InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Octubre 2018

26.10.18

Serie "De Resurrección a Pentecostés"- 2. El mensaje del Ángel

De Resurrección a Pentecostés Antes de dar comienzo a la reproducción del libro de título “De Resurrección a Pentecostés”, expliquemos esto.

Como es más que conocido por cualquiera que tenga alguna noción de fe católica, cuando Cristo resucitó no se dedicó a no hacer nada sino, justamente, a todo lo contrario. Estuvo unas cuantas semanas acabando de instruir a sus Apóstoles para, en Pentecostés, enviarlos a que su Iglesia se hiciera realidad. Y eso, el tiempo que va desde que resucitó el Hijo de Dios hasta aquel de Pentecostés, es lo que recoge este libro del que ahora ponemos, aquí mismo, la Introducción del mismo que es, digamos, la continuación de “De Ramos a Resurrección” y que, al contrario de lo que suele decirse, aquí segundas partes sí fueron buenas. Y no por lo escrito, claro está, sino por lo que pasó y supusieron para la historia de la humanidad aquellos cincuenta días.

 

 

Cuando Jesucristo murió, a sus discípulos más allegados se les cayó el mundo encima. Todo lo que se habían propuesto llevar a cabo se les vino abajo en el mismo momento en el que Judas besó al Maestro.

Nadie podía negar que pudieran tener miedo. Y es que conocían las costumbres de aquellos sus mayores espirituales y a la situación a la que habían llevado al pueblo. Por eso son consecuentes con sus creencias y, por decirlo así, dar la cara en ese momento era la forma más directa para que se la rompieran. Y Jesús les había dicho en alguna ocasión que había que ser astutos como serpientes. Es más, había tratado de librarlos de ser apresados cuando, en Getsemaní, se identificó como Jesús y dijo a sus perseguidores que dejaran al resto marcharse.

Por eso, en tal sentido, lo que hicieron entonces sus apóstoles era lo mejor.

Aquella Pascua había sido muy especial para todos. Jesús se había entregado para hacerse cordero, el Cordero Pascual que iba a ser sacrificado para la salvación del mundo. Pero aquel sacrificio les iba a servir para mucho porque el mismo había sido precedido por la instauración de la Santa Misa (“haced esto en memoria mía”, les dijo el Maestro) y, también, la del sacerdocio a través del Sacramento del Orden. Jesús, pues, el Maestro y el Señor, les había hecho mucho bien tan sólo con arremangarse y lavarles los pies antes de empezar a celebrar la Pascua judía. Luego, todo cambió y cuando salieron Pedro, Santiago y Juan de aquella sala, en la que se había preparado la cena, acompañando a Jesús hacia el Huerto de los Olivos algo así como un gran cambio se había producido en sus corazones.

Pero ahora tenían miedo. Y estaban escondidos porque apenas unas horas después del entierro de Jesús los discípulos a los que había confiado lo más íntimo de su doctrina no podían hacer otra cosa que lo que hacían.

De todas formas, muchas sorpresas les tenía preparadas el Maestro. Si ellos creían que todo había terminado, muy pronto se iban a dar cuenta de que lo que pasaba era que todo comenzaba.

En realidad, aquel comienzo se estaba cimentando en el Amor de Dios y en la voluntad del Todopoderoso de querer que su nuevo pueblo, el ahora elegido, construyera su vida espiritual sobre el sacrificio de su Hijo y limpiara sus pecados en la sangre de aquel santo Cordero.

Decimos, pues, que todo iba a empezar. Y es que desde el momento en el que María de Magdala acudiera corriendo a decirles que el cuerpo del Maestro no estaba donde lo habían dejado el viernes tras el bajarlo de la cruz, todo lo que hasta entonces habían llevado a sus corazones devino algo distinto.

El caso es que los apóstoles y María, la Madre, habían visto cómo se abría ante sí una puerta grande. Era lo que Jesús les mostró cuando, estando escondidos por miedo a los judíos, se apareció aquel primer domingo de la nueva era, la cristiana. Entonces, los presentes (no estaba con ellos Tomás, llamado el Mellizo) se asustaron. En un primer momento no estaban seguros de lo que veían pudiese ser verdad. Aún no se les habían abierto los ojos y su corazón era reacio en admitir que su Maestro estaba allí, ante ellos y, además, les daba la paz y les hablaba. Todos, en un principio, actuaron como luego haría Tomás.

Todo, pues, empezaba. Y para ellos una gran luz los iluminaba en las tinieblas en las que creían estar. Por eso lo que pasó desde aquel momento hasta que llegó el día de Pentecostés fue como una oportunidad de acabar de comprender (en realidad, empezar a comprender) lo que tantas veces les había dicho Jesús en aquellos momentos en los que se retiraba con ellos para que la multitud no le impidiese enseñar lo que era muy importante que comprendieran. Pues bien, entonces no habían sido capaces de entender mucho porque su corazón no lo tenían preparado. Ahora, sin embargo, las cosas iban a ser muy distintas. Y lo iban a ser porque Jesús había confirmado con hechos   lo que les había anunciado con sus palabras y cuando le dijo a Tomás que metiera su mano en las heridas de su Pasión supieron que no era un fantasma lo que estaban viendo sino  al Maestro… en cuerpo y alma.

