disculpar a Pedro, no sabía lo que se decía, sin saber lo que decía, dice, exactamente, este evangelista en 9, 33 que viene a ser algo parecido a lo que dice Marcos (pues no sabía qué responder) que centra su atención en el temor que tenían los discípulos que contemplan tal hecho.

Por otra parte, y abundando en esto, también cabe elegir entre el mundo y Dios. Jesús, como siempre, también nos da respuesta a esta grave inquisición. El evangelista más joven, Juan, a quien Jesús amaba, en el capítulo 17 versículo 15 de su evangelio, al decir que  no te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno nos indica que estamos en este mundo, como es obvio y evidente, pero que la preservación del pecado, su evitación, es más importante que el hecho de sentirse aislado del lugar donde vivimos ya que no debemos evitar aquello que Dios nos ha dado. Esto sería como rechazar su liberalidad y su misericordia.

Al igual que Gabriel dijera a María sobre que el Espíritu Santo la cubriría con su sombra, este texto evangélico de Marcos también recoge esta expresión: una nube que los cubrió con su sombra. Y lo mismo que, en el caso de Miriam (María) Dios iluminó su vida con su semilla de amor y la más alta gracia, en este momento donde conversan los profetas deja dicha su Palabra. Y es una palabra muy similar, si no igual, a la que pronunciara en el bautismo de Jesús: que Él era su Hijo  amado, que teníamos que escucharle. Es decir, primero dice quien es, para certificar la importancia de su persona y, después, sólo después, hace una recomendación destacable: hay que escuchar la voz de Jesús.

Consecuentes, como hemos de ser, a nuestro amor a Dios, no podemos dejar de hacer otra cosa. Quien me ha visto a mi ha visto al Padre (Jn 14,9) dice el Mesías en un momento de su vida, ante la insistencia de Felipe de que les mostrara al Padre. Y “visto” incluye el “oído”, oír, escuchar, estar atento a su Palabra porque, al fin y al cabo, no deja de ser la Palabra de Dios, como lo es.

Y con esto finaliza esta percepción que Santiago, Juan y Pedro tienen en compañía de Jesús, o llevados por Jesús.

Este propiciar el encuentro es otra instantánea de la vida del Mesías a destacar. En su misión provocó que, mediando Él mismo, la relación con lo sobrenatural estuviera al alcance de sus contemporáneos y, desde entonces, de todos nosotros. Lo que podemos entender o comprender de ese encuentro quizá, o sin quizá, es cosa nuestra, dejado a nuestra libre elección: mejor comprensión de lo divino y aplicación a lo humano, a nuestra existencia diaria, o, por otra parte, olvido por miedo a la responsabilidad que de su puesta en práctica derivaría para nosotros.

Pero como esto pudiera no parecer suficiente para los discípulos, y como ellos irían hablando, monte abajo, sin duda, de lo que había sucedido, Jesús se vio obligado a hacerles una advertencia: no hablar, a nadie, de este hecho, hasta que él, Hijo del hombre, resucitara de entre los muertos.

Bien podemos suponer que si la transfiguración había producido el lógico estupor en los que la vieron, el que Jesús hablara de la resurrección de entre los muertos ya sería el colmo de lo enigmático. Aún no podían entender esta expresión ni ser capaces, tampoco, de transmitir a nadie lo visto. De aquí aquello de prohibición de comunicar eso tan sobrenatural como era que dos profetas se aparecieran para hablar con Jesús y que, por si esto ya fuera poco, el mismo Dios les dirigiera la palabra, su Palabra.

Si no estaban preparados para comprender esto, mucho menos para dar testimonio fiel y adecuado del significado que tenía. Por eso yo creo que Jesús no les permitió, cosa que hicieron, hablar de ello hasta cuando, tras comprobar que, efectivamente, había vuelto del mundo de los difuntos, ese misterioso acto que habían contemplado, tuviera total sentido para ellos y para todos.

  

PRECES

 

Pidamos a Dios por todos aquellos que no quieren escuchar a Cristo.

Roguemos al Señor.

Pidamos a Dios por todos aquellos que no creen en la resurrección de los muertos.

Roguemos al Señor.

