InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Agosto 2018

11.08.18

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – La fe que salva

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.

La fe que salva

  Resultado de imagen de Jesús le dijo: 'Vete, tu fe te ha salvado'. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.”

Y Jesús dijo… (Mc 10,52)

 

“Jesús le dijo: ‘Vete, tu fe te ha salvado’. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.”

 

Aquel hombre, que estaba ciego, no necesitaba la ayuda de cualquier persona, aunque fuera médico, sino del Único que podía devolverse la vista. Y por eso llama muchas veces al Hijo de Dios a pesar de que muchos le dijeran que se callara. Y es que su situación no era como para callarse…

Y le dice a Cristo, inmediatamente antes de esto aquí traído, que quiere ver. ¿Podría esperarse otra cosa de alguien que está en la situación en la que se encontraba aquel hombre? 

Aquí hay dos realidades más que unidas: el ansia y la fe. 

El ansia de aquel hombre que, ciego, nada podía hacer por salvar su miserable vida, podemos entenderla a la perfección. Basta que cerremos los ojos un rato (si es largo mejor) para ver qué podría ser de nuestra vida. Imaginemos, por tanto, cómo sería la de aquel hombre en una sociedad donde se asociaba la enfermedad con la comisión de pecados… 

No podemos, por tanto, negar la voluntad de, casi, un moribundo social, para pedir que el Hijo de Dios interviniera en aquella terrible situación. Y todo porque tenía ansia… ¡de vivir! 

Eso lo puede entender cualquiera. Pero aquí interviene el otro factor que le da la vuelta a la situación: la fe

Ya sabemos lo que supone la confianza en Dios para el Todopoderoso. Y no es que sea cosa de poca importancia sino, al contrario, es lo que más importa. Y es que ¿qué se puede esperar de quien no confía en su Padre? 

Pues bien, aquel hombre confiaba, tenía mucha fe, en aquel Maestro del que seguramente tenía noticia, y, por tanto, algo que esperar. Y lo espera todo porque todo es lo que necesita. 

Y se lo pide. Aquí no lo vemos, pero es más que conocido aquel ¡Qué vea!  Sale de su boca y no era poca petición porque quería la vista, ver.

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

Para entrar en la Liga de Defensa Católica 

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Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Palabra de Dios, la Palabra.

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Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

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10.08.18

Serie “De Ramos a Resurrección” - La glorificación de Cristo – Tercera Palabra

 

De-ramos-a-resurrección

En las próximas semanas, con la ayuda de Dios y el permiso de la editorial, vamos a traer al blog el libro escrito por el que esto escribe de título “De Ramos a Resurrección”. Semana a semana vamos a ir reproduciendo los apartados a los que hace referencia el Índice que es, a saber:

Introducción                                        

I. Antes de todo                                           

 El Mal que acecha                                  

 Hay grados entre los perseguidores          

 Quien lo conoce todo bien sabe               

II. El principio del fin                          

 Un júbilo muy esperado                                       

 Los testigos del Bueno                           

 Inoculando el veneno del Mal                         

III. El aviso de Cristo                           

 Los que buscan al Maestro                      

 El cómo de la vida eterna                              

 Dios se dirige a quien ama                      

 Los que no entienden están en las tinieblas      

 Lo que ha de pasar                                 

Incredulidad de los hombres                    

El peligro de caminar en las tinieblas         

       Cuando no se reconoce la luz                   

       Los ánimos que da Cristo                  

       Aún hay tiempo de creer en Cristo            

IV. Una cena conformante y conformadora 

 El ejemplo más natural y santo a seguir          

 El aliado del Mal                                    

 Las mansiones de Cristo                                

 Sobre viñas y frutos                               

 El principal mandato de Cristo                         

       Sobre el amor como Ley                          

       El mandato principal                         

Elegidos por Dios                                    

Que demos fruto es un mandato divino            

El odio del mundo                                   

El otro Paráclito                                      

Santa Misa                                             

La presencia real de Cristo en la Eucaristía        

El valor sacrificial de la Santa Misa                   

El Cuerpo y la Sangre de Cristo                 

La institución del sacerdocio                     

V. La urdimbre del Mal                         

VI. Cuando se cumple lo escrito                 

En el Huerto de los Olivos                              

La voluntad de Dios                                        

Dormidos por la tentación                        

Entregar al Hijo del hombre                            

       Jesús sabía lo que Judas iba a cumplir       

       La terrible tristeza del Maestro                  

El prendimiento de Jesús                                

       Yo soy                                            

       El arrebato de Pedro y el convencimiento   

       de Cristo

Idas y venidas de una condena ilegal e injusta  

Fin de un calvario                                   

Un final muy esperado por Cristo              

En cumplimiento de la Sagrada Escritura

        La verdad de Pilatos                        

        Lanza, sangre y agua                      

 Los que permanecen ante la Cruz                   

       Hasta el último momento                  

       Cuando María se convirtió en Madre          

       de todos

 La intención de los buenos                      

       Los que saben la Verdad  y la sirven          

VII. Cuando Cristo venció a la muerte        

El primer día de una nueva creación                 

El ansia de Pedro y Juan                          

A quien mucho se le perdonó, mucho amó        

 