Sería mucho, pues, lo que pasaría en un tiempo no demasiado extenso desde que el Hijo de Dios volvió de los infiernos hasta que el Espíritu Santo iluminara los corazones y las almas de los allí reunidos. Era, pues, aquello que sucedió entre Resurrección y Pentecostés.” 

2. El mensaje del Ángel

 

Los Ángeles y Cristo

 

Que los Ángeles estén presentes en un momento tan importante como es el de la Resurrección del Señor es algo que, de suyo, era de esperar.

A lo largo de la vida del Hijo de Dios muchas veces se hacen presentes. Así, desde la Encarnación (cf Lc 1, 26-38) a la Ascensión de Cristo a los cielos (cf. Lc 24, 50-51) los Ángeles se hacen presentes puestos al servicio de Jesús y rodeándolo para adorarlo. También habían tenido su aparición tanto en el aviso a Zacarías del nacimiento de su hijo Juan (cf. Lc 1, 5-20) como en la recomendación A San José acerca de acoger en su casa a su desposada María (cf. Mt 1, 20-24) porque el hijo que llevaba en su seno era obra del Espíritu Santo o, lo que es lo mismo, de Dios.

Pero es que al justo José un mensajero de Dios le advierte:

“Levántate, toma el niño y a su Madre y huye a Egipto” (Mt 2, 13).

De todo esto deducimos que los Ángeles no tienen una intención pasiva en la historia de la salvación sino que, al contrario, su papel es protagonista en los misterios centrales de nuestra fe. Por eso, si bien el mensaje de la salvación va dirigido a los hombres, criaturas creadas a semejanza de Dios, los Ángeles son tenidos muy en cuenta e intervienen, como hemos dicho, en momentos cruciales de nuestra historia como hijos de Dios que han necesidad de salvación y, esta, eterna.

El caso es que Dios, que también ha creado a los Santos Ángeles, ha estimado bien que sean ellos los que cumplan con esa misión tan especial que consiste en poner en conocimiento del hombre lo que es importante que conozca: Zacarías acerca de quién iba a nacer; María acerca de su plenitud de gracia o José acerca de lo prudente que debía ser en el caso del embarazo de su joven desposada.

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25.10.18

El rincón del hermano Rafael - "Saber esperar" - Dios, aquí mismo

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

 

“Saber Esperar” –  Dios, aquí mismo

“¡Qué grande es Dios! ¡Qué infinita es su sabiduría! ¡Qué bien ordena los acontecimientos para siempre su mayor gloria!

No necesita Él llevarme por el mundo y mostrame sus maravillas para que mi pobre alma se abisme en su nada, y le adore en su imponente Majestad.” (Punto 250)

 

Que el hermano Rafael ama a Dios (lo decimos en presente aunque, claro está, el texto es de antes de que pasara a la Casa del Padre pero estamos seguros de que ahora, ahora mismo, “ama a Dios” con una realidad más gozosa que cuando habitaba entre los hombres del mundo) es bien cierto. Y que lo muestra y demuestra en este texto, también.

Nosotros tenemos por verdad que Dios, cuando creó todo lo existente, no lo abandonó porque descansara el último día de aquel tiempo (fuera el que fuese) No. Estamos más que seguros que hoy mismo sigue manteniendo su creación.

Pues bien, todo lo que pasa no es por casualidad. Aquí no cabe tal posibilidad sino que todo, que está ordenado por Dios, pasa, como bien dice San Rafael Arnáiz Barón, para gloria de Dios.

Entonces ¿cuándo una persona enferma o pasa por malos momentos también acaece eso para gloria de Dios?

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24.10.18

Reseña: ”De rodillas”

      De rodillas        De rodillas

 

Título: De rodillas

Autor: Eleuterio Fernández Guzmán.

Editorial: Lulu.

Páginas: 86

Precio aprox.:  3.50 € en papel – 0.99 € formato electrónico.

ISBN: 5800130495487 papel; 978-0-244-42250-9 electrónico.

Año edición: 2018

 

Los puedes adquirir en Lulu.

De rodillas” - de Eleuterio Fernández Guzmán.

Con este libro continuamos la serie de libros que, dentro de la denominación de Fe práctica, hemos dado en empezar. El que sigue lleva el título “De rodillas”, del que reproducimos la Introducción del mismo.

 

“Introducción

No podemos negar que, muchas veces, la descendencia de Dios, aquellos seres que hemos sido creados por el Todopoderoso, y no de cualquier forma sino a su imagen y semejanza, olvidamos, precisamente, eso. 

La fe nos dice, eso sí, que Dios nos ha creado y que por eso nunca deberíamos hacer como si su realidad, su existencia y, en fin, aquello que lo define y contiene, no fuera de nuestra importancia. 