  

ORACIÓN

 

Padre Dios; ayúdanos a escuchar a tu Hijo y a hacer lo que Él nos diga.

 

Gracias, Señor, por poder transmitir esto.

El texto bíblico ha sido tomado de la Biblia de Jerusalén.

Eleuterio Fernández Guzmán

 Nazareno

 

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Por la libertad de Asia Bibi. 
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Por el respeto a la libertad religiosa. 
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Enlace a Libros y otros textos.

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Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

 

Panecillo de hoy:

Dios, que no habla en balde, nos dice que tengamos en cuenta  a su Hijo en nuestra vida. 

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Para leer Fe y Obras.

 

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

…………………………….

InfoCatólica necesita vuestra ayuda.

 

Escucha a tu corazón de hijo de Dios y piedra viva de la Santa Madre Iglesia y pincha aquí abajo:

 

da el siguiente paso. Recuerda que “Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9,7), y haz click aquí.

Meditaciones de Cuaresma - Tiempo de esperanza

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Aquellos creyentes católicos que tenemos fe en Dios Todopoderoso (y la tenemos porque ha dado muestras más que suficientes para una tal verdad) sabemos que hay, por decirlo así, dos esperanzas fundamentales en nuestro itinerario espiritual.

Con esto queremos decir que existe la esperanza que se manifiesta en Adviento y la que hace lo propio en Cuaresma.

Ciertamente, cualquiera podría decir que se trata de dos momentos espirituales bien distintos. Y eso es totalmente cierto. Sin embargo, no podemos negar que, siendo el sujeto activo la misma persona (en este caso Dios hecho hombre) ha de ser verdad que la esperanza ha de tener mucha relación o, lo que es lo mismo, que se trata de la misma gozosa y esperada esperanza.

Sí, Jesucristo es el tal sujeto activo del que hablamos antes. Y es que tanto en el tiempo de Adviento como el de Cuaresma es el Hijo de Dios a quien se refiere nuestra fe: en el primer caso, esperamos que nazca la esperanza del mundo; en el segundo caso, la esperanza ya no cifra, claro, en el nacimiento y venida al siglo sino al nacimiento a la vida eterna tras la muerte de Aquel que vino a darlo todo por sus hermanos los hombres.

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23.02.18

Meditaciones de Cuaresma - Tiempo de silencio y reflexión

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Tantas veces se ha dicho y escuchado que el silencio es muy importante en materia de vida espiritual que es posible que no acabemos de asimilar una verdad tan grande como ésa.  Y, junto al silencio, la correspondiente reflexión acerca de lo que la meditación nos lleve a tener por bueno y mejor según nuestra fe católica.

Podemos decir, por tanto que silencio y reflexión deben ser los apoyos fundamentales que tengamos en el tiempo de Cuaresma porque ambas formas de actuar nos acercan a Dios.

De todas formas, no debemos dejarnos vencer por el llamado “demonio mudo” que nos lleva a no pronunciarnos acerca de nuestra fe y, en fin, nos induce a estar de acuerdo con el mundo. No. Aquí nos referimos a otro tiempo de silencio.

Es bien cierto que esto, el silencio, no es algo que debamos practicar (y que es una buena práctica espiritual) sólo en el tiempo especial que abarcar desde el miércoles ceniza hasta que llega la Semana de Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, ahora mismo resulta fundamental acercarnos a Dios a través de esto que, no lo podemos negar, puede ser, es, una técnica espiritual a la que no siempre estamos dispuestos a dar paso en nuestro corazón.

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21.02.18

Meditaciones de Cuaresma - Saber encontrar la Cruz

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Aquellos que no creen en Dios Todopoderoso y, menos aún, en su Hijo Jesucristo, cuando alguien le habla de la Cruz es más que posible que esboce (siendo generoso por su parte según están las cosas hoy día) una sonrisa y, a modo de aquello que le pasó a San Pablo cuando habló en el Areópago de Atenas sobre la resurrección, diga que ya le hablaremos de eso otro día (cf Hch 17, 32).