VIII. Sobre la glorificación

 La glorificación de Dios                            

 

Cuando el Hijo glorifica al Padre                       

Sobre los frutos y la gloria de Dios                  

La eternidad de la gloria de Dios                      

 

La glorificación de Cristo                                

 

Primera Palabra                                             

Segunda Palabra                                           

Tercera Palabra                                             

Cuarta Palabra                                               

Quinta Palabra                                        

Sexta Palabra                                         

Séptima Palabra                                     

 

Conclusión                                          

 

 El libro ha sido publicado por la Editorial Bendita María. A tener en cuenta es que los gastos de envío son gratuitos.

  

“De Ramos a Resurrección” -   La glorificación de Cristo – Tercera Palabra

 

 “Mujer, ahí tienes a tu hijo…ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27).

Jesús había pedido perdón por los que le estaban matando; también había auxiliado a quien se había arrepentido de lo mal hecho a lo largo de su vida y se había convertido mudando un corazón de piedra por uno de carne. Pero aún tenía mucho que decir en bien de la humanidad toda; muchas palabras (aunque en número fueran escasas) que iban a sembrar, para siempre, un bien que nunca podría ser pagado por el hombre.

La Tercera Palabra que Jesús pronuncia en la cruz tiene un doble sentido o, mejor, tiene básicamente dos destinatarios aunque el destino de su expresión tenga carácter verdaderamente universal. Nadie puede dudar del amor que Jesús tenía por su madre, la Virgen María. Fácilmente nos los podemos imaginar en su casa, solos tras la muerte de san José, conversando no sólo de lo humano sino, sobre todo, de lo divino. Si María había guardado muchas cosas en su corazón era porque tenía mucho que guardar en el templo del Espíritu Santo. Por eso lo que dice Jesús en aquellos momentos tan importantes de su, ya, escasa vida, tiene una trascendencia muy extensa y muy profunda. Jesús comprende, porque lo sabe, que su Madre María, no tiene pariente alguno con el que continuar su vida. Sabe, decimos, que, como viuda que se queda sin hijo (como le pasó a la viuda al que le resucitó un hijo y que recoge san Lucas en los versículos 14 y 15 del capítulo 7 de su evangelio) lo iba a pasar muy mal. Decide, entonces, que sea su gran amigo Juan, el más joven de sus discípulos (como ya hemos dicho en el apartado “cuando María se convirtió en madre de todos”), el que tenga cuidado de la vida de una persona tan pura y santa como era su Madre.

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9.08.18

El rincón del hermano Rafael - "Saber esperar" - Saber lo que se quiere

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

 

“Saber Esperar” –  Saber lo que se quiere

 

“Vivo sediento de Ti…, lloro mi destierro, sueño con el Cielo, mi alma suspira por Jesús en quien ve su tesoro, su vida, su único amor, nada espero de los hombres…, te amo con locura, Jesús mío, y, sin embargo, como, río, duermo, hablo, y estudio, y vivo entre los hombres sin hacer locuras…, y aún me avergüenzo verlo…, busco mis comodidades. ¿Cómo se explica esto, Señor?

 

Pudiera parecer algo esquizofrénico esto que nos dice el hermano Rafael. Sin embargo, nada más alejado de eso la realidad que encierra esto que aquí hemos traído.

Los hijos de Dios sabemos que estamos en el mundo. Sería algo necio negar eso porque es lo que vemos cada día y cada experimentamos. Pero eso es una cosa y otra, muy distinta, distinguir lo que es importante de lo que no lo es.

Dice San Rafael Arnáiz Barón que no espera nada de los hombres. Y es que sabe que todo puede esperarlo de Dios y, entonces, ¿a qué querer otra cosa?

Lo que vive el hermano Rafael es su propia realidad:

ríe,

duerme,

habla,

estudia y, en suma,

vive entre los hombres porque es uno de los creados por Dios.

Sin embargo,

está sediento de Cristo,

llora por lo que considera un destierro (su vida en el mundo),

sueña con el Cielo,

su alma suspira por el Hijo de Dios,

nada espera de los hombres,

ama con locura al Mesías…

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8.08.18

Serie “El Bien, Jesucristo, el Cielo” - 2 - El Bien que debemos anhelar

El Bien, Jesucristo, el Cielo

 No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien.”

 

Epístola a los Romanos 12, 21

 

En estas mismas páginas se ha publicado, en formato serie, el libro de título “El Mal, El Diablo, el Infierno”. Y, como no podía ser menos, la parte buena, la que ha de prevalecer, Cristo mismo y Dios mismo, debían tener su serie. La misma está referida al libro de título “El Bien, Jesucristo, el Cielo” que, fácilmente puede verse es, justo, lo contrario a lo otro. 

