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30.07.18

Serie Venerable Marta Robin – Cordero de Dios

 

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

    Resultado de imagen de Le secret de Marta Robin

 

Sobre la pasión en sí misma vivida – Cordero de Dios

 

Marta Robin vivió la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo desde 1930. Y es que entre desde el jueves por la noche (21 horas) hasta el mediodía del domingo, pasó por los estados físicos que sufrió el Mesías.

Pues bien, nuestra Venerable francesa describe la íntima comunión con Jesucristo que le permite, como dice el autor del libro aquí traído, “sobrepasar el sufrimiento para encontrar el Corazón de Cristo”:

 

“El dulce Cordero de Dios (…) venido al mundo (…) para perdonar nuestros pecados y abrir el Cielo por sus sufrimientos y por su muerte en la Cruz. Este gran misterio, escándalo para los Judíos, locura para los gentiles; pero el consuelo y la alegría de los fieles (…) Es gracias a Él que nosotros podemos entrar en la intimidad de la vida divina.”

 

Es bien cierto que cuando Dios promete algo acaba cumpliéndolo. Claro está que lo cumple cuando cree conveniente porque conoce al ser humano y la historia de su creatura.

Cuando Dios envía a su Hijo, que sería llamado Jesús y, por su misión, el Cristo y Mesías, todo había sido hecho según la santísima voluntad del Todopoderoso.

La Venerable Marta Robin, tan cercana al Enviado de Dios, no duda lo más mínimo acerca de la misión que le había sido encomendada:

-  Perdonar los pecados.

-  Abrir las puertas del Cielo.

No es poco decir, sino mucho, que el Mesías iba a poder perdonar los pecados. Y es que, como bien sabemos, sólo el Todopoderoso puede hacer eso y, por tanto, era el mismo Dios quien, encarnándose, iba a hacer posible que los pecados del mundo y, en concreto, de cada ser humano que creyese en el Hijo del Padre, iban a ser perdonados.

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