También sabemos que la Cruz, para algunos, era necedad y, para otros, cosa absurda…

Pero eso, como bien podemos imaginar, no puede pasar con aquellos que se saben hijos de Dios y, por tanto, creen en el poder de Quien todo lo ha creado y mantiene y, también,  creen en la venida al mundo de su Hijo y en lo que luego sabemos lo que pasó.

El caso es que la Cruz no es un tema sobre el que podamos argumentar que es poca cosa. Y es que es, muy al contrario, lo más importante que podemos echarnos al corazón y, desde allí, a nuestro quehacer diario.

En realidad, la Cruz es símbolo pero también es realidad que nunca debemos olvidar. Por eso debemos encontrarla si es que queremos ser fieles a nuestra fe católica.

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Meditaciones de Cuaresma - Saber perdonar; pedir perdón

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Que Cristo supo perdonar, a lo largo de su vida, las muchas afrentas (las que conocemos son de su llamada vida pública) que le hicieron y las trampas que le tendieron sus perseguidores, es algo que damos por cierto y verdad. Y es que, de no haber sido así, seguramente le habría salido alguna úlcera por soportar todo aquello sin perdonarlo.

El perdón y su origen, el saber perdonar, no es cosa baladí sino algo que procura, a quien lo ejercite, una tranquilidad espiritual que sólo puede tener buenas consecuencias.

En Cuaresma (¡también aquí, más aquí y ahora!) debemos saber perdonar y, también, debemos pedir perdón. Y es que, como es obvio, no es lo mismo una cosa que la otra.

A nosotros pedir perdón nos cuesta. Debemos reconocer que somos muy soberbios la mayoría de las veces y que no estamos muy dispuestos a reconocer que nos hemos equivocado. Sin embargo, es muy sano, espiritualmente hablando, darnos cuenta de eso y, acto seguido, ejercitar el pedir perdón como un ejercicio de sanación interior, personal e intransferible.

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19.02.18

Meditaciones de Cuaresma - Valores de Cuaresma: servicio; servir.

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En un momento determinado de su predicación, que recoge San Lucas en 22, 25-27, el Hijo de Dios dice esto:

Él les dijo: ‘Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’”. 

El caso es que cuando Jesús hablaba, y así lo recogen las Sagradas Escrituras, lo hacía de forma que la misión que tenía encomendada (cumplir la Ley de Dios y, sobre todo, el mandato más importante que es el del amor) llegase el corazón de aquellos que le escuchaban.

Jesús sabe que el ser humano es como es y que, en cuanto tiene poder sobre otras personas, tiene la tendencia a abusar del mismo. Si bien ahora mismo, en este siglo XXI, es posible que eso se hay atemperado, en tiempos del Hijo de Dios era propio de quien gobernaba abusar. Es más, Jesús nos dice que quien ejerce el poder obliga a ser llamado, además, “Bienhechor” como si fuera algo divino o, en fin, mandato de Dios mismo.

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Meditaciones de Cuaresma - Valores de Cuaresma: limosna

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Es bien cierto y verdad que limosna, lo que supone dar limosna, no es algo que se circunscriba al tiempo de Cuaresma. Y es que, como el resto de valores que destacan en tal tiempo espiritual, el año litúrgico todo, completo, es muy apropiado para ponerlos en práctica.

Ahora, sin embargo, es un tiempo muy especial, como bien sabemos y muy apropiado para mostrar y demostrar si es que tenemos un corazón tierno o, al contrario, no por esas somos capaces que deje de ser de piedra.

A lo largo de la Sagrada Escritura son muchas las ocasiones que se tiene en cuenta a la limosna. Pero es el Nuevo Testamento cuando Jesucristo dice algo fundamental y que debe hacernos pensar qué es lo que, a tal respecto, hacemos.

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18.02.18

La Palabra del Domingo - 18 de febrero de 2018

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 Mc 1, 12-15. Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían. 

 

“12 A continuación, el Espíritu le empuja al desierto, 13      y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los  ángeles le servían. 14 Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: 15 ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.’

  

 

COMENTARIO

 

El final de los tiempos

 

Sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por su primo Juan algo le impulsó a ir al desierto. Bueno, en realidad, tenemos por cierto y verdad que fue el Espíritu Santo Dios quien dirigió sus pasos hacia donde la soledad es más acusada y donde, precisamente, empezó a gestarse la llamada “vida pública” de Cristo. Es más, de allí iba a salir vencedor de mucho y contra mucho. 