Es bien cierto, a este respecto, que no hay más ciego que ele que no quiere ver y, claro, más sordo que el que no quiere oír y, menos aún, escuchar. 

El caso es que, en lo referido a la ceguera y a la sordera no es que Dios haya hecho poco (y haga) para que veamos y para que escuchemos sino, justamente, al contrario. 

Todo, desde nuestra propia existencia hasta todo lo que nos rodea, nos habla del Creador. 

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23.10.18

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro"- Así es la santidad

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

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Continuamos con el traer aquí textos del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo. Lo hacemos ahora con “El sillón de ruedas”.

Durante unas semanas, si Dios quiere, vamos a dedicar el comentario de los textos de Lolo a un apartado particular del libro citado arriba de título “Recuento de beneficios” donde hace indicación de los beneficios de la relación del Beato con el Todopoderoso.

Así es la santidad

 

“Uno apunta a una santidad que se desarraiga, etérea e inmaterial, y Dios nos pasa por la cara el sudor y el afán de trabajo que hay en el mosto que se hará Sangre; el fuego que derriten los cielos sobre la mies que aspira a ser Hostia; el hielo que taladra las manos que redondean la linfa suave del Óleo; la gota que se decanta en las fuentes y las riberas hasta hacerse borbotón bautismal que regenera; la mano que acaricia, trabaja, pega o araña y un día se alza sobre las frentes para liberarlas porque Alguien le otorgó una fuerza poderosa.” (El sillón de ruedas, p. 71)

 

Como suele pasar tantas veces con aquellos hermanos nuestros que han alcanzado la meta de los altares, es fácil que nos sorprendan con realidades espirituales que la gran mayoría de nosotros no somos capaces de apreciar. Y por eso, precisamente, son ejemplo a seguir.

Pues bien, el Beato Manuel Lozano Garrido lo vuelve a hacer (es que muchas otras veces lo ha hecho) cuando habla de santidad pero, sobre todo, de cómo es, en realidad, ser santo.

Ciertamente, tiene razón el Beato de Linares (Jaén, España) cuando no insinúa sino que, directamente, pone el dedo donde más duele: son demasiadas las veces que confundimos la santidad y creemos que es algo, cómo decirlo…, sí, etéreo. Vamos, que es algo como que no se puede tocar y, a lo mejor por eso, no somos capaces, siquiera, de intentar alcanzarla.

Pero, en materia espiritual, las cosas no suelen ser como nosotros creemos que son. Y, es más, la mayoría de las veces, son, justamente, lo contrario o, mejor, están muy alejada su verdad de la que tenemos por fetén y cierta.

Manuel Lozano Garrido nos dice que, es verdad, a veces nos equivocamos… Y, entonces, Dios pone las cosas en su sitio (que es el Suyo)

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22.10.18

Serie Venerable Marta Robin – Aún sin comprender

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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Sobre la pasión en sí misma vivida – Aún sin comprender

 

Marta Robin vivió la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo desde 1930. Y es que entre desde el jueves por la noche (21 horas) hasta el mediodía del domingo, pasó por los estados físicos que sufrió el Mesías.

Pues bien, nuestra Venerable francesa describe la íntima comunión con Jesucristo que le permite, como dice el autor del libro aquí traído, “sobrepasar el sufrimiento para encontrar el Corazón de Cristo”:

 

Aún sin comprender

“Inconcebible, maravilloso Misterio: vivo en Dios; no es que yo viva sino que Jesús, mi Buen Amado Jesús, vive en mí. ¡No comprendo plenamente, pero conozco esta alegría, ese incomparable misterio!… ¡A Él sea toda la Gloria!”

 

No se puede concebir, es maravilloso y, además, es un Misterio, así, con mayúsculas. Es lo que nos dice le Venerable Marta Robin acerca de una relación tan íntima con Jesucristo, su amigo y Dios.

En realidad, nada de lo que nos dice nuestra hermana en la fe nos extraña. Y no nos extraña porque no es fácil y, por tanto, es inconcebible y, a la par, maravilloso, que podamos relacionarnos con Cristo. Pero imposible… imposible no lo es.

Ya sabemos que San Pablo dejó dicho que Cristo vivía en Él. Y eso, a lo largo de los siglos, lo han podido verificar aquellos que, considerándose hermanos suyos, así lo han entendido. Y tal realidad espiritual es sobre la que nos informa Marta Robin.

Lo inconcebible de esto es que no resulta sencillo que nosotros, simples seres humanos, y nada ante Dios, seamos capaces de darnos cuenta de que el Mesías pueda estar en nuestro corazón, estar en nosotros. Sin embargo,    así es porque es el templo del Espíritu Santo y, por tanto, no sólo de Jesucristo sino de Dios mismo (y esto se explica, esto sí, de forma sencilla, por tratarse de un mismo Dios)

Vamos, pues, entendiendo algo lo que nos quiere decir la Venerable francesa.

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