Serie "De Resurrección a Pentecostés"- III- Aparición de Jesucristo – 2. El envío

De Resurrección a Pentecostés Antes de dar comienzo a la reproducción del libro de título “De Resurrección a Pentecostés”, expliquemos esto.

Como es más que conocido por cualquiera que tenga alguna noción de fe católica, cuando Cristo resucitó no se dedicó a no hacer nada sino, justamente, a todo lo contrario. Estuvo unas cuantas semanas acabando de instruir a sus Apóstoles para, en Pentecostés, enviarlos a que su Iglesia se hiciera realidad. Y eso, el tiempo que va desde que resucitó el Hijo de Dios hasta aquel de Pentecostés, es lo que recoge este libro del que ahora ponemos, aquí mismo, la Introducción del mismo que es, digamos, la continuación de “De Ramos a Resurrección” y que, al contrario de lo que suele decirse, aquí segundas partes sí fueron buenas. Y no por lo escrito, claro está, sino por lo que pasó y supusieron para la historia de la humanidad aquellos cincuenta días.

 

 

Cuando Jesucristo murió, a sus discípulos más allegados se les cayó el mundo encima. Todo lo que se habían propuesto llevar a cabo se les vino abajo en el mismo momento en el que Judas besó al Maestro.

Nadie podía negar que pudieran tener miedo. Y es que conocían las costumbres de aquellos sus mayores espirituales y a la situación a la que habían llevado al pueblo. Por eso son consecuentes con sus creencias y, por decirlo así, dar la cara en ese momento era la forma más directa para que se la rompieran. Y Jesús les había dicho en alguna ocasión que había que ser astutos como serpientes. Es más, había tratado de librarlos de ser apresados cuando, en Getsemaní, se identificó como Jesús y dijo a sus perseguidores que dejaran al resto marcharse.

Por eso, en tal sentido, lo que hicieron entonces sus apóstoles era lo mejor.

Aquella Pascua había sido muy especial para todos. Jesús se había entregado para hacerse cordero, el Cordero Pascual que iba a ser sacrificado para la salvación del mundo. Pero aquel sacrificio les iba a servir para mucho porque el mismo había sido precedido por la instauración de la Santa Misa (“haced esto en memoria mía”, les dijo el Maestro) y, también, la del sacerdocio a través del Sacramento del Orden. Jesús, pues, el Maestro y el Señor, les había hecho mucho bien tan sólo con arremangarse y lavarles los pies antes de empezar a celebrar la Pascua judía. Luego, todo cambió y cuando salieron Pedro, Santiago y Juan de aquella sala, en la que se había preparado la cena, acompañando a Jesús hacia el Huerto de los Olivos algo así como un gran cambio se había producido en sus corazones.

Pero ahora tenían miedo. Y estaban escondidos porque apenas unas horas después del entierro de Jesús los discípulos a los que había confiado lo más íntimo de su doctrina no podían hacer otra cosa que lo que hacían.

De todas formas, muchas sorpresas les tenía preparadas el Maestro. Si ellos creían que todo había terminado, muy pronto se iban a dar cuenta de que lo que pasaba era que todo comenzaba.

En realidad, aquel comienzo se estaba cimentando en el Amor de Dios y en la voluntad del Todopoderoso de querer que su nuevo pueblo, el ahora elegido, construyera su vida espiritual sobre el sacrificio de su Hijo y limpiara sus pecados en la sangre de aquel santo Cordero.

Decimos, pues, que todo iba a empezar. Y es que desde el momento en el que María de Magdala acudiera corriendo a decirles que el cuerpo del Maestro no estaba donde lo habían dejado el viernes tras el bajarlo de la cruz, todo lo que hasta entonces habían llevado a sus corazones devino algo distinto.

El caso es que los apóstoles y María, la Madre, habían visto cómo se abría ante sí una puerta grande. Era lo que Jesús les mostró cuando, estando escondidos por miedo a los judíos, se apareció aquel primer domingo de la nueva era, la cristiana. Entonces, los presentes (no estaba con ellos Tomás, llamado el Mellizo) se asustaron. En un primer momento no estaban seguros de lo que veían pudiese ser verdad. Aún no se les habían abierto los ojos y su corazón era reacio en admitir que su Maestro estaba allí, ante ellos y, además, les daba la paz y les hablaba. Todos, en un principio, actuaron como luego haría Tomás.

Todo, pues, empezaba. Y para ellos una gran luz los iluminaba en las tinieblas en las que creían estar. Por eso lo que pasó desde aquel momento hasta que llegó el día de Pentecostés fue como una oportunidad de acabar de comprender (en realidad, empezar a comprender) lo que tantas veces les había dicho Jesús en aquellos momentos en los que se retiraba con ellos para que la multitud no le impidiese enseñar lo que era muy importante que comprendieran. Pues bien, entonces no habían sido capaces de entender mucho porque su corazón no lo tenían preparado. Ahora, sin embargo, las cosas iban a ser muy distintas. Y lo iban a ser porque Jesús había confirmado con hechos   lo que les había anunciado con sus palabras y cuando le dijo a Tomás que metiera su mano en las heridas de su Pasión supieron que no era un fantasma lo que estaban viendo sino  al Maestro… en cuerpo y alma.