Este texto del evangelio de san Marcos abunda en realidades espirituales que, no por conocidas, debemos olvidar. Muchas de ellas, además, fundamentan nuestra propia vida de fe y nos recomiendan llevar a cabo un comportamiento filial hacia la voluntad de Dios. 

Antes que nada, antes de salir hacia Galilea a cumplir con la misión que tenía encomendada, Jesús tuvo que enfrentarse al Mal. En el desierto, come es más que conocido, tuvo que vencer a las tres tentaciones que le proponía Satanás. Y de todas ellas, echando mano de la Palabra de Dios, salió victorioso. Satanás pretendía hacerlo suyo como había conseguido hacerlo con nuestros primeros padres con aquello de la tentación a incumplir lo dicho por Dios. Pero no pudo con Jesús que, siendo Dios mismo, no iba a caer en tan arteras trampas. 

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17.02.18

Meditaciones de Cuaresma – Valores de Cuaresma: oración

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Valores de Cuaresma: oración

 

En estas Meditaciones de Cuaresma, en cuanto corresponde al tema de la oración, no podemos seguir el camino trillado, por decirlo así, de tal tipo de práctica religiosa. Es decir, no vamos a hacer discurso alguno sobre la importancia que tiene la oración ni sobre otro tema relacionado con las generales de la ley de la misma. Y es que lo que nos corresponde es mirar el hecho de orar, de rezar, desde un punto de vista muy particular que tiene que ver, no por casualidad (no existe la misma ni aquí ni nunca) con la Cuaresma.

 

Una oración muy especial

Como es cierto saber y creer, nosotros, en este siglo XXI en el que nos encontramos, sabemos mucho acerca de lo que pasó en aquel tiempo anterior a la Semana de Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Y con esto queremos decir que son más que conocidos los pasos que, por el mundo, dio nuestro hermano Jesucristo

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16.02.18

Meditaciones de Cuaresma – Valores de Cuaresma: ayuno

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Valores de Cuaresma: ayuno

El tiempo de Cuaresma es uno que lo es muy especial porque lo que nos pasa a los creyentes católicos es que sabemos que podemos ser mejores. No es que el resto del año no sea tiempo propicio para serlo sino que en uno tan especial como es el que antecede a nuestra salvación eterna (a que pueda ser posible, queremos decir) tras la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, lo es de forma más que especial.

Hay una serie de valores que damos en llamar propios de este tiempo o, mejor, que se pueden acentuar muy especialmente durante estos días. Uno de ellos es, sin duda alguna, el ayuno.

Sobre el ayuno hubo quien, en tiempos de Jesucristo, le preguntó la razón por la que sus discípulos no ayunaban. La cosa fue, más o menos, así:

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15.02.18

Meditaciones de Cuaresma – Necesidad de conversión

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Todo aquel que crea y se convierta, se salvará”.

Con tales palabras o más o menos las mismas, el Hijo de Dios, deja dicho algo que es tan importante que, olvidarlo o tenerlo por cosa baladí, puede llevarnos, precisamente y no por casualidad, a lo contrario de lo que afirma.

Jesucristo hace una promesa que bien podemos entender como solemne: quien crea en Él y convierta su corazón acabará salvándose.

Decir eso, así, como quien no quiere la cosa, podrían pensarse es asunto de menor importancia. Sin embargo, es tan necesaria nuestra conversión que hacer otra cosa en esta vida, procurarla, es actuar como persona necia. Así de simple, sin medias tintas, debemos sostenerlo y decirlo. Y aquí ni vale ni sirve el respeto humano ni políticamente correcto. Y no valen ni una cosa ni la otra porque lo que nos va es, precisamente, nuestra salvación.

Es más que posible que eso de la salvación pueda sonar a algo lejano o algo así como un cuento para niños pequeños… como para dar miedo. Sin embargo, es lo contrario la verdad: nuestra salvación es el único negocio (algo, contrario, pues, al ocio y que no debemos tomar a guasa o a broma) que deberíamos tener en cuenta en este mundo que pisamos durante un período que, comparado con la vida eterna, es una minucia, una nada, algo a no tener en cuenta.