El Mal puede vencerse con el Bien. Eso es lo que la cita que hemos puesto como principal de este libro nos dice. Y San Pablo, diciéndonos tal cosa, nos auxilia ante lo que podamos estar pasando. 

No podemos, por tanto, alegar falta de socorro en estos casos pues bien sabemos que Dios nunca nos abandona y pone, en el camino de nuestra vida, a testigos de la fe que nos echan una mano. 

De todas formas, el Bien puede ser, digamos, usado contra el Mal. Y eso porque el Bien existe para mucho más que para eso que, con ser importante, no agota las posibilidades de lo bueno y mejor. 

No podemos negar, al respecto del Bien, que, para espíritus no perjudicados por el Mal, es más atractivo el primero que el segundo. Y es que no puede considerarse sana, espiritualmente hablando, la persona que esté a favor de las asechanzas del Maligno y/o de los frutos que de las mismas puedan derivarse. No. Es más seguro esperar que el común de los creyentes esté más por el Bien que por el Mal. Y eso se apoya en algo esencial: el Bien proviene de Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra en quien no hay falsedad ni mentira. 

No podemos negar, en beneficio nuestro, que a lo largo de la historia de la cristiandad ha habido hermanos nuestros en la fe que han considerado este tema, el del Bien, como uno que lo era muy importante, a tener en cuenta y a destacar. 

Así, por ejemplo, para los Santos Padres, era mayor la preocupación de señalar que Dios es el Bien Supremo y que, por tanto, toda criatura deriva de su Bondad. Pero también San Agustín, Boecio o la propia doctrina escolástica, con Santo Tomás de Aquino a la cabeza, han tenido a bien considerar el Bien entre sus temas básicos de conocimiento y estudio. 

Y ya, digamos que recientemente, en el Concilio habido en el seno de la Iglesia Católica (Vaticano I), la Constitución De Fide Catholica, en su capítulo I, dice esto que sigue:

 

“Éste único, solo, Dios verdadero, de su propia bondad y omnipotencia, no para el aumento de su propia felicidad, no para adquirir sino para manifestar su perfección por las bendiciones que Él otorga a las criaturas, con absoluta libertad de consejo creó desde el principio de los tiempos a la criatura tanto la espiritual como la corporal, a saber, la angélica y la mundana; y después la criatura humana.”

 

Vemos, por tanto, que el Bien no es, sólo, necesario en la vida del creyente católico (creemos que también en la de cualquier ser humano, en general y por ser especie creada por Dios) sino que es lo único que puede anhelar quien se sabe hijo del Todopoderoso. 

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que por el bien se va al Bien mayor que es Dios mismo.

2 - El Bien que debemos anhelar

 

Bien es amar.

Bien es olvidar.

Bien es sembrar verdad.

Bien es amar al Padre.

Bien es buscar la unión.

Bien es auxiliar al perjudicado por el sufrimiento.

Bien es ir al encuentro del Hijo de Dios.

Bien es ser misericordioso.

Bien es querer seguir a la Luz.

Bien es huir de la tentación.

Ben es no sostener nunca la mentira.

Bien es dejarse llevar por la voluntad de Dios.

Bien es transmitir la Buena Noticia.

Bien es acoger santamente a los hijos de Dios.

Bien es seguir las obras de Dios.

Bien es alimentar la comprensión.

Bien es adorar lo bello.

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7.08.18

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro"- Saberse bajo una protección Superior

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

Resultado de imagen de El sillón de ruedas

Continuamos con el traer aquí textos del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo. Lo hacemos ahora con “El sillón de ruedas”.

“El sillón de ruedas” - Saberse bajo una protección Superior

 

“Lo acuso y guardo para mí el escalofrío, pero ya he aprendido a cerrar los ojos con serenidad y confiarme a unas manos que hacen y deshacen con inteligencia, con dulzura, con destino, con amor, con infinito amor” (“El sillón de ruedas, pg 63)

 

Las palabras que preceden a las que hemos traído lo son de dolor, de sufrimiento. Y es que el Beato Manuel Lozano Garrido, en éste, su primer libro, pone sobre la mesa una situación dolorosa y sufriente, Sin embargo, eso no lo desespera y no lo hace pensar que Dios le ha tomado manía o algo por estilo. Es más, es, justamente, lo contrario.

Es cierto. Sí. Lolo sufrió mucho a lo largo de la vida que vivió desde que comenzó a manifestarse los primeros síntomas de su enfermedad degenerativa. Y no son pocas las veces que lo escribe en sus libros. Por eso sabe, como nos dice antes de lo aquí traído, que llegará un momento en el que, simplemente, tendrá que morir (no lo dice así, exactamente, pero se le entiende todo…) como consecuencia de tantos padecimientos que anda sufriendo por la vida. Pero hay algo, como decimos, que lo saca de un tal marasmo.

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