Sería mucho, pues, lo que pasaría en un tiempo no demasiado extenso desde que el Hijo de Dios volvió de los infiernos hasta que el Espíritu Santo iluminara los corazones y las almas de los allí reunidos. Era, pues, aquello que sucedió entre Resurrección y Pentecostés.” 

III- Aparición de Jesucristo – 2. El envío

 

“Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.’  Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo.  A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’” (Jn 20, 21-23).

 

Como Dios lo había enviado

 

Cristo, que vino al mundo porque Dios quiso que se salvase la humanidad, había sido enviado para que cumpliera una misión ciertamente difícil. A este respecto, el Evangelio de San Juan (3, 16-21) dice esto que sigue:

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.”

Vemos, por tanto, que debía, por ejemplo, procurar que no pereciera para siempre quien le siguiera, que tuviera vida eterna. Y, para eso, debía transmitir una Palabra, la de Dios, y el verdadero sentido que la misma tenía muy alejado, a veces, de la consideración que había llegado a tener entre los hombres.

Eso es lo que quiere Cristo que hagan aquellos a los que, ahora, da la paz y envía.

Sobre la paz ya hemos dicho arriba lo que consideramos quería decir con eso; sobre el envío no dudamos en asegurar que quería que su misión continuase a manos de aquellos a los que había instruido y a los que ahora se aparecía.

El caso es que Jesucristo, resucitado de entre los muertos, quería que el mundo lo conociese. Para eso, debía hacer lo posible para que aquellos a los que había instruido durante, al menos, tres años, comprendiesen que su misión era, precisamente, continuar la que Él había venido a llevar a cabo por mandato de su Padre, Dios Todopoderoso.

En realidad, como muy bien dice el Catecismo de la Iglesia Católica,

“El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios” (457),

 “El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios” (458),

“459 El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad” (459) y,

“El Verbo se encarnó para hacernos ‘partícipes de la naturaleza divina’” (460).

Y todo eso era lo que los allí reunidos iban a tener que llevar a cabo a partir de ese momento, es decir, procurar que todos se salvasen, que conociesen el Amor de Dios, que procuran ser santos y que participaran de la naturaleza divina.

 

El Espíritu Santo y sus efectos

 

Jesús no iba a dejarlos solos. Queremos decir que si los enviaba era de una forma, digamos, eficaz.

Al igual que a Él lo había guiado el Espíritu Santo desde el mismo momento en el que salió del río Jordán y lo había acompañado siempre y, sobre todo, en los momentos más difíciles, quería que la Tercera Persona de la Santísima Trinidad hiciera lo mismo con aquellos allí reunidos.

El Espíritu Santo, por tanto, debía cumplir la misión para la que había sido enviado. Y según consta en los textos que ahora traemos, lo hizo:

“Hemos recibido un Espíritu de adopción que nos hace exclamar dirigiéndonos a Dios: ¡Padre, Padre!” (Rm 8,15).

“Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones para que le pudiéramos llamar Padre nuestro” (Gál 4,5).

“¿No sabéis, dice en otra parte, que por la gracia sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1Cor 3,16).

“Sois el templo del Espíritu Santo que habita en vosotros” (ib. 6,19).

“En Cristo se eleva todo el edificio bien ordenado para formar un templo santo en el Señor: en El también estáis vosotros edificados para ser por el Espíritu Santo morada de Dios” (Ef 2, 21-22).

“De suerte que, así como no formáis más que un solo cuerpo en Cristo, así también os anima un solo Espíritu” (ib. 4,4).

¿Qué, pues, iba a llevar a cabo el Espíritu Santo cuando fuese enviado? Pues, en general, su labor se iba a centrar en lo siguiente:

1. Como guía (confirmando, en Pentecostés, la exhalación del Paráclito que lleva a cabo cuando ahora se aparece por primera vez a sus discípulos escondidos):

“Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Jn 16, 13-14).

2. Como instrumento espiritual consistente en poder retener o perdonar pecados (Jn 20, 23) que es lo que les entrega en este momento crucial de la historia de la salvación. Era lo elemental y de lo que deberían vivir, espiritualmente hablando, hasta que llegara la confirmación del envío del Espíritu Santo.

Pero el perdonar o retener pecados supuso la instauración de un Sacramento de los llamados sanadoresel de penitencia o reconciliación. Suponía que, a partir de ese momento, y mediando el mismo, el pecador quedaba reconciliado con Dios y, también, con la comunidad eclesial a la que perjudicaba con su caída pecaminosa. Esto, una vez fueran bautizados porque con el bautismo quedaban perdonados los pecados que, hasta entonces, se pudiesen haber cometido (sin poder retener ninguno) pero, pudiendo incurrir en los mismos o en otros, este Sacramento limpiaba el corazón de ciertas manchas indignas de un discípulo de Cristo.

El caso es que, sobre esto, ya le había dicho Cristo a Pedro:

“A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19).

Y en sentido general, esto otro:

“Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18, 18).

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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