Decimos, por eso mismo, que el tiempo de Cuaresma es uno en el que nuestra conversión es más necesaria que nunca.

¿Quiere decir eso que el resto del año litúrgico no tiene importancia convertir el corazón? Pues sí, la tiene.

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14.02.18

Meditaciones de Cuaresma – Ceniza; miércoles que es un principio

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La Cuaresma ahora nos pone delante de estas preguntas fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a Cristo, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión?” (San Josemaría, Homilía del I Domingo de Cuaresma, 2 de marzo de 1952, en “Es Cristo que pasa” 58)

 

Convertíos y creed en el Evangelio”. Y con tal expresión de fe, la ceniza como manifestación de arrepentimiento.

Así empieza este tiempo llamado “fuerte” del año litúrgico en el que muchas cosas, en nuestro corazón, han de cambiar. A no ser que creamos que nunca pecamos (¿?) es lógico pensar que a cada uno de nosotros se nos da otra oportunidad, otra más, de venir a ser verdaderos discípulos de Cristo. Por eso se nos pide, en fin, dar fruto de nuestra conversión.

¿Morimos a nosotros mismos para dar fruto?

Responder a esta pregunta nos puede poner sobre la pista de si, en realidad, queremos llevar el tiempo de Cuaresma por el camino correcto y adecuado.

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13.02.18

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro"- El auxilio de Dios

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

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A partir de hoy, y con la ayuda de Dios, vamos a dedicar los próximos artículos referidos al Beato Manuel Lozano Garrido, a traer aquí textos de sus libros. Y vamos a hacerlo empezando por el primero de ellos, de título “Mesa redonda con Dios”. 

 

Durante las próximas semanas, y hasta cuando Dios quiera, vamos a traer aquí un capítulo del libro de título “La verdad de las cosas bonitas” que viene a ser como las palabras dichas por el Creador a sus hijos.

El auxilio de Dios

 

“Así, con todo lo que ocurre, que entre dentro de lo maravilloso de mi Voluntad o mi Providencia. Vosotros veis el pecado, el dolor, las desgracias, o el aparente desacuerdo entre el desarrollo de la población del mundo y la reducida productividad de la Naturaleza, y hala, hacia un mar de cavilaciones. ¿Por qué sois así, mis hijos queridos? ¿Es que Yo no os levanto a cada minuto el piquito de la servilleta para que tengáis el olor y la constancia del bizcocho de la gloria?”

 

Lo que Dios quiere

Nuestro Creador, cuando tuvo a bien, de la nada, hacer que todo lo que existe fuera posible, existiera, no se limitó a hacer eso. No. En realidad, eso fue el principio de todo lo que sucedió desde entonces. Y decimos esto porque cada cosa, cada realidad que pasa no ha sido dejada de la mano de Dios.

Esto, francamente, es muy difícil de entender porque no tenemos la capacidad suficiente como para eso sea posible. Sin embargo, para eso, para tal menester, tenemos fe y creemos sin haber visto ni entendido ni eso ni otras muchas cosas.

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12.02.18

Serie Venerable Marta Robin – Sufrir con Cristo

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

    Resultado de imagen de Le secret de Marta Robin

 

Sufrir con Cristo

 

Por una gracia mística, dice el autor en la página 82 de su libro, pudo expresar (se refiere a la Venerable Marta Robin) su amor al Señor en comunión con su dolor:

 

“¡Qué delicioso pasar el sufrimiento con humillación y recíprocamente”!

 

Ya San Pablo, que acabó comprendiendo muy bien cuál era su papel en la predicación de la Buena Noticia, supo que su sufrimiento lo era, tan sólo, para completar las tribulaciones de Cristo quien entregó su vida en defensa de sus hermanos los hombres. Es decir, que aquella forma de pasar por el mundo que podía afectarle física o espiritualmente en mal sentido tenía un fin que era, el mismo, bueno y santo.

La Venerable Marta Robín sabía más que bien que eso era cierto. Y debía difundirlo como aquí mismo hace.

