InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Agosto 2019

3.08.19

La Palabra del domingo - 4 de agosto de 2019

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Lc 12, 13-21

 

“13 Uno de la gente le dijo: ‘Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo’. 14 El le respondió: ‘¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?’ 15 Y les dijo: ‘Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes’. 16 Les dijo una parábola: ‘Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; 17 y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’ 18 Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, 19 y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea.’ 20 Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’ 21 Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios’”.

 

 

COMENTARIO

 

Los verdaderos bienes, los mejores

 

No es nada extraño que quien conocía al Hijo de Dios quisiera que, de alguna manera, interviniera en su vida. Y es que, habiendo visto o habiendo conocido lo que era capaz de hacer… en fin, nada impedía que, eso, pusiera cierto orden en la vida de sus discípulos o seguidores.

Jesucristo, sin embargo, sabía más que bien la misión para la que había sido enviado al mundo. A lo mejor había quien creía que estaba aquí para poner cierto orden en la vida de los hombres. Al contrario, por decirlo así, era la verdad: había venido al mundo a prender fuego al mundo para que el fuego de la Verdad de Dios y de la Ley del Padre purificara lo impuro.

Eso, podemos decir, tal forma de ver las cosas, no era demasiado bien entendida por aquellos que al mirar al hijo de José y de María veían, digamos, un instrumento que se podía utilizar, hacer uso de él según fueran las necesidades de cada cual.

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1.08.19

J.R. R. Tolkien -Ventana a la Tierra Media – El Espíritu de la Tierra Media

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Desde que los Elfos despiertan en Cuiviénen hasta que, por ejemplo, Frodo y sus compañeros embarcan hacia las Tierras Imperecederas después de salir victoriosos en la Guerra del Anillo, es bien cierto que pasaron muchos siglos. Es más, miles de años discurrieron en los que tantas cosas acaecieron y de las que, lógicamente, nada de ellas vamos a decir aquí porque siempre nos quedaríamos cortos, muy cortos. 

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Podemos decir que ellos, aquellos Primeros Nacidos, miraron hacia arriba y vieron las estrellas porque aún no había ni Sol ni Luna. Y quedaron maravillados con aquel espectáculo nocturno. Y entonces, precisamente entonces, creemos que pronunciaron sus primeras palabras que eran expresión, seguro, de admiración y de gozo. 

Sin embargo, y como no puede ser de otra forma cuando alguien escribe, hay un hilo que une toda esa trama que es, decimos, no sólo extensa sino, en los corazones de los lectores, gozosa y abarcadora de todo aquello por lo que vale la pena no sólo leer sino, incluso, vivir. 

Es bien cierto que J.R.R. Tolkien, a lo mejor, no quiso que eso pasase eso. Es decir, que en un principio no dijo, por ejemplo, “ahora voy a escribir de forma que pueda deducirse, alegóricamente, algo de todas las letras que puede dejar plasmadas”. 

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