Lo bien cierto es que, a lo mejor no tanto como Marta Robin, todos sufrimos o pasamos por momentos que podemos calificar como malos. Pero quien comprende de Quién viene y hacia dónde va ha de tener muy en cuenta eso: de Quién viene y hacia dónde va porque, de lo contrario, perderá la única perspectiva que le conviene tener: la de la vida eterna.

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11.02.18

La Palabra del Domingo - 11 de febrero de 2018

Mc 1, 40-45. La lepra se le quitó y quedó limpio.

 

“40 Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: ‘Si quieres, puedes limpiarme.’ 41 Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: ‘Quiero; queda limpio.’ 42 Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio.43    Le despidió al instante prohibiéndole severamente: 44 ‘Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.’ 45     Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús  presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían  a él de todas partes.”

  

MEDITACIÓN

 

1.-Es conocida la existencia, para aquellos que tienen un conocimiento del contenido del cristianismo, de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Mientras que, mediante la primera de ellas sabemos que la existencia, por ejemplo, de Dios, es real aunque no podamos probarla con medios humanos (recordemos lo que le dijo Cristo a Tomás cuando se apareció a los discípulos y sabía lo que el incrédulo había dicho; y le dijo: Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído, Jn 20, 29); en virtud de la esperanza esperamos nuestro bien y, extendiendo ese pensamiento, el bien de todos aquellos que nos rodean; incluso, llevando al primer extremo (y no al último ya que esto ha de ser lo primero) lo que ha de ser la creencia cristiana; también deseamos el bien de todos, en general; y, por último, sabido es que la caridad es la Ley del Reino de Dios, y que, sin ella, nada de lo otro se entiende. 

Particularmente creo que en este texto de Marcos las tres virtudes citadas se dan la mano ayudándose unas a otras.

 

2.-La fe y la esperanza

Seguramente el leproso tenía conocimiento, o sabía quién era, la persona que se acercaba, o se alejaba, de él. Jesús, cuya fama ya había comenzado a extenderse, como ya vimos en Mc 1, 21-28, era a quien tenía que dirigirse si quería que ese terrible mal que le aquejaba desapareciera. Vemos, aquí, una esperanza que podríamos denominar antecedente de la fe, mediante la cual poner el sentido de una vida en manos de otro se asiente en la voluntad de cambio. 

El leproso, al decir si quieres…expresa, por una parte, el hecho de que el Mesías tenía el poder de curarlo. Era, así, expresión, de conocimiento natural del Hijo de Dios. Confiado, con la esperanza netamente intacta, pues de tal gravedad era su enfermedad que no otra cosa podía hacer, se acerca, es decir, va hacia Jesús en busca de algo más que consuelo. Puedo decir que tiene puesta su esperanza en una fama que precede al Enviado y, por eso, una fe primera que acentúa su existir. Busca porque cree que ha encontrado solución a su situación. Ve en aquella persona, rodeada de otras, una luz que, posiblemente, podía iluminar su ser. 

Como reconocimiento a esa divinidad que ve en Jesús, se pone de rodillas, signo de sometimiento al Señor; pero de un someterse suplicante, demandante de ayuda, esperanzado, implorante. Y de rodillas espera la acción del que cura, salva, sana…perdona. 

Y la curación que espera no es sólo física. Conocida es la relación que, para el pueblo judío, existía entre enfermedad y pecado, la una era según pensaban, resultado del segundo –bien fuera de derivación familiar o propiamente personal del enfermo-. Pues bien, la esperanza de este leproso, aquejado por ese mal que lo apartaba de forma radical de la sociedad, era, aunque de forma indirecta, seguramente pensaba, que el pecado que la había ocasionado tal mal (aunque realmente no fuera así) podía ser borrado por aquel que era capaz de echar demonios del cuerpo de otros. Por eso, la confianza en Jesús debía de correr pareja a todo aquello que lo aquejaba: muy grande, pues grande era esa necesidad. 

Y como el magisterio de Jesús limpia el corazón de las acechanzas del maligno, lo libera de las inmundicias del mundo en que vivimos, se compadeció de él, hizo uso de esa virtud fundamental: la caridad. 

 

3.- La caridad y el poder de Dios

Quizá lo más importante para Dios y necesario para el hombre sea el ejercicio de la misericordia. Creemos que es lo más importante para Dios porque en ella se apoya todo su comportamiento para con sus hijos, desde que creó el universo y la vida en la tierra y la puso a su disposición (sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra, dijo, como sabemos, Gn 1,28) hasta que acompañó a su pueblo elegido Israel a lo largo de los siglos perdonando sus continuas ofensas y sabiendo que, como hombres que eran, el pecado no era fácil de apartar de sus vidas. Y lo más necesario para el hombre creo que es porque necesaria es la correspondencia ante lo que recibe de parte del Padre y lo que se da a los hermanos. Y la compasión y el amor son la caridad. 

Y Jesús, haciendo uso de esa misericordia de la que tanto habló, no debió de dudar ni un instante y, de inmediato, curó al leproso. Su sentido de la correspondencia con el amor de Dios fue instantáneo. Vio una necesidad tan grave ante sus ojos que no dudó: extendió sus manos, le tocó. Y manifestando el poder de Dios, pues sólo Él es capaz de hacer eso, limpió de la lepra al demandante de ayuda. Y este hombre, separado socialmente como un apestado, siente como su persona se incorpora a ese pueblo, a esos vecinos, a esas personas que le rechazan. 

Pero Jesús, como sabía que hechos como este sólo podrían acarrearle problemas por la falta de comprensión de muchos de sus contemporáneos, intenta que el curado acuda al Templo y, allí, ofrezca por su curación lo que estableció por ella Moisés. Y esto, ¿porqué?; si había salido de las manos del Mesías ese prodigio tenía que existir una razón muy poderosa para que el  sanador no quisiese que eso se supiese. 

Ya dije antes la relación que había, para el judío, entre enfermedad y pecado. Pues bien, para este pueblo sólo Dios podría perdonar pecados y, por lo tanto, solo de él podía venir la curación de esas dolencias que atribuía a este tipo de relación (pecado-enfermedad) que se alimentaba mutuamente. 

Lo mejor era, para Cristo, que los sacerdotes, conocedores de la Ley, fuera testigos de aquel hecho y que, por así decirlo, certificaran esa curación con la entrega de la citada ofrenda. Otra vez más cumple, o hace cumplir, la Ley. Así no quedaría a la vista lo que, para ellos, era una ofensa a Dios y una blasfemia: dar a entender, Jesús, con ese acto, que era el Padre mismo. Si aceptaban que el hijo del carpintero, sin la gloria esperada y ansiada por ellos, podía perdonar pecados, pues curaba, no habrían tenido más remedio que aceptar la consiguiente divinidad, Dios mismo, de su persona. 

Sin embargo, como es humano entender, no consigue su propósito. El leproso, ante su nueva situación, no puede ser comedido en sus actos, ni puede dejar de proclamar, contento, no sólo su curación, la cual era evidente, sino las manos que han llevado a cabo ese milagro, ese acto extraordinario. Pregonó, la noticia, es decir, repitió por donde pudo lo sucedido, extendiendo no sólo eso mismo sino lo que eso suponía en relación con Dios. 

Es así como se confirma la esperanza antecedente del leproso y esa fe que lo lleva a buscar su sanación. En este sentido bien puedo decir que es este un buen ejemplo, didáctico, para aquellos que, conociendo algo a Jesús, ahora mismo, en el siglo, desean profundizar en el saber de su persona. Sólo así podrán confirmar lo que se dice de él y podrán dar noticia de sus hechos y de sus palabras. Supone, esto, creo, una llamada de parte del Mesías hacia los alejados, hacia los que lo desconocen. 

Y esto apunta a otro aspecto importante, vital: la sanación espiritual buscada por el leproso (pues él estaría de acuerdo, aunque no lo entendiese, que existía una relación antedicha entre enfermedad y pecado) ha de ser un anhelo para cada uno de nosotros (1). Por eso acudían a él de todas partes y, por eso, también nosotros, cual si fuéramos leprosos, o con una enfermedad del alma pegada a nuestro cuerpo, hemos de ver en la persona de Jesús a un hermano que, con su ejemplo y con su Palabra, puede producir en nosotros efectos tan beneficiosos como los que produjo en este enfermo incurable. Muchos de nuestros pecados también pueden parecer incurables pero, con la demanda de perdón a quien puede perdonar, no debemos de tener duda alguna (no debemos de perder esa esperanza antecedente del leproso, ni esa fe cierta y franca) de que la sanación procede de Cristo pues Él es verdadero Dios.  

 

PRECES

 

Pidamos a Dios por todos aquellos que no confían en la misericordia de Dios.

 

Roguemos al Señor.

 

Pidamos a Dios por todos aquellos que no buscan al Señor para ser curados de sus dolencias del alma.

 

Roguemos al Señor.

 

ORACIÓN

 

Padre Dios; ayúdanos a confiar siempre en tu total poder.

 

Gracias, Señor, por poder transmitir esto.

 

El texto bíblico ha sido tomado de la Biblia de Jerusalén.

 

(1) El Santo Padre emérito, Benedicto XVI, en su  Carta Encíclica Deus Caritas Est, en el apartado 28, dice que el amor suscitado por el Espíritu de Cristo, no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma.

 

  

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

Para entrar en la Liga de Defensa Católica

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Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Buscar a Cristo para ser salvados es algo que no deberíamos olvidar nunca. 

Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

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10.02.18

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – Lo que debemos y no debemos hacer

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.

 

Lo que debemos y no debemos hacer

 Resultado de imagen de ¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín

Mc 4, 21-23

 

“Les decía también: ‘¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga.”

La misión primordial que el Hijo de Dios había venido a cumplir al mundo era que sus hermanos los hombres se salvasen. Pero eso no se iba a llevar a cabo fácilmente porque la dura cerviz de muchos les impedía comprender que las cosas no podían seguir haciéndose como hasta entonces se habían hecho.

Jesucristo debía enseñar porque mucho debía ser aprendido. Y, para eso, tomaba ejemplos de la vida ordinaria para que todo aquel que le escuchara entendiera y comprendiera. Y no lo hacía como si hubiera descubierto nada extraordinario sino porque comprendía muy bien que era la única manera de ser entendido.

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9.02.18

Reseña: “Orar y reflexionar. Desde el sufrimiento y la consolación”

Orar y reflexionar. Desde el sufrimiento y la consolación                  Orar y reflexionar. Desde el sufrimiento y la consolación

 

TítuloOrar y reflexionar. Desde el sufrimiento y la consolación.

Autor: Eleuterio Fernández Guzmán

Editorial: Lulu

Páginas: 68

Precio aprox.:  3, 50  € en papel –  0.99  € formato electrónico.

ISBN:  5800126753164 papel;   978-0-244-96590-7 electrónico.

Año edición: 2018

 

Los puedes adquirir en Lulu.

 

“Orar y reflexionar. Desde el sufrimiento y la consolación” - de Eleuterio Fernández Guzmán.

 

Continuamos con la publicación de textos dentro de la Colección Fe sencilla. Este libro pertenece al apartado de título hermanos en la fe.

Vayamos, pues, con la reseña. Y, para eso, reproducimos el primer apartado del libro que es la Introducción.

 

“Sabemos que la oración tiene mucho que ver con nuestra propia e intrínseca naturaleza.

Como somos hijos de Dios tenemos una filiación que es divina y, por lo tanto, dirigirnos a nuestro Creador debería ser no sólo lo más normal sino lo más lógico y esperado pues todo hijo habla con su padre sin darle miedo ni esperar más que, por ejemplo, ser escuchado.

Cuando rezamos, oramos o reflexionamos con voluntad espiritual vamos más allá de nosotros mismos. Dejamos encerrado nuestro egoísmo y nos dirigimos a Dios a quien queremos expresarle algo: a lo mejor pedir, a lo mejor dar gracias, a lo mejor, sólo, contemplar su maravilloso corazón de misericordia. El caso es que hacemos como aquel que, queriendo caminar hacia un determinado lugar… simplemente lo hace y busca llegar al destino sin preocuparse de lo que, sin saber, pueda acontecerle por el recorrido que quiere hacer. Camina y, si nada contrario a su voluntad sucede, llega a buen puerto.

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